LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Epílogo — La puerta que elegimos #3
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Epílogo — La puerta que elegimos #3

—Lo haré si no existe una razón de seguridad para esperar.

—Odio esa condición.

—La misma que usted utiliza.

—Por eso la odio.

—Aceptado.

Victoria cerró el cuaderno y lo dejó entre nosotras.

—Quiero buscarla.

—Lo sé.

—Quiero empezar hoy.

—Entonces inicie con registros legales, documentos del archivo y personas que acepten hablar voluntariamente.

—Eso puede tardar meses.

—Sí.

—Podría morir mientras espero.

—También podría morir porque la encuentre sin preparación.

—Lucía.

—No voy a acelerar una persecución para aliviar su ansiedad.

—No es ansiedad. Es mi madre.

—Es ambas cosas.

La furia apareció y permaneció bajo su piel sin convertirse en una amenaza.

La observé sostenerla.

Eso era lo que mi madre había pedido que mirara: qué hacía Victoria cuando no obtenía lo que quería.

—Necesito salir —dijo.

—Bien.

—No intento castigarla.

—No dije que lo hiciera.

—Lo pensó.

—Sí.

Victoria se puso de pie.

No se llevó el cuaderno.

Caminó hasta el corredor y se detuvo frente a Camila.

—Organice una revisión independiente. Ningún empleado que trabajara para mi padre o Elena.

—Ya conozco dos equipos.

—Quiero los nombres.

Camila la miró.

Victoria corrigió:

—Envíeme los nombres cuando estén aprobados por Lucía.

—Mejor.

Salimos del convento al atardecer.

La madre Eulalia observaba desde una ventana, pero no volvió a acercarse.

Victoria condujo de regreso. Camila viajó en otro automóvil para darnos privacidad o evitar que mi esposa discutiera con ella sobre la investigación.

Durante veinte minutos, ninguna habló.

—Está enfadada conmigo —dije.

—Sí.

—¿Por limitar el equipo?

—Por tener razón.

—Eso no es una respuesta adulta.

—No prometí madurez.

—Prometió no utilizar el miedo para controlarme.

—No la estoy controlando.

—Todavía.

Victoria apretó el volante.

—Quiero pedirle algo.

—Pida.

—Durante la investigación, no se reúna con ninguna persona relacionada con Isabela sin informarme.

—No.

Su rostro se volvió rígido.

—Ni siquiera lo consideró.

—Porque no aceptaré una obligación que le entregue control sobre mis fuentes.

—Puede ser una trampa.

—Entonces informaré a Camila o al equipo independiente.

—Quiero saberlo.

—Querer no le da derecho.

La respiración se volvió más profunda.

—¿Qué ofrece?

—Le informaré después de cualquier contacto, siempre que hacerlo no ponga a otra persona en peligro.

—Antes.

—Después.

—Lucía.

—Puede detener el automóvil si necesita discutir sin convertir la carretera en otra herramienta.

Victoria disminuyó la velocidad y se detuvo en un área lateral.

Apagó el motor.

—Si mi madre vive, conoce rutas, nombres y personas capaces de llegar hasta usted.

—Sí.

—Puede utilizar información sobre Teresa para ganarse su confianza.

—Sí.

—Puede decirle que quiere protegerme.

—Sí.

—Y usted podría reunirse con ella sin permitirme prepararla.

—No soy una operación que deba preparar.

—Podría matarla.

—También usted pudo hacerlo cuando entró al convento.

El golpe la hizo apartar la mirada.

—Eso es diferente.

—Lo es porque ahora estamos casadas.

—Sí.

—No porque mi vida le pertenezca.

—No.

—Entonces confíe en que compartiré lo necesario con el equipo.

—No confío en ellos.

—Aprenda.

Victoria apoyó las manos sobre el volante.

—Odio esta forma de amar.

—¿Cuál?

—La que exige que espere mientras alguien que podría destruirla decide si me permite saber algo.

—No está obligada a permanecer conmigo.

Sus ojos se volvieron hacia mí.

—No utilice la salida como respuesta a cada conflicto.

—Necesita recordar que existe.

—La recuerdo todo el tiempo.

—Bien.

—No. No es bueno. Me despierto pensando si hoy será el día en que cruce una puerta y no vuelva.

La confesión llenó el automóvil.

—Eso no desaparece porque yo entregue mis movimientos —dije.

—Lo sé.

—Entonces no intente alimentarlo con más control.

—¿Qué hago?

La pregunta llegó con rabia, cansancio y una vulnerabilidad que no intentaba ocultar.

—Tolérelo.

—Eso es todo.

—Sí.

—Cruel.

—Real.

Victoria abrió la puerta y salió.

Caminó hasta el borde de la carretera, bajo árboles cubiertos por la oscuridad temprana.

No la seguí inmediatamente.

Le di espacio hasta que empezó a llover.

Después salí con el abrigo y me detuve a varios pasos.

—¿Puedo acercarme?

La pregunta la hizo volver.

—Sí.

Me coloqué a su lado.

—No prometo contarle antes de cada contacto —dije—. Prometo no utilizar la información sobre Isabela para castigarla ni esconderla con la idea de que no puede soportarla.

—Eso es poco.

—Es honesto.

—Odio sus respuestas honestas.

—Aprendí de usted.

La lluvia oscureció su cabello.

—¿Me permite pedir una cosa más?

—Sí.

—Si Isabela la contacta directamente, no vaya sola.

Pensé en Teresa, en Elena y en todas las veces que una reunión privada había sido utilizada para dirigirnos.

—Aceptado.

La tensión abandonó parte de su cuerpo.

—¿Con quién irá?

—Eso lo decidiré cuando ocurra.

