La Esposa Compartida: II Capítulo 3
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Capítulo 3

Esa noche, la mesa del comedor se me antojó gigantesca. Carmen no estaba, y su ausencia pesaba más que si la casa estuviera llena de extraños.

A mi lado, Clara pinchaba distraídamente las verduras mientras miraba la pantalla de su móvil, sonriendo de reojo.

—Papá, ¿tú crees que si le propongo a Hugo ir al cine el sábado sospechará que me gusta? —me preguntó de pronto, levantando la vista hacia mí.

—De eso se trata, ¿no? —respondí, esbozando una sonrisa.

Clara alzó la vista del móvil apenas un instante y me dedicó una mirada cargada de divertida condescendencia.

—Jo, papá, no entiendes nada de mujeres. Tiene que ser él quien se esfuerce en conquistarme. No voy a ponérselo tan fácil.

Solté una risa.

—Pues para no entender nada de mujeres, conseguí casarme con tu madre —repliqué, intentando mantener el tono desenfadado—. Y guarda el móvil hasta que terminemos de cenar. Ya sabes que a ella no le gusta que lo uses en la mesa.

Clara se encogió de hombros.

—Pero mamá no está aquí y no puede verme.

Aquellas palabras me atravesaron como una aguja. Sentí que el estómago volvía a encogérseme.

—¿Tanto te gusta ese tal Hugo? —pregunté, cambiando de tema antes de que mi cabeza volviera a preguntarse qué estaría haciendo Carmen en ese preciso instante.

Clara sonrió antes incluso de responder. La ilusión iluminó su rostro con esa mezcla de timidez y entusiasmo que solo aparece cuando alguien cree estar enamorado.

—Es tan mono... Y tiene un lunar justo aquí —dijo, señalándose con la yema del dedo el labio superior—. Es pequeñito, pero le queda superbién.

Me obligué a mirarla con atención. Clara había heredado mis ojos claros, pero cada día que pasaba se parecía más a su madre.

Tenía esa misma forma sutil de ladear la cabeza cuando esperaba una respuesta, el cabello cayéndole en ondas idénticas sobre los hombros y esa incipiente elegancia natural al moverse que a Carmen tanto la caracterizaba.

Ver los rasgos de mi esposa reflejados en la inocencia de mi hija me oprimió el pecho de una forma difícil de explicar.

Mientras Clara me hablaba de las notas de matemáticas y de lo guapo que era el nuevo profesor de inglés, mi mente se desconectaba por completo de la mesa, fugándose hacia una dimensión oscura y claustrofóbica.

Una parálisis mental me arrastraba a imaginar, minuto a minuto, lo que debían estar haciendo Carmen y Alberto en ese mismo instante.

Visualizaba el coche de él, el trayecto hacia su casa, a Alberto levantándole el vestido para tocarla.

Me imaginaba a mi esposa entrando en el territorio de ese déspota, desnudándose bajo sus órdenes, entregándole el cuerpo que yo llevaba más de media vida adorando con devoción.

La cena terminó en una especie de neblina. Clara me ayudó a recoger la cocina, le di un beso de buenas noches y esperé a que se encerrara en su habitación. Como cada noche.

Después, empezó el calvario. Encendí la televisión para amortiguar el silencio, pero las imágenes pasaban ante mis ojos como sombras sin sentido.

A pasadas las doce me metí en la cama. Di vueltas entre las sábanas durante una hora, asfixiado por los celos y por una morbosa expectación que odiaba sentir.

Me masturbé, pero incapaz de conciliar el sueño, volví a levantarme de madrugada.

Regresé al sofá, miré el móvil… ni un jodido mensaje.

Encendí la televisión otra vez, saltando de canal en canal sin ver nada, arrastrando los minutos como si fueran horas, hasta que el cansancio me obligó a volver a acostarme. No dormí más de dos horas seguidas.

Por la mañana, el despertador sonó como un tiro.

Me levanté con el cuerpo molido y la mente entumecida.

Antes de ir al baño, caminé por el pasillo y abrí despacio la puerta del dormitorio de Carmen.

La cama estaba impoluta. Las sábanas tensas, la colcha perfectamente estirada, los cojines alineados y todo en el mismo orden pulcro que yo lo había dejado cuando la recogí el día anterior.

Marché a la cocina arrastrando los pies y preparé el café. Al darle el primer trago, me supo extrañamente amargo, espeso, metálico. Sentí una náusea y no pude terminármelo.

De repente, el móvil vibró sobre la encimera.

Un mensaje. Ni siquiera una llamada. Al ver la pantalla, la bilis me subió a la garganta.

Que no me llamara solo significaba una cosa: seguía en esa casa con él.

Probablemente compartiendo el desayuno en la cocina o, tal vez, acababan de ducharse juntos.

«Buenos días, mi amor. Te echo tanto de menos… Llámame a media mañana como siempre... Estoy deseando oír tu voz. Vamos de camino al bufete».

Me quedé mirando la palabra «vamos». La complicidad del plural me quemó los ojos. Bloqueé la pantalla de golpe. No le respondí. No escribir nada era lo único que me quedaba. Era mi mezquina y silenciosa forma de vengarme, de sembrar un gramo de incertidumbre en su mañana perfecta.

Conducir hasta la oficina fue un ejercicio de puro automatismo. Al llegar a mi despacho, me senté frente al ordenador, pero fui incapaz de concentrarme. Los informes financieros me parecían manchas de tinta borrosas y las llamadas de los clientes me zumbaban en los oídos como moscas.

A las diez de la mañana, con la sensación de que las paredes se me echaban encima, anulé la cita con el cliente más importante del día. Le dije que me encontraba enfermo, que la cena de la noche anterior me había sentado mal y que, muy a mi pesar, me veía obligado a cancelar la reunión.

Cuando llegó la hora, no la llamé. Quería preocuparla al máximo. Me quité la corbata, me froté las sienes y me quedé mirando el teléfono sobre la mesa, esperando durante más de media hora. Sabía que no tardaría.

A media mañana, el aparato empezó a sonar, rompiendo el silencio de mi encierro. Era ella.