Capítulo 10
El volumen de la orquesta hacía vibrar las paredes del salón del hotel, pero para mí no era más que un zumbido lejano. El alcohol nunca me había sentado bien. A veces me volvía irascible. Mi carácter afable se desdibujaba hasta dejar paso a un hombre que apenas reconocía. Me ocurría desde joven.
Por eso, antes de salir de casa, le había prometido a Carmen que no bebería demasiado. Sin embargo, ya llevaba varios whiskys. La parte de mí que aún conservaba algo de sensatez iba retirándose poco a poco, dejando vía libre a la fiera que llevaba días alimentándose de humillación y deseo.
Apoyé el codo sobre la barra y miré de reojo a Tony.
Nunca había sentido ningún aprecio por mi cuñado.
Aquel armario empotrado iba por la vida convencido de que tenía los huevos más grandes que nadie solo porque se dejaba la espalda trabajando en la construcción.
Para él, los que nos pasábamos el día en una oficina éramos poco menos que «maricas» con corbata.
Nunca entendí qué coño había visto mi hermana en semejante animal.
Clara se acercó a nosotros esquivando a los camareros. Llevaba el conjunto de falda corta y top lencero que Carmen y ella habían comprado para la boda. Estaba radiante, sonriendo con esa frescura despreocupada que solo concede la juventud.
—Papá, me voy un rato fuera con Inés y unos chicos que hemos conocido en la mesa de al lado, ¿vale? —dijo, rodeándome el cuello con los brazos antes de darme un beso en la mejilla.
—Claro, cariño. Pero ten el móvil a mano. No creo que tardemos mucho en irnos —respondí, procurando que no advirtiera que había bebido más de la cuenta.
Mientras Clara me hablaba, sorprendí a Tony completamente inmóvil, con el vaso detenido junto a los labios.
Sus ojos, turbios, descendieron lentamente por las piernas de mi hija hasta detenerse en la curva de sus caderas.
Había algo en aquella mirada que me heló la sangre: era una mirada densa, voraz, cargada de un deseo sexual que me revolvió el estómago.
Ni siquiera intentó disimular. La recorrió de arriba abajo con una lentitud obscena, como si estuviera saboreando cada centímetro de su cuerpo, hasta que Clara se dio la vuelta y se alejó de la barra sin darse cuenta de cómo la había mirado su propio tío.
En cuanto Clara estuvo fuera de la vista, Tony soltó una carcajada ronca, dándome un golpe en el hombro con su manaza áspera. Un gesto de supuesta camaradería que me hizo tambalear.
—Joder, Julián... Menuda preciosidad tienes en casa —soltó Tony, relamiéndose los labios con descaro mientras veía a Clara perderse entre la multitud—. Ya la puedes vigilar bien de cerca, cabrón, porque mi sobrina se ha puesto realmente apetitosa. Menudo bombón…
El comentario era un hachazo de pura ordinariez, una falta de respeto brutal que en cualquier otra circunstancia me habría hecho reventarle el vaso de whisky en los dientes. Pero con la fiera desatada en mi cabeza, el insulto operó una alquimia perversa.
No me dolió; al contrario, alimentó una tensión subterránea, densa y violenta. Encajé el golpe con una sonrisa helada, masticando la provocación mientras sentía cómo el veneno me recorría el pecho, preparándome para el siguiente paso del juego.
—No sé… —traté de sonreír, forzando un gesto blando, de padre resignado—. Es mi hija y yo la veo con otros ojos. Para mí sigue siendo una niña. Pero supongo que tienes razón y tendré que aceptar que ya es toda una mujer.
Tony soltó una carcajada ronca, dándome otro golpe seco en el brazo.
—¡Claro que sí, cojones! ¡Hay que entender que nos hacemos viejos y los hijos crecen! —bramó, dándole un trago largo a su cubata—. La niña se ha puesto riquísima y hay que aceptarlo.
Se dio la vuelta y volvió a apoyar los dos codos en la barra, clavando la vista directamente en la pista de baile.
Sus ojos se fijaron de inmediato en Carmen, que bailaba junto a mi hermana.
La iluminación del salón jugaba a favor del espectáculo.
El vestido burdeos de seda de mi mujer se le pegaba al trasero con cada movimiento, y la luz del foco principal arrancaba destellos brillantes de su espalda descubierta y de sus muslos cada vez que la falda se abría.
Tony se quedó sin respiración un segundo. Se inclinó hacia mí, invadiendo por completo mi espacio vital con su aliento cargado de alcohol, sin apartar los ojos del cuerpo de mi esposa.
—Aunque bueno… con todos mis respetos, Julián —comenzó a decir Tony, bajando esa voz grave y rasgada, mientras se le iban los ojos detrás del vaivén del culo de mi esposa—.
La que siempre me ha puesto un montón es tu mujer.
Joder, qué pedazo de hembra tienes, cabrón.
Menudas patorras tiene... Espero que no te moleste que te lo diga.
Tú y yo, además de cuñados, siempre hemos sido amigos y tenemos confianza.
El comentario, en boca de ese bruto, me golpeó directo en las entrañas.
