Capítulo 11
El calor en la pista de baile era casi insoportable, aunque no tanto como el escalofrío que me recorría la espalda.
Mientras me movía al ritmo de la música junto a mi cuñada Alicia, mis ojos se desviaban una y otra vez hacia la barra.
Sabía, sin necesidad de comprobarlo, que Julián y su cuñado estaban hablando de mí.
Sentía el peso de sus miradas clavado en mi espalda, denso, insistente, como si pudieran despojarme de la ropa desde la distancia.
Tony era el estereotipo perfecto del macho de manual: bronco, fanfarrón y tan pagado de sí mismo que parecía creer que el mundo existía para rendirle pleitesía. Nunca he entendido qué demonios vio Alicia en él ni cómo había conseguido aguantarlo tantos años.
Más de una vez mi cuñada se había sentado frente a mí, en la cocina de mi casa, con un café entre las manos y los ojos enrojecidos de tanto llorar, para desahogarse.
Me habló de discusiones interminables, de humillaciones, de promesas incumplidas y de noches enteras convencida de que su matrimonio había llegado a su fin.
Hubo ocasiones en las que estaba segura de que aquella vez sí lo dejaría. Y yo misma la animé a hacerlo.
Pero Alicia estaba locamente enamorada de él. Ciega. Siempre encontraba una explicación para justificar su comportamiento y, al final, terminaba perdonándole absolutamente todo.
A Tony le apasionaban las partidas de cartas y las apuestas deportivas.
Más de una vez había dilapidado los ahorros de la familia en una mala racha, dejando la cuenta corriente al borde del desastre.
En más de una ocasión tuve que prestarle dinero a escondidas de mi marido para que pudiera hacer frente a algún gasto importante.
Eso sí, Alicia siempre se empeñaba en devolverme hasta el último céntimo. Aunque para conseguirlo tuviera que dejarse la espalda y la vista cosiendo hasta bien entrada la madrugada. Arreglaba ropa desde casa, puntada tras puntada, para tapar los agujeros que su marido iba abriendo.
Por si fuera poco, el tipo era un pendenciero.
De esos que solo saben resolver las cosas a gritos o a puñetazos.
Se había peleado con varios compañeros de la obra y, más de una vez, lo habían echado a patadas.
También acumulaba unas cuantas denuncias por altercados en bares.
Yo misma, como abogada, tuve que defenderlo en un par de juicios.
Y, por supuesto, le encantaba salir de noche por su cuenta y desaparecer hasta el amanecer, sin dar una sola explicación.
Vamos, una auténtica alhaja de hombre.
Pero, a pesar de ser un completo imbécil, había algo en él que resultaba imposible pasar por alto.
Era de esos hombres que ejercen una atracción difícil de explicar, casi instintiva.
Desprendía una masculinidad salvaje, peligrosa, de la que invitaba a mantenerse lejos y, al mismo tiempo, costaba apartar la mirada.
Su voz, grave y áspera, con un ligero deje aguardentoso, parecía vibrarte dentro del pecho cuando hablaba a escasos centímetros.
Y sus modales, bruscos y casi primitivos, no hacían sino reforzar aquella sensación de seguridad absoluta, de hombre acostumbrado a imponerse sin necesidad de pedir permiso.
Rozaba el metro noventa de estatura, era ancho de espaldas y tenía los brazos cubiertos de músculos curtidos por años de trabajo en la obra.
Los tatuajes oscuros que le recorrían la piel reforzaban aquella imagen de fuerza casi salvaje.
Llevaba el pelo moreno rapado, con un corte casi militar, y un rostro de facciones duras y angulosas, dominado por una mandíbula firme que parecía esculpida a cincel.
Sabía, porque Alicia me lo había contado entre lágrimas, que Tony le había sido infiel al menos un par de veces.
La peor había sido un par de años antes, cuando Tony cumplió los cuarenta.
Se encaprichó de una chica de poco más de veinte años que vivía en el pueblo de la familia de mi marido.
La habían visto crecer. Conocían a sus padres de toda la vida.
El escándalo estalló cuando el padre de la joven los sorprendió juntos en su casa.
Aquello corrió por el pueblo como la pólvora.
Alicia llegó a mi despacho destrozada y me pidió que iniciara los trámites del divorcio.
Durante varias semanas estuvieron separados.
Ella se vino a vivir unos días a mi casa.
Y, por primera vez, pensé que aquella historia había terminado de verdad.
Pero, como siempre, acabaron dándose otra oportunidad. Después de lo ocurrido, se plantearon venir a vivir a la ciudad. Cruzarse con los vecinos del pueblo a diario se convirtió en un suplicio. Bastaba una mirada o un silencio demasiado largo para recordarles que todo el mundo conocía la historia.
Cuando la música nos dio un respiro, Alicia y yo nos acercamos a la barra. Tenía la garganta seca. Me colgué de la cintura de Julián y le di un beso, buscando su complicidad.
—¿Has bebido mucho? —le susurré al oído.
Él negó con la cabeza, con los ojos brillando de una manera que me puso en alerta.
