La Esposa Compartida: II Capítulo 14
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Capítulo 14

Salí de la oficina de la inmobiliaria con la cabeza todavía atrapada en el trabajo. Apenas había dado dos pasos hacia el aparcamiento cuando me topé con Tony. Estaba junto a una farola, inmóvil, como un muro de testosterona esperándome.

El humo del cigarrillo ascendía despacio frente a su rostro de facciones duras mientras jugueteaba con las llaves de la furgoneta entre aquellos dedos gruesos y curtidos que, días antes, habían acariciado el cuerpo de mi esposa.

Noté cómo las vísceras se me retorcían en un espasmo violento. El pánico, sordo y helado, me paralizó durante un instante. Mi primer impulso fue buscar a Alicia con la mirada, temiendo verla aparecer con los ojos hinchados por el llanto.

«Lo sabe», pensé, y el corazón me golpeó el pecho con una violencia salvaje. Estaba convencido de que mi hermana había descubierto lo que había pasado con Carmen, y de que Tony había venido a advertírmelo. Sentí la boca pastosa, seca como la cal.

Me acerqué despacio, obligándome a sostenerle la mirada, aunque por dentro me estaba desintegrando.

—Hola, Tony, ¿sucede algo? —pregunté. Mi voz reflejaba el temor que sentía en esos momentos.

Él soltó una carcajada ronca, una vibración áspera que me resultaba obscena dadas las circunstancias. Aspiró el humo por última vez y tiró la colilla al suelo, machacándola con el tacón de la bota.

—Joder, cuñado... Menuda cara de susto has puesto al verme. Parece que hayas visto a un muerto.

Se enderezó, invadiendo mi espacio vital con su envergadura, y me dio un golpe en el hombro. No fue una palmada amistosa; fue un impacto seco, que me hizo tambalear y me recordó la fuerza bruta que escondía bajo esa camisa de manga corta que le reventaba en los bíceps tatuados.

—Relájate, hombre. Que somos familia. ¿Es que no puedo venir a invitar a mi cuñado a una cerveza?

Lo miré, completamente descolocado por su tono jovial, por esa familiaridad forzada que me revolvía el estómago.

—Perdona, Tony, pero dejémoslo para otro día —balbuceé, bajando la vista, incapaz de sostenerle la mirada—. Es que hoy me pillas muy ocupado. Tengo que pasarme sin falta por la tintorería y luego a hacer la compra.

Me dio otro golpe en el hombro, esta vez con más fuerza, y me agarró de la nuca con esa manaza curtida y enorme. Me obligó a levantar la cabeza.

—No seas aguafiestas y relájate, joder —me siseó al oído, con un tono de voz profundamente dominante y cargado de superioridad—. ¿Es que Carmen no puede ocuparse de esas chorradas?. Eres un blandengue. Creo que tu mujer y tu hija te están comiendo el terreno.

El insulto fue directo, brutal, una cuchillada que me atravesó el orgullo.

—Carmen sale muy tarde del trabajo —intenté alegar.

—Si quieres un consejo, yo que tú la ataría bien corto.

Tu mujer está demasiado buena para dejarla tan suelta.

Si quieres, ya me encargo yo de vigilarla...

—soltó antes de romper a reír—. Tranquilo, hombre, es broma.

¿Nos tomamos esa cerveza o qué? Después de los vídeos que compartimos el otro día en la boda de Merche, además de familia, ya podemos decir que somos amigos.

No supe qué responder. La palabra «amigos» se me clavó como una espina. Asentí por puro reflejo, anulado por la confusión y el alivio culposo de saber que mi hermana no estaba al tanto.

—Claro... pero no tengo mucho tiempo.

—Pues venga, muévete. Vamos a ese antro de ahí. He estado antes tomando una caña mientras te esperaba y, joder, Julián… menudas tetas tiene la camarera —señaló al bar que había junto a la inmobiliaria.

Tony pidió dos cervezas directamente en la barra, sin consultarme.

Nos sentamos en una mesa al fondo, bajo la luz mortecina de un fluorescente que parpadeaba rítmicamente.

Durante los primeros minutos, la conversación fue una tortura.

Él hablaba de tonterías: el calor que ya comenzaba a sentirse, el tráfico insoportable de la ciudad, la última chapuza que había tenido que arreglar en una obra…

Yo apenas lo escuchaba. Esperaba el hachazo.

Sabía que toda esa palabrería no era más que el preámbulo de la verdadera razón de su visita.

La tensión era física; sentía el sudor frío bajándome por la espalda mientras lo veía beber, fijándome en la forma en que sus labios gruesos rodeaban el cristal del vaso.

Fue él quien rompió el hielo, con una brusquedad que me hizo dar un respingo. Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Quieres que te enseñe un vídeo de tu hermana grabado esta misma mañana?

Su pregunta me dejó completamente descolocado. Durante unos segundos fui incapaz de responder. En el fondo deseaba verlo, aunque sabía que invadir de aquella forma la intimidad de Alicia estaba mal. Aun así, no pronuncié una sola palabra.

Él interpretó mi silencio como una respuesta. Desbloqueó el móvil, buscó el archivo y, sin decir nada más, me puso la pantalla delante de los ojos.

Alicia estaba completamente desnuda, montada a horcajadas sobre Tony, quien, desde un ángulo inferior, sostenía el teléfono con una mano para grabar cada segundo.

