La Esposa Compartida: II Capítulo 16
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Capítulo 16

Escuché la llave rascar en la cerradura y todo mi cuerpo se puso en tensión. Llevaba horas esperando aquel momento, incapaz de pensar en otra cosa desde que había cerrado el trato con Tony.

Me incorporé despacio del sofá, con el pulso desbocado.

La puerta terminó de abrirse.

Entonces apareció Carmen en el recibidor y, por un instante, olvidé hasta cómo respirar.

No venía con la ropa formal de oficina con la que se había marchado por la mañana.

Traía el pelo suelto, alborotado, cayéndole sobre los hombros en ondas desordenadas.

Vestía una minifalda a cuadros rojos, absurdamente corta, que apenas le cubría los muslos, y una camisa blanca tan ajustada que los botones parecían a punto de reventar sobre sus pechos.

El contraste entre su aspecto aniñado y la lascivia que desprendía era demoledor.

—¿De dónde vienes así vestida? —le espeté, intentando que mi voz sonara severa, aunque me temblaba—. Ve a cambiarte antes de que Clara te vea. Pareces recién salida de una película pornográfica.

Carmen no se inmutó. Al contrario, una sonrisa lenta y divertida se dibujó en sus labios mientras cerraba la puerta a sus espaldas.

Se acercó a mí con el andar felino de sus tacones negros, acortando la distancia hasta que su perfume —mezclado con un olor sutil, más carnal y denso— me inundó los sentidos.

—Una puta, es lo que en realidad parezco. Incluso un taxista me ha preguntado cuánto le cobraba por hacerle una mamada —respondió divertida.

—Y eso te da morbo, ¿verdad?

—¡Bufff…! Lo cierto es que sí…

Antes de que pudiera decir nada más, me rodeó el cuello y me plantó un beso húmedo en los labios. Al mismo tiempo, deslizó su otra mano hacia abajo, directa y firme, atrapando mi paquete por encima del pantalón.

Apretó despacio, saboreando el control absoluto que tenía sobre mi cuerpo. Noté cómo mi miembro reaccionaba al instante, ensanchándose bajo su tacto hambriento.

—Vienes de estar con él, ¿verdad? —pregunté con un hilo de voz, incapaz de apartar su mano de mi entrepierna.

—Sí —respondió, sin dejar de acariciarme, disfrutando de cómo su tacto me iba anulando la voluntad—. Él me pidió que me vistiera así. Y no he querido cambiarme para que pudieras verme. Hemos estado en el hotel de siempre.

Sentí un escalofrío. La imagen mental de Alberto manejándola, ordenándole que se vistiera como una colegiala para entregarse a él en una cama de hotel, elevó mi deseo hacia mi esposa a niveles intolerables.

—Me ha dado recuerdos para ti —continuó ella, mirándome a los ojos con una fijeza casi hipnótica mientras sus dedos seguían moldeando mi erección—. Me ha dicho que está deseando que llegue el viernes… Le he dicho que eres un gran cocinero.

—¿Sí? —pregunté, sintiendo cómo la sangre se me acumulaba en la entrepierna, latiendo con una fuerza que amenazaba con romper la costura de mis pantalones—. ¿Y qué más te ha dicho?

Carmen soltó una risita suave, un sonido casi imperceptible que se perdió contra mi cuello mientras pegaba aún más su cuerpo al mío. Su mano no dejó de moldearme; al contrario, empezó a deslizar la cremallera de mi pantalón con una lentitud exasperante, torturándome con el roce metálico.

—Dice que, cuando compruebes lo tontita que me pongo con solo una mirada suya, te va a entrar un ataque de celos.

Tragué saliva, incapaz de apartar la mirada de sus ojos, que brillaban con una chispa de malicia triunfal.

—¿Y tú qué le has respondido? —logré articular, con la garganta completamente seca.

—Que no lo sé —murmuró, deslizando finalmente la mano por dentro de mi ropa interior, atrapando mi erección completamente al desnudo—. Le he dicho que si la niña se va de fiesta con sus amigas después de cenar… yo voy a ser el postre.

La mención de Clara rompió un instante la burbuja en la que estábamos, pero el tacto cálido y firme de los dedos de Carmen alrededor de mi miembro borró cualquier atisbo de cordura. Apretó despacio, midiéndome, haciéndome dar un leve respingo mientras yo contenía el aliento en mitad del recibidor.

—¿Te ha dicho algo Clara? —pregunté, con la respiración entrecortada, sintiendo cómo el morbo me nublaba por completo el juicio.

Carmen negó con la cabeza despacio, ensanchando esa sonrisa cargada de una suficiencia lasciva que me desarmaba y me reducía a la nada.

—No tengo ni la menor idea —murmuró, deslizando sus dedos con fuerza hacia la base de mi miembro, haciéndome jadear—. Pero está muy ilusionada con Hugo. No creo que se quede toda la noche en casa.

—¿Me dejaréis estar presente? —supliqué en un hilo de voz—. Por favor, Carmen... déjame mirar. Aunque sea desde el umbral.

