Capítulo 6
Picoteé el carpaccio, alabé la cocina de Julián y me reí de las ocurrencias de Clara, mientras notaba la mirada de mi marido clavada en mí, pesada y cargada de silencios.
Pero el verdadero desafío empezó después, cuando la televisión se quedó encendida como un ruido de fondo y Clara por fin se despidió con un bostezo para encerrarse en su habitación.
A partir de ese momento, el ambiente en el salón se fue calentando.
Me senté a su lado en el sofá, pegando mi cuerpo al suyo.
Sabía perfectamente lo que estaba pasando por su cabeza.
Podía sentir su tensión, el ritmo acelerado de su respiración y cómo evitaba mirarme directamente, abrumado por los celos.
Sin decirle una sola palabra, me deslicé un poco en el sofá, levanté las piernas y le puse los pies en su regazo.
Julián no se movió, permaneció un instante estático, mirando mis pies descalzos.
Luego, rodeó mis tobillos con sus manos grandes y cálidas.
Empezó a acariciarlos con suavidad, subiendo los pulgares por el empeine, y pronto comenzó a masajearlos, hundiéndolos con una presión firme y rítmica en la planta de mis pies.
—Mmm… mi amor… No te imaginas cuánto me gusta que me hagas eso —susurré, echando la cabeza hacia atrás en el respaldo, dejando que un gemido perezoso escapara de mi garganta.
Ese gemido terminó de derrumbar su última resistencia. Julián se arrodilló en el suelo y atrapó mi pie derecho entre las manos. Impulsado por un deseo irrefrenable, se inclinó despacio hasta envolver mis dedos con los labios, saboreándolos con una devoción que me hizo estremecer.
Empezó a chuparlos uno a uno, metódico y hambriento, hundiendo la lengua entre los espacios. Bajó por el arco, lamiendo la planta del pie de un solo trazo, provocándome un espasmo instantáneo cuando el roce áspero y adictivo de su barba de dos días lijó mi piel sensible.
—Tienes unos pies preciosos… Siempre impecables, suaves como la seda, con esas uñas perfectamente pintadas.
Llevo demasiado tiempo imaginando este momento.
No sabes cuántas veces he fantaseado con hacerte esto…
—murmuró con la voz ronca, empañada por el deseo, mientras seguía acariciándomelos con una devoción casi reverencial.
No pude contener una carcajada. Había algo enternecedor en aquella confesión, y al mismo tiempo me resultaba fascinante comprobar hasta qué punto era capaz de desarmarlo con la parte más inesperada de mi cuerpo.
—Vaya... No tenía ni idea de que mis pies despertaran semejante fascinación —respondí juguetona, mirándolo desde arriba—. Pero te los dejo cuando quieras.
—Me encantan, Carmen. Son tan femeninos… —musitó él, con los ojos fijos en mi piel, casi hipnotizado mientras deslizaba las yemas de sus dedos por el arco de la planta—. Tienen una forma preciosa. Me vuelve loco. Podría pasarme horas enteras así, adorándote como mi reina.
Aquel gesto, que en cualquier otro momento habría sido un tierno mimo matrimonial, se sintió de inmediato oscuro, cargado de una sumisión silenciosa. Era su manera de tocarme, de venerar el cuerpo que unas horas antes no le pertenecía, buscando en mis reacciones alguna pista de lo que había vivido.
Pasada la medianoche, cuando estuve segura de que Clara estaría completamente dormida, sin decirle una sola palabra, me acosté completamente en el sofá y, mirándolo a los ojos con una fijeza desafiante, me deslicé las bragas hacia abajo hasta dejarlas a medio muslo.
Julián, respondiendo a un impulso ciego, se movió con rapidez; me ayudó a quitármelas y permaneció arrodillado en la alfombra, encajado entre mis piernas abiertas.
Flexioné una rodilla y planté un pie firmemente sobre uno de sus hombros, exponiéndome por completo ante él.
Su boca no tardó en reaccionar: empezó a subir por la cara interna de mis piernas, besándome y lamiéndome con desesperación, dejándome un rastro húmedo y brillante de saliva.
—Cuéntame lo de anoche —pidió Julián con voz ahogada entre mis muslos, deteniendo su boca un segundo para buscar mis ojos—. Dime cuál era esa sorpresa. He estado pensando en ella todo el día.
—¡Ah...! —suspiré, arqueando ligeramente la pelvis, sintiendo que el mero hecho de recordarlo me provocaba un placer insoportable—. No sé, mi amor… me da un poco de vergüenza hablarte de lo de anoche —intenté alargar su tortura.
