Capítulo 5
Salí de la oficina mucho antes de mi hora habitual. Era incapaz de seguir fingiendo que trabajaba. De camino a casa pasé por el supermercado, empujando el carro por los pasillos como un autómata.
Ahora estaba en la cocina, rodeado por el aroma del ajo, el perejil y el aceite de oliva.
Cocinaba. Siempre había cocinado cuando necesitaba poner orden en mi cabeza, porque había algo tranquilizador en la precisión de cortar, remover y sazonar.
Pero aquella tarde ni siquiera eso funcionaba.
Las manos me temblaban ligeramente cada vez que el cuchillo descendía sobre la tabla.
Estaba jodidamente nervioso. A ratos, enfadado, excitado, ansioso…
No sabía qué iba a sentir cuando Carmen cruzara la puerta. Rabia. Alivio. Excitación… O una mezcla de todo.
Era consciente de que el terreno que pisábamos era demasiado inestable. Un campo minado de contradicciones que amenazaba con estallar bajo nuestros pies en cualquier momento.
Mientras picaba los ingredientes, había instantes en los que una oleada de rabia me recorría el cuerpo. Un odio áspero, casi físico, me incendiaba la sangre. La insultaba en silencio, escupiéndole todos los desprecios que era incapaz de pronunciar en voz alta.
«Zorra. Viciosa de mierda. No eres más que una puta. Tú tienes la culpa de que yo sea así…»
El orgullo me dolía como una herida abierta.
La dignidad se me desangraba al imaginarla desnuda, sonriéndole a ese idiota mientras la hacía tocar el cielo.
Escucharla decirle que jamás había sentido nada parecido, que él despertaba en ella sensaciones que ni siquiera sabía que existían.
Cada una de esas imágenes era una cuchillada lenta, precisa, hundiéndose un poco más en mi orgullo.
Pero bastaba un instante, un simple descuido, para que todo se invirtiera.
La imagen de Carmen de rodillas irrumpía en mi cabeza con una violencia inesperada.
Lo que apenas un segundo antes me desgarraba por dentro empezaba a transformarse en una excitación oscura, incomprensible, casi humillante.
Era como si el mismo pensamiento que me hería encontrara la forma de seducirme, como si mi cabeza hubiera encontrado un analgésico para reconvertir algo doloroso en placentero.
Apreté con fuerza el mango del cuchillo hasta que los nudillos se me pusieron blancos y cerré los ojos un instante. Inspiré despacio, intentando aferrarme a la rutina de la cocina, al sonido de la tabla, al olor de las hierbas recién cortadas. Cualquier cosa que me devolviera el control.
Porque ya no sabía qué versión de mí aparecería cuando la tuviera delante.
Entonces sonó la puerta.
El corazón me dio un vuelco.
Dejé el cuchillo sobre la tabla y caminé hacia el recibidor intentando recomponer el gesto. Respiré hondo una última vez antes de que la puerta se abriera.
Al verla entrar, lo primero que me llamó la atención fue la ropa. Llevaba exactamente la misma falda blanca entallada con la que la había visto salir de casa el día anterior. Desde que la conocía, jamás había repetido un conjunto dos veces seguidas.
Se había recogido el pelo en una coleta alta.
Mientras dejaba el bolso en el recibidor, la observé de reojo.
A pesar de la capa de maquillaje, aplicada con evidente esmero, no conseguía ocultar el agotamiento que llevaba escrito en el rostro.
Tenía los ojos ligeramente hinchados, la piel apagada y los rasgos tensos.
Era la viva imagen de alguien que no había dormido en toda la noche. De una mujer llevada al límite de sus fuerzas.
Y, aun así, al verme, sonrió.
Lo hizo con una jovialidad que se me antojó impostada, con una energía ligeramente forzada, como si estuviera interpretando el papel de una mujer mucho menos agotada de lo que en realidad estaba. La conocía demasiado bien para no darme cuenta.
