LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Epílogo — La puerta que elegimos #2
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Epílogo — La puerta que elegimos #2

Estaba dispuesta a utilizarlos.

Victoria despidió al investigador, entregó los informes y pasó una noche entera en el despacho sin intentar detenerme cuando guardé una maleta.

Yo no me marché.

No porque llorara, prometiera o se arrodillara.

No hizo ninguna de aquellas cosas.

Se quedó junto a la puerta abierta y dijo que comprendería si la cruzaba.

Aquella fue la razón por la que decidí permanecer un día más.

Abrí el cuaderno otra vez.

La última entrada parecía escrita con mayor firmeza.

“Hay una verdad que nunca conté a Gabriel.”

Mis dedos se tensaron sobre el papel.

“Isabela regresó después de la noche en que Octavio obligó a Gabriel a elegirme. Estaba herida, pero viva. Me pidió la lista y una nueva identidad.”

“Me negué.”

“Discutimos. Dijo que Victoria jamás estaría segura mientras alguien pudiera utilizarla para encontrar los archivos. Quería desaparecer y cortar todo vínculo.”

“Le dije que abandonar a su hija no la liberaría. Solo le enseñaría que cada persona termina eligiendo otra cosa.”

“Isabela respondió que Victoria ya estaba demasiado cerca de convertirse en Octavio.”

La habitación pareció enfriarse.

“Le pregunté si una madre podía decidir que su hija era irrecuperable.”

“Me dijo que no hablaba como madre. Hablaba como la mujer responsable de haberla creado.”

Pasé la página.

Solo había una frase.

“Isabela sigue viva.”

El aire dejó de entrar.

Busqué otra hoja, una fecha, una explicación.

El resto del cuaderno estaba vacío.

Me levanté demasiado rápido. La caja se volcó y golpeó el suelo.

Camila abrió la puerta antes de que se cumplieran los ocho minutos.

—¿Qué ocurrió?

Le mostré la página.

La leyó sin tocar el cuaderno.

Su rostro no cambió, pero la mano se movió hacia el teléfono.

—No llame a Victoria.

—Tiene derecho a saberlo.

—Yo decido cuándo se lo cuento.

—Es su madre.

—Y esta información estaba dirigida a mí.

—Lucía.

—No repita su nombre como una orden.

Camila guardó el dispositivo.

—¿Qué quiere hacer?

La pregunta no llevaba desafío.

—Verificar la tinta, las fechas y la letra. Después revisar cada movimiento de Isabela registrado por Teresa.

—Eso puede tardar.

—No me importa.

—Victoria descubrirá que oculta algo.

—No se lo ocultaré para siempre.

—Eso es lo que todos dijeron antes de convertir el momento adecuado en años.

El golpe fue preciso porque utilizaba mi propia historia.

—Necesito unas horas —dije—. Si se lo digo ahora, buscará a Isabela antes de saber si la página es auténtica.

—Probablemente.

—Puede destruir pruebas, atacar a Elena o abandonar cualquier protocolo.

—También puede aceptar una investigación.

La miré.

Camila soltó el aire.

—No es la opción más probable.

—Entonces me entiende.

—Entiendo el miedo. No estoy segura de que deba obedecerlo.

La frase me dejó frente a una elección que conocía demasiado bien.

Podía ocultar una verdad para proteger a Victoria de su propia reacción.

Podía llamar aquello prudencia, investigación o seguridad.

El resultado seguiría siendo el mismo: yo decidiría qué información podía soportar y cuándo tendría derecho a conocerla.

Cerré el cuaderno.

—Llámela.

Camila levantó una ceja.

—¿Está segura?

—No.

—Eso suena más razonable.

—Dígale que venga sola.

—No vendrá sola.

—Entonces dígale que no entraré al vehículo si hay alguien más.

—Eso puede funcionar.

Esperamos en el claustro.

Victoria tardó veinticinco minutos.

