La Esposa Compartida: II Capítulo 18
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Capítulo 18

El timbre sonó en el pasillo con un zumbido seco que me cortó la respiración. Sentí una descarga eléctrica recorrer mi espina dorsal y me quedé paralizado junto al horno, con el paño de cocina todavía apretado entre las manos.

—Ya abro yo, cariño —escuché decir a mi esposa desde el pasillo.

Su voz sonó clara y con una anticipación que me dolió en el pecho. Estaba deseando abrir esa puerta, ansiosa por sentir los ojos de su amante recorriendo cada centímetro de su cuerpo embutido en el satén negro.

Me quedé en la cocina. Traté de respirar hondo, de convencerme de que era lo que quería, de que era parte del juego de ser un cornudo consentidor. Pero el rumor del cerrojo al girar fue superior a mis fuerzas. No pude soportar quedarme allí dentro sin saber qué estaba pasando.

Me asomé con sigilo, ocultándome en la sombra del pasillo, como un voyeur que le roba la intimidad a una pareja de desconocidos.

La puerta de la calle permanecía abierta.

Alberto estaba plantado en el umbral, impecable, alto, destilando esa seguridad aplastante que desde que sabía que era el amante de mi mujer me hacía sentir diminuto.

Carmen estaba de espaldas a mí. Sus hombros descubiertos subían y bajaban al ritmo de su respiración.

Estaban hablando en un tono muy bajo; por más que agucé el oído y me esforcé, no pude escuchar lo que decían.

Entonces ocurrió.

Fue mi esposa la que se lanzó a besarlo.

No esperó a que él tomara la iniciativa; fue ella la que no pudo dominarse, la que se entregó al impulso a pesar de saber que Clara estaba a solo unos metros, en el salón, viendo la televisión.

Alberto la abrazó con una sola mano, presionándola contra su cuerpo con brusquedad, mientras que en la otra sostenía una botella de vino que traía para la cena.

Ver la escena real me golpeó como un puñetazo en el estómago.

Carmen tenía toda la maldita razón del mundo: una cosa era imaginarlo en la seguridad de mi mente, adaptando esa imagen a mi propia fantasía donde yo podía controlar el momento, la intensidad y cada detalle de la imagen…

y otra muy distinta, infinitamente más íntima y real, era ver cómo mi esposa le devoraba la boca a ese imbécil en el recibidor de nuestra propia casa.

Mi miembro reaccionó al instante, endureciéndose dolorosamente contra la tela de mi pantalón, pero esta vez la excitación venía acompañada de un veneno gélido: los celos. Unos celos puros, primitivos, que me arañaban las entrañas.

Tenía que calmarme. Apreté los puños, apoyando la frente contra el marco de la puerta de la cocina, respirando el aire cargado de la cena.

—Zorra —solté en un susurro apenas audible.

«Ella tiene la culpa... Es una puta que no deja de pensar en follárselo y se ha aprovechado de lo mucho que la quiero para volverme completamente loco».

Cogí aire y conté hasta tres.

«No, Julián. Cálmate. No seas tan idiota. Ella te quiere a ti y esto no deja de ser un juego. Podría haberse ido con él a solas, pero lo ha traído aquí porque es lo que yo quería».

Cerré los ojos un instante e intenté sofocar el torbellino de pensamientos que amenazaba con devorarme.

Intenté racionalizarlo para contener el temblor de mis manos.

¿Cómo podía ponerme celoso un simple beso, cuando sabía perfectamente que ella ya había sido el juguete de dos hombres?

¿Cómo podía afectarme tanto percibir la complicidad que había entre ellos después de todo lo que ya me había confesado?

Pero la realidad no entendía de lógica, y el dolor de verla entregarse con esa ansia me estaba quemando vivo.

—No eres más que una zorra —dije entre dientes, regresando a la cocina, justo cuando cerró la puerta de la entrada.

Escuché los pasos en el pasillo, el traqueteo sutil de los tacones de Carmen y el andar pesado y seguro de Alberto. Se dirigían hacia el salón. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, aguzando el oído para no perderme nada de lo que ocurría a solo unos metros.

—Clara, te presento a Alberto, mi compañero del bufete del que te hablé —dijo Carmen. Su voz sonaba increíblemente natural, modulada con una calidez perfecta que ocultaba cualquier rastro de la saliva que acababa de compartir con él en el recibidor.

