Capítulo 9
Al día siguiente, el sol entró por la ventana del dormitorio con una luz diáfana, como si el mundo hubiera decidido seguir adelante sin concedernos un solo instante de tregua.
Me desperté con el cuerpo molido, arrastrando una pesadez física que me recordaba, en cada músculo, los excesos de las últimas horas. Sin embargo, al abrir los ojos, la pulcritud de las sábanas blancas parecía negar todo lo sucedido.
Me asombraba la facilidad con la que la realidad volvía a encajar. Sabía que nadie vería nada distinto. Para todos seguiría siendo la profesional impecable, la esposa respetable, la madre responsable. Solo yo era incapaz de reconocerme a mí misma.
Nadie podía imaginar que, apenas unas horas antes, había sido la puta de dos hombres que se habían ensañado con mi cuerpo en una espiral de lujuria desenfrenada.
Lo más perturbador, y a la vez lo más adictivo, era la facilidad con la que Julián y yo reanudamos nuestra rutina doméstica.
Mientras desayunábamos en la cocina, mantuvimos una conversación perfectamente anodina.
Hablamos de la lista de la compra del supermercado.
Comentamos que ya iba siendo hora de llamar al fontanero para arreglar la cisterna del baño del pasillo, que llevaba estropeada más de una semana, y repasamos la hora de la reunión con los vecinos de la comunidad para discutir la derrama del ascensor.
Éramos la imagen perfecta de un matrimonio de clase media.
Pero bajo la aparente calma, cuando nuestras miradas se cruzaban un segundo más de lo necesario, el aire se volvía denso.
Y entonces yo sabía que, detrás de sus preguntas sobre el menú de la cena, su mente seguía atrapada en el salón de Alberto, repasando la figura del juez Peralta abriéndose la bragueta.
La rutina era nuestro camuflaje perfecto, el disfraz que nos hacía creer que todo estaba igual que siempre. Y que ambos éramos capaces de salir indemnes.