Capítulo 7
Carmen estaba sentada en el borde de la cama, desnuda, con las piernas cruzadas y una serenidad inquietante, como si el tiempo se hubiera ralentizado alrededor de su cuerpo.
Yo permanecí de pie, frente a ella, incapaz de dar un paso más.
Los puños me temblaban a los lados del cuerpo y una erección dolorosa, violenta y cargada de rabia, tensaba la tela de mi chándal hasta hacerme daño.
El morbo me estaba devorando, pero necesitaba saber. Necesitaba cada maldito detalle.
—Lo que voy a contarte esta noche es bastante fuerte, Julián. Me daría mucha pena que, después de correrte, cuando se te pase la excitación, me miraras con asco. Ni yo misma alcanzo a entender cómo he terminado llegando hasta aquí —dijo con auténtica preocupación, lo que alargó aún más mi espera.
—¿Qué pasó? —le exigí, con la voz quebrada por los nervios—. Tengo derecho a saberlo. Soy tu marido.
Carmen bajó la mirada y dejó escapar un suspiro.
—Precisamente por eso, mi amor. Sobre todo, porque eres mi marido nunca deberías escuchar esto.
Carmen me miró desde abajo, con aquellos ojos oscuros que brillaban con una mezcla de autoridad y lujuria contenida.
Después se dejó caer hacia atrás, quedándose tumbada bocarriba sobre la cama.
No hizo el menor gesto para invitarme a acomodarme a su lado, así que permanecí de pie, observándola en silencio, a la espera de que comenzara su relato.
—Lógicamente, fue Alberto el primero en romper el hielo.
Cogió la botella de whisky de malta que había sobre la mesa, junto a la baraja de naipes, y sirvió tres copas sin hielo.
Yo… yo casi no podía hablar, Julián. Estaba completamente muda, preguntándome qué narices estaba haciendo allí.
Me sentía abrumada y avergonzada ante la presencia del juez Peralta.
—¿Es joven ese tal Peralta? —le interrumpí, dando un paso hacia delante, con la mandíbula apretada.
Negó con la cabeza.
—Cincuenta y muchos. Puede que sesenta —encogió los hombros al no ser capaz de darme una cifra exacta—.
Es de complexión robusta y facciones duras.
Llevaba un traje a medida impecable, pero al quitarse la americana y quedarse en camisa, dejaba ver unos hombros anchos y unas manos grandes y curtidas.
No es un hombre demasiado hablador. Al contrario.
Se sentó en el sofá de enfrente, cruzó las piernas y se limitó a observarme mientras sostenía la copa en la mano, como quien examina una propiedad que acaba de adquirir.
Carmen hizo una pausa deliberada, humedeciéndose los labios, disfrutando del impacto que sus palabras tenían en mi respiración.
—Alberto se sentó a mi lado, me rodeó los hombros con el brazo y miró al juez con una sonrisa cómplice.
«A veces Alfonso y yo hablamos de ti en los pasillos del juzgado», soltó con naturalidad.
«Ya lo hacíamos antes de que tú y yo… Ya me entiendes…
¿Verdad, Alfonso?». El juez soltó una risa corta, grave, que resonó en todo el salón, y clavó sus ojos directamente en mis piernas.
«Siempre he sabido apreciar las cosas bonitas», dijo por fin, recorriéndome con una mirada lenta que me quemaba la piel.
«...pero lo del otro día cuando apareciste con esa minifalda vaquera…
Joder, Carmen, menudas piernas tienes… Además, Alberto me envió un mensaje previamente para avisarme de que no llevabas bragas».
Ambos estallaron en una fuerte carcajada que me hizo sonrojar al instante.
—No sé en qué estabas pensando, Carmen. Encerrada en una casa con esos dos hombres. Podían haberte hecho cualquier cosa. Parece que no lees la prensa —solté, intentando buscar una grieta para poder pinchar su burbuja.
Entornó los ojos antes de continuar hablando.
—Alberto cambió la música y dejó que empezara a sonar una balada lenta, muy suave.
Luego volvió hacia mí, me tendió la mano caballerosamente para que me levantara y me estrechó entre sus brazos.
Empezamos a bailar despacio, apenas balanceándonos al ritmo de la música.
Yo tenía una mano apoyada en su hombro y la otra entrelazada con la suya, mientras él me sujetaba por la cintura con una delicadeza que me desarmó.
De vez en cuando acercaba los labios a mi oído y me repetía que no estuviera tan nerviosa, que me relajara, que siempre iba a cuidar de mí.
—Vaya... Qué momento tan romántico. Me estás enterneciendo —solté con una ironía tan amarga que me quemó en la boca.
—«¿Confías en mí?» me preguntó. Le dije que sí.
