LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Epílogo — La puerta que elegimos #4
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Epílogo — La puerta que elegimos #4

Uno de los investigadores encontró una marca bajo la mesa.

Una corona partida rodeada por lirios.

Debajo había una fecha futura.

Faltaban tres semanas.

El lugar indicado era el Palacio de las Viudas.

Regresamos antes del anochecer.

Mercedes revisó cada pasaje, habitación y cámara. No encontró dispositivos nuevos, pero una de las rutas antiguas había sido abierta desde dentro durante nuestra ausencia.

Conducía hacia la capilla privada.

Victoria quiso cerrar el palacio.

La observé recibir el miedo y transformarlo mentalmente en puertas, guardias y restricciones antes de pronunciar una sola orden.

—No —dijo al final—. Evacúen únicamente las zonas comprometidas. Lucía decide dónde permanecer.

Camila la miró.

—Está aprendiendo.

—No haga que me arrepienta.

Yo elegí quedarme en la capilla.

No por valentía.

Porque la fecha estaba relacionada con nosotras, y abandonar la casa no impediría que Isabela utilizara otra persona para obligarnos a regresar.

Victoria permaneció conmigo después de preguntar.

Las horas avanzaron sin movimiento.

A medianoche, Mercedes informó que todos los accesos seguían cerrados.

A la una, una cámara del jardín perdió señal.

A la una y diecisiete, encontramos una rosa negra sobre el altar.

Nadie había visto quién la dejó.

El tallo llevaba una cinta blanca y una frase escrita con la letra de Isabela.

“Victoria todavía cree que puede elegir a Lucía y conservarla.”

Mi esposa apretó la mandíbula.

—No responda —dije.

—Está dentro de mi casa.

—Quiere que reaccione.

—Ya lo hice.

—Todavía puede decidir qué ocurre después.

La iluminación se apagó.

Los sistemas auxiliares tardaron varios segundos en activarse. Cuando regresaron, una de las puertas laterales de la capilla estaba abierta.

El jardín se extendía detrás, cubierto por sombras y niebla.

Victoria levantó el arma que Camila le había permitido llevar durante la alerta.

No avanzó.

—¿Me permite cubrirla? —preguntó.

—Sí.

Nos acercamos juntas.

El aire nocturno estaba frío. Las rosas mojadas desprendían un olor oscuro, mezclado con tierra y el rastro metálico de los mecanismos recién abiertos.

No había nadie en el sendero.

Encontramos huellas que terminaban junto a la estatua sin rostro donde Marina recibió el disparo.

Sobre la piedra descansaba una fotografía reciente.

Mostraba a Victoria y a mí dentro de la clínica de Santa Lucía, el día en que despertó después del puerto.

Había sido tomada desde el interior de la habitación.

Alguien estuvo allí.

En el reverso, Isabela había escrito:

“Lucía eligió quedarse cuando todavía podía marcharse. Ahora sabremos si tú puedes dejarla ir cuando permanecer signifique su muerte.”

El miedo descendió por mi espalda.

No era una amenaza abstracta.

Isabela había estado cerca desde el principio de nuestra nueva vida.

Había observado cada intento, cada recaída y cada puerta abierta.

—Entramos —dijo Victoria.

No discutí.

Regresamos a la capilla mientras Camila cerraba el jardín y buscaba rutas sin bloquear mis salidas.

La puerta principal permanecía abierta.

Aun así, sentí la antigua presión de una jaula alrededor del pecho.

—No va a entregarse —dije.

Victoria guardó la fotografía.

—No.

—Ni a perseguirla sola.

—No.

—¿Qué hará si exige que me marche para mantenerme viva?

Sus ojos encontraron los míos.

—Preguntarle qué quiere hacer.

La respuesta no eliminó el pánico.

Pero impidió que se convirtiera en una orden.

A las dos y cuatro, el teléfono protegido recibió una llamada.

No tenía número.

Camila rastreó la señal sin conseguir ubicarla.

Victoria activó el altavoz.

Una respiración femenina llenó la capilla.

Después llegó una voz dañada por los años, pero demasiado parecida a la de mi esposa para pertenecer a otra persona.

—Victoria.

Mi esposa quedó inmóvil.

—Madre.

La mujer no negó el nombre.

—Abriste demasiadas puertas.

—Usted las construyó.

—Y ahora alguien está utilizándolas.

—¿Quién?

—La persona que Octavio preparó por si todas nosotras fallábamos.

Camila empezó a escribir órdenes en la tableta.

—Nombre —exigió Victoria.

—No puedo dártelo todavía.

—Entonces no llamó para ayudar.

—Llamé para saber si Lucía sigue a tu lado por decisión.

Victoria me miró.

No respondió por mí.

—Estoy aquí —dije.

La respiración se detuvo al otro extremo.

—Teresa decía que serías más difícil de controlar que todas nosotras.

—No soy una prueba para su hija.

—Lo sé ahora.

—¿Dónde está?

—Cerca.

Las sombras de la capilla parecieron espesarse. El frío entró por la puerta lateral y el olor metálico de las armas de Camila se mezcló con la humedad de las rosas.

—¿Qué ocurrirá en tres semanas? —pregunté.

—El verdadero heredero de Octavio reclamará el archivo que Victoria destruyó.

—Adrián está detenido.

—Adrián nunca fue el heredero real.

Victoria levantó el rostro.

—¿Quién?

—Tu hermano.

La llamada terminó.

Nadie habló durante varios segundos.

Victoria no tenía hermano.

Al menos, eso era lo que todos los registros, testamentos y confesiones afirmaban.

Camila recuperó parte de la señal. Provenía de una línea interna del palacio.

Isabela no había llamado desde fuera.

Había utilizado un teléfono detrás de una pared que Mercedes juraba haber sellado décadas atrás.

Seguimos el cable hasta el ala oeste, atravesando corredores donde las lámparas se encendían tarde y las sombras cubrían retratos retirados de sus lugares.