La Esposa Compartida: II Capítulo 12
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Capítulo 12

El zumbido de la orquesta y las risas de mis padres me taladraban los tímpanos, pero mi mente estaba muy lejos de allí, sumergida en el aparcamiento subterráneo del hotel.

Miraba el reloj cada minuto. Carmen tardaba demasiado para solo cambiarse de zapatos.

La desconfianza empezó a abrirse paso entre la niebla del whisky, transformándose en una inquietud punzante y morbosa.

A mi lado, Alicia seguía hablando con unos familiares, gesticulando y riendo, por completo ajena a lo que podía estar pasando bajo sus pies.

La miré... no estaba nada mal. Enseguida me vino a la memoria la imagen imborrable del vídeo que su marido me había enseñado entre risas.

Ella, esforzándose al máximo por complacer al cabrón de Tony, aparecía con el rostro enrojecido por el esfuerzo, descompuesta por el placer, con hilos de saliva brillante resbalándole por entre los pechos.

—Papá… —la voz de Clara me sacó de mis pensamientos más perversos hacia mi propia hermana—. ¿Dónde está mamá?

—Acaba de bajar al parking a cambiarse de zapatos —respondí, intentando mantener la voz firme y el rostro sereno.

—Pues voy a bajar a por una chaqueta al coche, que fuera empieza a refrescar.

El pánico me dio un latigazo limpio. Visualicé a Clara bajando por la rampa del parking, interrumpiendo a su madre y a su tío follando en el asiento trasero del coche. Le agarré la muñeca con firmeza, deteniéndola en el acto.

—Espera un momento, cariño —le dije, forzando una sonrisa tranquila—. Tu madre debe de estar al caer y seguro que enseguida nos vamos a casa.

Clara me miró extrañada, pero asintió y se quedó a mi lado, mirando hacia la entrada del salón. Fue entonces cuando los vi venir.

Aparecieron por la puerta trasera. Ni siquiera se molestaron en disimular; venían juntos, caminando a un palmo de distancia.

Tony lucía una sonrisa de suficiencia salvaje y se recolocaba la chaqueta del traje; Carmen caminaba con la cabeza alta, con los nuevos zapatos planos y un brillo felino en los ojos.

La certeza de que mi cuñado acababa de follarse a mi mujer en mi coche, mientras yo esperaba arriba con nuestra hija, me revolvió las entrañas. Me fijé en que el vestido tenía una enorme mancha en un costado.

Diez minutos después, tras unas despedidas apresuradas que apenas recuerdo, nos marchamos.

En el coche, el silencio era sepulcral, espeso como el cemento. Conducía Carmen. Aunque odiaba hacerlo de noche, alegó que yo había bebido demasiado como para ponerme al volante. Y, como siempre, tenía toda la razón.

Nadie hablaba. Clara iba atrás, con la vista clavada en la pantalla de su móvil, ajena al universo subterráneo de sus padres. De vez en cuando, Carmen giraba la cabeza un segundo hacia mí. Su silencio no era de culpa; era el silencio de quien guarda un secreto.

—¿Y esa mancha? —pregunté señalando su vestido.

Ella se encogió de hombros.

—Un idiota me salpicó brindando con una copa de champán, y estuve dándole con agua en el lavabo. Espero que se quite.

Supe que estaba mintiendo. Pero acepté la respuesta con deportividad. No quería empezar con el interrogatorio estando mi hija en el asiento trasero.

—Mamá, ¿te fijaste en lo guapa que iba la prima Merche? —preguntó de repente Clara, arrancándome por un instante de mis turbios pensamientos—. Cuando yo me case, quiero llevar un vestido como el suyo… blanco, pero con una cola todavía mucho más larga.

Mi mujer soltó una risa suave y la observó por el espejo retrovisor.

—Seguro que estarás preciosa. Pero lo más importante no será el vestido, sino casarte con alguien que te quiera y te respete todos los días.

—Y que no sea un pesado como papá —intervino Clara con una sonrisa traviesa.

Las dos rompieron a reír.

—¿Eso también te lo ha enseñado tu madre? —protesté, fingiendo indignación.

—No, eso ya lo sabía yo solita —replicó mi hija entre risas.

Las observé en silencio mientras sus risas llenaban el coche.

Cualquiera que nos hubiera visto en aquel instante habría pensado que éramos una familia feliz.

Y, en el fondo, lo éramos. A nuestra manera, torcida y llena de sombras, seguíamos queriéndonos con una intensidad que desafiaba cualquier lógica.

Tal vez la perversión hubiera deformado muchas cosas, pero aún no había conseguido arrebatarnos aquello que, para bien o para mal, seguía manteniéndonos unidos.

En cuanto llegamos a casa y Clara se encerró en su cuarto, me volví hacia Carmen en mitad del pasillo y le solté la pregunta sin rodeos.

