Capítulo 15 #2
Volví a negar con la cabeza y busqué con la mirada el reloj de mi muñeca, fingiendo una prisa que en el fondo era pura necesidad de acabar con el trámite.
—Lamentablemente, no tengo mucho tiempo. Mi marido me está esperando en casa.
Percibí en sus labios una pequeña y amarga sonrisa de burla hacia mi esposo, un recordatorio mental de lo ajeno que estaba a todo este lodo.
—Bien… Me gustan las mujeres que saben ir al grano —contestó él, con los ojos encendidos. Por fin voy a poder gozarte como siempre he deseado.
Me agarró con una violencia inesperada. El tirón fue tan brusco que mis tacones vacilaron sobre el mármol pulido.
Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, me sujetó con firmeza por la cintura y me estampó contra su cuerpo sin el menor miramiento.
Su erección, dura como una piedra, presionaba directamente contra mi pelvis.
Estaba completamente excitado incluso antes de haberme tocado.
No hubo preámbulos. Su boca cayó sobre la mía de forma directa y avasalladora.
Me besó con una voracidad salvaje, invadiendo mis labios sin concederme un instante para reaccionar.
Mientras tanto, sus manos descendieron con impaciencia hasta mi trasero, aferrándome con fuerza por encima de la minifalda de cuadros.
El intenso olor a tabaco me inundó las fosas nasales, envolviéndome en una sensación asfixiante que mezclaba rechazo y desconcierto.
Cerré los ojos un instante, consciente de la contradicción que me recorría por dentro, incapaz de ordenar el torbellino de emociones que aquella cercanía había despertado.
Cuando por fin despegó sus labios húmedos de los míos, me miró con la respiración entrecortada y los ojos turbios de deseo.
—Mejor vamos a mi habitación... —siseó al oído, arrastrándome del brazo sin esperar mi respuesta—. ¿Quién fue el primero que te folló? ¿Con quién perdiste la virginidad? Esas cosas siempre marcan.
Su pregunta me pilló totalmente desprevenida.
Me pareció íntima, retorcida y completamente fuera de lugar.
Pero la sombra de Alberto planeaba sobre nosotros; yo necesitaba que le dijera que me había portado bien y que había cumplido cada una de sus expectativas sin rechistar.
Tenía que ganarme la recompensa de su aprobación una vez más.
—Fue... —dudé un instante, sintiendo el peso de un recuerdo que nunca compartía con nadie—. Sucedió durante el primer año de universidad. Fue con un profesor...
Su respuesta fue un azote seco y ruidoso en mi culo que me hizo dar un respingo en mitad del pasillo.
—Menuda zorrita debías de ser ya por entonces… —gruñó, empujándome con brusquedad hacia el final del distribuidor—. ¿Estaba casado?
—Sí —respondí en un susurro, agachando la cabeza, sintiendo cómo más de veinticinco años después aún conservaba la capacidad de avergonzarme por aquello.
—¿Dónde la perdiste? Dime dónde te la metió la primera vez.
Hice una pausa, tratando de recordar ese momento tan personal para una mujer.
—Fue en su casa. Su mujer había ido a ver a su madre al pueblo. Me lo hizo en su cama. Yo abajo y él encima de mí.
—Qué hijo de la gran puta… ¿Y te gustó?
—No llegué a correrme, estaba demasiado nerviosa. Además, me dolió un poco. Pero él me gustaba mucho y yo tenía ganas de dejar de ser virgen. Todas mis amigas ya lo habían hecho hacía tiempo.
Entramos en su dormitorio. Era una estancia enorme, dominada por una cama de matrimonio de maderas oscuras y pesadas, con cortinajes densos que apenas dejaban pasar la luz exterior.
Sin darme tiempo a reaccionar, me empujó y me puso de cara a la pared, obligándome a apoyar las palmas de las manos contra el papel pintado de rayas oscuras.
Se pegó a mi espalda de inmediato. Sentí su respiración ronca y caliente en mi nuca mientras me besaba el cuello con brusquedad, mordisqueándome la piel de los hombros mientras restregaba su enorme erección contra mi trasero, buscando mi forma a través de la falda.
—Eres preciosa, Carmen. Una hembra de pies a cabeza.
Durante un segundo, por la presión de sus caderas, creí que me iba a follar así, de pie y por detrás. Pero de repente sentí cómo su boca bajaba por mi espalda. El peso de su cuerpo se retiró un palmo y lo oí arrodillarse justo detrás de mí.
Con un movimiento rudo, me levantó la falda y la sostuvo arriba. Se quedó en silencio un instante, contemplando mis bragas de adolescente. Sus manos grandes y curtidas se posaron sobre mis nalgas, apretando la carne con una posesividad salvaje.