Sabía que, si hubiera podido elegir, en ese mismo instante se habría metido en la cama y habría dormido durante horas, intentando borrar de su cuerpo las secuelas de la noche anterior. Pero también era consciente de que su infidelidad tenía un precio.
Necesitaba mantenerme satisfecho. Halagarme.
Hacerme creer que, en el fondo, seguía siendo la misma mujer de la que me había enamorado hacía media vida.
Que nada esencial había cambiado entre nosotros.
Porque sabía que, si yo dejaba de aceptar aquel juego, nuestro equilibrio se rompería en mil pedazos.
—¿Qué tal estás, mi amor? —preguntó, dándome un beso en los labios.
Cerré los ojos durante el contacto. De forma casi enfermiza, intenté buscar el rastro de su amante en su boca, pero no hallé nada más que el aroma a menta de un chicle reciente.
El beso fue mucho más largo que el que nos dábamos habitualmente cuando llegaba tarde del despacho.
Sentí la punta de su lengua entrando en mi boca de manera sutil, pero firme, como si quisiera volverme loco de deseo.
Luego, bajó una mano con desparpajo y tocó mi entrepierna por encima del pantalón del chándal.
Al notar la rigidez de mi miembro, soltó una risita cómplice.
—Bufff… qué durito estás, cariño. Así da gusto que la reciban a una cuando llega a casa. Esta noche te llamaré para que vengas a mi cama y me hagas compañía un rato. Tengo cosas que contarte que seguro que te van a encantar —soltó con una sonrisa picante, apartando por fin la mano de mi chándal.
La miré fijamente, intentando procesar la promesa de sus labios.
—¿Qué cosas? —pregunté ansioso, con la voz temblorosa de anticipación.
No respondió, caminó hacia la cocina. Me quedé parado viendo el balanceo de sus caderas. Ese culo debía de moverlo el mismo demonio.
—¿Qué estás preparando? —preguntó, olfateando el aire con curiosidad mientras se acercaba a la encimera.
—Carpaccio de boletus con lascas de parmesano —respondí, aclarándome la garganta—. A Clara le haré un sándwich —suspiré como si necesitara armarme de paciencia—. Cuando me ha visto trocear las setas, me ha dicho que eso no se lo come ni muerta…
Carmen se rio con ganas, con una naturalidad que me descolocó, y por un momento volvió a parecerse a la madre atenta y cariñosa de siempre.
—Voy a ponerme cómoda y te ayudo.
En ese momento, Clara salió de su habitación al oír el jaleo.
Al ver a su madre, se acercó a ella con esa desgana tan propia de su edad.
Carmen la recibió con un abrazo desbordante, estrechándola contra su pecho con una intensidad casi desesperada antes de besarle la coronilla una y otra vez.
Clara no tardó en revolverse entre sus brazos.
—¡Jo, mamá, que me haces daño! Ni que hubieras estado una semana sin verme.
—¿Una semana? No creo que pudiera soportarlo, tesoro —respondió Carmen con una sonrisa cansada, acariciándole la mejilla—. Tu padre y tú sois lo más importante que tengo en este mundo. Os quiero tanto…
Escuché esas palabras desde el umbral de la cocina y un frío helado me recorrió la espalda. Me pregunté cuánto había de cierto en esa declaración.
Carmen me dedicó una última mirada, cargada de promesas silenciosas, antes de desaparecer por el pasillo en dirección a nuestro dormitorio.
A los pocos segundos oí el rumor apagado del agua al caer sobre el plato de ducha. Permanecí inmóvil, con las manos apoyadas sobre la encimera. Nada había cambiado. Y, al mismo tiempo, ya nada era igual.
Respiré hondo, miré la cena que seguía a medio preparar y retomé el cuchillo.
Al fin y al cabo, todavía nos quedaba interpretar nuestro papel. Sentarnos a la mesa, sonreír cuando tocara y convencer a Clara de que seguíamos siendo la familia perfecta.