El rostro de mi hermana aparecía totalmente desencajado, casi irreconocible, atravesado por las sacudidas de un placer casi insoportable.

Gemía con la boca abierta, un sonido gutural y continuo que salía de lo más hondo de su garganta, mientras sus grandes pechos se balanceaban con furia al ritmo frenético de sus subidas y bajadas.

Mi polla se tensó tanto dentro de los pantalones que, incapaz de contener el impulso, tuve que deslizar furtivamente la mano hacia la entrepierna para apretarme con desesperación.

—¿Sabes por qué la follo así todas las mañanas?

—preguntó Tony con una chulería cínica, mientras dejaba que los últimos segundos del vídeo siguieran reproduciéndose en bucle—.

Porque a las mujeres hay que darles lo suyo bien dado en casa para que no tengan que buscarlo fuera.

Si no, mira lo que le ha pasado a Pablo, el de la farmacia.

La pillaron el otro día, saliendo de casa de uno del pueblo de al lado.

Levanté la vista de la pantalla lentamente, con la mandíbula apretada y un nudo viscoso en el estómago.

—Nunca pensé que mi hermana fuera una mujer tan... apasionada.

Tony soltó una risa seca, guardando el móvil con parsimonia antes de clavar sus ojos oscuros en los míos.

—Si te la sabes follar bien, una guarra como todas —afirmó dando un trago a la cerveza—. ¿Y de tu mujer qué me cuentas?

—¿Qué quieres que te cuente? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.

Sus ojos brillaron con una luz lasciva.

—No te voy a mentir, Julián. Llevo acordándome de Carmen toda la semana. Ya me entiendes… Joder, menuda hembra tienes.

No respondí. Me quedé esperando a que siguiera hablando de Carmen. Escuchando cómo describía a mi esposa con esa ordinariez que, paradójicamente, me encendía la entrepierna.

—Carmen tiene mucha clase. Solo con oírla hablar y verla moverse te das cuenta de que es una mujer de mucha categoría.

De esas ricachonas elegantes que visten ropa cara y han estudiado en los mejores colegios.

Pero te digo una cosa… las pijas son siempre las más viciosas —continuó Tony, relamiéndose los labios con un descaro obsceno.

Aquellas palabras me hicieron comprender que me estaba tanteando. Quería averiguar si yo sospechaba algo de lo que había pasado entre ellos dos en el parking.

Respiré hondo, reuní el poco orgullo que aún me quedaba y decidí poner fin a la farsa. Había llegado el momento de hablar sin rodeos.

—Carmen me lo contó todo, Tony.

Por primera vez desde que nos habíamos sentado, la sonrisa de suficiencia desapareció de su rostro. Se quedó estupefacto, procesando la información.

—¿Todo? —preguntó, bajando la voz.

—Todo. Al detalle.

Permaneció unos segundos observándome en silencio, como si estuviera intentando descifrar un jeroglífico. Después sacudió la cabeza, incrédulo.

—¿Te refieres a lo del aparcamiento?

Asentí, sintiendo una erección violenta y dolorosa tensando la tela de mi pantalón bajo la mesa. Ver su desconcierto me daba una extraña forma de poder.

—Sí. Me describió cómo os besasteis, lo que le decías, cómo la agarraste… No me mintió en nada. Ella sabe que yo… —tartamudeé— Carmen sabe que yo acepto estas cosas.

Tony cogió el botellín, pero no bebió.

—¡Hostias! —exclamó finalmente, en un susurro cargado de asombro y una extraña forma de respeto—. No sé qué decirte, Julián. Lo siento mucho. Seguro que tú en mi lugar hubieras hecho lo mismo. Tu mujer está demasiado buena…

La prudencia se evaporó, reemplazada por un morbo oscuro y devastador que me exigía confesar la verdad, degradarme aún más ante este bruto.

—No tienes que sentirlo, Tony. Fui yo quien lo provocó todo. Llevaba tiempo fantaseando con algo así.

—¿Quieres decir que consientes que tu mujer se acueste con otros tíos? —preguntó, clavándome una mirada que destilaba un asco y una perplejidad absoluta, como si acabara de confesarle que me gustaba comer mierda.

Una parte de mí, oscura y retorcida, deseaba gritarle la verdad.

Confesarle que Carmen no solo se acostaba con otro, sino que tenía un amante fijo que la poseía a su antojo, y que incluso en ocasiones la llevaba a su casa y la compartía con otro hombre.

Pero, por una vez, el instinto de supervivencia ganó la partida.

—No, joder. No es eso —respondí, endureciendo la voz y forzando una masculinidad fingida, como si la sola pregunta fuera un insulto a mi hombría—.

Lo nuestro es otra cosa. Ya te he dicho que nos pone hablar y fantasear de otras personas cuando estamos en la cama.

Pero la noche de la boda habíamos bebido y todo se descontroló.

—¿Y cómo te lo tomaste cuando ella te lo contó?

Apreté el botellín con fuerza, sintiendo cómo el calor de la vergüenza y una corriente de morbo asquerosamente intenso me bajaban por la columna. Le sostuve la mirada como pude, tragando saliva antes de forzar una voz que sonara lo más entera posible, aunque por dentro estuviera temblando.