Capítulo 2 #2
—Un poco. Se me hace raro saber que esta noche no dormiré en mi cama.
No respondió de inmediato. Dejó la copa sobre la mesa y se acercó despacio.
Apartó con delicadeza un mechón de cabello de mi rostro y rozó mis labios con un beso lento, sin prisas, como si quisiera tranquilizarme más que seducirme.
Mientras me besaba, su mano se apoyó sobre mi rodilla y ascendió apenas unos centímetros por mi muslo, con una caricia pausada que apenas ejercía presión.
Cuando se apartó, me sostuvo la mirada.
—¿Tan malo es pasar la noche conmigo? —preguntó con una sonrisa apenas insinuada.
Sentía el calor del vino mezclarse con el de aquel beso, aflojando poco a poco la tensión que me había acompañado desde que había cruzado el umbral de su casa.
—No, al contrario. Tenía muchas ganas.
Él asintió, satisfecho. Se levantó, cruzó el salón hasta un pequeño reproductor y, unos segundos después, una suave melodía de jazz comenzó a llenar la estancia. Regresó con paso tranquilo y volvió a sentarse a mi lado.
—Eres preciosa, Carmen. Demasiado guapa e inteligente para conformarme solo con follarte.
Lo miré sin apartar los ojos de los suyos.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
Mi voz sonó más insegura de lo que habría querido. Una parte de mí temía su respuesta; otra deseaba escucharla.
En lugar de contestar, se inclinó hacia mí y volvió a besarme. Sus labios conservaban el leve sabor del vino. Una de sus manos ascendió despacio hasta mi nuca y la sostuvo con firmeza, mientras sus dedos se perdían entre mi pelo.
Cuando nuestros labios se separaron apenas unos centímetros, sonrió.
—Pensé que con el tiempo esto acabaría perdiendo fuerza... y ha ocurrido justo lo contrario. Me encanta en la mujer en la que te has transformado.
Habló de mí como si fuera su propia obra de arte, como si me hubiera modelado él mismo desde el barro. Lo curioso es que sus palabras lograron emocionarme.
Suspiré y cerré los ojos durante unos segundos.
—Me gusta que me digas esas cosas —respondí con una sonrisa impropia de una mujer de mi edad. Parecía una ridícula adolescente ilusionada.
Me rozó los labios con la yema del dedo, como si quisiera memorizar su contorno.
Sin apartar la vista de sus ojos, abrí ligeramente la boca y dejé que la piel rozara el borde de mi lengua.
Él profundizó el gesto, deslizándolo despacio hacia adentro.
Lo recibí hambrienta, sintiendo cómo el calor me derretía por dentro y me consumía los sentidos.
—¿Te gusta que te diga que eres guapa? —preguntó con ironía.
Negué despacio con la cabeza.
—No, tonto... Lo que me gusta es que me digas que estás orgulloso de mí. Lo sabes de sobra. No soporto la idea de poder decepcionarte.
Bajé la mirada, incapaz de sostener la suya. Me avergonzaba reconocer en voz alta aquella necesidad casi infantil de sentir su aprobación, de comprobar que, de algún modo, seguía estando a la altura de sus expectativas.
Me besó en el cuello con una intensidad voraz, marcando la piel con fuerza antes de ir descendiendo despacio por mi escote, mientras sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo por encima de la ropa.
En ese mismo instante, sentí una intensa y cálida humedad brotar entre mis piernas; la culpa asfixiante y el deseo más salvaje se mezclaron por completo en mi flujo, empapándome la ropa interior y delatando la urgencia que me devoraba por dentro.
Deseaba que me tumbara allí mismo, que me follara sin más preámbulos sobre el sofá del salón.
Pero mi mente suplicaba algo más inmediato.
Quería chupársela, necesitaba hacerlo ya, sin esperar un segundo más.
Me encantaba la sensación de rendición absoluta que experimentaba al sentir su masculinidad llenándome la boca por completo, deslizándose una y otra vez hasta rozar el límite de mi garganta mientras él me sujetaba del pelo y dictaba el ritmo.
Deslicé mi mano temblorosa por su muslo hacia su entrepierna y toqué su paquete a través de la tela del pantalón.
Estaba duro, enorme, palpitando con una fuerza que me volvía completamente loca.
Abrí su bragueta con dedos impacientes, incapaz de soportar un segundo más de espera, e intenté deslizarme del borde del sofá para ponerme de rodillas en el suelo, dispuesta y ansiosa por llevármela a la boca.
Pero Alberto me agarró del hombro con una firmeza implacable, me apartó la mano de un manotazo seco y decidido, y me impidió por completo agacharme.