—Te lo has follado, ¿verdad?

Ella se giró despacio, sin perder la calma. No dijo una sola palabra; se limitó a regalarme una sonrisa enigmática y se metió en nuestro dormitorio, dejando la puerta entreabierta.

Sentí que el pulso se me aceleraba. Conocía de sobra las señales que Carmen y yo habíamos ido creando durante las últimas semanas.

Si cerraba la puerta de golpe, significaba que el juego había terminado y que debía irme a dormir al dormitorio de al lado.

Si la abría de par en par, me estaba invitando a entrar y a pasar la noche —o al menos un rato— con ella.

Pero si la dejaba entreabierta, como esa noche, solo tenía permitido permanecer en el umbral, mirando, reducido al papel de espectador de su propio deseo.

Empujé la hoja unos centímetros, lo justo para quedarme en el marco, conteniendo el aliento. Carmen se colocó frente al espejo del armario, dándome la espalda por un segundo antes de deslizar la cremallera y dejar que el vestido burdeos cayera al suelo en un suave susurro de seda.

Para mi sorpresa, llevaba las bragas puestas.

Se las bajó despacio, deslizando la licra por sus muslos, y las dejó tiradas en mitad del suelo, un trofeo húmedo que sabía perfectamente que recogería yo al día siguiente, junto al vestido y todo lo demás, cuando hiciera su habitación como el marido disciplinado que era.

Se tumbó en la cama completamente desnuda, recreándose en mis ojos clavados en ella desde la entrada.

Se acomodó contra las almohadas con una parsimonia exasperante, abrió las piernas de par en par exponiéndose por completo a mi mirada y comenzó a tocarse, muy despacio.

Con una mano se apretaba los pechos con fuerza, hundiéndole los dedos a la carne, y con la otra empezó a acariciarse el coño, hundiéndola entre sus labios mayores, que estaban visiblemente hinchados y brillantes.

—Hoy has estado demasiado travieso. Habíamos acordado que, en las reuniones familiares, y más aún estando Clara delante, nos olvidaríamos de lo cornudo que eres.

Lo de esta noche lo has provocado tú —me susurró, sin apartar la mirada de la mía—.

¿De verdad no te da vergüenza querer compartir a tu mujer con el marido de tu hermana?

El reproche en su voz no era más que gasolina para mi propia excitación.

Tenía toda la razón. Había sido yo el que había alimentado a la fiera, el que le había metido el veneno de la mentira a Tony en la cabeza y el que le había puesto las llaves del coche en la mano a mi mujer sabiendo lo que podía ocurrir allí abajo.

—¿Quieres que te cuente cómo me ha follado contra el coche…

? Menudo cabrón, cómo empuja… —se rió con una crueldad que me hizo jadear, mientras metía dos dedos de golpe en su coño empapado—.

Me ha jodido tan bien que he tenido que morderme la mano para no gritar…

Qué suerte tiene la cornuda de tu hermana.

Hizo una pausa sádica, clavando sus ojos en los míos para ver el daño y la humillación que sus palabras conseguían infligirme.

Sus dedos se movían ya con fuerza dentro de ella, sacando un chasquido húmedo que resonaba en todo el dormitorio, pero enseguida notó que mi excitación estaba al máximo, que verla restregarse con el recuerdo de otro hombre solo me alimentaba.

Sonrió, saboreando su poder absoluto sobre mí.

—Luego tuve que arrodillarme en el suelo de hormigón y comérmela entera. Menudo semental, te juro que no me entraba en la boca… Tenías que haber visto cómo me atragantaba con su leche.

Miré hacia atrás por encima del hombro. La puerta de Clara seguía cerrada y en la casa reinaba una absoluta calma.

Me saqué la polla del pantalón; estaba dura como una piedra.

Comencé a masturbarme allí mismo, en el marco de la puerta, apretando los dientes y devorando con la mirada cada uno de sus movimientos.

—Puta… —la llamé en un susurro quebrado, completamente humillado y excitado—. Eres una perra…

Ella soltó una carcajada limpia, húmeda, disfrutando de mi desesperación mientras se restregaba el clítoris con el pulgar.

—Qué marido tan cornudito tengo. No sé qué voy a hacer contigo, amor. ¿Eso es lo que te gustaría escuchar, verdad, Julián? —dijo, abriendo las piernas, estirando sus labios mayores con los dedos para enseñarme su intimidad—. Pues siento desilusionarte, pero no me lo he follado.

La creí. Bastó la frialdad lasciva de sus ojos para saber que decía la verdad.

Ya no podía confiar plenamente en ella; hacía tiempo que había descubierto que, a veces, me ocultaba cosas o me administraba la verdad en pequeñas dosis para no destrozarme de golpe.

Pero esta vez no mentía. No llevaba el semen de mi cuñado dentro.

