Capítulo 17
Detesto las prisas, pero adoro la expectación.
Me miré al espejo del tocador mientras me daba el último toque de carmín rojo en los labios.
El vestido de satén negro me quedaba como un guante; se amoldaba a mis curvas de una manera casi obscena, pero con la suficiente clase como para que nadie pudiera llamarlo vulgar.
El escote de la espalda bajaba en una curva pronunciada, dejando mi piel al descubierto.
A través del reflejo, vi a Julián de pie en el umbral del dormitorio. Me observaba con esa mezcla de devoción, deseo y pura agonía que tanto me excitaba. Parecía un perro hambriento mirando detrás de un escaparate.
—¿Te gusta? —le pregunté, sosteniéndole la mirada a través del espejo con una sonrisa felina.
Dio un paso hacia el interior del dormitorio. Estaba impecable con su traje oscuro, pero sus ojos desvelaban el torbellino que llevaba dentro.
—Estás espectacular. Vas a llamar demasiado la atención —murmuró, y noté la vibración de su voz, esa debilidad que me encantaba provocarle.
Me giré despacio, disfrutando del roce del satén contra mis muslos, y me acerqué a él. Le puse la punta de los dedos en el pecho, sintiendo cómo su corazón latía desbocado.
—Mi amor, es la primera vez que Alberto viene a casa y quiero que todo salga perfecto —le susurré al oído—. Además, me gusta saber que por una vez va a tener que controlarse y pasarse toda la noche intentando no mirarme el escote. Y que tú vas a estar ahí, viéndolo sufrir.
Disfruté del sutil estremecimiento que recorrió su cuerpo. Julián era tan predecible, tan deliciosamente maleable.
Mientras terminaba de colocarme los pendientes, no pude evitar pensar en lo fácil que había sido preparar el terreno la noche anterior con Clara.
Mi hija es lista; a veces demasiado, pero sigue siendo una cría.
Cuando le solté el anzuelo sobre que había invitado a un compañero del bufete, vi cómo sus engranajes mentales empezaban a funcionar.
Arrugó el entrecejo, extrañada de que su madre trajera a casa a un colega a cenar un viernes por la noche.
Para que no le diera más vueltas, me inventé que habíamos ganado un caso muy importante y que el pobre hombre se había divorciado hacía apenas un par de meses y lo estaba pasando bastante mal.
Por lo tanto, no quería dejarlo solo en un fin de semana así.
Clara asintió, empatizando enseguida con la historia, y se limitó a encogerse de hombros.
—Yo saldré con Hugo a dar una vuelta, vendrá a buscarme después de cenar —me confesó entonces, y esa sonrisa de oreja a oreja que le iluminó la cara me llegó al corazón.
Me encantaba verla así de ilusionada. Me acerqué un poco más a ella, olvidándome por un momento de mis propios secretos, interesándome de verdad por lo que le pasaba por la cabeza.
—Vaya… veo que vais en serio —le dije, dándole un toquecito cariñoso en el hombro, buscando su complicidad.
Clara me miró de reojo, un poco azorada, como si de repente el término «ir en serio» le viniera grande o le diera cierto pudor admitirlo delante de su madre. Siempre tuvo más confianza para todo con Julián.
—Me gusta mucho y esas cosas… pero no somos novios —replicó, intentando sonar madura y desapegada, aunque sus ojos brillaban de una manera que la delataba por completo.
La miré con ternura, recordando lo que se sentía a su edad.
Me alegraba de verdad que saliera y que disfrutara de su juventud con alguien que la hiciera sonreír así.
Aunque no podía evitar sentir esa punzada de morbo oscuro al saber que su salida me dejaba el camino libre para meter a Alberto en mi cama.
De pronto, sentí unos brazos cálidos rodeando mi cintura desde atrás. Julián apoyó su barbilla en mi hombro, aspirando el aroma de mi cuello. Me estrechó contra él, con fuerza, como si quisiera fundirse conmigo antes de que llegara la tormenta.
—Te quiero, Carmen... Te quiero tanto —susurró contra mi piel, con una devoción casi mística.
Me giré entre sus brazos para quedar cara a cara, acariciando su nuca mientras sostenía su mirada. Sentí una punzada de compasión, un cariño genuino mezclado con la perversión de nuestro juego.
