La Esposa Compartida: II Capítulo 8
21%

Capítulo 8

Julián me dio la vuelta poniéndome de bruces contra el colchón con una brutalidad que jamás le había conocido.

No hubo preámbulos, ni caricias, ni un solo átomo de la ternura con la que solía tocarme.

Me subió las caderas de un tirón y entró en mí por detrás, de golpe, seco y salvaje, arrancándome un chillido que se ahogó contra la almohada.

—¡Puta! ¡Eres una puta viciosa! —me siseaba al oído, con la voz rota por la rabia y el llanto contenido—. Te encanta que te usen, ¿verdad? Te vuelve loca que te traten como a una cualquiera...

Me follaba con una furia desmedida, rítmica, violenta, haciendo que el cabecero de la cama golpeara ruidosamente contra la pared.

Quería demostrarme que él era tan hombre como Alberto y tan poderoso como el juez.

Buscaba desesperadamente reclamar su territorio, borrar a golpe de riñón el rastro invisible de los otros dos hombres.

Para mí, fue el mejor polvo que me había echado mi marido en toda nuestra vida.

Solo por sentirlo así, poseído por un salvajismo que jamás habría percibido de él, ya había merecido la pena haberle puesto los cuernos.

Aunque era cierto que con él no conseguía la misma carga emocional que con la fría dominación de Alberto, gocé como una auténtica perra en celo.

Yo misma lo provocaba en la oscuridad, alimentando su locura, repitiéndole de memoria los insultos soeces que me habían escupido la noche anterior, contándole cómo me hacían correr una y otra vez.

Mis palabras lo espoleaban como latigazos.

—Mientras uno me follaba el coño, el otro me la clavaba hasta la garganta.

Me hizo llegar al orgasmo tantas veces que perdí la cuenta.

Alcanzar el clímax llegó a resultarme casi doloroso, una tortura placentera porque mis músculos vaginales estaban completamente agotados, acalambrados por el exceso de placer de la noche anterior.

Con un último gemido desgarrador, Julián se tensó sobre mi espalda y se corrió profundamente en mi coño, vaciándose en un chorro ardiente que nos dejó a ambos temblando y sin aliento.

Permanecimos tumbados unos minutos, escuchando nuestras respiraciones agitadas.

Poco a poco, la bestia dio paso al hombre.

Julián se dejó caer a mi lado, buscando mi calor.

Me giré hacia él, me mostré cariñosa y lo abracé, pegando mi pecho a su costado, llenándolo de besos suaves en la espalda y en el cuello.

—Me encanta ser tan puta, mi amor... No puedo evitarlo —le susurré con una voz arrulladora que ya no pretendía encenderlo, sino confesarme—. Pero te quiero a ti. Y por eso deseo compartir contigo todo lo que está pasando. No quiero ocultarte nada.

Julián me miró completamente desarmado, despojado del orgullo que le quedaba tras la tormenta.

—Te quiero, Carmen... —balbuceó, girándose y estrechándome contra él con una fuerza casi infantil.

Se quedó callado un instante, tragando saliva, antes de soltar lo que verdaderamente le estaba quemando por dentro.

—Si tanto me quieres... —dijo, haciendo una breve pausa. Su voz se había vuelto inesperadamente vulnerable, casi suplicante—. Déjame verte así, aunque solo sea una vez.

Me quedé inmóvil, observándolo.

—Mi amor, no creo que… —intenté argumentar.

—Por favor, Carmen, te lo suplico —insistió interrumpiéndome—. Te juro que no molestaré. No diré nada, me mantendré apartado, mirando desde un rincón... Solo déjame verte.

Le acaricié el pelo revuelto y lo besé con una ternura casi maternal, saboreando el control absoluto que su vulnerabilidad me otorgaba.

—No creo que te hiciera ningún bien. Además, no sé si yo sería capaz de hacerlo sabiendo que tú estás observándome.

—Ni siquiera te enterarías de que estoy allí —insistió ansioso.

Me mordí los labios. Aquello era demasiado fuerte. Me daba cierto pudor planteárselo a Alberto y tampoco estaba segura de cuál sería su respuesta.

—Podemos irnos un fin de semana al apartamento de la costa —le propuse en un tono confidencial, acariciándole el pecho—. Tal vez… no sé, pueda surgir algo allí. Podemos provocar la situación saliendo una noche de fiesta. O tal vez, buscar a alguien. Creo que hay webs y aplicaciones para esas cosas.

—¿De verdad harías eso por mí? —preguntó, besándome con una mezcla de devoción y ansiedad, como si follarme a un desconocido en su presencia fuera para él la mayor prueba de amor posible.

—Haría lo que fuera por ti. Te lo mereces, mi amor…

—respondí con la voz suave, fingiendo que aquello era un sacrificio que hacía solo por complacerlo, cuando la verdad era que estaba deseando probar qué sentiría mi cuerpo con otro hombre sin tener el influjo y la presencia dominante de Alberto.

Quería saber hasta dónde podía llegar mi propia lujuria en un terreno completamente nuevo. Pero me guardé esa parte para mí.

—Te quiero —dijo él de inmediato, y sus ojos brillaron en la penumbra con una ilusión renovada, una esperanza ciega.

—No puedo prometerte nada, Julián, pero podemos intentarlo —le respondí, regalándole una sonrisa cómplice.

—¿Se lo dirás a Alberto? —me preguntó de repente, con un destello de inseguridad y celos tiñéndole la voz.

Ya había pensado en ello antes de responder.

—No —le corté tajante, pegando mis labios a los suyos—. Ese será nuestro secreto. Él nunca tiene que saberlo. Esto es solo nuestro. Tuyo y mío.

Nos volvimos a besar, esta vez con una lentitud densa, saboreando la complicidad del pacto.

Mientras lo abrazaba por la cintura, noté que su polla comenzaba a despertarse de nuevo contra mi muslo.

Nos miramos en la penumbra. Volvimos a hacer el amor, pero esa vez de una forma completamente distinta: tierna y calmada.

Julián se movía dentro de mí con una devoción absoluta, adorándome, repitiéndome al oído una y otra vez que era una reina. Su reina.

Nos quedamos dormidos entrelazados. Y por primera vez en semanas, pasamos toda la noche juntos, unidos en el mismo perverso abismo.