Capítulo 14 #2
—Follamos como animales. Cuando llegamos a casa, ella estaba desatada. Dejaste a mi esposa con muchas ganas —mentí, sintiendo cómo la cara me ardía de vergüenza—. Es cierto que al día siguiente sentí celos y tuve algún momento de dudas… Pero hablamos de ello y ahora estamos mejor que nunca.
Tony se inclinó un poco más sobre la mesa, saboreando el poder que mi confesión le otorgaba.
—Pues si quieres saberlo, Julián… Tu mujer me vuelve loco.
Me quedé con unas ganas de follármela que no te imaginas —soltó regodeándose en el recuerdo, relamiéndose los labios con un descaro obsceno—.
Menuda paja me hizo la muy zorra. Además, besa de maravilla.
No te voy a engañar, al día siguiente intenté quedar con ella, entiéndeme…
—se encogió de hombros a modo de disculpa—.
Pero ella me bloqueó en el teléfono y en sus redes sociales.
—Me gustaría que te acostaras con ella —lo corté—, pero a Carmen le da miedo dar ese paso. Dice que no quiere hacerme daño, que teme que nuestro matrimonio acabe resintiéndose... y también le dolería hacerlo por Alicia. Ya sabes cuánto quiere a mi hermana.
Tony tardó unos segundos en reaccionar, como si intentara averiguar si hablaba en serio o se trataba de una broma de mal gusto. Finalmente, soltó una risa nerviosa y negó con la cabeza.
No quise decirle que Carmen ya había aceptado, que entre nosotros existía un acuerdo. Por una vez prefería ser yo quien controlara la situación. Quien manejara a los dos.
—¿Y crees que podrás convencerla? Aunque al final se controló, esa noche la noté muy cachonda.
—Puede. Creo que sí. Solo tengo que demostrarle que no es más que un juego, que después de acostarse contigo nuestro matrimonio seguirá siendo el mismo. Eso sí… tengo mis condiciones.
Tony arqueó una ceja.
—¿Qué condiciones?
Cogí aire antes de responder.
—Tiene que ser en mi casa. Y yo tengo que estar delante.
Tony me miró unos segundos en silencio. Después soltó una carcajada y levantó las dos manos.
—¡Eh, eh, eh! Para, para... Creo que te has confundido de película, Julián.
Negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—A tu mujer le daría toda la caña que ella quiera y más… dalo por hecho —respondió Tony con chulería—. Pero a mí no me vengas con historias de ricos ni con mariconadas raras. A mí los tíos no me ponen… ni de coña. Que te quede claro: yo no juego a esas mierdas. Yo soy un hombre de verdad.
El silencio que siguió pesó como el plomo.
Tony me clavaba una mirada de desprecio, juzgándome, convencido de que le estaba tirando los tejos utilizando a mi propia esposa como anzuelo.
Sentí el impulso de levantarme y marcharme, pero el orgullo y la rabia me congelaron en el sitio.
Apreté los puños bajo la mesa, tragándome la humillación, y me obligué a sostenerle el pulso visual.
—Creo que eres tú el que no ha comprendido nada —dije, endureciendo el tono para frenar su golpe—. A mí tampoco me gustan los hombres. Tú solo tendrías que estar con ella. Yo solo miraría. Te aseguro que ni siquiera os daríais cuenta de que estoy allí.
Tony dejó caer las manos sobre la mesa, relajando la postura mientras una sonrisa lenta, cargada de una malicia morbosa, se abría paso en su cara.
—Siendo así, por mí no habría problema.
Se inclinó de nuevo hacia delante, borrando cualquier rastro de desprecio para dejar paso a una curiosidad puramente animal. Le dio un trago corto a su cerveza, relamiéndose los labios mientras me clavaba los ojos, saboreando el control absoluto que volvía a tener sobre la situación.
—¿Cómo lo haríamos? —preguntó en un susurro ronco, yendo directo al grano sin rodeos—. Tendría que saberlo antes para inventarle una buena excusa a tu hermana. Ya sabes lo celosa y controladora que se ha vuelto desde lo que pasó con la vecina.
—Tranquilo. Te avisaría con tiempo. Tendría que ser un sábado por la noche...
—comencé a desglosar el plan, esforzándome por mantener un tono de absoluta normalidad que contrastaba con la locura de lo que estaba proponiendo—.
A ella le gusta ir despacio, así que tendrías que adaptarte a nuestro ritmo.
Vendrías a casa a cenar. Hablaríamos de cualquier cosa, caería alguna broma con doble sentido…
Después nos tomaríamos unas copas tranquilamente en el salón y dejaríamos que todo fluyera, sin prisas.
Me detuve un instante, tamborileando los dedos sobre la mesa antes de soltar el detalle más crucial.
—Y, por supuesto, tiene que ser un fin de semana que no esté Clara. Mi hija se va a veces a pasar el fin de semana a casa de alguna amiga.
Tony me clavó una mirada intensa, asimilando cada palabra del plan mientras una chispa de anticipación le encendía los ojos. La idea de follarse a mi mujer en mi propia casa, con mi permiso y bajo mi mirada, terminó de inflar su ego de macho alfa.
—Hecho, cuñado —sentenció—. Tenemos un trato. Y, si quieres, a cambio puedo enviarte algún vídeo nuevo de Alicia. Tengo uno en el que sale masturbándose, metiéndose la bola del cabecero de la cama, completamente abierta y gimiendo… Seguro que te encantaría verle el coño bien de cerca a tu hermana.
Me apetecía muchísimo verla. Solo de imaginarlo, sentí una pulsión nueva y febril que me recorrió el cuerpo.
Pero aquello ya me parecía una humillación excesiva para mi propia hermana.
Era el colmo: no me bastaba con empujar a su marido a serle infiel con Carmen; comerciar de aquella manera con la intimidad más sagrada de Alicia me resultaba demasiado sucio, incluso para mí.
—No te preocupes… No hace falta —dije.
Sin embargo, apenas pronuncié aquellas palabras, un remordimiento amargo me atravesó por dentro. Me arrepentí casi al instante. No porque hubiera hecho lo correcto, sino porque, por un momento, había intentado convencerme de que aún quedaba en mí algo parecido a un hombre con principios.
Le estreché la mano con fuerza, sellando aquel pacto sucio. El crujido de nuestras palmas al chocar resonó entre nosotros como el disparo de salida. Ya no había marcha atrás.