La Esposa Compartida: II Capítulo 2
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Capítulo 2

Durante el trayecto en el coche de Alberto, una punzada de angustia fría y constante no dejaba de morderme el estómago.

Me preocupaba Julián. Sabía que aquello era un cambio importante para él.

Nos estábamos acostumbrando a ese simulacro de normalidad; en el que él me veía llegar cada noche a casa sabiendo perfectamente que acababan de follarme en una habitación de hotel.

Pero luego, a la mañana siguiente, como si nada de aquello hubiera ocurrido, nos sentábamos a compartir un café y hablábamos de las cosas del día a día con una naturalidad que rozaba lo macabro.

Que yo pasara la noche entera fuera de casa representaba un ataque directo a la línea de flotación de mi pacto con mi esposo.

Sin embargo, cuando Alberto me lo propuso esa mañana en su despacho, no fui capaz de articular un solo argumento para negarme; la sumisión pudo más que la prudencia.

Además, una parte oscura de mí ardía en deseos de cruzar esa frontera.

Sentía una curiosidad febril por conocer la casa de mi amante, por imaginarlo en su espacio íntimo, por dejarme follar justo ahí, donde él dormía cada noche, y rodearme de sus objetos personales como si de algún modo eso me pudiera unir más a él.

Era como si nuestra relación diera un paso al frente.

Alberto era la definición viva de la pulcritud ejecutiva: un hombre elegante que parecía incapaz de repetir un traje, siempre impecable, con los zapatos de piel lustrados hasta reflejar la luz como un espejo.

El reloj de oro destellaba en su muñeca izquierda, acompañado por unos gemelos discretos, pero inequívocamente exclusivos, mientras la corbata mantenía una simetría casi matemática con el pañuelo que asomaba por el bolsillo de la americana.

Cuidaba hasta el último detalle de la imagen que proyectaba al mundo.

Por eso no podía evitar preguntarme si su hogar sería el reflejo de aquella misma obsesión por la perfección o si, al cerrar la puerta de su casa, se permitía bajar la guardia y dejar al descubierto las sombras que ocultaba al resto del mundo.

A mitad del camino, sin apartar la vista de la carretera, deslizó su mano derecha bajo el dobladillo de mi falda, subiéndola por mis muslos desnudos hasta dejar su palma posada con firmeza sobre mi piel caliente.

—¿Qué le has dicho al cornudo de tu marido? —preguntó de pronto, con un brillo de morbosa curiosidad en los ojos.

Suspiré antes de responder. Alberto sabía perfectamente cuánto detestaba que llamara «cornudo» a mi marido, y aun así seguía haciéndolo siempre que tenía ocasión.

—La verdad. No podía mentirle —respondí, girándome hacia él—. Le dije que no me esperara despierto y que no se molestara en prepararme la cena.

Alberto sonrió abiertamente. Saber que mi marido aceptaba nuestra relación alimentaba su vanidad.

—¿Y cómo se lo ha tomado el bueno de Julián?

—En realidad no lo tengo muy claro... Se esfuerza por aparentar que no le afecta, que todo esto forma parte del juego. Así lo llama... Pero yo sé que le duele. Estoy convencida de que esta noche pasará las horas despierto, dándole vueltas a todo.

—No te preocupes… —dijo, dándome un golpecito seco en la pierna, casi cariñoso, antes de retirar la mano para cambiar de marcha—. Te tengo una sorpresa preparada que hará que te olvides de tu maridito toda la noche.

No pregunté. Sabía de sobra que insistir no serviría de nada y que no me iba a dar el gusto de revelarme sus planes.

La última «sorpresa» que me había preparado había sido apenas una semana antes, cuando me obligó a quedarme en ropa interior frente a la webcam de su ordenador, en el despacho, para que un supuesto desconocido me contemplara al otro lado de la pantalla.

Aunque quería pensar que, seguramente, al otro lado no habría nadie observándome.

Con Alberto, cada maldita sorpresa funcionaba como una cuerda invisible que se tensaba un poco más alrededor de mi cuello, ahogándome despacio, pero asegurándose de que nunca pudiera soltarme.

Finalmente, abandonamos la carretera principal y nos adentramos en una urbanización de las afueras. Me sorprendió el entorno. No era, ni de lejos, la zona exclusiva que había imaginado.

Supuse que sus cuatro divorcios consecutivos y las correspondientes pensiones para sus hijos habían dejado una huella profunda en la economía de Alberto, erosionando poco a poco el estatus del que tanto presumía.

Fue entonces cuando entendí por qué nunca me había llevado a su casa. Era demasiado orgulloso para dejarme ver un escenario que no estuviera a la altura del personaje que había construido.

Era un barrio de chalets adosados, todos idénticos, con fachadas grises y un pequeño jardín a la entrada.

El suyo presentaba un aspecto sorprendentemente descuidado: el césped había crecido sin control, amarilleaba por falta de riego y unas hojas secas se amontonaban contra la valla, empujadas por el viento.

—Bienvenida a mi castillo, princesa —bromeó mientras detenía el vehículo frente a la puerta.

