La Esposa Compartida: II Capítulo 4
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Capítulo 4

Por la mañana, me desperté al sentir los labios de Alberto deslizándose sobre mi piel.

El juez se había marchado un par de horas antes.

Noté la boca de Alberto descendiendo lentamente por mi abdomen, con una lentitud tan deliberada como inexorable.

En aquel estado de duermevela, la conciencia comenzó a abrirse paso por primera vez.

Un golpe de realidad crudo y violento me recordó dónde estaba y la escala de degradación que acababa de consumarse. Pero el deseo hacia mi amante fue mucho más fuerte que cualquier rastro de culpa. Ahogué un gemido y abrí las piernas, cediendo por completo, para dejar que su boca besara mi pubis.

—Has estado muy bien, Carmen —me susurró frente a mi sexo, con esa voz ronca que me anulaba la voluntad.

Gemí al notar su lengua recorrer toda mi rajita, buscando mi centro. Puse mis manos sobre su cabeza.

—Ah… joder, Alberto... —gemí con fuerza, perdiendo el control desde el primer segundo.

—¿Todavía te quedan ganas, verdad? ¿Quieres que siga?

Moví la cabeza afirmativamente, incapaz de articular palabra. Había bebido demasiado alcohol la noche anterior y todavía notaba la cabeza pesada, pastosa, flotando en una nebulosa donde los límites de lo correcto se habían diluido por completo.

—Dilo. Quiero oírtelo decir —ordenó. Su tono no admitía réplicas. Era el dueño de la situación, el que dictaba el ritmo.

—Por favor, Alberto... —supliqué, con la voz rota—. Cómeme el coño.

A partir de ahí, me entregué a una espiral de pura degradación consentida.

Empecé a gemir sin decoro, perdiendo la noción del tiempo, suplicándole entre suspiros que no parara, que siguiera hundiéndose en mí.

Él se regodeaba en mi sumisión. Me llamó puta insaciable, con una fijeza en la mirada que me hizo estremecer.

Me preguntó, con una crueldad que me encendía las entrañas, si no había tenido bastante con dos hombres, dopados de Viagra, jodiéndome durante toda la noche.

—No... —le respondí, entregada al delirio, negando con la cabeza—. Quiero más... Necesito más...

La estimulación era tan intensa, tan cargada de la adrenalina de lo prohibido, que no tardé en estallar. Llegué al orgasmo con un grito ahogado, temblando por completo mientras Alberto saboreaba mi rastro.

Después de ducharme, el regreso a la realidad fue gélido.

Nos vestimos en silencio. Yo me reajusté la falda blanca entallada, intentando alisar las arrugas, y fuimos a desayunar a una cafetería cercana a las oficinas del bufete.

Allí, entre el ruido de las tazas y el olor a cruasanes, recuperé la máscara de mujer respetable.

Nos despedimos con un asentimiento de cabeza y entramos al edificio por separado, con cinco minutos de diferencia, como si nada hubiera ocurrido.

Lo más perturbador ocurrió un par de horas después.

Tuve que cruzarme con el juez Peralta en los pasillos de los juzgados antes de una comparecencia.

Me sorprendió la aterradora facilidad con la que pude mirarlo a la cara.

Ahora ya no lo veía tan digno, ni tan justo, ni tan revestido de esa solemnidad judicial que imponía tanto respeto.

Ahora sabía la verdad: sabía que era un puto pervertido.

Detrás de la toga y de las sentencias implacables, solo había otro hombre que compartía los secretos más oscuros de Alberto.

A media mañana, me encerré en mi despacho. Dejé el móvil sobre la mesa y me quedé esperando la llamada de mi marido. Era nuestra rutina, nuestro pacto tácito: él me llamaba para saber de mí, para mantener el hilo telefónico que nos unía. Pero los minutos pasaban y Julián no llamaba.

Comencé a preocuparme en serio. Una ansiedad muy distinta a la de la noche anterior empezó a treparme por el pecho.

Tenía que haberle dicho que no a Alberto.

Fui una estúpida. Él tenía que comprender que una mujer casada no podía dormir fuera de casa.

Los minutos se me hacían eternos. El reloj de la pared del despacho parecía avanzar a cámara lenta, pero el teléfono seguía mudo.

No pude soportarlo más. La incertidumbre me estaba matando, así que fui yo la que agarró el móvil y marcó su número.

Al tercer tono, escuché el clic.

—¿Sí? —su voz sonó distante, cortante, desprovista de cualquier calidez.

—Buenos días, mi vida —dije, forzando un tono cariñoso, demasiado dulce, intentando compensar mi culpa con un exceso de afecto.

—Buenos días —respondió él, escueto. El silencio que siguió a sus palabras fue casi agresivo. Estaba enfadado, esquivo, cerrándose en banda.

—Cariño, estaba esperando tu llamada... Me tenías un poco preocupada —comenté, buscando un resquicio para ablandarlo.

—He tenido que anular la cita con un cliente porque no me encontraba bien. Tampoco he dormido mucho, la verdad.

Me mordí el labio inferior, sintiendo un pinchazo de compasión y remordimiento. Sabía perfectamente por qué no había dormido.

