La Esposa Compartida: II Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Agarró a mi mujer por las caderas con sus manos callosas y la arrastró bruscamente hasta el borde de la mesa, obligándola a abrir las piernas en una postura de absoluta vulnerabilidad.

Justo antes de dar el siguiente paso y empujar, Tony clavó sus ojos en los míos.

Una sonrisa torcida le cruzó el rostro, cargada de una chulería insoportable, y dejó escapar una risa ronca.

—¿Estás preparado para que te convierta en un puto cornudo? —preguntó con una sonrisa torcida, sin apartar los ojos de los míos.

Sentí un nudo en el estómago. Aun así, cuando abrí la boca, la respuesta salió sola.

—Sí. Lo estoy deseando.

—¿Has visto cómo le gusta a tu mujer mi polla? Mira cómo abre los ojos la respetada señoritinga al ver carne de verdad —provocó, acariciando la punta húmeda contra la entrada de Carmen.

Tony apoyó las manos con fuerza en los muslos de mi esposa, abriéndola en canal ante mis ojos, y se hundió en ella de un solo golpe seco, brutal y despiadado.

El impacto de sus pubis al chocar sonó como un latigazo ensordecedor en el silencio del comedor.

Carmen soltó un alarido desgarrador de puro dolor mezclado con un placer absoluto que me erizó el vello del cuerpo, aferrándose al borde de la mesa con fuerza.

—Dios, qué caliente y apretado tienes el coño. Menuda golfa tienes en casa —gritó al tiempo que aumentaba la fuerza de sus violentas acometidas.

Aquel polvo fue de una agresividad visual y física que me pulverizó el cerebro. Pude ver con una claridad obscena cómo aquella monstruosa polla oscura se adentraba por completo en el cuerpo blanco y depilado de mi mujer, estirando su carne al límite, desapareciendo hasta la raíz en cada embestida.

El contraste era atroz y perfecto: el vestido subido hasta la cintura, las bragas en el suelo, las medias de cristal negras sujetas por el liguero y, en medio de todo eso, el cuerpo pesado y rudo de Tony machacándola sin piedad con un ritmo rápido, tosco y constante que hacía crujir las patas de la mesa con cada impacto.

—¡Dios, Tony! ¡Qué bien la siento! ¡Me encanta cómo me das!

¡Más fuerte, métemela más adentro! —gritaba Carmen, con la cabeza balanceándose de un lado a otro, el rímel empezando a correrse por sus mejillas y la saliva resbalándole por la comisura de los labios mientras soportaba el castigo físico de nuestro cuñado.

—¡Eso es, rompe a esa puta! ¡Dale más duro, Tony! —le jaleaba yo, pajeándome a una velocidad frenética, con la vista fija en el punto exacto donde la polla de mi cuñado entraba y salía de mi esposa, bañada en una mezcla de fluidos que salpicaba la madera de la mesa.

Tony aceleró aún más el ritmo, tomándola por las caderas con una fuerza que le dejaría marcas moradas, golpeándola con una saña animal.

—¡Mira cómo se traga toda la polla de su cuñado sin rechistar! ¡Mira cómo gime la puta de tu mujer mientras la preño en tu puta cara!

Carmen estaba completamente ida, en un estado de trance erótico absoluto.

Miraba intermitentemente el techo, luego la cara sudorosa de Tony y finalmente buscaba mis ojos, clavando en mí una mirada lánguida, bañada de una culpa y una sumisión que me hacían correr casi sin tocarme.

Le encantaba. Estaba disfrutando de cada estocada, de cada golpe, de cada palabra zafia que salía de la boca del marido de mi hermana.

—¡Me corro, Carmen... me corro ya, hostia! —rugió Tony, con los dientes apretados y los tendones del cuello tensos como cables de acero a punto de romperse.

Dio varias embestidas finales de una violencia salvaje, que levantaron el cuerpo de Carmen de la mesa con cada golpe, y se hundió en ella hasta el último milímetro posible, aplastando su pubis contra el de ella.

Se quedó completamente rígido, sepultado en su interior, soltando un gruñido gutural e interminable que venía desde lo más profundo del pecho mientras se corría masivamente dentro de mi esposa.

Pude ver los espasmos brutales de la espalda de mi cuñado y cómo Carmen contraía las piernas alrededor de su cintura, llorando y gimiendo de puro éxtasis, absorbiendo cada descarga de semen caliente y espeso directamente en su coño.

Un silencio denso y pesado volvió a la habitación, roto únicamente por nuestras tres respiraciones jadeantes, agitadas y agónicas. Yo di las últimas tiradas a mi polla, derramando mi propio semen sobre la alfombra del salón, completamente exhausto y con el corazón latiéndome en la garganta.

Tony se fue retirando con lentitud, dejando escapar un sonido húmedo al salir de ella.

Al separarse, un hilo espeso, blanquecino y abundante de fluido mezclado comenzó a escurrir de la entrepierna de Carmen, resbalando por su muslo interior y manchando el encaje caro de sus medias de cristal hasta gotear sobre la mesa.

Mi mujer se quedó tendida boca arriba sobre la madera, con el vestido arremolinado, el pelo revuelto y las piernas aún abiertas y temblorosas.

Estaba jadeando, completamente saciada, y poseída por el lobo que por fin habíamos dejado entrar en nuestra casa.

Se giró lentamente hacia mí con una mirada turbia y consciente de la nueva realidad.

—¿Te ha gustado, mi amor? ¿Es tal y como te lo habías imaginado? —preguntó mordiéndose los labios.

Fin