La Esposa Compartida: II Capítulo 13
40%

Capítulo 13

Lo primero que hice fue bloquear el número de teléfono de Tony en cuanto me envió el primer mensaje. Me escribió el lunes por la mañana un texto directo y cargado de la misma altanería con la que se comportaba siempre.

«Menuda noche, cuñadita. Tenemos que buscar un motel esta semana y terminar lo que empezamos».

No me molesté ni en parpadear. Sentí una punzada de desprecio y le di al botón de bloquear sin contemplaciones.

No lo hice por un repentino ataque de remordimientos hacia Alicia, ni mucho menos por proteger la frágil cordura de Julián.

Lo hice porque ese bruto no era más que un peón tosco, un divertimento sucio de una noche para darle algo a mi esposo a cambio de unos días en nuestro apartamento de la Costa del Sol con Alberto.

Mi mente, mi carne y mi verdadera devoción estaban fijadas en un altar infinitamente más alto, más oscuro y devastador.

En casa, delante de Julián, seguía empeñándome en fingir que lo mío con Alberto era una relación puramente física. Que entre nosotros no había emociones ni sentimientos.

—Él solo quiere metérmela. Lo desea en cuanto me ve entrar por la puerta de su despacho. Pero cuando se corre, Alberto es frío como el hielo. Después es como si le molestara mi presencia y ya ni siquiera me habla —le había dicho a mi marido más de una vez.

Julián nunca llegó a sospechar que acabé enamorándome de Alberto hasta las trancas. Pensaba en él con la misma ilusión con la que Clara hablaba de Hugo.

Me encantaba hacerle regalos. El primero fue un reloj de marca, después una pluma estilográfica de oro con su nombre grabado, y el último había sido una botella de whisky difícil de encontrar... Cualquier excusa me parecía buena para verlo sonreír.

Aun así, siempre tuve claro que no era un hombre con el que pudiera construir una vida.

Nunca imaginé dejarlo todo para marcharme con él.

Lo nuestro pertenecía a un lugar muy distinto.

Alberto era el hombre al que deseaba, no el hombre con el que quería envejecer.

Pero aun así soñaba con pasear de la mano por la arena de la playa, despertarme a su lado, sabiendo que tendríamos todo el día para nosotros.

Con el tiempo comprendí que existen hombres extraordinarios para amar una noche y completamente incapaces de sostener una rutina.

Y también los hay que saben cuidar, proteger y acompañarte durante toda una vida, pero que jamás consiguen despertar esa parte de ti que necesita sentirse devorada por el deseo.

Yo había encontrado el equilibrio perfecto. Con Julián tenía estabilidad, cariño y una vida construida entre los dos. Con Alberto, la pasión. Y durante mucho tiempo me convencí de que podía vivir con ambas cosas sin que una destruyera a la otra.

Y por ello, a mi esposo solo le hablaba de lo físico, le describía al detalle cómo me abría de piernas para él sobre la mesa de juntas o cómo me obligaba a tragar su virilidad hasta la garganta.

Lo narraba con dureza para mantener vivo el morbo de Julián, alimentando esa fantasía de sumisión cuidadosamente controlada que tanto lo excitaba.

Le hacía creer que cada vez que Alberto me reclamaba hacer un trío con el juez Peralta, yo no era más que un juguete destinado a satisfacer sus deseos más sucios y depravados.

Que su único propósito era envilecerme poco a poco, empujándome cada día un paso más hacia la mujer que él quería que fuera, hasta hacerme sentir cada vez más puta.

Lo convencí de que Alberto era un hombre frío, dominante, vanidoso, déspota… Nunca le hablé de las conversaciones que venían después, de los silencios y risas compartidas. De nuestros momentos tiernos, como por ejemplo, el día que me dijo que le encantaría tener un hijo conmigo.

—Estás loco —le respondí, besándole el tórax—. Cuando estuve embarazada de Clara, me puse insoportable. Me molestaban todos los olores y las tetas se me hincharon como las de una vaca.

Los dos nos echamos a reír.

—Era muy joven... Me casé embarazada. Pensé que así a papá no le quedaría más remedio que aceptar a Julián.

Pero para él fue una enorme decepción. Aunque, en apariencia, todo está bien y adora a su nieta, a mí nunca me lo perdonó.

Nuestra relación jamás volvió a ser la misma.

Se fue alejando de mí —dije con tristeza.

—Seguro que estabas preciosa. Puedo imaginarte perfectamente...

tan joven, con esa barriga empezando a notarse, convencida de que te estabas comiendo el mundo y sin tener ni idea de todo lo que te esperaba.

Apostaría a que tenías la misma sonrisa de ahora y esos ojos capaces de volver loco a cualquiera.

Julián debió de sentirse el hombre más afortunado del mundo cuando te vio entrar por la iglesia.

Y tu padre… aunque tuviera pensado otro futuro para ti, seguro que en el fondo también se sintió orgulloso de la mujer en la que te habías convertido.

Sonreí con melancolía y negué despacio con la cabeza.