—Lo siento mucho, de verdad... —susurré—. Pero prefiero que hablemos de eso esta noche. Te prometo que hoy llegaré pronto a casa. Estoy deseando estar con vosotros.

Al oír mi promesa de regresar temprano y mi tono de súplica implícita, noté cómo la rigidez de Julián empezaba a ceder. Se iba animando poco a poco, como si el control de la situación volviera a sus manos mediante mi sumisión doméstica. Su voz recuperó algo de fuerza.

—¿Vendrás directa del despacho? —preguntó, y percibí el brillo de una curiosidad más oscura en su tono—. ¿Y qué tal… qué tal anoche, Carmen?

La pregunta me hizo contener el aliento. Miré hacia la puerta cerrada de mi despacho antes de responder, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo.

—He pasado la noche en su casa. Un lugar horrible… te lo juro. Estaba amueblado sin ningún gusto, como si fuera uno de esos pisos baratos que les alquilan a los estudiantes.

—Pero, para ser tan horrible, seguro que lo pasaste mucho mejor que yo anoche —soltó él.

Por el ritmo de su respiración al otro lado de la línea, supe de inmediato que mi confesión lo estaba atrapando de nuevo en esa red de celos y excitación que compartíamos. Estaba sediento de detalles. Deseaba que lo destruyera con mis palabras.

—Serás morboso… —solté con una risita ahogada, mordiéndome el labio—. ¿Qué prefieres? ¿La versión más ligera o la más guarra?

Al otro lado de la línea se hizo un silencio pesado, denso. Escuché cómo Julián tragaba saliva, tratando de asimilar el tono que acababa de tomar la conversación. Sabía perfectamente qué versión quería. Siempre pedía la misma.

—La más guarra, Carmen. Cuéntamelo todo sin adornos. Como si estuviera allí viéndote.

Una corriente eléctrica me recorrió la espina dorsal al escuchar la crudeza de sus palabras.

La timidez o el decoro habían desaparecido por completo de su voz; ahora solo quedaba un hombre obsesionado, devorado por el morbo.

Pero ahora le tocaba a él disfrutar, y ese era mi pago por su consentimiento.

—Eso te gustaría, ¿verdad, cabroncete? —solté con una risa contenida, bajando aún más el tono, saboreando el control que sus celos me daban sobre él—. ¿Te gustaría ver cómo me follan?

—Sabes de sobra que esa es mi mayor fantasía, y que daría cualquier cosa por verte con otro —confesó finalmente, con una voz tan ronca y descarnada que apenas parecía la suya—. ¿Me dejarás algún día estar presente?

Suspiré. No era fácil para mí.

—Quizá… si eres un buen chico y te portas bien —le susurré, saboreando el poder absoluto que sus palabras me otorgaban—. Pero de momento tendrás que conformarte con imaginártelo. ¿Te estás tocando?

—Sí... —su voz fue un gemido ronco, cortado por el esfuerzo de contener el aire.

Solté una carcajada. No porque me hiciera gracia, sino porque sabía cuánto le gustaba que en esos momentos le hablara así; era parte de nuestro juego, el código perverso que habíamos construido sin darnos cuenta.

—Qué cerdito eres, mi amor… ¿Y anoche? ¿Anoche también te tocaste?

—Sí... —repitió, completamente humillado y excitado a partes iguales.

—Buffff... menos mal que tengo a Alberto. Con tantas pajas que te haces, no ibas a ser capaz de satisfacerme. He leído en un sitio que si abusas mucho de pelártela… Luego no se te pone bien dura.

Noté su impaciencia en su respiración.

—Vamos, habla... Cuéntamelo todo —suplicó él, ignorando mi provocación, ansioso por que la historia continuara destrozándolo por dentro.

—Como te he dicho antes… me temo que vas a tener que esperar a esta noche —le solté, estirando las palabras, disfrutando de cada segundo de su agonía—. Pero te adelantaré algo para que no puedas dejar de pensar en mí en todo el puto día.

Escuché cómo Julián contenía la respiración al otro lado de la línea, con el pulso acelerado, colgado por completo de mi relato.

—Sigue, Carmen… No dejes de hablar… Sabes cuánto me pone escucharte. Me tienes casi a punto.

Me reí con suavidad, saboreando la bomba que estaba a punto de lanzar.

—¿Te acuerdas de que te dije que Alberto quería darme una sorpresa?

—Sí.

—Pues me la dio. Vaya que si me la dio. Ese hombre no deja de sorprenderme nunca —dije sin poder evitar un deje de orgullo hacia mi amante.

—¿Qué te hizo? ¿Te grabó en vídeo? —preguntó ansioso, con la voz rota por el deseo.

—Frío, frío… —respondí juguetona, dibujando una sonrisa cruel en mis labios—. Es mucho más fuerte que eso.

Y sin darle tiempo a replicar, aparté el teléfono de mi oreja y colgué.

El silencio regresó de golpe a mi despacho, espeso y vibrante.

Miré la pantalla oscurecida sobre la mesa, imaginando a Julián al otro lado de la ciudad, en su oficina cerrada a cal y canto, con la mente desbocada, los pantalones bajados a medio muslo y atrapado en el abismo de esa última frase.

Guardé el móvil en el bolso, me alisé la falda y respiré hondo.

El juego nunca había sido tan jodidamente adictivo.