—Yo también te quiero, mi vida... —le dije, estrechándolo con fuerza—. No lo olvides esta noche; pase lo que pase, recuerda que es a ti al que de verdad amo.
Julián me apretó a él con más intensidad.
—Lo haré. Pero no quiero que te preocupes por mí…
nadie me obliga a esto —replicó con una firmeza que casi me sorprendió—.
Podría haberme divorciado cuando me enteré de tu lío con Alberto y no haberlo consentido.
Por eso quiero que cuando estés con él te olvides por completo de que yo estaré al otro lado de la puerta.
Lo miré fijamente, conmovida por su entrega absoluta, pero incapaz de desprenderme de una pequeña sombra de duda.
—Tengo tanto miedo… —le confesé en un hilo de voz, acariciándole la mejilla—.
Alberto no tiene piedad. Cuando Clara se vaya y nos quedemos solos, sé exactamente cómo va a ser.
No quiero que sufras, Julián. Yo soy muy distinta cuando estoy con él…
es como si me transformara en otra mujer.
Me vuelvo más salvaje, más sumisa… pierdo por completo el control.
Él negó con la cabeza de inmediato, y sus ojos brillaron con una intensidad febril, casi desquiciada, como si esa advertencia mía, en lugar de asustarle, fuera el combustible exacto que necesitaba su obsesión.
—A mi manera, disfrutaré tanto o más que tú. Lo he imaginado tantas veces… No tienes de qué preocuparte —insistió, tragando saliva con dificultad.
Una carcajada suave se me escapó del pecho. No pude evitarlo. Me pegué todavía más a él, juguetona, rozando mis labios con los suyos sin llegar a besarlos, saboreando el control absoluto que tenía sobre su cordura.
—Ay, Julián... Quién te ha visto y quién te ve…
—le susurré con un deje de burla cariñosa—.
¿Recuerdas cuando éramos novios lo celoso que eras?
Cuando trabajabas de camarero en el club de hípica y me veías hablando con alguno de mis amigos, te ponías enfermo.
Y ahora mírate… sabes que en un rato estaré en esa cama desnuda, y a ti parece que te encanta.
—Tienes razón, es como si algo en mi cabeza hubiera cambiado… —admitió él, con la respiración entrecortada—. Pero el caso es que te siento más mía cuando llegas a casa después de haber estado con otro.
—Al final vas a tener que darme las gracias por ponerte los cuernos —le solté riéndome, aunque lo decía completamente en serio—. Espero que sepas estar a la altura y que te tomes lo que pase hoy como un examen.
Le di un suave toque en la punta de la nariz, ensanchando mi sonrisa felina.
—¿Un examen? —preguntó él, soltando una risa nerviosa.
Me cogió de la mano y la guió directamente hacia su entrepierna, colocándola encima de su paquete. Sonreí. Al instante, cerré los dedos y apreté con fuerza, al límite de hacerle daño, obligándolo a soltarme la muñeca con un leve quejido.
—¿Has visto cómo me tienes solo con saber que te has vestido así para otro? —gimió, con los ojos entornados—. ¿Qué más prueba necesitas?
—Solo te digo que si noto el más mínimo gesto de que lo estás pasando mal, si te pones dramático o me montas una escena…
me iré esta noche a dormir fuera con Alberto —le advertí, sosteniéndole la mirada mientras apretaba su polla todavía con más fuerza, hasta ver en su rostro que estaba físicamente a punto de gritar—.
Y, además, llamaré a tu cuñado para que nos veamos a solas.
No te dejaré estar presente en nada de lo que haga con Tony. ¿Te ha quedado claro?
—Tranquila, mi amor… —consiguió articular, con la frente perlada de sudor por el dolor y la excitación—. Seré el marido que tú quieres que sea, ya lo verás. Me portaré bien.
Satisfecha con su sumisión, aflojé lentamente la presión de mis dedos. Su rostro se relajó al instante, dejando escapar un largo suspiro de alivio.
—Gracias, mi amor… —le dije, recuperando mi tono dulce y dándole un tierno beso en la mejilla, como si nada hubiera pasado—. ¿Ya has metido las lubinas en el horno?
Julián parpadeó, tratando de reubicarse en la realidad doméstica de la casa, y miró el reloj de su muñeca con mano temblorosa.
—Aún no... Todavía queda una hora.