La Esposa Compartida: II
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Capítulo 1
Habían pasado cuatro semanas desde aquella llamada en mi despacho.
Solo cuatro semanas. El tiempo suficiente para que ambos aceptáramos la nueva geometría de nuestro matrimonio.
Lo verdaderamente inquietante no era lo que estaba ocurriendo, sino la velocidad con la que dejamos de cuestionarlo y empezamos a encajarlo todo en una macabra y fluida normalidad.
La casa volvió a parecer un hogar. Esa fue la primera mentira.
Clara dejó de observarnos con esa cautela muda que llevaba días anidando en su mirada.
Carmen recuperó la costumbre de llegar a tiempo para cenar en familia al menos tres o cuatro noches por semana.
Las otras, yo permanecía despierto en el salón, aguardando el siseo de sus llaves en la cerradura.
Seguí cuidando de ellas como siempre: preparando las comidas, haciendo la compra, doblando la ropa y llenando la nevera con las cosas que les gustaban.
Desde fuera, cualquiera habría jurado que habíamos superado una crisis.
Y lo peor era que, con el paso de los días, hasta nosotros empezamos a creernos el simulacro.
Las mañanas recuperaron una calma casi perfecta.
Yo volvía a levantarme antes que nadie para preparar el café. Ella aparecía en la cocina impecable, envuelta en sus trajes entallados, subida a sus tacones y precedida por ese perfume que anunciaba su presencia antes de verla cruzar la puerta.
Nos sentábamos juntos unos minutos, como antes.
Hablábamos de las clases de Clara, de los achaques de mis padres, de cualquier minucia doméstica.
A veces Carmen me rozaba la mano; otras, me daba un beso corto en los labios antes de marcharse.
Y yo me aferraba a esos gestos con una gratitud que, en otro tiempo, me habría parecido humillante.
La diferencia era que ahora, cuando su móvil vibraba, ya no fingíamos no escucharlo.
Ella lo cogía, leía la pantalla en voz baja y sonreía abiertamente como una adolescente ilusionada.
Yo rara vez preguntaba. Había procurado que entendiera que podía guardar para sí cualquier cosa que no estuviera preparada para contarme.
Esa era la segunda mentira.
Porque sí quería preguntar. Quería saber si era él, qué le había escrito, qué le estaba ordenando, qué parte de mi esposa empezaba a pertenecerle antes siquiera de que ella saliera de casa.
Pero había aprendido a callar. No por dignidad, sino por temor; miedo a dinamitar el extraño equilibrio que nos permitía seguir desayunando juntos mientras nuestra hija dormía al otro lado del pasillo.
Una mañana de jueves, Carmen dejó la taza sobre la mesa y me miró con una serenidad fría que ya empezaba a conocer demasiado bien.
—Hoy no me prepares nada para cenar.
Asentí con la cabeza. Sabía lo que significaba aquello. No iban a limitarse a follar.
Era precisamente esa parte la que peor llevaba. El sexo no solo lo toleraba, me excitaba imaginarlo. Lo que me consumía eran los momentos de después, cuando el deseo se apagaba y daba paso a la intimidad.
Me imaginaba a Carmen recostada entre sus brazos, acariciándolo sin prisas, hablando de cualquier cosa, riéndose de alguna tontería o compartiendo esos pequeños silencios que solo existen cuando dos personas se sienten cómodas la una con la otra.
El sexo podía compartirse. Aquellos momentos, no. Esos seguían pareciéndome nuestros.
—¿Te llevará a cenar por ahí?
—No lo sé…
Supe que esa respuesta tan breve encerraba algo mucho más peligroso. Bajé la vista hacia mi café.
—Esperaré hasta que llegues en el salón. No importa la hora.
Carmen negó despacio, sosteniéndome la mirada.
—No. No quiero que me esperes, Julián. Me ha pedido una noche completa… —hizo una pausa y arqueó las cejas—. Lo siento, cariño.
Durante un milisegundo, el viejo Julián quiso gritar algo, recordarle que no podía entrar y salir de nuestra vida como si fuera un hotel. Pero ese hombre estaba muriendo. En su lugar, levanté la cabeza y forcé una sonrisa mansa.
—Bien… —traté de hacerme el duro, simular ante ella que todo estaba bien—. Le diré a Clara que tienes una cena con los socios del bufete.
Carmen me observó con atención, buscando en mis ojos algún rastro del dolor que me estaba triturando por dentro. Lo encontró, estoy seguro, pero no dijo nada. Se levantó, rodeó la mesa y se inclinó para dejarme un beso suave en la mejilla.
—Gracias, cariño. Ya sabes que te adoro… Te enviaré un mensaje para darte las buenas noches y recordarte lo mucho que te quiero.
Aquella palabra me provocó un escalofrío. Cariño. La misma palabra de siempre, pero con un significado completamente retorcido.
Cuando se marchó, me quedé solo en la cocina. Escuché el zumbido del ascensor descendiendo por el hueco del edificio y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí pánico.
A media tarde, mientras estaba en la oficina revisando unos contratos, el móvil vibró sobre la mesa. Era un mensaje de ella.
«¿Te parece mal que duerma fuera? Te he notado muy serio cuando me he ido esta mañana».
Leí la pregunta varias veces. El pulso se me aceleró, pero mis dedos no temblaron al escribir la respuesta:
«Estoy bien».
«No te preocupes por mí».
«Diviértete… te lo mereces».
Dudé antes de atreverme a pulsar el botón de enviar. Cuando la pantalla parpadeó, una extraña calma se instaló en mi pecho. No era resignación; era algo mucho más oscuro y denso.
La réplica de Carmen tardó solo unos segundos en llegar:
«Alberto dice que quiere llevarme a pasar la noche a su casa».
«Por lo visto… quiere darme una sorpresa. Ya te contaré…»
Me quedé pasmado al leer el nombre. En la oficina todo seguía igual: sonaban teléfonos, zumbaban las impresoras y alguien reía al fondo del pasillo, pero yo me había quedado fuera del mundo. Solo podía clavar los ojos en ese maldito mensaje.
«Alberto dice…»
Hasta ese instante, el amante de mi mujer no había sido más que una sombra, una presencia abstracta, una amenaza sin rostro que habitaba en los márgenes de nuestro matrimonio. Pero aquel mensaje acababa de revelar la identidad del hombre que hacía derretir el coño de mi mujer.
Sentí un golpe violento de rabia y celos, pero, por encima de todo, una profunda decepción. ¿Cómo podía entregarse a un tipejo así? ¿Acaso pensaba que él era mejor que yo?
A mi lado, Alberto era un viejo; debía de sacarme casi veinte años.
No era especialmente atractivo y, para colmo, Carmen siempre había hablado pestes de él.
Se liaba con becarias recién salidas de la universidad, había tenido líos con secretarias y compañeras…
Se había casado y divorciado cuatro veces.
En las cenas de empresa miraba a todos por encima del hombro.
Como si fuera más inteligente que el resto…
Mi esposa decía de él que era un libertino, un engreído, un déspota insoportable con sus subordinados.
Conocía de sobra su reputación de depredador y mujeriego; ella misma me había contado, entre risas y con aparente asco, más de un rumor sobre sus aventuras de despacho.
¿Qué podía darle que no pudiera darle yo?