—Me vuelve loco este culo de puta que tienes —jadeó, con la voz rota—. Llevo años viendo cómo lo mueves por los pasillos del juzgado… La de veces que me la he machacado pensando en este momento.
Inspiró fuertemente, llenando sus pulmones con mi olor, y de un tirón sentí cómo las gomas de mis bragas bajaban por mis muslos hasta quedar atrapadas en mis tobillos, bloqueándome las piernas.
Su mano libre comenzó a manosearme de nuevo, metiendo los dedos entre mis nalgas, abriéndolas sin ningún decoro para examinarme a su antojo.
—Qué bien hueles, puta…
Me sentí incómoda. Muy incómoda. Una alarma intuitiva comenzó a pitar con fuerza en mi cabeza.
—¿Te lo han follado alguna vez? —preguntó.
—No. Por supuesto que no —respondí con urgencia, tratando de arquear la espalda hacia delante para alejarme de su alcance—. Esas cosas no me gustan…
De repente, sentí el contacto húmedo y cálido de su lengua.
Empezó a recorrerme, a chuparme ahí atrás con una insistencia que me hizo estremecer.
Joder… me gustaba la sensación física, el contraste de su saliva fría contra mi zona más íntima, pero el pánico psicológico seguía ahí, atenazándome el pecho.
—Para... —le dije entre un jadeo que pretendía ser una orden y sonó a súplica—. No seas cerdo. El culo, no.
Él se rió, soltando una carcajada obscena y gutural. Mi miedo no hacía más que excitarlo aún más, alimentando su vena más sádica.
—Lo siento, reina, pero le he comprado tu culo a Alberto. Y puedo asegurarte, Carmen, que no me has salido barata.
Sentí que el mundo se me tambaleaba bajo los pies al comprender el verdadero alcance del trato. Me estaba utilizando como moneda de cambio para sus propios negocios o favores judiciales.
Antes de que pudiera asimilar el golpe, sentí la yema de su dedo presionando con fuerza mi esfínter. Escupió directamente sobre mi piel para lubricar la zona.
—Joder... me haces daño… —grité, intentando desesperadamente buscar una salida—. Si quieres, te hago una mamada de esas que tanto te gustan. Dejaré que termines en mi boca y me lo beberé todo, pero el culo, no.
Intenté tentarlo, girando la cabeza hacia atrás, pero él me ignoró por completo. De repente, sentí la yema de su dedo empujar hacia dentro. Venía acompañado de una sustancia fría, un lubricante que debía tener a mano.
—Shhhh… Tranquila, Carmen —respondió mordiéndome los mofletes del culo mientras seguía moviendo los dedos en mi interior para dilatarme.
Se irguió por completo, retirando los dedos de golpe. La súbita ausencia de tacto me hizo suspirar de alivio, pero fue una paz efímera.
—Tranquila, Carmen —murmuró con prepotencia, sujetándome con firmeza de las caderas—. Te dolerá un poquito al principio, pero si te relajas, lo mismo hasta te gusta. Muchas disfrutan con esto.
Sentí de inmediato la presión abrasadora y desmesurada de su glande empujando con fuerza justo en mi entrada.
—¡Ay…! ¡Más despacio, joder! —grité, aferrándome con las uñas al papel de la pared mientras las lágrimas me acudían a los ojos.
Pero él no escuchó. Ignorando mis quejas, continuó hundiéndose en mí, abriéndose paso sin piedad.
—Qué estrecho y caliente tienes el culo, pedazo de perra.
Sentí un dolor lacerante, una presión ciega y abrasadora que me partió en dos. Creí que me desgarraba por dentro, y un grito ahogado se me quedó atascado en la garganta. Mis piernas, limitadas por las bragas que me encadenaban los tobillos, temblaban sin control.
—¡No te muevas, joder! —gruñó él contra mi nuca, sujetándome con fuerza de las caderas con sus manos de hierro, impidiendo que me apartara de su embestida.
Hizo un movimiento lento, aguantando mi resistencia, obligando a mi cuerpo a ceder terreno centímetro a centímetro.
La fricción era brutal, pero a medida que me acostumbré al grosor de su polla, el dolor comenzó a transformarse en un calor denso, latente y peligrosamente adictivo.
Mi esfínter, forzado al límite, empezó a ceder ante la insistencia rítmica de su miembro.
El tamaño de su erección me llenaba por completo de una forma que nunca antes había experimentado. Un gemido diferente, ya no de sufrimiento sino teñido de un asombro lascivo, se me escapó de los labios.
Sentí cómo la humedad en mi vagina se desbordaba, goteando por mis muslos. Incapaz de contenerme, deslicé una mano temblorosa hacia abajo, colándome entre mis propias piernas para buscar mi clítoris. En cuanto mis dedos rozaron la carne hinchada y empapada, solté un jadeo húmedo.