La Esposa Compartida: II Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Al notar mi movimiento, el magistrado Peralta soltó un bufido de satisfacción y aceleró el ritmo. Sus embestidas se volvieron más profundas, toscas y sonoras, haciendo que mis nalgas chocaran con fuerza contra su pubis en cada golpe.

—Eso es… Así, así… Frótate bien, zorra… —siseó, dándome un azote con la mano libre que me dejó la piel ardiendo—. Tócate para mí mientras te reviento este culazo que tienes.

Comencé a acariciarme con desesperación, con un ritmo frenético que compaginaba el dolor sordo de su penetración anal con la estimulación de mis dedos sobre el clítoris.

La doble sensación me llevó rápidamente al límite.

El mundo se redujo al olor a sudor, al roce áspero de su vello púbico contra mis nalgas y al espasmo violento que comenzó a sacudirme por dentro.

Apreté los dientes, arqueando la espalda, y me corrí con un gemido largo y agudo, sintiendo cómo mis paredes internas se contraían con violencia alrededor de su miembro.

—Joder… Me gusta. Me gusta mucho… Me encanta… —grité con desesperación. Deseé que la rancia criada pudiera escucharme desde la primera planta.

Al sentir mis espasmos, Peralta perdió el poco control que le quedaba.

Me agarró con saña de la cintura, clavándome los dedos en las caderas, y me dio tres embestidas brutales y profundas que me hicieron ver las estrellas.

Con la última, se empujó al máximo dentro de mí, soltando un rugido ahogado mientras se corría.

Sentí de inmediato la descarga de su semen caliente inundándome por dentro, una sensación espesa que me llenó el recto.

Se quedó inmóvil unos instantes, jadeando pesadamente contra mi espalda, manteniendo su miembro dentro de mí para exprimir hasta la última gota de su orgasmo. Yo temblaba de pies a cabeza, con la frente apoyada en la pared fría, asimilando la invasión.

—Joder, Carmen. Qué bien aprieta ese culo. Eres una joya…

Finalmente, se retiró despacio. Sentí el vacío repentino, seguido por el lento y tibio goteo de su semen escurriéndose por mis muslos.

Peralta suspiró, recuperando el aliento, y sin ningún tipo de delicadeza, se agachó para agarrar las bragas blancas de corazones de mis tobillos y tiró de ellas hacia arriba, subiéndomelas por las piernas y cubriéndome el trasero, aún rebosante de su corrida.

Para rematar, me dio un azote firme sobre la tela que me hizo dar un leve respingo.

—¿Ves cómo no era para tanto? —dijo con una sonrisa de suficiencia reflejada en su voz, mientras se abrochaba el pantalón—. Ahora siempre recordarás que fui el primero en darte por el culo.

Me giré despacio, apoyándome en la pared para no caerme. Tenía las piernas temblando y la respiración rota. Miré el reloj de oro de mi muñeca: apenas había pasado media hora desde que había cruzado el umbral.

Sin decir una sola palabra, sin despedirme y sin mirarlo a la cara, me arreglé la falda de cuadros y me abotoné la camisa con los dedos todavía temblorosos. Salí de la habitación dejando atrás a ese puto pervertido. Lo odiaba por haberme hecho sentir tanto placer.

Bajé las escaleras de mármol con pasos lentos y rígidos; con cada movimiento sentía mi esfínter completamente dilatado, sensible al extremo, y un escozor agudo y rítmico que me recordaba la humillación de lo que acababa de permitir.

Crucé el jardín y salí a la calle. El taxi seguía allí, aparcado junto a la acera. En cuanto me vio aparecer por la puerta principal, el conductor encendió el motor y se bajó para abrirme la puerta.

Me deslicé en el asiento trasero con mucho cuidado, tratando de no apoyar todo mi peso sobre las nalgas.

—Vaya, qué rápida… —dijo el taxista, mirándome a través del espejo retrovisor con una sonrisa de oreja a oreja, cargada de una complicidad morbosa.

—Es lo mejor de mi trabajo. Todos siempre terminan más rápido de lo que pagan —respondí con una frialdad cortante, adoptando el papel de profesional para defenderme de su condescendencia.

El conductor soltó una carcajada, tamborileando los dedos sobre el volante mientras metía la primera marcha. Me recorrió de nuevo con la mirada a través del espejo, deteniéndose en mis coletas deshechas y el cuello desabrochado de mi camisa de colegiala.

—¿Y cuánto me cobrarías por una mamada? —soltó a bocajarro, con una audacia rancia—. Así recuperarías el dinero que me diste por esperarte…

El escozor entre mis nalgas era un recordatorio físico y doloroso de la humillación que acababa de sufrir en la casa, pero, en lugar de achicarme, sentí cómo una chispa de poder frío me recorría la espina dorsal.

Sostuve su mirada en el reflejo y ladeé la cabeza, fingiendo valorar la oferta durante unos segundos agónicos en los que vi cómo se le tensaba la mandíbula.

—Lo siento, cariño —le respondí con una sonrisa cargada de un desprecio sutil pero implacable—. Pero ahora estoy en mi hora de descanso.

El hombre borró la sonrisa de golpe y clavó la vista en la carretera, visiblemente cortado.

Me apoyé contra la ventanilla mientras el coche aceleraba, dejando que el aire frío de la tarde me golpeara la cara. Cerré los ojos, sintiendo el dolor sordo y punzante en mi culo con cada bache del camino.