Sin embargo, recordé la mancha en su vestido, la sonrisa satisfecha de mi cuñado, el tiempo que ella había tardado en cambiarse de zapatos y verlos después regresar juntos…

Todas esas imágenes volvieron a mi cabeza de golpe.

No, allí había pasado algo. Lo supe con la certeza amarga de quien ya ha aprendido a desconfiar.

—Pero, ¿qué pasó entre vosotros? Y no me digas que solo estuvisteis hablando porque no me lo creo. Ya no soy tan ingenuo como antes —solté con rabia—. Vas a follártelo, ¿verdad? Seguro que ya habéis quedado para veros a solas.

Volvió a negar con la cabeza lentamente, esbozando una sonrisa retorcida que me heló la sangre y me encendió las entrañas a la vez. Detuvo el movimiento de sus dedos dentro de su coño húmedo, dejándolos allí incrustados, y me clavó una mirada cargada de una autoridad perversa.

—No voy a quedar con Tony, mi amor. Ese será tu nuevo trabajo.

—¿Qué… qué quieres decir? —pregunté, deteniendo mi mano durante un segundo en mitad de una paja frenética.

Ella suspiró con pesadez, entornando los ojos como si se le estuviera acabando la paciencia conmigo, como si estuviera a punto de mandarme a la mierda y ordenarme que la dejara sola. Sabía que eso podría pasar en cualquier momento.

—Siempre me dices que lo que más deseas en este mundo es verme con un hombre —me desafió, clavándome una mirada cargada de desprecio y deseo a partes iguales—. ¿No es cierto, cariño?

Asentí con la cabeza intentando interrumpirla lo menos posible.

—Suplicas poder estar presente, por verme gozar con otro... Y yo soy demasiado blanda para no darte ese maldito capricho. Eso sí, espero que sepas agradecérmelo como es debido.

—¿Qué quieres que haga? —pregunté sabiendo que cumplir mi perversa fantasía tendría un caro costo emocional.

Suspiró, como si tuviera que coger aire para soltar algo que seguramente llevaba días pensando.

—Este verano quiero irme con Alberto a nuestro apartamento de la costa. Quiero pasar unos días de vacaciones con él. Les diremos a todos que me he apuntado a un curso de Derecho Internacional. Ya se nos ocurrirá alguna excusa. Espero que no te importe, mi amor...

Asentí con la cabeza en silencio, completamente sometido. Tenía la boca tan seca que era incapaz de articular palabra, sentía reducida mi voluntad a la frialdad con la que Carmen comerciaba con mis fantasías.

—Bien… —dijo como si hubiéramos firmado un pacto—. Entonces serás tú quien lo prepare todo, y quiero que sea en esta cama. Estoy harta de tener que esconderme en hoteles. ¿Sabrás hacerlo? ¿Vas a ser capaz de llamarlo y traérmelo aquí?

—Lo haré, Carmen. Te juro que lo haré.

—Entonces dejaré que veas lo que hace el marido de tu hermana con tu esposa… Solo espero que después no te vengas abajo. Piénsatelo antes, Julián.

—Quiero verlo. Por favor… lo necesito —le supliqué desde el umbral, con un hilo de voz arrastrado.

Carmen detuvo por un segundo el ritmo de sus dedos y me clavó una mirada analítica, sádica, midiendo mis debilidades.

—Bien… —respondió encogiéndose de hombros—. Es tu familia y reconozco que, pese a lo idiota que es, tu cuñado no está nada mal.

—Si quieres hacerlo aquí, tendremos que buscar un día que no esté Clara —añadí, reanudando los movimientos de mi mano, sintiendo el orgasmo quemándome en la punta—. Uno de esos fines de semana que se va a dormir a casa de alguna amiga…

—Ahora vete. Estoy cansada y quiero dormir —me dijo, aunque yo supe que estaba demasiado caliente para conciliar el sueño. La conocía demasiado bien.

—Solo una cosa más… —dije, haciendo ademán de marcharme—. ¿Ha pasado algo entre Tony y tú esta noche?

Suspiró despacio antes de responder.

—Nos hemos besado.

Bajé la cabeza unos segundos y me pasé una mano por la nuca, intentando ordenar el caos que acababa de estallarme dentro. Respiré hondo.

—¿Solo eso? —pregunté al fin, con la voz más apagada de lo que habría querido.

Carmen sostuvo mi mirada sin titubear.

—Le hice una paja.

Di un paso atrás, temblando de excitación.

Cerré la puerta de su habitación con una delicadeza extrema, procurando no hacer el menor ruido.

Luego me refugié, a oscuras, en la cama del cuarto de invitados.

Me tapé hasta los hombros, con la polla latiéndome dolorosamente bajo las sábanas, mientras escuchaba el silencio sepulcral de la casa y sentía el peso aplastante del monstruo que acabábamos de desatar.

Supe, con una certeza escalofriante, que ya no habría vuelta atrás.