El whisky, la humillación y el deseo se mezclaron en algo imposible de contener.
Cualquier resto de lucidez cedió de golpe.
Lejos de saltar o ponerme digno, la fiera terminó de adueñarse de mi cabeza.
Lo miré de reojo, sintiendo una erección violenta y dolorosa tensando la tela del pantalón, y decidí echar más leña al fuego.
—Estarías ciego si no la miraras así —le respondí, con una fijeza helada que lo descolocó por un segundo—. Me gusta que hablemos con confianza. Joder… que nos conocemos desde críos y somos cuñados.
Tony parpadeó, sorprendido por mi reacción, pero el alcohol y su propia chulería no tardaron en devolverle la sonrisa de suficiencia. Me dio un codazo áspero, reacomodándose en la barra.
—Joder, Julián, da gusto contigo, eres un tío moderno de cojones —soltó con una risa pastosa—.
Es que, de verdad... la ves moverse así, restregándose con mi parienta, y a cualquier hombre con sangre en las venas se le va la cabeza.
A una mujer con ese cuerpo hay que darle mucha caña para tenerla contenta, ¿no?
No creo que se conforme con cualquier carantoña.
Me incliné hacia él, pegando mi hombro al suyo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de veneno y excitación. El morbo me desbordaba las venas, destrozando cualquier rastro de decoro.
—No tienes ni idea de hasta qué punto, Tony —le solté, devorándolo con la mirada—. Si yo te contara…
Hice una pausa deliberada, dejando la frase suspendida en el aire mientras daba un trago lento a mi copa.
El whisky me quemaba la garganta, dándome la dosis justa de audacia para cruzar una línea de la que ya no habría retorno.
Tony se quedó a medias, con el vaso pegado a los labios, mirándome con una mezcla de desconcierto y una curiosidad brutal que empezaba a encenderle las pupilas.
—Cuéntamelo, joder. No me dejes así, cabrón —soltó con una risa nerviosa, echando un vistazo rápido a su alrededor para asegurarse de que el ruido de la orquesta tapaba nuestra conversación.
La curiosidad le brillaba en los ojos, una mezcla de desconcierto y pura lascivia que confirmaba que lo tenía exactamente donde quería. Di un sorbo corto al whisky, paladeando el control absoluto de la situación.
—Ella y yo tenemos una especie de juego, Tony —murmuré—. A veces, cuando estamos en la cama, hablamos de otras personas. Me calienta mucho que me hable de otros hombres… de los que le llaman la atención. Ya me entiendes, joder.
Fingí sentir más vergüenza de la que realmente tenía. Bajé la mirada un instante, como si me costara admitirlo, para hacer el anzuelo más apetecible.
—No deja de ser un juego entre nosotros. Nunca pasa de las palabras… pero verla tan cachonda me vuelve loco —añadí.
—¿Me estás diciendo en serio que te pone cachondo que tu parienta piense en otros tíos mientras te la follas?
Joder, cabrón… estás peor que yo —Tony echó otro vistazo rápido a la pista de baile, donde Carmen seguía moviendo las caderas, ajena a todo—.
¿Y qué te dice? Pero, ¿te habla de tíos que conoces o de actores y famosos?
La pregunta me entró directa como un disparo de adrenalina. La curiosidad y el deseo hacia Carmen lo estaban carcomiendo en vivo. Y yo estaba allí sintiéndolo.
—¿Famosos? No me jodas, Tony, eso no tendría gracia —le respondí, soltando una risita oscura, entornando los ojos mientras me pegaba más a él—. Los famosos no tienen morbo. Me habla de gente de nuestro entorno.
Tony se quedó callado un segundo, asimilando mis palabras mientras la música de fondo parecía desvanecerse entre nosotros.
Vi cómo apretaba los dientes, cómo el pulso en su cuello se aceleraba y cómo su mirada iba de la pista de baile, donde Carmen seguía ajena a todo, bebiendo y bailando con mi hermana.
—¿Y por curiosidad… te ha hablado alguna vez de mí? —soltó, con una voz tan ronca y cargada de una lascivia tan profunda que casi pareció un gruñido.
El pantalón del traje cada vez me oprimía más el bulto de la entrepierna, una presión dolorosa y salvaje que me confirmaba que el juego nos había atrapado a los dos por completo.
Me guardé la respuesta un instante, saboreando el poder absoluto que me daba ver al macho alfa de la familia mendigando porque le confesara las fantasías de mi mujer.
—Joder, Tony… me da cosa hablar de esto contigo —dije, carraspeando y tratando de recuperar algo de compostura mientras guardaba las distancias—. Los dos hemos bebido demasiado, y eres el marido de mi hermana. Creo que será mejor que lo dejemos aquí.
Se formó un silencio denso entre los dos.
Tony sacó el móvil del bolsillo, desbloqueó la pantalla y buscó algo durante unos segundos.
Luego, con un movimiento rápido y disimulado, me lo enseñó.
Eran varias fotos que le había sacado a Carmen esa misma noche.
Fotos robadas de mi mujer bailando de espaldas, donde el vestido burdeos se le ceñía al cuerpo de forma escandalosa.