Noté sus dedos penetrándome con fuerza mientras sus labios succionaron mi clítoris hinchado.
—¡Joder, cariño! —exclamé, estirándome sobre el sofá—. Buf… cómo me gusta que me hagas eso…
—Habla, Carmen —me suplicó con la voz entrecortada.
No pude evitar soltar una risa al percibir su impaciencia.
—Está bien —respondí tratando de recuperar la voz—. Al poco de llegar a su casa, comenzamos a besarnos sentados en el sofá… Alberto me notó preocupada por ti, por pasar la noche fuera de casa, y me dijo que tenías que aceptar que yo era suya.
—Hijo de puta... —escuché decir a Julián en un lamento sordo, áspero, que vibró contra mi piel sin que dejara de lamer.
—Eso es, mi amor. Insúltalo, eso me pone muy cachonda.
Apoyé mis manos en su cabeza, como si quisiera pegarlo más a mi entrepierna.
—Tenía ganas de que ese cabrón me follara…
que mientras nos comíamos la boca le abrí la bragueta —continué, jadeando, entrelazando mis dedos en su pelo revuelto—.
Iba a deslizarme al suelo como tú ahora, me iba a poner de rodillas para chupársela...
Me moría por hacerlo. Siempre me dice que la chupo muy bien. Que tengo una garganta muy profunda…
Julián soltó un gruñido, un sonido animal que mezclaba el dolor más desgarrador con una excitación incontrolable. Cerró los ojos con fuerza y aspiró con violencia el aroma de mi sexo, embriagándose de mi flujo, torturándose con mis palabras.
—Pero Alberto me apartó la mano de un manotazo —añadí, relamiéndome al saborear su sufrimiento—. Me impidió agacharme. Me llamó viciosa y siguió besándome. Y de repente, Julián, sonó el timbre de la puerta.
Al oír aquello, mi marido dejó de chupar y abrió los ojos de golpe, frunciendo el ceño, completamente descolocado por el giro de la historia.
—¿El timbre? —repitió confundido—. No me dirás que…
Moví la cabeza afirmativamente antes de responder, expectante en conocer su reacción, al sospechar que Alberto no había sido el único hombre que había usado mi cuerpo esa noche.
—Me quedé paralizada en el sofá. Te juro que estaba muerta de miedo, mi amor —le siseé, bajando una mano para acariciarle con firmeza la mandíbula, conteniendo su impulso de interrumpirme o de apartarse—.
Quise levantarme, huir, pedir un taxi y regresar a casa...
pero Alberto reaccionó rápido. Me agarró con fuerza de la muñeca y me obligó a mirarlo fijamente a los ojos.
«Confía en mí», me dijo. Y esa maldita seguridad suya me anuló por completo.
Me quedé allí sentada, temblando, mientras él se abrochaba la bragueta con total tranquilidad, se colocaba la camisa y caminaba lentamente hacia el pasillo para abrir la puerta de la calle.
—¿Lo conocías? —preguntó Julián con la voz rota por la intriga, con un presentimiento nefasto y un terror ciego reflejándose en el fondo de sus pupilas.
Asentí con la cabeza antes de contestar su pregunta.
—Era don Alfonso Peralta de la Vega. El juez titular ante el que, casualmente, esta misma mañana he tenido que defender un caso de vital importancia para la firma del bufete.
Alberto lo saludó con naturalidad, como si fueran amigos de toda la vida, y le dijo: «Pasa, Alfonso.
Carmen está ahí, tal y como te prometí».
Julián se quedó petrificado, mudo, con la respiración suspendida. Más atento a mis palabras que a mi propio cuerpo.
Aproveché su parálisis. Me incorporé despacio en el sofá y me puse en pie. Le clavé una mirada fija, oscura y cargada con toda la lujuria que me devoraba por dentro.
Sin apartar los ojos de los suyos, alcancé los tirantes de mi camisón de seda negra y dejé que se deslizara por mi cuerpo.
La tela cayó al suelo con un leve susurro, dejándome completamente desnuda frente a él en la penumbra del salón.
Di la vuelta y comencé a caminar despacio por el pasillo.
Moviendo las caderas como una invitación.
No hizo falta decir nada; escuché sus pasos pesados, siguiéndome en silencio.
Sumiso, como un perro fiel que avanza detrás de su dueña.
Al entrar en nuestro dormitorio, me senté en el borde de la cama y crucé las piernas, observando cómo cerraba la puerta a sus espaldas, devorado por el morbo y una desesperación salvaje que amenazaba con romperlo en pedazos.