No sé si fueron sus palabras, la forma en que me abrazaba o aquella música, pero poco a poco la tensión empezó a abandonarme.
Dejé de anticipar lo que podía ocurrir y me limité a seguir el compás, refugiándome por unos minutos en el calor de su abrazo.
—¿Y de verdad te fiabas de ese cabrón? —pregunté, envenenado por unos celos que nunca terminaban de extinguirse cuando la oía hablar de él con aquella mezcla de adoración y endiosamiento.
Me lanzó una mirada de reproche, como si la respuesta fuera tan evidente que resultara ofensivo tener que darla.
—Cuando la canción estaba a punto de terminar, levantó una mano hasta apartarme un mechón de pelo de la cara.
Me sostuvo la mirada unos segundos, como si esperara mi permiso.
Fui yo quien acortó la distancia. Nuestros labios apenas se rozaron al principio.
Fue un beso lento, contenido. Él no hizo nada por forzarlo.
Se limitó a responder con la misma calma con la que me había abrazado desde el principio.
Sin separarse de mí, acercó los labios a mi oído.
«Gracias por confiar en mí, Carmen», susurró.
«Te prometo que esta noche no vas a olvidarla jamás».
—¿Estabas excitada? —pregunté, escuchándola con una atención casi enfermiza.
—Mucho, mi amor... —admitió Carmen con una sonrisa pecaminosa—. El vino, el whisky y ese baile con Alberto habían conseguido relajarme un poco.
—Entiendo… Me alegro de que consiguieras estar más tranquila —respondí sin demasiado convencimiento.
—Cuando iba a sentarme de nuevo en el sofá, Alberto me dio un empujón y caí sentada directamente sobre el regazo del juez.
Peralta no perdió el tiempo. Me abrazó por la cintura con sus manos enormes y comenzó a besarme el cuello, recorriéndome la piel con una respiración caliente y pesada, diciéndome al oído toda clase de cochinadas.
Ese hombre no entiende de finezas. Te juro que es un grosero y un déspota.
—¿Y qué es lo que te decía? Si es que se puede saber —mi pregunta salió directa. Casi sin pensarla.
—Ya sabes... Las barbaridades de un bruto. Que se hacía pajas pensando en mí. Que se le ponía dura en cuanto me veía aparecer. Que tenía un culo para volverse loco, unas piernas de infarto... Cosas así.
—Pues será muy bruto, pero no le falta razón —dije, encogiéndome de hombros—. Eso mismo debe pensar cualquier hombre que te vea.
Sonrió. Esta vez, sin embargo, me pareció reconocer un destello de ternura en ese gesto.
—Al final terminamos besándonos. Joder, no te lo imaginas, mi amor... estaba temblando.
Hizo una pausa, respirando de forma más agitada. Mis manos bajaron instintivamente a la cintura de mi chándal. Me deshice del pantalón y me quedé completamente desnudo frente a ella, acariciándome despacio, incapaz de apartar la vista de su boca.
—¿Te tocaba? —le urgí, conteniendo el aliento.
—El juez me apartó el rostro un segundo, me miró fijamente, con una solemnidad que me desconcertó, y me pidió que me desnudara.
Dijo que estaba deseando ver mi cuerpo sin ropa.
Me levanté del sofá y me desnudé frente a él.
Lo hice deprisa, sin demasiada gracia. Mientras me quitaba la ropa, escuchaba sus comentarios subidos de tono, pero, lejos de incomodarme, alimentaban una excitación que ya no podía seguir disimulando.
—Mataría por haber visto cómo te miraban esos dos hombres mientras tú te desnudabas frente a ellos —expresé con pena de no haber podido ser testigo.
—«¿Qué te parece, Alfonso? ¿Tiene un cuerpazo o no?
», dijo Alberto con la misma satisfacción con la que alguien presume de un reloj exclusivo o de un coche de lujo.
«Está mucho mejor que aquella jovencita becaria que tuvisteis en Valverde, Llorente & Asociados, ¿te acuerdas?
Menuda zorra estaba hecha la tal Jimena», respondió Peralta.
—Supongo que eso te molestó —solté, intentando meter el dedo en la llaga—. Siempre has sido feminista y nunca te ha gustado que hablen así de una mujer.
Asintió con la cabeza.
—En ese momento comprendí que no era la primera vez que compartían a una mujer.
No voy a negarlo: la idea me dolió. Durante un instante me sentí una más, otra pieza de un juego que ellos ya conocían de memoria.
Pero ese pensamiento apenas duró unos segundos.
Volví a sentarme sobre el regazo del juez y seguimos besándonos con una intensidad que no dejaba espacio para ninguna otra emoción.
—¿Y Alberto qué hacía? ¿No se unió a la fiesta? —la interrumpí, volviéndole a preguntar.