Bajamos del coche y entramos. En cuanto Alberto encendió las luces, la realidad del interior me golpeó de lleno.

La casa estaba prácticamente vacía, desprovista de cualquier rastro de calidez o personalidad.

Todo parecía reducido a lo estrictamente imprescindible, como el piso de un estudiante recién independizado o el de un hombre que hacía tiempo había renunciado a construir un hogar.

Las paredes permanecían desnudas; los muebles, baratos e impersonales, parecían comprados de prisa en cualquier gran superficie.

Solo había una excepción. Presidiendo el salón, una televisión gigantesca. Resultaba casi ridícula: una pantalla descomunal para un salón tan pequeño.

—Siento el desorden… —dijo mientras recogía una caja vacía de pizza y la llevaba a la cocina—. Olga, la chica que viene a limpiar tres días por semana, acaba de casarse y está de viaje.

—No te preocupes. No está tan mal.

Sonreí, observando una mesa redonda sobre la que descansaban una botella de whisky de malta y una baraja francesa. Alberto siguió la dirección de mi mirada.

—A veces vienen unos amigos a ver el fútbol o a jugar a las cartas. ¿Te gusta el póker?

Negué con la cabeza.

—Nunca he jugado.

Alberto arqueó ligeramente las cejas. La sonrisa se le apagó durante un instante y una sombra fugaz cruzó su rostro, como si de pronto hubiera recordado algo desagradable.

—Últimamente atravieso una mala racha, pero estoy seguro de que pasará.

Quién sabe... A lo mejor haberte traído a mi casa me da suerte en la próxima partida —dijo con una sonrisa, mirándome como si de verdad pudiera convertirme en una especie de talismán—.

A veces pienso que el póker me ha costado más dinero que las zorras de mis exmujeres...

aunque, eso sí, también me ha regalado noches infinitamente mejores.

Sonreí. Siempre hablaba de ellas como si las cuatro hubieran sido un mal negocio.

—No sabía que también creías en la suerte.

Él soltó una breve carcajada y se encogió de hombros.

—Vamos, mujer… Ponte cómoda, estás en tu casa —dijo con suavidad, señalando un sofá de cuero blanco frente al enorme televisor.

Me senté y crucé las piernas con calma, dejando que la falda resbalara apenas unos centímetros sobre los muslos. Mientras él se alejaba hacia la cocina, lo seguí con la mirada.

—¿Y Clara? —preguntó desde allí, alzando la voz—. ¿Qué tal le van las clases en la universidad?

—Bien. Está contenta y le está yendo muy bien. Mi hija siempre ha sido buena estudiante.

—Si es la mitad de buena que tú, sin duda le espera un futuro brillante. Me gustaría conocerla algún día. Seguro que se parece a ti.

Aquel comentario me incomodó más de lo que esperaba. Mi hija pertenecía a un mundo del que Alberto debía permanecer al margen. Necesitaba que esas dos vidas nunca llegaran a rozarse.

—Está más unida a su padre que a mí. Siempre están bromeando, contándose cosas, hablando de cualquier tontería. En cambio, yo… muchas veces llego tan cansada a casa que lo único que me apetece es descansar y desconectar un rato.

En cuanto las palabras abandonaron mis labios, me sonaron a excusa. Como si necesitara convencerme a mí misma de que había una razón para aquella distancia que, en realidad, me dolía más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Nunca me había sentido una buena madre. Había sido Julián quien, durante años, se había encargado de casi todo: de las tareas del colegio, de las reuniones con los profesores, de escuchar a Clara cuando necesitaba desahogarse.

Y ahora, para colmo, mi relación con Alberto no hacía más que agrandar esa sensación de estar fallándole.

Cada minuto que le dedicaba a él era un minuto que sentía que le estaba robando a mi familia.

—Mañana tengo que dar una charla en la universidad para alumnos de cuarto y quinto.

Hablaré sobre estrategia procesal y técnicas de litigación.

—Sonrió con esa mezcla de orgullo y suficiencia que tan bien conocía—.

¿Te he dicho que el rector es íntimo amigo mío?

Te lo comento por si alguna vez necesitas algo.

—Te lo agradezco, Alberto —respondí, alzando ligeramente la voz, deseosa de apartar la conversación de mi hija—. Clara está en primero y todavía no sabe con certeza si el Derecho es realmente su vocación.

Unos segundos después regresó de la cocina con una botella de vino tinto y dos copas. Las dejó sobre la mesa con cuidado, descorchó la botella con un gesto experto y sirvió primero un poco en su copa. La hizo girar entre los dedos, acercó el borde a la nariz y aspiró despacio.

—Ribera del Duero. Reserva de 2019 —dijo con una media sonrisa—. No es una joya, pero está francamente bien.

Se sentó a mi lado, lo bastante cerca como para que nuestras piernas casi se rozaran, y llenó ambas copas con un chorro pausado, procurando que el vino respirara. Después me tendió una de ellas.

Acepté la copa y nuestras manos se rozaron apenas un instante.

—¿Estás nerviosa? —preguntó—. Durante el trayecto en coche apenas has hablado.