—Aún no —dictaminó con voz fría y cortante, dejándome suspendida al borde del abismo—. Sigue diciéndome qué es lo más que te gusta.
Tragué saliva. Sentía el corazón desbocado y las mejillas ardiendo. Bajé la mirada un instante, avergonzada por lo mucho que me estaba costando encontrar las palabras.
—Me gusta cuando me miras así... cuando me dejas al borde de perder la cabeza y haces que te suplique —contesté con un hilo de voz, incapaz de apartarme de su órbita.
—Sigue… ¿Qué más te gusta, Carmen?
—¡Ah...! —gemí, retorciéndome sobre el sofá al sentir cómo sus dientes atrapaban suavemente la piel de mi cuello—. Me gusta... Me gusta cuando me atas a la cama y me vendas los ojos... Me haces gozar tanto…
Apretó mis pechos con firmeza y un deseo irrefrenable me hizo anhelar que me arrancara el vestido de un tirón.
—Sigue, Carmen. Sigue hablando.
No podía evitar morderme los labios con fuerza, buscando un dolor físico que frenara el torrente de sensaciones que amenazaba con desbordarme allí mismo.
—Me gusta cuando me castigas y me azotas… Cuando me haces sentir que soy tu perra...
Siguió besándome el cuello mientras me susurraba al oído lo hermosa que era; lo suave y delicada que tenía la piel; cuánto le gustaban mis gestos, que él calificaba de elegantes y profundamente femeninos.
—Adoro el aroma de tu perfume —murmuró, rozando el lóbulo de mi oreja con los labios—. Podría reconocer cada rincón de tu cuerpo con los ojos cerrados.
De repente, un sonido agudo irrumpió en la casa, imponiéndose al murmullo del jazz y al sonido de mi propia respiración.
Me quedé inmóvil.
—Alberto... —susurré, volviendo el rostro hacia la puerta—. Creo que han llamado al timbre.
Pero él no se inmutó en absoluto; se limitó a sonreír con una parsimonia aterradora, como si aquel timbre fuera el compás exacto de un plan perfectamente trazado.
En ese preciso milisegundo, al ver el brillo oscuro y calculador de sus ojos, lo comprendí todo de golpe: teníamos visita, y aquella era la verdadera y perversa sorpresa que me tenía guardada para esa noche.
Intenté levantarme, presa de un pánico repentino, sin saber si quería irme a casa o encerrarme en el baño hasta que me jurara que estábamos solos. Pero él reaccionó rápido y me agarró.
—Tranquila, Carmen… —me dijo, obligándome a mirarlo directamente a los ojos con una autoridad implacable—. Si queremos que esto funcione, tienes que confiar en mí.
Toda resistencia se desvaneció de golpe.
Me sentí incapaz de llevarle la contraria, anulada por el ascendiente que ejercía sobre mí.
Con una docilidad que nunca llegué a comprender, dejé caer de nuevo el cuerpo sobre el mullido sofá de cuero y permanecí allí, inmóvil, observándolo en silencio, expectante y completamente entregada a su voluntad.
Alberto se abrochó la bragueta con absoluta tranquilidad, terminó de colocarse la camisa y caminó sin prisa hacia la entrada.
Escuché el eco de sus pasos alejándose por el pasillo. Un instante después, el clic metálico del cerrojo anunció que acababa de abrir la puerta de la calle.
Permanecí atenta, con la vista clavada en el pasillo. Las piernas me temblaban tanto que el leve roce de la falda blanca contra mis muslos me provocó un escalofrío.
Entonces oí una voz masculina saludando a Alberto.
Era una voz grave y rotunda, la de alguien acostumbrado a dictar sentencias e imponer el silencio en una sala de vistas. La reconocí al instante. No podía ser otra persona.
«Esto no me puede estar pasando», pensé, mientras la vergüenza y el miedo se apoderaban de mí. Solo deseaba que la tierra se abriera bajo mis pies y me tragara. Quería desaparecer. Y, por encima de todo, volver a mi casa.
Aquella voz profunda, áspera, casi aguardentosa, solo podía pertenecer a don Alfonso Peralta de la Vega, el juez titular del Juzgado de lo Penal nº 3. El mismo magistrado ante el que, a la mañana siguiente, tenía que defender uno de los asuntos más importantes del bufete.
—Pasa, Alfonso. Carmen está aquí, tal y como te prometí —dijo Alberto con naturalidad.
El corazón me dio un vuelco tan violento que temí que saltara de mi pecho. Mis manos se clavaron en el borde de mi falda como si quisiera alargar mi ropa.
Escuché sus pasos acercándose por el pasillo. Un sudor frío me empapó la nuca mientras comprendí, con un terror ciego y electrizante, que las líneas rojas habían dejado de existir.