LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 19 — La elección de la superviviente #5
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Capítulo 19 — La elección de la superviviente #5

Otra persona convertida en elección.

—¿Podemos abrir las salidas de emergencia de los túneles antes de cerrar?

—Sí, pero Elena también podrá utilizarlas.

—Hágalo.

—Podría escapar.

—Hágalo.

Mercedes activó las salidas.

Después bloqueé la plataforma y cerré los depósitos de combustible, dejando abiertas las rutas de evacuación.

El vehículo de Elena quedó inmovilizado.

Ella salió y apuntó hacia una cámara, como si supiera que la observábamos.

Levantó el detonador.

La pantalla mostró un mensaje entrante en el sistema del puerto.

“AbrE LA PLATAFORMA O VICTORIA MUERE.”

Camila me miró.

—Puede ser un detonador de contacto. Si suelta el botón, explota.

—¿Puede Victoria desarmarlo?

—No desde esa distancia.

Otro mensaje llegó.

“ELIGE.”

Elena necesitaba que yo repitiera el patrón. Abrir la puerta para salvar a Victoria y permitirle escapar con el archivo o mantenerla cerrada y arriesgar su vida.

No respondí.

Abrí la comunicación pública del puerto.

—Elena —dije—. Las salidas de emergencia están abiertas. Puede marcharse a pie.

La cámara mostró su reacción.

—No tendrá el archivo completo. Ya existen copias fuera del país. Matar a Victoria no borrará nada.

Elena acercó el arma a su cabeza.

—Si quiere sobrevivir, suelte el detonador y utilice la salida oeste.

Un mensaje apareció.

“VICTORIA NO TE DEJARÁ ELEGIR.”

Miré la figura de mi esposa en la cámara. Permanecía de rodillas junto al vehículo, con las manos visibles.

No intentaba levantarse.

No estaba resolviendo por mí.

Esperaba.

—Victoria —dije por el altavoz—. No voy a abrir la plataforma.

Levantó el rostro hacia la cámara.

—Tampoco voy a pedirle que se sacrifique.

Elena escribió otra frase.

“NO PUEDES TENER AMBAS.”

—No necesito tenerlas —respondí—. Usted puede salir. Victoria puede quedarse. El archivo ya no pertenece a ninguna de nosotras.

Elena apretó el arma.

—Si decide disparar, será su elección. No la mía, no la de Isabela, no la de Ana y no la de Victoria.

La cámara tembló por el viento y el humo.

—Puede sobrevivir sin convertir a otra mujer en el precio.

Elena miró hacia la salida oeste.

Durante un instante, creí que lo haría.

Después levantó el detonador.

Victoria se movió.

No hacia Elena.

Hacia el borde de la plataforma.

Se dejó caer dentro del agua.

Elena disparó. La bala golpeó el metal.

Camila activó el cierre total.

Las compuertas descendieron entre Elena y el túnel. El detonador cayó de su mano cuando el mecanismo golpeó su brazo.

No hubo explosión.

Ríos apareció desde el humo y la derribó.

Dos agentes saltaron al agua.

La cámara perdió la imagen de Victoria.

Me aferré a la consola.

—Localícenla.

Mercedes cambió entre cámaras. Agua oscura, restos del barco, luces de rescate.

Nada.

—Ríos —llamó Camila—. Informe.

La respuesta llegó fragmentada.

—Elena detenida. Detonador asegurado. Buscando a Victoria.

—¿Recibió un disparo?

—No confirmado.

—¿Dónde cayó?

—Canal sur. Corriente fuerte.

El frío del amanecer penetró a través de los ventanales del palacio, y el olor metálico de la sangre seca permanecía sobre mi ropa y mis manos.

No podía ir hasta ella a tiempo. No podía abrir otra puerta, ofrecerme como intercambio ni obligar al agua a devolverla.

Solo podía esperar sin convertir la espera en una nueva jaula.

A las cuatro y treinta y nueve, un agente apareció en la cámara del muelle arrastrando un cuerpo desde el canal.

Era Victoria.

No se movía.

Ríos comenzó a presionar su pecho mientras otro hombre colocaba una máscara sobre su rostro. El humo cubría parte de la escena y las sombras del puerto ocultaban cualquier respuesta.

Camila pidió constantes, heridas y tiempo bajo el agua. Nadie respondió con claridad.

Me quedé frente a la pantalla mientras Alma continuaba operando a Marina, mi padre dormía detrás de una puerta protegida y el archivo de Teresa se repartía en lugares que ninguna heredera controlaría por completo.

Había elegido quedarme.

Había elegido no abrir la plataforma.

Había permitido que Victoria decidiera cómo sobrevivir sin convertir mi cuerpo en su única salida.

Ahora observaba a hombres desconocidos intentar devolverle el aire, comprendiendo que elegir no garantizaba un final justo y que la libertad nunca había prometido conservar aquello que amábamos.

Cuando Ríos inclinó el rostro hacia la cámara, la ausencia de victoria en su expresión hizo que el palacio entero pareciera más frío.

—Tenemos pulso —informó al fin—, pero no despierta. La llevamos a la clínica de Santa Lucía.

El alivio no llegó limpio. Se mezcló con miedo, rabia y una certeza que ya no podía esconder detrás del contrato, la gratitud o la necesidad.

Victoria podía morir sin pertenecerme.

Yo podía amarla sin pertenecerle.

La última elección no sería salvarla, perdonarla ni quedarme porque nuestras madres habían preparado una cerradura alrededor de las dos.

Sería decidir, cuando abriera los ojos y todas las puertas estuvieran finalmente disponibles, si deseaba cruzar una de ellas hacia la mujer que había sido mi jaula y había terminado quemando el mundo para aprender a dejarme salir.