Capítulo 19
Cuando el timbre de la entrada rompió la calma, un temblor involuntario se apoderó de mi cuerpo.
—Ya abro yo, cariño —grité anticipándome deliberadamente.
No quería que Julián se interpusiera en ese primer instante. Necesitaba sentir el impacto. Quería abrir la puerta y que los ojos de Alberto me desnudaran de arriba abajo, devorándome en mi propio terreno.
Caminé con pasos lentos, dejando que el taconeo de mis zapatos se escuchara al otro lado de la puerta.
Al abrir, el aire del descansillo pareció detenerse.
Alberto estaba allí de pie. Destilaba esa masculinidad avasalladora y un sutil aroma a ese perfume que ya me era tan familiar.
Traía una botella de vino en una mano y una sonrisa de suficiencia que me hizo humedecer las bragas al instante.
Se me quedó mirando de arriba abajo, sin disimulo, deteniéndose en el escote y en cómo el satén se aferraba a mis caderas. Antes de dar un solo paso hacia el interior o de decir siquiera un «hola», clavó sus ojos oscuros en los míos y soltó con una voz ronca y brutal:
—Joder, nena… de repente me han entrado unas ganas tremendas de arrancarte ese vestido y follarte contra esa pared —susurró, con una voz tan baja y áspera que me caló hasta los huesos—. ¿Crees que a tu esposo le molestaría que empezara a comerme el postre?
Me reí. Me encantaba la absoluta transgresión con la que Alberto se movía por la vida, esa falta total de respeto por las normas que a mí me resultaba tan adictiva.
—Tal vez a mi esposo no… —le respondí, sosteniéndole la mirada con descaro sin moverme de la entrada—. Pero recuerda que también está mi hija y tenemos que controlarnos.
Hice una pequeña pausa dramática, recreándome en el peligro, solo para recordarle que no estábamos solos en la casa.
Me abalancé sobre él antes de que pudiera dar un paso hacia el interior del piso.
Le rodeé el cuello con los brazos y lo besé.
No fue un beso de cortesía; fue un beso hambriento y desvergonzado.
Devoré su boca mientras sentía cómo él reaccionaba rodeando mi cintura con su brazo libre, pegándome a su cuerpo con una fuerza que casi me deja sin respiración.
Mi lengua se entrelazó con la suya con un ansia desesperada, ávida del sabor intenso y dominante de su boca, ajena por completo al peligro que corríamos: que cualquier vecino nos descubriera, que Clara saliera del salón o que mi esposo apareciera desde la cocina.
Cuando nos separamos, jadeantes, mis labios estaban húmedos y el carmín, ligeramente corrido. Alberto me sostuvo la mirada con una chispa de diversión que hizo que el pulso volviera a acelerárseme.
—Estás increíble, Carmen —murmuró, su voz grave vibrando en mi oído—. Será mejor que pasemos dentro o no podré parar.
—Ayer eché de menos que me llamaras… Estuve toda la noche en vela, deseando escuchar tu voz —respondí con una risa floja, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso mientras me acomodaba nerviosamente el pelo.
—Sé que cumpliste con el encargo —murmuró él, y antes de que pudiera dar un paso, me dio un azote seco y sonoro en el culo, tratándome con la misma condescendencia con la que se premia a una perra por traer las zapatillas a su amo—.
Anoche estuve tomando unas copas con el juez Peralta. Me lo contó todo.
Mi cuerpo entero se estremeció, dócil y quebrado, como el de una adolescente que anhela desesperadamente la aprobación de un adulto.
Una oleada de calor me abrasó entre las piernas.
A esas alturas, el famoso magistrado ya habría relatado a mi amante, con todo lujo de detalles y entre risas de complicidad masculina, la forma en que había profanado mi rincón más íntimo.
Lo llevé hacia la sala de estar. Clara estaba tirada en el sofá, completamente absorta en su teléfono móvil. Al vernos entrar, levantó la cabeza y se incorporó a medias.
—Clara, cariño. Mira, te presento a Alberto, mi compañero del bufete del que te hablé.
Fue en ese preciso instante cuando algo dentro de mí se rompió.
Vi cómo Alberto la miraba. No fue una mirada descarada, él era demasiado inteligente para eso, pero sus ojos recorrieron a mi hija con una fijeza que me congeló la sangre.
Clara llevaba unos vaqueros cortos y ajustados y una camiseta corta que dejaba al descubierto su ombligo.
Era joven. Tenía la piel tersa y unos pechos pequeños, que no necesitaban sujetador; aun así, su firmeza les confería un aire altivo, casi desafiante.
Había en ella esa belleza despreocupada de quien todavía no ha aprendido a desconfiar de su propio reflejo: una mezcla de frescura, naturalidad y una seguridad inconsciente que resultaba imposible ignorar.
Por primera vez en mi vida, vi a mi propia hija como una rival. Ya no era solo mi niña, sino otra mujer capaz de despertar el deseo del hombre al que yo pertenecía. Una punzada de celos enfermizos, de pura envidia hacia su juventud y a su cuerpo perfecto, me atenazó las entrañas.