—Camila.

—Probablemente.

—Bien.

—No sonría.

—No lo hago.

Volvimos al automóvil.

La investigación comenzó al día siguiente.

Los análisis confirmaron que la tinta y el papel del cuaderno correspondían al periodo de la muerte de Teresa. No encontraron alteraciones en la última página.

Los archivos médicos mostraron que mi madre mantuvo suficiente lucidez para escribirla.

La frase era auténtica.

Isabela había estado viva seis años después de su supuesta muerte.

Después desaparecía otra vez.

Encontramos movimientos financieros en Portugal, Marruecos y Argentina. Cada cuenta se cerraba semanas antes de que los investigadores pudieran relacionarla con una identidad.

Una mujer llamada Isabel Villar había recibido tratamiento por quemaduras antiguas en una clínica de Lisboa.

Otra, Elisa Beltrán, compró una propiedad junto al mar y desapareció sin venderla.

Había firmas parecidas, fechas imposibles y testigos que recordaban ojos oscuros, cabello negro y una mujer que nunca daba la espalda a una puerta.

Victoria revisaba cada informe bajo supervisión.

No le gustaba.

En dos ocasiones intentó enviar a sus propios hombres antes de que el equipo aprobara el movimiento.

La primera vez, Camila canceló la orden.

La segunda, fui yo.

—Está retrasando la única pista real —dijo Victoria en mi despacho.

—La clínica de Lisboa puede contener pacientes protegidos. No enviaremos hombres armados sin una solicitud formal.

—Formal significa advertir a cualquiera que nos vigile.

—Entonces encontraremos otra vía legal.

—La legalidad no detuvo a Octavio.

—Tampoco sus armas lo detuvieron durante años.

Victoria apoyó ambas manos sobre mi escritorio.

—Puede estar allí.

—Puede haber estado hace diez años.

—Necesito saber.

—Y las personas de la clínica necesitan no ser aterrorizadas por su necesidad.

Se apartó.

—Siempre elige a desconocidos.

La frase salió antes de que pudiera detenerla.

El rostro de Victoria cambió inmediatamente.

Había utilizado la herida que Elena construyó.

No me enfurecí.

Eso fue peor para ella.

—Retírese de mi despacho —dije.

—Lucía.

—Ahora.

Permaneció inmóvil durante dos segundos.

Después obedeció.

No volvió esa noche.

Durmió en otra propiedad y envió una disculpa escrita a través del comité, no directamente a mí.

“Utilicé una herida para reducir su decisión a una traición. No fue accidental. Quería que se sintiera culpable y cambiara de opinión.”

Leí la frase varias veces.

No decía que estaba asustada.

No explicaba su infancia.

Nombraba lo que había hecho.

Respondí al día siguiente.

“No lo repita.”

Victoria contestó:

“No puedo prometer que nunca sentiré el impulso. Sí puedo prometer que lo identificaré antes de hablar o me retiraré.”

Seguimos separadas durante una semana.

Regresó cuando estuvo preparada para escuchar mi enfado sin negociar su permanencia.

No la perdoné de inmediato.

Tampoco firmé la anulación.

Un mes después, la clínica de Lisboa autorizó una revisión.

Isabel Villar había existido.

Las huellas conservadas en un formulario antiguo coincidían parcialmente con objetos personales de Isabela. La comparación no alcanzaba para una identificación definitiva.

La mujer abandonó Portugal nueve años atrás.

Su destino figuraba en un boleto de barco hacia Brasil.

El rastro terminaba en Santos.

Victoria quiso viajar esa misma noche.

El equipo independiente pidió cuarenta y ocho horas para verificar la ruta.

Esperó.

Caminó durante horas por los jardines, discutió con Camila y rompió una copa contra la pared de su propio despacho.

Después informó el daño, pagó la reparación y continuó esperando.

A las treinta y seis horas, recibimos una dirección.

Era una casa frente al mar registrada a nombre de una asociación de viudas.

Viajamos con Camila y dos investigadores.

No encontramos a Isabela.

La casa estaba vacía desde hacía siete meses.

Dentro había fotografías del puerto de Santa Lucía, recortes sobre el juicio de Elena y una imagen de nuestra segunda ceremonia civil.

Alguien nos había observado después de la caída del imperio.

Sobre la mesa descansaba una caja con una carta dirigida a Victoria.

Ella no la abrió inmediatamente.

—¿Quiere hacerlo sola? —pregunté.

—No.

—¿Quiere que me quede?

—Sí.

Camila revisó el sobre antes de entregarlo.

Victoria rompió el sello.

La carta solo contenía cuatro líneas.

“Hija, vi lo que hiciste con el imperio. No sé si destruiste a Octavio o si aprendiste a esconderlo mejor.”

“No me busques.”

“Si Lucía está contigo, dile que Teresa tenía razón.”

“La última puerta no se abre con una llave. Se abre cuando una de nosotras acepta morir.”

No había firma.

El papel conservaba una huella parcial que coincidía con Isabela.

Victoria leyó la carta sin moverse.

—Está viva —dijo.

—Lo estaba cuando escribió esto.

—Siete meses.

—Sí.

—Nos observó después del puerto.

—Sí.

Su mirada se volvió oscura.

—Y dice que no la busque.

—Sí.

—No obedeceré.

—Lo sé.

—¿Intentará detenerme?

—Si pone a otras personas en peligro.

Victoria cerró la carta.

—La última puerta.

Camila examinó las paredes.

—Puede referirse a una ubicación, una operación o una condición.

—Aceptar morir —dije—. Isabela siempre convertía el sacrificio en mecanismo.

—También puede ser una advertencia literal —respondió Victoria.