—Él nos observaba desde el sofá de enfrente mientras apuraba su copa, con la devoción de quien disfruta contemplando un espectáculo privado.
Sin embargo, llegó un momento en que ya no pudo contenerse.
Se levantó, se acercó a nosotros y me sujetó por las axilas con una fuerza sorprendente.
Me alzó en el aire como si no pesara nada y me depositó bocarriba sobre la mesa.
La baraja de naipes resbaló del tapete y las cartas se desparramaron por el suelo.
—¿Te follaron allí? —me interesé en ese punto, mientras mi mano se aceleraba contra mi polla.
—Alberto se volvió hacia el juez y, con una media sonrisa, preguntó: «¿Empiezas tú o quieres que lo haga yo?»
Un gemido de rabia y sumisión escapó de mi garganta. Mi erección palpitaba cada vez con mayor intensidad.
—¿Quién… quién te la metió primero? —pregunté, con la voz rota, completamente hipnotizado por su relato.
—El primero fue el juez Peralta —respondió, sonriendo con malicia al ver mi estado—. Vino hasta mí, abriéndose la bragueta. Tenía una polla oscura y gruesa.
—¿Se... se puso condón? —logré articular al fin.
Nunca me había atrevido a preguntarle si Alberto usaba preservativo. Hasta ese momento había evitado siquiera pensar en ello, pero aquel día la pregunta escapó de mis labios antes de que pudiera contenerla.
Carmen negó con la cabeza lentamente, fijando su mirada en la mía para asegurarse de que el golpe fuera certero.
—«Siempre he sospechado que eras una puta», me dijo mientras deslizaba los dedos por toda mi rajita.
Con la otra mano se sujetó la polla. Noté el roce de su glande presionando contra mi entrada.
Cerré los ojos y sentí cómo se abría paso muy despacio, obligándome a recibirlo centímetro a centímetro.
La lentitud de aquel avance resultó mucho más intensa que cualquier embestida y tuve que morderme el labio para no delatar lo que estaba sintiendo.
Hizo una pausa y me miró a los ojos, como si tratara de averiguar hasta qué punto me estaba afectando la crudeza con la que relataba aquella experiencia.
—Sigue… —la animé—. Estoy bien, te lo juro. Por favor, sigue.
—Comenzó a moverse dentro de mí con un ritmo implacable y seco, haciendo que la madera de la mesa crujiera a cada golpe. Sus manos me agarraban los muslos con tanta firmeza que no me dejaban moverme.
Mientras Carmen pronunciaba aquellas palabras, sin apartar los ojos de los míos, dejó caer una mano lentamente sobre su sexo.
Empezó a acariciarse suavemente, un gesto sutil y constante que marcaba el compás de sus recuerdos, absorbiendo cada detalle de la escena como si volviera a vivirla allí mismo, frente a mí.
—¿Llegaste a correrte? —pregunté ansioso, anticipándome para conocer cada detalle.
Levantó la mano molesta porque la interrumpiera a cada momento con mis preguntas, y continuó hablando con ese tono calmado, como si lo que había hecho con dos hombres aquella noche fuera la cosa más natural del mundo.
—Alberto estaba a nuestro lado, esperando su turno mientras miraba cómo la polla del magistrado entraba y salía de mí, completamente empapada en mi flujo.
Sentía el impacto de sus embestidas en el fondo de mi vientre y no pude evitarlo, Julián…
me corrí. Me corrí con fuerza, gritando en mitad del salón, tensando el cuerpo para contraer mis paredes contra su polla mientras él soltaba un gruñido de satisfacción.
Carmen se llevó los dedos con los que se había estado masturbando a la boca para saborear el aroma de su propio flujo, observándome mientras lo hacía con una sonrisa desafiante.
—Supongo que, después de usarte el juez, le llegaría el turno por fin a Alberto. Seguro que lo estabas deseando, pedazo de puta —dije con toda la rabia y obscenidad que pude, no sé si intentando humillarla.
Sonrió, regresando con sus dedos a su centro de placer.
—Eso que te he contado solo fue el principio, mi amor —continuó con un hilo de voz—. Después de que ese desgraciado se vaciara dentro de mí, Alberto me cogió en brazos y me subió a la habitación principal. Allí me hicieron hacer cosas que nunca me hubiera imaginado.
No pude más. Las imágenes explícitas de mi esposa siendo sometida por esos dos bárbaros borraron cualquier rastro de la cordura que me quedara.
Con un rugido animal, que me hizo sentir una necesidad violenta de marcar territorio, me abalancé sobre ella en la cama. Quería jodérmela con la misma violencia que ella reclamaba en aquellos dos animales. Quería que supiera que yo también podía ser como ellos.