Llegó conduciendo un automóvil pequeño que utilizaba cuando quería fingir que no necesitaba protección. No había convoy ni agentes visibles.

Sabía que Ríos estaría a una distancia suficiente para intervenir si algo ocurría.

No discutí aquella parte.

Victoria bajó vestida con pantalones negros, camisa blanca y un abrigo largo. Llevaba el cabello suelto y una funda vacía debajo de la chaqueta.

—Dejó el arma —dijo Camila.

—La hermana Lucía pidió que viniera sola.

—Ya no soy hermana.

Victoria me miró.

—Lo sé.

Había algo tenso en su rostro. Camila no le había explicado el motivo.

—¿Entramos? —preguntó.

—No.

Le entregué el cuaderno abierto.

Victoria reconoció la letra de Teresa antes de leer la frase. Sus dedos se cerraron sobre la cubierta, pero no arrancó la página ni exigió respuestas inmediatas.

La leyó dos veces.

Después levantó los ojos.

—¿Cuándo escribió esto?

—Dos meses antes de morir.

—¿Cómo sabe que no fue añadido?

—No lo sé.

—¿Quién encontró el cuaderno?

—El equipo de obras.

—¿Quién tuvo acceso?

—La madre Eulalia, los abogados y dos técnicos.

—Necesito sus nombres.

—Los tendrá Camila.

La mirada de Victoria se movió hacia su jefa.

—¿Ya inició la revisión?

—No. Lucía decidió contarle antes.

Algo cambió en el rostro de mi esposa.

No fue gratitud. Fue una mezcla de dolor y reconocimiento.

—Podía haber esperado —dijo.

—Sí.

—¿Por qué no lo hizo?

—Porque no quiero convertirme en otra persona que decide cuándo está preparada para conocer su propia vida.

Victoria miró otra vez la frase.

—Mi madre está viva.

—Puede estarlo.

—Teresa lo escribió como certeza.

—Teresa también estaba medicada, vigilada y perdiendo memoria.

—No mienta para protegerme de la posibilidad.

La acusación me golpeó.

—No lo hago.

—Está reduciendo la frase antes de que pueda creerla.

—Estoy intentando impedir que salga a incendiar otro país por una mujer que quizá murió hace años.

—Ese no es su derecho.

El tono se volvió más frío.

Camila dio un paso hacia nosotras, pero levanté una mano.

—Tiene razón —dije.

Victoria quedó inmóvil.

—No es mi derecho. Puede creerlo. Puede odiarla, buscarla y decidir qué hacer si la encuentra.

—Pero.

—Pero no utilizará el puerto, mi equipo ni el archivo de Teresa sin autorización.

La mandíbula se tensó.

—Es mi madre.

—Y los recursos no son suyos.

—Tengo mis propios hombres.

—Entonces utilícelos dentro de la ley.

—La ley permitió que estuviera encerrada durante décadas.

—Eso no le entrega autoridad para destruirla.

Victoria cerró el cuaderno.

—No necesito permiso para encontrarla.

—No.

—¿Intentará detenerme?

—Si amenaza a testigos, supervivientes o documentos, sí.

—¿Incluso si eso significa que nunca sabré qué ocurrió?

—Sí.

La respuesta dolió a ambas.

Victoria se apartó y caminó hacia las columnas. El patio central se extendía detrás, cubierto por hierbas que nadie había cortado desde el cierre.

—Teresa dijo que mi madre creyó que yo era irrecuperable —murmuró.

—Dijo que estaba demasiado cerca de convertirse en Octavio.

—Es lo mismo.

—No.

Volvió hacia mí.

—¿Qué diferencia encuentra?

—Una persona puede estar cerca de una puerta y elegir no cruzarla.

—Ella no se quedó para verlo.

—No sabemos por qué.

—Acaba de leerlo. Quería cortar todo vínculo.

—Eso es lo que Teresa creyó.

—Siempre busca otra explicación cuando la verdad puede herirme.

—No. Estoy intentando recordarle que una página no contiene veinte años.

