Capítulo 10 #2
—Me gusta robarle fotos a las tías buenas que me ponen…
Las colecciono —confesó Tony, guardándose el móvil tras mi reacción, con una chulería que le desbordaba por los poros—.
A veces salgo a la calle buscando mujeres en minifalda para fotografiarlas sin que ellas se den cuenta.
De Carmen tengo bastantes guardadas, muchas en bikini de cuando el año pasado nos invitasteis unos días al apartamento de la playa.
Imaginar a mi cuñado devorando a Carmen con la cámara del teléfono, guardando sus fotos en bikini para pajearse después, terminó de dinamitar el poco juicio que me quedaba.
—Joder, Tony… —dije riéndome, más con tono de admiración que como reproche—. Eres un puto salido. ¿Qué pasa, que mi hermana no te da lo que necesitas?
Él se rió con ganas, inflando el pecho, tomándose aquello como si fuera un halago a su hombría por coleccionar imágenes robadas.
Se inclinó un poco más hacia mí, y su expresión se volvió aún más turbia y confidencial.
—Para que veas que confío más en ti de lo que tú confías en mí... ¿Quieres ver algo realmente fuerte? —me preguntó con gesto serio.
Le dije que sí sin dudarlo. Ver el deseo descarnado que Carmen le despertaba a ese bruto fue el mayor afrodisíaco para mí, un chute de adrenalina que me hizo latir la entrepierna con violencia.
Tony deslizó el dedo por la pantalla y reprodujo un archivo, recreándose en mi expectación.
—Mira qué bien la chupa tu hermana —susurró con una sonrisa sucia, pegando la pantalla casi a mi nariz—. Es de esta mañana, justo antes de venir para la boda de tu prima. Aunque sea tu hermana… no me dirás que no tiene buenas tetas.
Era un vídeo casero, oscuro, grabado con el móvil en un plano inestable que no paraba quieto.
En las imágenes se distinguía perfectamente a Alicia, mi hermana, desnuda, de rodillas en el suelo, gimiendo con los ojos en blanco mientras se metía la enorme polla de Tony hasta el fondo de la garganta, ahogándose visiblemente pero sin soltarla.
Ver la sumisión de mi propia hermana ante este bruto, mientras la música de la boda seguía sonando de fondo, me despertó algo hacia ella que jamás pensé que podría llegar a sentir.
—Joder, sí que la traga bien… —dije, mirando a Alicia con otros ojos—. Y tienes razón. Menudas tetas tiene.
—Me gusta grabarla así. Tengo muchos más… Pero si quieres ver a mi esposa en acción, tú también tendrás que darme algo a mí.
Eché una carcajada.
—¿Me estás diciendo que si te enseño algún vídeo de Carmen, tú me mostrarás más vídeos de mi hermana? Menudo cabrón estás hecho.
Él se encogió de hombros y sonrió.
—Es lo justo, ¿no?
El eco de aquella propuesta me golpeó el estómago con la fuerza de un puñetazo, mezclando la repulsión y el deseo más oscuro en una sola sacudida. Pensar en Carmen, mi propia mujer, expuesta de esa manera ante los ojos de Tony encendió una chispa incontrolable en mi interior.
—¿Un vídeo de Carmen? —repetí, sintiendo cómo la saliva se me escurría con dificultad por la garganta—. No sé si tengo algo así aquí.
Tony soltó una carcajada seca, se acodó sobre la barra, disfrutando descaradamente de mi evidente debilidad.
—Venga ya, hombre. No te hagas el remilgado. Con la joya que tienes en casa, seguro que guardas más de un secreto en el teléfono. ¿O es que acaso te da miedo compartir lo que es tuyo? ¿No dices que te pone cuando ella te cuenta lo que haría con otros hombres?
Sus palabras cayeron como ácido sobre mis pensamientos, disolviendo cualquier rastro de la moralidad fingida que me quedaba.
Tenía razón. Cada vez que Carmen me relataba lo que otros habían hecho con ella, el deseo encontraba una nueva grieta por la que abrirse paso.
Compartirla, aunque solo fuera a través de una pantalla, suponía llevar esa obsesión un paso más allá.
Y era precisamente esa idea la que empezaba a consumirme.
Miré de nuevo el teléfono apagado en su mano, imaginando por un instante el rostro de Carmen entregada a otro, y sentí que el pulso se me desbocaba.
—Está bien —cedí, con la voz seca y un nudo en la boca que apenas me dejaba respirar—. Déjame que busque algo.
Saqué el teléfono del bolsillo del pantalón con los dedos ligeramente temblorosos. Mi propio reflejo fugaz en el cristal me devolvió la mirada de un hombre que estaba a punto de vender lo poco que le quedaba de dignidad por satisfacer un vicio que ya no controlaba.
