Capítulo 11 #2
Se acercó un paso más. Apenas nos separaba medio metro.
—Pues entonces hablemos de otra cosa.
—¿De qué? —pregunté, alzando ligeramente la voz—. Julián me ha contado que... —dejé la frase en el aire y negué con la cabeza—. Espero que no le hagas caso a las tonterías que dice mi marido cuando bebe.
—He notado cómo me mirabas ahí arriba —dijo, acortando la distancia hasta quedarse a solo unos centímetros de mí. Su olor a alcohol y a hombre me invadió por completo.
Intenté parecer segura, aunque por dentro estaba temblando.
—¿Mirarte yo? —pregunté en tono de burla, forzando una sonrisa—. Eres tú el que no ha parado de mirarme en toda la noche.
—Es cierto, pero a ti no parecía incomodarte, por cómo sonreías…
—Creo que lo has malinterpretado, Tony —dije, cerrando el maletero con un golpe seco.
—Tu marido dice que se te mojan las bragas en cuanto te miro como te estoy mirando ahora. Y yo he venido para ver si me estaba tomando el pelo o es verdad.
No tuve tiempo de decir una sola palabra.
Tony me agarró de la nuca con aquella manaza áspera y me besó sin pedir permiso.
Su boca sabía a whisky. Le respondí al instante, con la misma hambre con la que él había venido a buscarme.
Nuestras lenguas chocaron sin delicadeza, como si llevaran demasiado tiempo esperando ese momento.
Su mano cayó sobre mi pecho y me lo apretó por encima del vestido con una brusquedad que me arrancó un gemido.
La seda se arrugó bajo sus dedos. Dolía.
Y, precisamente por eso, una descarga de placer me atravesó el cuerpo.
Odié descubrir lo mucho que me estaba excitando.
Lo mucho que deseaba probar cómo sería hacerlo con un hombre como él.
Instintivamente, bajé una mano hasta su entrepierna.
Tenía un paquete descomunal, completamente empalmado, duro como el acero.
Lo palpé con fuerza, sintiendo cómo latía bajo la tela del pantalón.
Tony gruñó contra mis labios, completamente desbocado.
Me empujó contra el lateral del coche y empezó a levantarme la falda del vestido, buscando mis bragas con desesperación.
—Te voy a follar como a una puta —me siseó, ciego de ganas—. Quiero ver cómo gimen las niñas de papá cuando están con un hombre de verdad.
Sentí el roce de sus dedos por la cara interna de mis muslos, rozando los límites de mi ropa interior. Mis manos se aferraron a sus hombros casi por instinto. Sentí la firmeza de sus músculos y el calor que desprendía su cuerpo a través de la tela de la camisa.
—¿Así tratabas a esa mocosa...? —pregunté sin poder contenerme. Las palabras salieron solas, empujadas por la rabia y la adrenalina que me hervían por dentro.
Me miró con la mandíbula tensa, pero con un deseo salvaje que no podía controlar. Mis palabras le habían tocado una fibra peligrosa y su respiración se volvió aún más pesada.
—¿A quién coño te refieres? —gruñó, apretándome con más fuerza contra la chapa del coche.
—A la chica —jadeé, sosteniéndole la mirada—. A la joven de tu pueblo. La vi en las fiestas del Corpus. Julián me dijo que era ella... Ahora entiendo por qué te fijaste en ella. Era muy guapa.
Tony soltó una carcajada ronca, una vibración áspera que me retumbó en el pecho. La mención del escándalo, lejos de abochornarlo, pareció encenderle un orgullo. Su mirada se volvió puramente sádica.
—Vaya con mi preciosa cuñadita... —dijo con una sonrisa burlona—.
No sabía que fueras tan jodidamente retorcida y morbosa.
Con lo señoritinga que pareces… Pero no te preocupes.
Voy a explicarte cómo me follaba a Rebeca.
La chica iba a casarse en agosto. Según ella, estaba muy desaprovechada por su novio.
Quizá a ti te esté pasando lo mismo con tu marido y necesitas un buen repaso, ¿no crees?
—No… —le dije, apartando la cara y frenándole la mano—. No, Tony. Para ya… Los dos hemos bebido mucho y tu mujer y mi marido están ahí al lado… Dejémoslo solo en un beso. En una tontería… Ya hemos llegado demasiado lejos, ¿no crees? Mañana los dos nos arrepentiremos de todo esto.
—Ven acá… haré que te olvides de ellos.
—Que no, Tony… —elevé el tono, apartando un poco la cara para recuperar el aliento, aunque la vibración grave de su voz me recorría las entrañas como un latigazo.
—Mira cómo me tienes, joder, Carmen. ¿Cómo quieres que regrese así?
Alicia se daría cuenta —dijo, apretando mi mano con fuerza, guiándola y obligándome a sostener aquel bulto duro y palpitante a través de la tela del pantalón—.
Entra en el coche. Podemos hacerlo rápido. Además, la culpa la tiene tu esposo.
Cogí aire tratando de armarme de paciencia.
—He dicho que no vamos a follar —aseguré de forma enérgica—. Pero, en vista de que toda la culpa ha sido del bocazas de mi marido, digamos que voy a buscar la manera de calmarte...
