La Esposa Compartida: II Capítulo 15
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Capítulo 15

Le di al taxista la dirección que Alberto me había indicado en el mensaje. Solo sabía que se trataba de una de las urbanizaciones más exclusivas y blindadas de la ciudad, un refugio de grandes fortunas donde la privacidad se pagaba a precio de oro.

Estaba sumamente nerviosa. Las manos me temblaban levemente sobre el bolso de piel y sentía un nudo en el estómago que mezclaba la ansiedad con una expectación febril.

No sabía qué iba a pasar allí; solo tenía claro que este era otro de los oscuros e impredecibles juegos de Alberto.

Busqué el móvil y le envié un mensaje rápido:

«Ya estoy en el taxi».

Sabía de sobra que estaba pegado a la pantalla, controlando cada uno de mis movimientos. No pasaron ni cinco segundos antes de que el teléfono vibrara en mi regazo.

«¿Estás nerviosa?», me preguntó.

Me halagaba de una forma casi enfermiza que se preocupara por mí, sentir que su atención estaba completamente focalizada en mi sumisión.

«Estoy temblando, mi amor. No sé qué pretendes», respondí de inmediato.

Esta vez, la réplica tardó un poco más en llegar. Dejó pasar un par de minutos, estirando la tensión, sabiendo que yo me desharía en la espera. Al final, la pantalla volvió a encenderse:

«¿Qué llevas puesto?»

Al leerlo, una oleada de calor me subió por el cuello.

En ese instante, a través del espejo retrovisor, capté los ojos del taxista clavados en mí.

Era un hombre de mediana edad, con la mirada cansada pero súbitamente atenta.

En otra época, ese tipo de intromisiones me habrían parecido intolerables.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, bajo la tutela de Alberto, el exhibicionismo había empezado a divertirme de un modo alarmante.

Crucé las piernas con una lentitud deliberada, dejando que la tela de la falda se deslizara hacia arriba, ofreciéndole una vista de una carne que jamás sería para él. Disfruté de ver cómo sus pupilas se dilataban en el reflejo antes de teclear mi respuesta:

«Lo que me pediste que comprara esta mañana: minifalda a cuadros rojos, camisa blanca y tacones negros».

Dudé durante unos segundos si hacerme una foto rápida con la cámara frontal para enviársela, pero decidí contener el impulso. No quería adelantarme; prefería esperar a que fuera él quien me la exigiera, saboreando el protocolo de sus órdenes.

«Bien… Buena chica», contestó él de forma escueta.

Ese simple «bien» me provocó un escalofrío húmedo y punzante justo en medio de las piernas.

Era una validación tan directa que mi cuerpo la asimilaba como una recompensa física, un refuerzo psicológico devastador.

De manera incomprensible, mi mente viajó de golpe hacia el pasado, hacia la figura de mi padre.

Recordé que experimentaba esa misma y angustiosa necesidad de aprobación antes de casarme con Julián, cuando todavía era su «princesita» consentida.

Siempre había vivido esperando de él cualquier halago, cualquier reconocimiento que me hiciera sentir valiosa.

Sin entender en qué momento exacto de mi vida se había convertido en una filia sexual.

El teléfono volvió a vibrar.

«¿Te hiciste las coletas?»

Sonreí para mis adentros. Él sabía perfectamente que sí; yo siempre acababa haciendo todo lo que me pedía, sin importar lo humillante o absurdo que me pareciera.

«Me siento ridícula disfrazada como una colegiala», tecleé, tratando de fingir una protesta que mis ojos desmentían.

Al levantar la vista, volví a cruzarme con los ojos del taxista en el espejo.

Descrucé las piernas despacio y las abrí solo un poco, lo suficiente para que, desde su ángulo, pudiera verme las bragas.

Eran unas que había comprado esa misma mañana siguiendo las minuciosas instrucciones de Alberto: «No lleves encajes sofisticados…

compra unas de algodón blanco, sencillas, estampadas con pequeños corazones rojos».

Finalmente, el coche se detuvo frente a las puertas de una villa impresionante.

No era fácil sorprenderme con la arquitectura; yo misma había crecido en una mansión similar hasta que Julián y yo decidimos casarnos.

Mi padre había insistido en hacernos un chalet dentro de su propiedad, pero Julián, con su maldito orgullo de clase media y su empeño en no deberle nada a mi familia, prefirió que compráramos un piso en el centro.

Pagué al taxista con un billete grande y saqué otro de mi cartera, mostrándoselo.

—Si me espera aquí fuera, le daré este otro cuando vuelva —le dije, sosteniéndole la mirada con descaro.

El hombre me miró extrañado, evaluando la situación.

—¿Tardará mucho? —preguntó, titubeando—. Es que termino mi turno dentro de un rato.

Miré mi reloj de pulsera, como si ese gesto mecánico pudiera darme una respuesta real sobre el destino que me aguardaba dentro de esos muros.

—Puede que una hora, quizá algo más —respondí con una sonrisa enigmática.

En ese momento, la expresión de su rostro cambió por completo.