Deslicé el dedo por la galería, pasando a velocidad vertiginosa por fotos de viajes, cenas y momentos cotidianos que de repente me parecieron de otra vida, hasta que llegué a la carpeta oculta. El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que temí que Tony pudiera escucharlo.
Allí estaba. Un archivo de vídeo de hacía apenas unas semanas, grabado una noche en la que Carmen había vuelto alterada y dispuesta a jugar.
—A ver qué tienes —murmuró Tony, inclinándose hacia mí con una sonrisa de depredador mientras clavaba los ojos en la pequeña pantalla.
En el vídeo, la luz de la lámpara de la mesilla recortaba la silueta de Carmen sobre las sábanas revueltas.
Estaba de espaldas a la cámara, completamente desnuda, mientras se separaba los glúteos con ambas manos para mostrarse sin filtros, completamente abierta y húmeda, jadeando con una mezcla de abandono y desafío.
Entonces giró despacio el rostro hacia el objetivo y, sin dejar de sostener la pose, lanzó un beso.
Tony dejó escapar un silbido bajo, un murmullo de aprobación que me taladró los oídos.
—Joder… qué buena está. Menudo culazo tiene la muy zorra. Lo digo con todo el respeto… —comentó, relamiéndose mientras devoraba cada segundo de la reproducción—. Dale al play otra vez, quiero verla más de cerca.
La urgencia en su voz me hizo sentir una mezcla corrosiva de celos posesivos y una excitación tan sucia que me costaba tragar saliva.
Sin embargo, no me atreví a apagarlo. Al contrario, accedí a su petición, sintiendo cómo el último dique de mi conciencia se venía abajo mientras la imagen de mi mujer volvía a repetirse en la pantalla ante los ojos de otro hombre.
—Te gusta, ¿eh? —dije con orgullo, mostrando el vídeo otra vez.
—Está tremenda… —respondió sin despegar los ojos de la pantalla—. ¿Y de quién te habla cuando lo hacéis? Vamos, no seas cagón.
Suspiré antes de hablar, fingiendo una última resistencia, aunque en realidad tenía la mentira perfectamente afilada en la punta de la lengua para seguir estirando aquel morboso juego.
—Sobre todo me habla de ti —le solté en un hilo de voz—. Ya está… ya lo he dicho —suspiré como quien suelta algo que le pesa—. Pero como algún día se entere, Carmen me mata, te lo juro.
Él sonrió de inmediato, mostrando una mueca de triunfo y suficiencia, como si ya sospechara mi respuesta desde el principio. Pero no se conformaba solo con el sí; quería más detalles, quería carnaza.
—No seas cabrón y dime qué te dice de mí —me presionó, pegando su hombro al mío y clavándome una mirada insaciable—. ¿Se pone muy guarra?
—Se pone como una auténtica perra, Tony —le solté, dejando que el veneno de la mentira fluyera con total naturalidad, espoleado por el alcohol—. Me confiesa que cuando te ve en las comidas familiares, se le mojan las bragas solo de pensar en la fuerza con la que la agarrarías.
Tony se quedó sin respiración, con la boca ligeramente abierta, devorando cada una de mis palabras mientras sus ojos relucían de puro salvajismo. Pero yo no me detuve, me crecí en mi propia degradación, y seguí tejiendo aquella mentira mientras mi cuñado no le quitaba ojo al cuerpo de mi esposa.
—Me dice que le daría morbo hacerlo con alguien tan fuerte y rudo como tú —continué, bajando aún más la voz, rozando casi su oreja—. Ella sabe que te gusta, nota cómo la miras y me dice que es una pena que seas tan tímido con ella.
—¿Tímido yo? —preguntó riéndose, como si eso lo hiciera menos hombre—. Lo que pasa es que siempre he pensado que me mira por encima del hombro, como si yo fuera un orangután. Siempre que discuto con tu hermana, se pone del lado de ella.
—Pues Carmen cree que lo que te pasa es que en el fondo eres muy cortado y que no te atreves a decirle nunca nada. Según ella: perro ladrador, poco mordedor.
A Tony se le tensó la mandíbula al máximo y vi cómo tragaba saliva con dificultad. Su mirada volvió a clavarse en la pista de baile. Carmen acababa de girarse, riendo con mi hermana, ajena por completo a cómo su propio marido hablaba de ella.
—Joder, Julián... —gruñó Tony, con la voz rota por la excitación, llevándose una mano al bolsillo del pantalón para recolocarse su propia erección—. Joder, qué cachondo me he puesto. ¿En serio te dice que le gustaría que fuera un poco más… más directo?
—Te lo juro por mi vida, Tony —le respondí, clavándole una mirada cargada de una complicidad oscura y destructiva—. Mira cómo mueve el culo la muy zorra... ¿Crees que no sabe que estamos hablando de ella?