—Hola, buenas noches. Encantada —respondió Clara con tono educado pero despegado, el típico de una chica joven que solo quiere que llegue su hora de salir.

—El gusto es mío, Clara. Tu madre me ha hablado mucho de ti —dijo Alberto con su voz grave y varonil—. Siento presentarme así, en vuestra casa, pero tu madre insistió en que viniera a molestaros.

Escuché la risa de Clara. Ahora sí parecía prestarle toda su atención.

—No es ninguna molestia. Además, a papá le encanta cocinar y siempre está encantado de tener invitados.

Escuché de nuevo los pasos. Esta vez venían directamente hacia la cocina. Me aparté del umbral a toda prisa, fingiendo que ordenaba unos utensilios sobre la encimera.

—Me encanta tu casa —escuché decir a Alberto, con su voz resonando ya muy cerca—. Debí comprar algo así en el centro.

—¿Te gusta? —preguntó ella—. Es antigua, pero la reformamos entera.

Se me heló la sangre. El tono de Carmen no era el de mi esposa, la madre de familia; era una risa floja, juguetona, casi la de una adolescente ilusionada frente al chico que le gusta. Una faceta de ella que creía enterrada y que ahora florecía para otro.

—Por cierto, muy guapa tu hija —continuó Alberto, y sentí cómo sus pasos se detenían justo antes de cruzar el umbral de la cocina—. Buf… es un auténtico bomboncito.

Un silencio denso se apoderó del pasillo. Estaban parados justo detrás de la pared. No se oía nada, pero el espacio vacío se llenó de una tensión que yo conocía demasiado bien. Se estaban besando. Otra vez. A espaldas de Clara, a escasos metros de mí.

En un acto reflejo de pura supervivencia, abrí la puerta del horno.

El golpe de calor en la cara me sirvió de anclaje a la realidad.

Necesitaba hacer algo, mover las manos, fingir que controlaba la situación para que mi cabeza no estallara.

Carmen me había jurado mil veces que, mientras Clara estuviera en casa, no ocurriría absolutamente nada.

Me había prometido que actuarían como simples compañeros de trabajo, que mantendrían las distancias y que ni siquiera yo, que lo sabía todo, notaría nada sospechoso.

Y ahí estaban, devorándose a escondidas a la primera oportunidad.

—¿Tengo que ponerme celosa de mi propia hija? —murmuró la voz de Carmen, entrecortada por lo que intuí que era otro beso húmedo.

—Deberías… —bromeó él, con esa suficiencia insoportable que me revolvía el estómago—. Es casi tan guapa como tú.

Ella soltó una risita breve. De nuevo el silencio. La tortura de imaginar sus labios unidos otra vez me hizo apretar las manoplas del horno con una fuerza absurda.

Entonces, los pasos se reanudaron y entraron por fin a la cocina.

Me erguí de inmediato, forzando una sonrisa de anfitrión que debió de parecer una mueca ensayada.

Carmen entró primero, con las mejillas ligeramente encendidas y los ojos brillantes.

Venía casi pegada a Alberto, tanto que sus hombros se rozaban al caminar.

Él traía la botella de vino tinto en la mano, mostrándola como si fuera un trofeo.

—Julián, mira, ya está aquí Alberto —dijo Carmen, recomponiendo su postura formal en un abrir y cerrar de ojos.

—Buenas noches, Julián. Encantado de volver a verte —dijo Alberto, dándome la mano con un apretón firme, despiadadamente seguro. Su mirada bajó un segundo hacia mi mandíbula y luego a mi delantal, con una condescendencia que me hizo sentir ridículo.

—Igualmente, Alberto. Estás en tu casa —logré articular, esforzándome para que no me temblara la voz—. Estaba echándole un ojo a la cena.

—Huele de maravilla. Carmen me ha dicho que eres un cocinero excelente —comentó él, apoyando con familiaridad una mano en la encimera, demasiado cerca de donde Carmen se había apoyado—.

He traído este vino, un Ribera del Duero que nos regaló un cliente importante del bufete esta semana.

Pensé que sería perfecto para la ocasión.

—Es un detalle, muchas gracias —respondí, tomando la botella.

Carmen seguía a su lado, mirándolo hablar con una atención casi devota, asintiendo a cada una de sus palabras con aparente formalidad, pero con una cercanía física que gritaba todo lo que ocultaban—.

Voy a abrirlo para que vaya respirando. ¿Os apetece una copa ya?