La Esposa Compartida: II Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Quería encontrar la casa exactamente igual. Cada objeto en su sitio, cada detalle intacto, como si aquel escenario pudiera conservar la huella de lo ocurrido y le permitiera revivirlo una y otra vez con la imaginación.

Hubo algo profundamente profano, casi místico, en ver a Alberto sentado en el sofá de mi salón. Ver su chaqueta colgada en el perchero del recibidor y su corbata de seda ligeramente aflojada mientras sostenía una copa de whisky transformó el espacio familiar en un territorio comanche.

Cuando terminamos las copas, no hubo espacio para los preámbulos.

Alberto me tomó con fuerza de la muñeca y me guio con paso firme hacia el dormitorio.

Yo me había preparado minuciosamente para su llegada: me despojé de la ropa de oficina y me cubrí apenas con un camisón de encaje negro, tan corto y traslúcido que dejaba al descubierto la humedad que ya brotaba de mí, combinado con unos zapatos de tacón de aguja que tensaban cada músculo de mis piernas y me obligaban a caminar con una sumisión lasciva.

Recuerdo la sensación de verme reflejada en el gran espejo del armario empotrado.

El mismo espejo frente al que me vestía cada mañana para ir a trabajar, el mismo cristal que había albergado los años de rutina y besos tibios de mi matrimonio, ahora reflejaba una estampa brutal: yo estaba puesta a cuatro patas sobre las sábanas blancas de la cama, con los tacones clavados en el colchón y el camisón subido, mientras Alberto, con la camisa aún puesta, me la metía por detrás como a una perra en celo.

Sus embestidas eran secas, violentas y profundas, haciendo que el cabecero de madera crujiera rítmicamente contra la pared. Abrí la ventana… deseaba que los vecinos me escucharan gritar.

La segunda vez que vino a casa, sin embargo, las reglas del juego se retorcieron hasta rozar el delirio. Fue un auténtico disparate ideado por la mente enferma de mi marido.

Una noche, después de hacer el amor mientras estábamos tumbados en la penumbra del cuarto de invitados, me rodeó la cintura con unos dedos temblorosos. Con los ojos brillantes me suplicó que invitara a Alberto a cenar el viernes por la noche.

Quería tenerlo allí, en su mesa, servirle la comida, brindar con él y sostenerle la mirada al hombre que día tras día complacía a su esposa.

Al principio me negué en redondo, sintiendo una oleada de auténtico rechazo. Le dije que estaba completamente loco, que aquello cruzaba la línea de lo razonable y que no pensaba prestarme a semejante circo.

—Si de verdad tienes tantas ganas de verme con otro hombre, lo haré delante de ti con tu cuñado. Ya conoces mis condiciones, Julián. Tú lo preparas y luego te tragas la humillación —le solté, clavándole una mirada gélida mientras me abrochaba la bata.

—Lo sé, mi amor... Dios, lo sé —respondió él con un hilo de voz, tragando saliva mientras se recolocaba el calzoncillo—. Estoy esperando el momento adecuado. A ver si Clara se va un fin de semana a casa de alguna amiga y encuentro la ocasión de hablar con Tony de todo esto.

—¿No habéis vuelto a comentar nada? —pregunté. Había supuesto que ambos intercambiaban mensajes y fotos mías y de su hermana. Julián me había contado en más de una ocasión lo mucho que le había excitado ver a Alicia arrodillada y desnuda.

—No, joder… No es tan fácil, Carmen. Tony es mi cuñado —respondió con aspereza.

Arqueé las cejas, sorprendida.

—Como la noche de la boda de tu prima lo teníais tan claro... No sé… pensé que estaríais haciendo planes.

—Aquel día habíamos bebido y una cosa llevó a la otra. Pero escribirle un mensaje así, de repente… —Negó con la cabeza antes de añadir—. No te preocupes. Encontraré el momento.

Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.

—No, si yo no me preocupo. Eso es cosa tuya —respondí tajante—. Pero en cuanto a lo de invitar a cenar a Alberto a casa, creo que se te ha ido la cabeza. ¿Es que quieres que le presente a mi amante a Clara?