Sentí una urgencia casi patológica de reafirmar mi territorio, de demostrarle a Alberto —y a mí misma— que la verdadera mujer de esta casa, la que de verdad le daba placer, era yo. Disimulé como pude, tragándome la hiel de inmediato y dibujando una sonrisa perfecta en mi rostro.
—Vamos a la cocina a ver cómo va tu padre con la cena —dije, dándome la vuelta de inmediato para arrastrar a Alberto fuera del salón.
En cuanto entramos en la penumbra del pasillo que conectaba con la cocina, Alberto me acorraló contra la pared.
Solté un pequeño suspiro ahogado cuando sentí su cuerpo presionando el mío.
Su mano libre, la que no sostenía la botella, bajó rápidamente por mi cadera, levantando mi vestido con una brusquedad excitante hasta colarse por debajo, acariciando la piel desnuda de mis muslos.
—¿Sabes que te deseo más que a cualquier otra, verdad? —me susurró al oído.
—Entonces demuéstramelo… —gemí en un hilo de voz, buscando de nuevo sus labios. Nos besamos con desesperación, en silencio, mientras su mano seguía subiendo por debajo de mi ropa, rozando el encaje de mis bragas empapadas.
—No me habías dicho que tenías una hija tan bonita —murmuró Alberto contra mi boca, apartándose apenas unos milímetros—. Un auténtico bomboncito.
—¿Tengo que ponerme celosa? —le pregunté, con esa risa floja de adolescente ilusionada que odiaba tener, pero que era incapaz de controlar cuando estaba bajo su influjo.
—Solo un poquito —bromeó él con malicia—. Es casi tan guapa como tú... y ya sabes que yo no tengo prejuicios.
Apreté las piernas alrededor de su mano, sintiendo un deseo atroz que amenazaba con hacerme perder el control allí mismo, en mitad del pasillo. Pero la cena nos esperaba. Me separé a regañadientes, alisándome el vestido con manos temblorosas, y entramos en la cocina.
Ver a Julián allí de pie fue un choque de realidad brutal.
Estaba junto al horno, impecable en su traje oscuro pero con el delantal puesto, fingiendo que todo estaba bajo control, aunque su postura rígida delataba que lo había escuchado casi todo.
Ver a mi sumiso marido junto a mi imponente amante me provocó un subidón de adrenalina indescriptible.
La cena comenzó en una atmósfera de aparente normalidad que resultaba casi cómica por lo retorcida que era.
Julián servía los platos con una meticulosidad casi profesional, evitando mirarme a los ojos.
Alberto, por el contrario, no dejaba de jugar.
Mientras Clara hablaba distraídamente y Julián asentía con la mirada perdida, noté la mano de Alberto deslizarse por debajo de la mesa.
Encontró mi muslo y comenzó a acariciarlo con firmeza, subiendo lentamente por la cara interna de mi pierna.
El deseo me quemaba por dentro. Tuve que abrir las piernas sutilmente para facilitarle el acceso, intentando mantener una expresión neutra en el rostro.
—Brindemos por el mejor cocinero del mundo —dije con una sonrisa que esperaba pareciera natural—. Cariño, la lubina está deliciosa.
Sostuve la mirada de Julián por encima de mi copa de vino. Mi marido me miraba con una mezcla de adoración y nerviosismo que me hacía vibrar.
—Estoy completamente de acuerdo —dijo Alberto, chocando su copa de vino con la mía y levantándola hacia Julián—. Ha sido una cena magnífica, de verdad. Gracias por invitarme.
—El mérito de que estés aquí es de Carmen, por convencerte —respondió Julián con una media sonrisa, sosteniéndole la mirada con esa tranquilidad pasmosa que a veces me helaba la sangre—. Además, el vino que has traído es excelente.
—Es cierto, papá, te has superado —intervino Clara, apartando un momento la vista de su teléfono para dedicarle una sonrisa radiante. Su absoluta inocencia flotaba sobre la mesa como un escudo.
Por un instante, Alberto y yo cruzamos la mirada. Apenas un segundo. El suficiente para que el corazón me diera un vuelco antes de que ambos apartáramos los ojos como si no me estuviera acariciando bajo la mesa.
Estaba desesperada por tener un momento a solas con Alberto. El juego previo me estaba volviendo loca y necesitaba tocarlo, sentirlo de verdad sin las barreras de la formalidad.
La oportunidad llegó cuando Julián se levantó para llevar los platos con restos de comida a la cocina. Alberto, captando mi impaciencia, carraspeó y dejó la servilleta sobre la mesa.
—Perdonad, ¿dónde está el baño? —preguntó.
Me levanté de inmediato, antes de que Julián pudiera reaccionar desde la cocina.
—Sígueme, Alberto. Será mejor que vengas al de mi dormitorio. El del pasillo a veces se queda con la cisterna atascada —dije en voz alta, lo suficientemente claro para que Julián lo escuchara y entendiera perfectamente el mensaje—. Lleva así semanas, pero aún no ha venido a repararlo el fontanero.
Clara ni siquiera levantó la vista del móvil; estaba sonriendo a la pantalla, seguramente cerrando sus planes para esa noche con Hugo.