—Tony me ha confesado que le gustas —me soltó a bocajarro, muy bajo—. Siempre he notado cómo te mira. Esa confesión tan directa me hizo sentir una punzada de calor entre las piernas. Pero supe disimular.
—No empieces, Julián, hoy no toca —le advertí—. Estamos en familia celebrando la boda de tu prima.
Pero, traicionándome a mí misma, mis ojos fueron a buscar a Tony. Me fijé en sus manos, enormes y curtidas, y en aquellos hombros que parecían a punto de reventar la camisa. Era un hombre de una fuerza casi intimidante, y por un instante comprendí por qué costaba tanto ignorar su presencia.
Él estaba hablando con su esposa, pero su mirada estaba fija en mí.
Una mirada hambrienta, sucia, sin filtros.
Julián se pegó más a mí. Percibí su aliento a whisky rozándome la oreja.
—Me ha enseñado fotos… Le pones tanto que tiene una colección de fotos tuyas robadas.
De esta noche, de espaldas… y muchas del verano pasado en la playa, en bikini.
—Vaya dos salidos que estáis hechos… —dije, tratando de sonar digna mientras le daba un trago largo a su copa, pero sentí que las bragas se me empapaban al instante. La idea de Tony mirándome a escondidas, guardando mi cuerpo en su móvil para usarlo a su antojo, me superó.
Durante los siguientes minutos, la tensión en la barra se volvió irrespirable. Julián me hablaba y me contaba su conversación con Tony, pero yo solo podía mirarlo de reojo.
Hubo un momento en que Alicia se giró para hablar con otra persona y Tony aprovechó.
Dio un paso hacia nuestro lado, fingiendo pedir algo al camarero.
Su brazo, enorme y tatuado, rozó el mío «sin querer».
El calor de su piel me quemó. Me miró fijamente de arriba abajo, deteniéndose en mi escote, y luego me clavó unos ojos inyectados en deseo puro.
Yo no bajé la mirada. Sostuve el pulso, respirando agitada, sintiendo cómo Julián disfrutaba del espectáculo a mi lado.
—Le comentaba antes a tu esposo lo bien que te queda ese vestido… Estás muy guapa.
Forcé una sonrisa, luchando contra el temblor que amenazaba con traicionarme, y me aseguré de que no se notara lo intimidada que me sentía por él.
—Si quieres, luego le paso el nombre de la tienda a tu esposa —dije, devolviéndole el golpe con falsa ligereza—. Tienen ropa que es una monada.
Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi escote. Julián no hizo ni dijo nada.
—El mérito no es del vestido, es del cuerpo que hay debajo —dijo con descaro—. Además, conociéndote, no creo que Alicia pueda permitirse comprar en esa tienda. Seguro que te ha costado más dinero del que mi esposa y yo ganamos trabajando en todo el mes.
Lo odiaba. Era todo lo que siempre había detestado en un hombre, pero era tan guapo y tan varonil que bastaba una sola de sus miradas insolentes para desestabilizarme por completo y hacerme olvidar todas mis razones para huir de él.
—Me ha dicho Alicia que te han vuelto a despedir del trabajo —solté, buscando la manera de humillarlo.
Él se encogió de hombros, imperturbable.
—Ellos se lo pierden. Lo que pasa es que los empresarios son todos unos explotadores. Unos desagradecidos que se hacen ricos a costa de sus trabajadores.
Lo dijo con retintín, lanzando una pulla directa hacia mi padre.
Me giré hacia mi esposo, dando la conversación por terminada.
De repente me sentía de pésimo humor, todo por culpa del imbécil de Tony y sus insufribles consignas bolcheviques.
Era como si me culpara por haber nacido en una casa con dinero.
—Tengo los pies molidos, Julián —dije de repente, dando un suspiro—. Dame las llaves del coche. He traído unos zapatos más planos en el maletero y quiero cambiarme.
Julián sacó las llaves del bolsillo del traje y me las puso en la mano, rozándome los dedos.
—Toma, cariño. Ve a cambiarte.
Salí del salón del hotel y caminé hacia el aparcamiento subterráneo.
El eco de mis tacones resonaba en el hormigón frío.
El parking estaba vacío, en penumbra. Llegué a nuestro coche, le di al mando y abrí el maletero.
Me apoyé en el borde, quitándome uno de los tacones con un suspiro, cuando escuché unos pasos pesados detrás de mí.
Me giré. Era Tony.
Venía caminando despacio, con las manos en los bolsillos del pantalón, mirándome como el lobo que acorrala a su presa. La luz fluorescente del parking le marcaba los rasgos duros y resaltaba su imponente envergadura.
—¿Qué haces aquí? —pregunté con la voz temblorosa.
Sentí una punzada de miedo al descubrirme allí, a solas con él. Una cosa era saber que mi marido lo había estado calentando con sus insinuaciones y otra muy distinta tenerlo delante en un sitio tan solitario.
—Tranquila. Solo quería asegurarme de que no estás enfadada por lo que he dicho antes sobre los empresarios. Te juro que no iba por tu padre.
—Déjalo, Tony, de verdad. Ya sabes que odio hablar de política contigo.