Julián me abrazó. El morbo lo estaba devorando vivo.

—No, Carmen, no me has entendido. Sé que no habría sexo. Solo quiero que cenemos con él, que tomemos algo juntos... Percibir la tensión que hay entre vosotros. Sería morboso, ¿no crees? Clara no tiene por qué saber quién es Alberto. Le diremos simplemente que es un compañero del bufete...

Solté aire: me cansaba que se pusiera tan reiterativo.

—No insistas, Julián. Olvídate de eso. Es una locura.

Pero él no tenía intención de rendirse tan pronto.

—Necesito ver cómo te mira cuando cree que yo no me doy cuenta. Te juro por mi vida que sabré comportarme.

El jueves, mientras Alberto me besaba tiernamente después de una intensa sesión de sexo, cometí la torpeza de comentarle la ocurrencia de mi marido. Estaba convencida de que se echaría a reír y la despacharía como la fantasía enfermiza de un cornudo.

Sin embargo, su reacción me heló la sangre y, al mismo tiempo, me encendió la entrepierna.

Alberto se recostó sobre la almohada y me sostuvo la mirada.

—¿Qué vino le gusta a tu marido? —preguntó de pronto.

Fruncí el ceño mientras dibujaba círculos con la yema de los dedos sobre el vello de su pecho.

—No estarás hablando en serio… Me sentiría muy incómoda teniéndote en mi casa estando Clara delante.

Alberto soltó una sonrisa lenta, de esas que siempre anunciaban problemas.

—Me encantará conocerla, me has hablado tanto de ella que siento curiosidad. Por lo tanto, dile a tu marido que acepto la invitación.

Lo dijo como quien toma una decisión que ya no admite discusión.

—¿En serio? —me incorporé—. ¿De verdad vas a venir?

—Claro que voy a ir. —Me sostuvo la mirada sin dejar de sonreír—. Será divertido.

A mí seguía pareciéndome una auténtica locura.

Un juego de alto riesgo que amenazaba con hacer saltar por los aires los pocos cimientos de cordura que aún nos sostenían.

La sola idea de sentar a mi marido y a mi amante en la misma mesa, verlos intercambiar comentarios cordiales, servirse el vino o pasarse una fuente como si fueran dos viejos amigos, me revolvía el estómago.

Era una mezcla insoportable de morbo y pánico que me aceleraba el pulso y me hacía preguntarme si, de verdad, nos estábamos volviendo completamente locos.

Pero, como siempre terminaba ocurriendo cuando Alberto insistía, terminé cediendo, aplastada por el deseo de complacer su perversidad.

Salí del hotel y subí al coche con el corazón latiéndome en los oídos. Arranqué, respiré hondo y marqué el número de Julián desde el manos libres. En cuanto descolgó, no le di tiempo ni a saludar.

—Julián, he hablado con Alberto sobre lo de venir a cenar el viernes a nuestra casa. Ha aceptado.

Al otro lado de la línea no hubo respuesta inmediata.

Solo silencio.

Un silencio espeso, casi palpable, roto únicamente por una respiración entrecortada que conocía demasiado bien. Julián acababa de comprender que su fantasía había dejado de ser algo intangible. Acababa de invitar a sentarse a nuestra mesa al hombre que había dinamitado nuestras rutinas.

Pero bajo mi fachada de seguridad, me carcomía un pánico sordo e insoportable.

Temía que una sola mirada fuera de lugar, un descuido en la complicidad de nuestros ojos o un gesto demasiado blando por mi parte me delatara por completo ante mi esposo.

Si Julián prestaba la suficiente atención, si lograba leer entre líneas más allá del morbo puramente carnal que él mismo alimentaba, terminaría por comprender la verdad más devastadora de todas: que lo mío con Alberto ya no era solo un juego de sumisión y lujuria, sino que mis sentimientos reales por él amenazaban con destruirlo todo.