Victoria apretó el cuaderno contra el cuerpo.

—Quiero hablar con Elena.

—¿Por qué?

—Ella sabía que Isabela podía seguir viva.

—También utilizó esa posibilidad para manipularla.

—Puede saber dónde fue.

—Y exigirá algo.

—Siempre exige algo.

—¿Qué está dispuesta a darle?

La pregunta cambió la tensión.

Victoria miró las ventanas del convento.

—No lo sé.

—Decídalo antes de entrar.

—No necesito que me enseñe a negociar con Elena.

—No. Necesita recordar que ella construyó su relación alrededor de ofrecer respuestas después de hacerla sangrar.

La cicatriz de su palma se volvió visible cuando cerró la mano.

—¿Vendrá conmigo?

—No.

—Podría escuchar y evitar que mienta sobre lo ocurrido.

—No voy a ser el límite externo de cada conversación difícil.

—No se lo pedí de esa forma.

—Me pidió que estuviera allí para impedir que Elena la manipule.

—Sí.

—Eso es responsabilidad suya.

Victoria bajó la mirada.

—Todavía no confío en mí cuando habla de mi madre.

—Entonces lleve a Camila.

Su jefa negó.

—Tengo una sesión de fisioterapia.

—Puede cambiarla —dijo Victoria.

—No volveré a utilizar mi pierna como excusa para seguirla a una prisión cuando ya tiene terapeutas, abogados y un protocolo de visitas.

—Traidoras.

—Plural correcto —respondió Camila.

La tensión no desapareció, pero perdió parte de su fuerza.

Victoria me devolvió el cuaderno.

—Quiero una copia.

—La tendrá después de la revisión forense.

—Quiero leerlo completo.

—Puede hacerlo aquí.

—Ahora.

—Sí.

Entramos juntas a mi antigua habitación.

Victoria se detuvo en el umbral.

—¿Puedo?

La pregunta habría parecido absurda para cualquiera que no conociera nuestra historia. Ella había entrado en fortalezas, archivos y habitaciones cerradas sin pedir.

Aquel espacio, sin embargo, pertenecía a una parte de mí que ninguna alianza podía reclamar.

—Sí.

Se sentó en el suelo, junto a la pared abierta.

Leyó cada página sin saltar líneas. Su rostro cambió al encontrar los fragmentos sobre Isabela, Gabriel, Elena y la opinión de Teresa acerca de nuestro matrimonio.

Cuando llegó a la frase donde mi madre decía que yo no había nacido para salvarla, dejó de leer.

—¿Cree que la utilizo todavía para eso?

—A veces.

—¿Cuándo?

—Cuando convierte cada límite respetado en una prueba de que merece que me quede.

—No debería esperar nada después de hacerlo bien.

—Exactamente.

—Eso resulta poco motivador.

—No es adiestramiento.

Victoria apoyó la cabeza contra la pared.

—Quiero que se quede.

—Lo sé.

—Todavía.

—Lo sé.

—¿Eso hace que cada cambio sea interesado?

—No necesariamente. Significa que debe preguntarse qué haría si supiera que me marcharé de todos modos.

Su rostro se endureció por el miedo.

—Seguiría el acuerdo.

—¿Está segura?

—No.

La respuesta fue más importante que una promesa.

—Entonces continúe trabajando hasta poder responder.

Victoria volvió al cuaderno.

Llegó a la última frase y permaneció mucho tiempo observándola.

—Si Isabela vive, no quiero que sepa de usted —dijo.

—¿Por qué?

—Podría intentar utilizarla otra vez.

—No puede decidir eso.

—Lo sé.

—Acaba de hacerlo en su cabeza.

—Sí.

—Dígalo de otra manera.

Cerró los ojos.

—Tengo miedo de que mi madre intente acercarse a usted y de que yo vuelva a convertirme en alguien que encierra puertas para impedirlo.

—Eso es suyo.

—Sí.

—¿Qué necesita de mí?

—Que me diga si ella la contacta.