Epílogo — La puerta que elegimos #5
El frío aumentaba a cada paso. Un olor metálico surgía desde los conductos, parecido a sangre antigua mezclada con humedad y piedra cerrada.
La ruta terminaba frente a la habitación sellada de Isabela.
La misma puerta que había aparecido abierta desde dentro durante mi primera noche en el palacio.
Ahora estaba entreabierta.
Victoria levantó el arma, pero la mano le tembló. No por debilidad, sino por la violencia de una esperanza que podía convertirse en otra trampa.
Me miró antes de avanzar.
—¿Quiere entrar conmigo?
La pregunta contenía miedo, deseo y la posibilidad real de que mi respuesta fuera negativa.
Pensé en la salida detrás, en el documento de anulación guardado bajo mi control y en todas las decisiones que todavía podía tomar cuando aquello terminara.
—Sí —respondí—. Esta vez.
Camila cubrió el corredor mientras cruzábamos juntas.
La habitación olía a polvo, frío y hierro. Habían encendido una sola lámpara sobre la mesa, dejando las esquinas bajo sombras densas.
No encontramos a Isabela.
Encontramos una cuna.
Era antigua, restaurada recientemente y cubierta por una manta negra con el escudo Alarcón bordado en plata.
Dentro había un expediente médico, fotografías de un niño y un certificado de nacimiento firmado por Octavio.
Victoria tomó el documento con dedos rígidos.
El nombre del hijo era Mateo Ismael Alarcón.
La madre figuraba como Ana Beltrán.
El padre era Octavio Alarcón.
Elena no era únicamente la hija de la mujer utilizada para fingir la muerte de Isabela.
Tenía un hermano.
Un hijo varón de Octavio criado fuera de la familia, preparado para heredar si Victoria, Adrián y todas las mujeres fallaban.
La fotografía más reciente mostraba a un hombre adulto entrando en el puerto de Santa Lucía tres días antes.
Llevaba el uniforme del nuevo equipo independiente.
Había estado dentro de mi estructura, cerca de Marina, de Gabriel y de los archivos protegidos por las supervivientes.
Debajo de la imagen, Isabela había dejado otra frase.
“Octavio siempre supo que las mujeres terminaríamos destruyéndonos entre nosotras. Por eso guardó un hijo para recoger lo que quedara.”
El teléfono de Camila vibró.
La cámara de la habitación médica de Gabriel acababa de apagarse.
Después cayó la señal de Marina.
Los cierres de seguridad comenzaron a activarse en sectores que no respondían a Victoria, a Mercedes ni a mí.
El hombre de la fotografía ya estaba dentro.
Victoria giró hacia la puerta abierta. El miedo endureció su respiración y convirtió cada músculo en una orden que todavía no había pronunciado.
—Lucía —dijo—. Necesito cerrar el palacio.
La antigua respuesta habría sido obedecer o luchar hasta que una de las dos destruyera algo necesario.
Esta vez comprendimos que todas las salidas podían permanecer abiertas y aun así conducir directamente hacia el enemigo.
—Cierre los sectores comprometidos —respondí—. No mi puerta, no mis decisiones y no la ruta de evacuación.
Victoria sostuvo mi mirada mientras las sombras avanzaban por la habitación, el frío de los muros alcanzaba nuestros cuerpos y el olor metálico confirmaba que alguien había derramado sangre en otra parte de la casa.
—Aceptado.
No era un final cómodo, ni una promesa de que habíamos aprendido suficiente para sobrevivir a todo lo que Isabela acababa de devolver a nuestras vidas.
Era únicamente otra elección pronunciada antes de entrar en la oscuridad, con la certeza de que el monstruo detrás de las paredes conocía nuestros nombres, nuestras heridas y el precio exacto de cada puerta.
Victoria tomó mi mano después de preguntar con los ojos. Yo permití el contacto sabiendo que podía soltarla en cualquier momento y que ella tendría que continuar aunque lo hiciera.
Avanzamos hacia el corredor donde las alarmas empezaban a morir una detrás de otra, mientras la última grabación de Isabela aparecía sobre las pantallas del palacio.
Su rostro envejecido miró directamente hacia nosotras desde una habitación desconocida, marcado por cicatrices que no habían conseguido borrar el parecido con Victoria.
—Si están viendo esto —dijo—, Mateo ya eligió a quién herir primero. No intenten salvarse mutuamente. Esa es la respuesta que Octavio espera.
La imagen se oscureció antes de revelar el nombre de la persona elegida.
Entonces, desde algún lugar bajo el palacio, llegó el sonido de una puerta que se cerraba y la voz de Marina pidiendo ayuda mediante la línea de emergencia.
Victoria apretó mi mano, pero no me arrastró.
Esperó mi decisión mientras el peor legado de nuestras familias despertaba dentro de la casa que habíamos creído transformar.
Miré la salida abierta detrás de nosotras, después el corredor cubierto por sombras, y comprendí que amar sin poseer nunca había significado abandonar a la otra frente al peligro.
Significaba entrar porque ambas lo elegíamos, sabiendo que cualquiera podía retirarse y que ninguna utilizaría el miedo para impedirlo.
—Vamos por ella —dije.
Victoria levantó el arma y caminó a mi lado, no delante, mientras el frío se cerraba alrededor del palacio y el olor metálico de la sangre anunciaba que la última puerta acababa de abrirse desde dentro.