—Idealizas demasiado las cosas… No era esa chica segura que imaginas.

Estaba muerta de miedo. Miedo a que papá nunca me perdonara, miedo a no ser una buena madre, miedo a que Julián acabara arrepintiéndose de haberse casado conmigo…

Era tan joven que creía que el amor bastaba para resolver cualquier problema.

Guardé silencio unos segundos antes de sonreír de nuevo.

—Pero, aun así, fui feliz aquel día. No me arrepiento de lo que hice. Cuando entré en la iglesia y vi a Julián esperándome al final del pasillo, mirándome como si fuera la única mujer que existía en el mundo... pensé que no necesitaba nada más. Estaba tan guapo con aquel traje...

—Es bonito que hables así de él después de media vida juntos.

Se inclinó hacia mí y depositó un beso lento en mi cuello antes de entrelazar sus dedos con los míos y llevárselos a los labios.

—Julián es un buen hombre. Y con Clara... —entorné los ojos—. Con Clara ha sido el mejor padre que podría haber encontrado. La adora. Siempre ha estado para ella. Si algún día nuestra hija llega a tener un marido que la quiera la mitad de lo que Julián me ha querido a mí, me daré por satisfecha.

Bajé la mirada y busqué la mano de Alberto entre las sábanas.

—Nunca me has contado por qué no tuvisteis más hijos. ¿Fue decisión suya?

Negué con la cabeza.

—¿De Julián? Al contrario, si de por él hubiera sido, hubiéramos tenido familia numerosa… Pero lo cierto es que odiaba engordar y siempre antepuse mi carrera profesional.

—Pues eso juega a mi favor. Le daríamos una alegría a tu esposo si te quedaras embarazada.

Los dos volvimos a reír.

—No seas malo... —dije antes de besarlo—. Además, ya es un poco tarde para volver a ser madre, ¿no crees? No me veo a estas alturas empujando un carrito.

Alberto estaba ocupando, de una manera casi imperceptible pero implacable, parcelas cada vez más grandes de mi existencia.

Lo que comenzó como una aventura de sometimiento en su despacho se había transformado en una necesidad obsesiva de tenerlo cerca, de respirar el mismo aire impregnado de su autoridad.

En la intimidad de las sábanas de cualquier hotel cercano a las oficinas, después de que me rompiera las entrañas con esa violencia que me volvía loca, la dinámica cambiaba.

Nos quedábamos abrazados durante horas, con mi piel aún ardiendo y marcada por sus dedos.

Y yo hablaba. Le entregaba mis secretos más íntimos.

Con él hablaba de Clara, de mis dudas como madre, de la monotonía del trabajo.

Pero, sobre todo, hablábamos de Julián. De cómo había acabado convirtiéndose en un marido que parecía incapaz de desearme si no era imaginándome con otro.

Como si el sexo entre nosotros solo tuviera sentido cuando él se veía a sí mismo desde el papel del cornudo consentidor.

Alberto escuchaba mis confidencias con una sonrisa enigmática, casi paternal, acariciándome el pelo con las mismas manos que diez minutos antes me habían azotado las nalgas hasta dejármelas rojas.

—Cada día que pasa me gustas más. Sin duda, eres la mujer más especial dentro y fuera de la cama que he conocido nunca.

Me follaba con la misma intensidad obscena y dominante del primer día, devorándome con un hambre que parecía no saciarse nunca, pero después se abría paso una ternura inesperada y densa que me desarmaba por completo.

En el bufete, el ambiente se había vuelto una olla a presión.

Sabía de sobra que los pasillos eran un hervidero de cotilleos morbosos, que las secretarias y los pasantes se cruzaban miradas cargadas de malicia a mis espaldas y murmuraban sobre el evidente romance entre el gran jefe y la abogada estrella.

Pero lejos de avergonzarme o de temer por mi reputación, aquellos cuchicheos me insuflaban un orgullo elitista, soberbio y sumamente excitante.

Me encantaba caminar con la barbilla alta, luciendo el cuello a veces camuflado por el maquillaje, y sostenerle la mirada a las becarias más jóvenes.

Yo sabía que no era una más en la lista de Alberto.

No era la jovencita de turno a la que usaba en un arrebato en el sofá, prometiéndole un brillante futuro, para luego olvidar su nombre.

Yo era su cómplice, su igual, la mujer que gobernaba su lado más oscuro y que se arrodillaba ante él por pura y absoluta voluntad.

Él quería venir a casa. Quería pisar mi terreno, adueñarse del espacio que compartía con mi marido.

La primera vez que Alberto subió fue un jueves por la tarde. Aprovechamos un hueco perfecto en el que, lógicamente, no había nadie. Por supuesto, mi esposo estaba al corriente de todo. Nuestro pacto de perversión exigía una transparencia absoluta.

Julián se había llevado a Clara a sus clases de natación y teníamos casi dos horas por delante. Lo que más me sorprendió fue la única petición que me hizo antes de marcharse.

—Cuando Alberto se vaya, no toques nada. Quiero notar el desorden… el caos de tu habitación después de haberte follado.