—No, eso no es posible, Julián. Lo siento, mi amor…

—dijo, fingiendo una compasión cruel que me encendió la sangre—.

Pero tendrás que conformarte con imaginártelo todo, con volverte loco en el salón mientras escuchas mis gemidos, el crujido de nuestro colchón y cómo sus embestidas me arrancan gritos.

Te prometo que cuando él se marche te dejaré dormir conmigo.

La sola idea de quedarme desterrado, escuchando el eco de su sumisión ante Alberto, me resultaba de un morbo salvaje.

—Esta tarde he estado con Tony —solté de pronto, buscando desesperadamente romper su control.

Ella detuvo el movimiento de su mano en seco y me soltó el miembro de golpe, dejándolo caer sin la menor delicadeza, como si de repente hubiera dejado de interesarle.

—Guárdate eso y no seas guarro. Clara está en su habitación —me siseó con un tono gélido, cargado de un desprecio repentino que me golpeó como un bofetón—. Puto salido…

Me guardé la polla a toda prisa, con las manos temblorosas y la cara ardiendo de vergüenza. El contraste entre su depravación de hacía un segundo y este ataque de moralidad doméstica me dejó completamente descolocado, sintiéndome como un adolescente patético al que acaban de pillar en falta.

—Lo siento… pero has empezado tú —balbuceé, intentando defenderme, buscando una dignidad que ya no me quedaba por ningún lado mientras me abrochaba la bragueta con torpeza.

Carmen me dedicó una mirada de soslayo, una expresión de superioridad fría que dejaba claro que ella manejaba el interruptor de mi excitación a su antojo.

—Se me ha olvidado decirte que hace un rato, cuando venía para acá, me ha llamado tu madre.

Fruncí el ceño.

—¿Quería algo?

—Nos ha invitado a cenar el sábado a toda la familia. Por lo visto, es su aniversario, cumplen cincuenta años de casados… Me parece tan romántico…

—Odio esas reuniones… Seguro que mi hermana Alicia habrá escrito una poesía que querrá leer en voz alta… ¿Por qué nadie es capaz de decirle que son horribles?

—No seas bobo… Ya sabes que a ella le hacen ilusión esas cosas —respondió riéndose—. Pero te lo cuento ahora porque también estará Tony. Creo que tendrías que haber esperado un poco más. No quiero que piense que estamos desesperados por meterlo en nuestra cama.

—Ha sido él quien ha venido a buscarme a la salida del trabajo. Está completamente obsesionado contigo. Dice que siempre has sido para él una fantasía con piernas.

La observé, intentando descifrar qué se escondía realmente detrás de aquel juego con mi cuñado.

Quería creer que lo hacía por mí, para alimentar mi morbo y regalarme el espectáculo que yo solicitaba.

Pero una parte de mí no dejaba de preguntarse si, en el fondo, también era ella quien empezaba a sentirse peligrosamente atraída por él.

La expresión de Carmen no cambió. No pestañeó lo más mínimo; se limitó a quedarse allí de pie, con los brazos cruzados y esa mirada imperturbable, esperando fríamente a que yo siguiera hablando.

—Le dije que me habías contado al detalle la paja que le hiciste en el parking.

Carmen lanzó una risa divertida.

—Conociendo a ese orangután, me imagino que te miraría como si fueras un marciano —dijo, sin dejar de reír con esa mezcla de burla y asombro—. A partir de ahora, cada vez que coincidáis en algún evento familiar, siempre te verá como a un bicho raro, Julián. Un cornudo consentidor.

—¿Te avergüenzas de lo que siento? —pregunté en voz baja—. ¿También piensas que soy un bicho raro?

Al ver mi vulnerabilidad, su expresión dura se ablandó por completo, desarmando de golpe toda la frialdad que había mostrado segundos antes.

Se acercó de nuevo hacia mí, y me rodeó con un abrazo cálido y reconfortante que me supo a gloria después de tanta tensión acumulada.

Pegó su mejilla a mi pecho, permitiendo que yo aspirara el aroma de su perfume, y acarició mi espalda con una ternura infinita.

—Por supuesto que no, mi amor. Sabes que no lo pienso y que si a veces te digo cosas, no es para humillarte ni para hacerte sentir mal…

es porque sé que te excita. Pero yo te amo...

—susurró, mirándome a los ojos con total sinceridad—.

Ahora voy a darme una ducha, a ponerme cómoda y te ayudo a poner la mesa.

Se separó despacio de mí, dándome un último y suave apretón en el brazo. Se dio la vuelta lentamente, balanceando las caderas bajo la minifalda de cuadros rojos, y se marchó a paso lento hacia nuestro dormitorio para cambiarse.

Me quedé con el pulso desbocado y una maraña insoportable de emociones.

La humillación, el deseo y un extraño alivio me abrasaban el pecho al mismo tiempo.

Me resultaba imposible comprender que la misma mujer que acababa de entregarse a otro hombre fuera también la única capaz de recomponerme con un simple abrazo.

Aquella contradicción era, precisamente, la prueba de que seguía completamente enamorado de mi esposa.