Su mirada se volvió pesada, cargada de un juicio implícito.

Me estaba catalogando como una escort de lujo, una prostituta de alta gama que acudía a domicilio para dar servicio a algún ricachón de la urbanización.

Sentir aquel juicio moral mezclado con su evidente deseo me encendió por dentro.

—Esperaré —asintió con voz ronca.

Le guiñé un ojo antes de salir del coche. El sonido de mis tacones repicoteó contra el asfalto mientras caminaba hacia la verja de entrada. Pulsé el timbre automático. Al cabo de unos segundos, la voz de una mujer sonó por el interfono; su tono era tan frío y metódico que parecía una grabación.

—¿Quién es?

—Buenos días —respondí, acercándome al micro—. Soy Carmen Valdés y…

No me hizo falta terminar la frase ni dar más explicaciones.

El pestillo eléctrico de la puerta del jardín hizo un chasquido y la verja se abrió.

Entré al recinto ajardinado y caminé bajo la sombra de unos pinos perfectamente podados, escuchando el eco rítmico de mis pisadas sobre las losas de piedra.

Al llegar a la entrada principal, la puerta de madera se abrió antes de que tuviera tiempo de llamar.

En el umbral apareció una empleada doméstica.

Vestía un uniforme de sirvienta clásico, con delantal, que parecía sacado de otra época.

Tenía una expresión hosca y antipática, y al igual que el taxista, bastó una sola mirada a mi atuendo de colegiala, a mis coletas y a mi falda absurdamente corta para que me juzgara.

Vi en sus ojos el mismo veredicto: para ella, yo no era más que una puta traída para el disfrute del señor de la casa.

Pensar en eso me excitó de tal manera que, durante un segundo, el miedo desapareció de mi pecho y sentí una oleada de humedad empapar el algodón de mis bragas.

¿Qué iba a pasar allí dentro? ¿Con quién iba a estar?

¿Se trataba únicamente de una parte de mi «adiestramiento» como él lo llamaba, o había algún interés material oculto detrás de este encuentro?

—Sígame, señorita —dijo la mujer con brusquedad y cierto retintín en el tono, dándose la vuelta sin esperar respuesta.

La seguí al interior. Subimos por una escalinata de mármol pulido. A medida que avanzaba, no pude evitar fijarme en la decoración. Era una casa ostentosa, recargada y carente de cualquier atisbo de buen gusto; un despliegue de opulencia rancia y pretenciosa.

Al llegar a la segunda planta, la criada me condujo a un pequeño salón.

El espacio era extrañamente impersonal y frío, recordándome de inmediato a la consulta de un dentista.

Había un sofá de cuero, una mesa auxiliar de cristal repleta de revistas de negocios y finanzas.

No había una sola fotografía o detalle personal que me permitiera averiguar a quién pertenecía la casa, o qué pretendían hacer conmigo.

Aquella falta de referencias volvió a disparar mis alarmas.

El corazón me latía con fuerza en la garganta.

Pensé en Julián. Me prometí a mí misma que nunca le contaría los detalles de lo que fuera a ocurrir en este lugar.

Le diría que había estado con Alberto, por supuesto, pero omitiría el resto.

No quería que sufriera al comprender hasta qué punto Alberto había logrado doblegarme.

Pasaron diez minutos agónicos en los que el silencio de la casa solo era interrumpido por el tic-tac de un reloj de pared. De repente, la puerta doble del salón se abrió y un hombre entró en la habitación.

Me quedé de piedra, conteniendo el aliento.

Era el magistrado don Alfonso Peralta de la Vega.

—Joder, Carmen. Estás preciosa así vestida. Reconozco que eres toda una perversión para mí. Ponte de pie y déjame que te mire...

Sentí una punzada de decepción que me amargó la boca.

Ya había tenido un par de encuentros con él en la casa de Alberto; me encantaban los tríos, la adrenalina de saberme compartida, pero odiaba profundamente a ese hombre.

Era un degenerado arrogante, un tipo endiosado de sí mismo que utilizaba su posición de poder para tratarnos a todas como si estuviéramos a su servicio.

Me levanté del sofá de cuero, tragándome la desgana. En cuanto estuve erguida, él me cogió de la mano con brusquedad y tiró de mí, obligándome a dar una vuelta lenta a su alrededor para poder examinarme el cuerpo como si fuera una yegua en una subasta.

—Menudo bombón. Contigo me ha tocado la lotería —murmuró, recorriendo con los ojos mis piernas y la tirantez de la camisa de colegiala—. ¿Te ha dicho el cabrón de Alberto lo que quiero?

Negué con la cabeza en silencio. Aún no había despegado los labios; prefería mantener esa distancia, no darle la satisfacción de oírme suplicar o mostrarme sumisa ante sus preguntas.

—¿Te apetece tomar algo? —insistió, relamiéndose—. Tengo un whisky que me traen directamente de una destilería escocesa. Lo hacen solo para una lista muy reducida de clientes VIP. Ya sabes… gente importante.