Sin pensarlo dos veces, bajé la cremallera de su pantalón.
El sonido metálico rasgó la penumbra del aparcamiento como una sentencia.
Su miembro saltó hacia fuera de golpe, pesado, grueso, surcado por venas hinchadas y completamente ardiendo.
Mis dedos se cerraron alrededor de su base con una posesividad repentina que me sorprendió incluso a mí.
El tacto de aquella carne firme, latiendo al compás de mi propia sangre desbocada, me hizo perder el poco juicio que me quedaba.
Comencé a mover la mano con una urgencia voraz, subiendo y bajando con una cadencia experta que arrancó un ronco suspiro de su garganta.
Alternaba la presión firme de la palma con el juego rápido de los dedos, estirando la piel tensa mientras su calor me abrasaba la piel de los nudillos.
Cada fricción seca contra su longitud provocaba que sus caderas se mecieran ligeramente hacia adelante.
Sentir aquel poder entre mis manos, saber que el control de ese salvaje desbocado dependía única y exclusivamente de la velocidad de mi muñeca, me volvió absolutamente loca. Pero supe disimular.
—Voy a hacer que te corras, Tony. Pero en cuanto lo hagas, te marcharás y lo olvidarás todo. Tienes que prometérmelo.
—Que sí, Carmen, joder... Sigue, puta, sigue… —jadeó, con los ojos clavados en mí, brillando por el vicio—. Que no soy un puto bocazas.
Miré de reojo hacia el techo del aparcamiento.
Justo encima de nosotros, a unos metros, una cámara de seguridad parpadeaba con una pequeña luz roja.
La idea de que algún vigilante nocturno pudiera estar sentado en la garita, pegado a los monitores, observando cada detalle: viendo cómo la mujer del impecable vestido burdeos le masturbaba la polla a un bruto tatuado contra la chapa fría de un coche, me produjo un orgasmo mental tan intenso que casi doblé las rodillas.
Aceleré el ritmo, recreándome con saña en el roce frenético de mi mano contra su carne palpitante.
—Carmen… enséñame las tetas. Siempre he deseado verlas.
Solté una carcajada que se escuchó mucho más fuerte de lo que me hubiera gustado.
—No voy a enseñarte nada, así que cállate y córrete de una puta vez —siseé pegada a su oído—. Como alguien baje y nos pille, nos queman en la hoguera a los dos.
—Joder, cuñada, qué bien lo haces… —bramó, con la voz áspera por la acumulación del deseo—. Carmen, me gusta tanto que no aguantaré mucho.
Tony soltó una maldición ahogada entre dientes. Sus rodillas flaquearon y se vio obligado a apoyarse con fuerza contra la puerta del coche para no caerse, con la cabeza echada hacia atrás y el cuello tenso, mostrando una vulnerabilidad que me hizo apretar aún más.
—Carmen… Carmen… Carmen… —repitió mi nombre varias veces seguidas, como si escucharlo en voz alta fuera un afrodisíaco para él—. Me corro, me corro. Joder…
Su cuerpo se convulsionó en un espasmo y eyaculó con una fuerza desatada, liberando varios chorros espesos y abundantes que salpicaron la tela de mi vestido y el lateral del coche. Se quedó respirando con la boca abierta y el sudor perlándole la frente.
—Joder… Eres un puto asqueroso... —murmuré, apartándome con brusquedad mientras sacaba un pañuelo de papel del bolso para limpiarme la mano y a continuación la lefa del vestido con asco fingido—.
Súbete la bragueta y lárgate de una vez.
Conociendo a Alicia y sus celos enfermizos, seguro que ya está bajando a buscarte.
Tony se guardó el miembro, aún sensible, y se subió la cremallera despacio, mirándome con un hambre insaciable que no había menguado ni un ápice. Me arreglé el vestido, sacudiendo la seda y recolocándola sobre mis caderas, antes de calzarme los zapatos planos que había ido a buscar al coche.
—Siento haberte puesto perdida, nena. Estaba demasiado cachondo y ha salido como una metralleta —dijo, sin un solo gramo de culpa en la voz—. Pero no pienso irme sin mi propina.
Antes de que pudiera reaccionar, Tony me agarró con fuerza del brazo, me pegó contra su pecho duro y me plantó un último beso en los labios, un morreo sucio, posesivo que me dejó sin respiración.
—Siempre he estado loco por ti, Carmen. Te juro que siempre me has gustado —me susurró al oído, rozándome el lóbulo con los dientes—. Si algún día te apetece un buen rabo, ya sabes qué es lo que hay.
—Bruto... eres un maldito bruto —le solté, empujándolo con desgana—. Encima me has puesto la falda perdida. A ver ahora qué excusa le pongo a todo el mundo.
Sonreí para mis adentros, me pasé los dedos por el pelo para asegurarme de que no quedaba ni un mechón fuera de su sitio, cerré el coche y, con el corazón martilleándome en la garganta y las bragas completamente empapadas, eché a andar de regreso hacia las luces cegadoras y el murmullo de la fiesta.