LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 20 — Mía, por elección
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Capítulo 20 — Mía, por elección

Victoria seguía inconsciente cuando el vehículo médico atravesó las puertas de la clínica de Santa Lucía.

Yo observaba la transmisión desde el centro antiguo del palacio, con ambas manos apoyadas sobre la consola y el cuerpo incapaz de aceptar que la mujer trasladada bajo una manta térmica fuera la misma que había controlado cada habitación al entrar.

Ríos caminaba junto a la camilla. Tenía sangre sobre el rostro, aunque no supe si pertenecía a él, a Victoria o a alguno de los hombres rescatados del barco.

—¿Cuánto tiempo estuvo bajo el agua? —preguntó Camila.

—Menos de tres minutos —respondió a través de la línea—. Aspiró agua y recibió un golpe en la cabeza al caer. No encontramos heridas de bala.

—¿Respira sola?

—Con dificultad.

—¿El pulso?

—Débil, estable desde que salimos del puerto.

La camilla desapareció detrás de unas puertas dobles. La transmisión cambió hacia una cámara fija en el corredor, dejándonos únicamente con paredes blancas y personal corriendo.

No podía hacer nada desde allí.

La impotencia era distinta al encierro. Ninguna puerta me impedía salir. Nadie había confiscado mi teléfono ni bloqueado el camino.

Podía ir a la clínica.

También podía quedarme junto a Marina, mi padre y el archivo que Elena había intentado controlar durante años.

La elección libre dolía más de lo que había imaginado.

—Vaya —dijo Camila.

Volví hacia ella.

Seguía en la cama, con la pierna inmovilizada y una vía conectada al brazo. La palidez de su rostro no reducía la autoridad de su mirada.

—Marina continúa en cirugía.

—Alma está con ella.

—Mi padre necesita protección.

—Mercedes organizó tres rutas de evacuación y cuatro agentes que todavía me deben favores.

—El archivo—

—Ya tiene copias fuera del palacio. El envío final puede esperar una hora.

—No sabemos cuánto durará.

—Por eso debe decidir si quiere estar allí cuando despierte o quedarse aquí imaginando todas las razones por las que no fue.

Miré las puertas del centro antiguo.

—No voy a correr detrás de ella cada vez que se lastime.

—No.

—Ni a convertir su dolor en una obligación.

—No.

—Entonces, ¿por qué siento que marcharme es otra forma de obedecer?

Camila reclinó la cabeza contra la almohada.

—Porque pasó demasiados años creyendo que permanecer junto a alguien significaba someterse a su voluntad. Todavía no ha aprendido que acompañar también puede ser una decisión propia.

—Marina podría morir mientras estoy fuera.

—Victoria también.

—No puedo dividirme.

—Nadie puede. Esa es la parte que todas ustedes intentaron evitar tomando decisiones por los demás.

La verdad cayó sin suavidad.

Mi madre había elegido esconderme. Mi padre había elegido un testamento. Isabela había elegido un secuestro breve y un matrimonio futuro. Victoria había elegido ocultar mi libertad. Marina había elegido entregarme para salvar a Gabriel.

Todas creyeron que controlar el precio evitaba la pérdida.

—Quiero verla —admití.

Camila asintió.

—Entonces vaya.

Mercedes apareció en la puerta con un abrigo limpio, documentos y las llaves de un vehículo.

—La ruta norte permanece abierta —dijo—. Un agente la acompañará hasta el perímetro de la clínica, pero no entrará salvo que usted lo solicite.

—¿Quién se lo pidió?

—Nadie. Estoy intentando aprender de sus discusiones antes de que derriben otra parte de la casa.

Tomé el abrigo.

—Avíseme si cambia algo con Marina.

—De inmediato.

—Y con mi padre.

—Está despierto. Preguntó por usted.

La culpa apareció antes de que pudiera detenerla.

—Dígale que regresaré.

—Puede decírselo usted.

Mercedes me entregó un teléfono protegido. Llamé a la habitación de Gabriel.

Su rostro apareció bajo una luz tenue. Parecía todavía más delgado sin la urgencia de nuestro primer encuentro, pero sus ojos conservaban la atención de siempre.

—Voy a la clínica —dije.

—Lo sé.

—Marina sigue en cirugía.

—Alma me informó.

—No quiero que piense que la abandono.

Mi padre cerró los ojos durante un instante.

—No conviertas mi miedo en otra cuerda alrededor de tu cuello.

La frase me recordó demasiado a mi madre.

—¿Qué ocurre si Victoria no despierta?

—No lo sé.

—Usted quería que me alejara de ella.

—Quería que pudieras hacerlo.

—No es lo mismo.

—Tardé demasiados años en comprenderlo.

Apoyó una mano temblorosa sobre la manta.

—Ve. Cuando regreses, hablaremos sin testamentos, promesas ni personas escondidas detrás de las paredes.

—No sé cuánto tiempo estaré fuera.

—Yo esperé años. Puedo esperar unas horas sin convertirlas en deuda.

La comunicación terminó.

Atravesé el palacio por el corredor principal. Había agujeros de bala en las paredes, cristales rotos y manchas oscuras sobre el suelo.

Los retratos de las viudas continuaban mirando hacia abajo.

El de Leonor permanecía desplazado, revelando la entrada que había permitido nuestro regreso. El rostro pintado no mostraba tristeza ni orgullo.

Solo una mujer que había sobrevivido suficiente para conservar una salida.

En el patio, varios vehículos del consejo estaban abandonados junto a los automóviles de seguridad. Los hombres de Adrián habían sido desarmados y agrupados bajo vigilancia.

Mi primo político estaba encerrado en una sala subterránea, vivo, herido y a la espera de autoridades que aparecían en los documentos liberados por Victoria.

No confiaba en que la justicia fuera suficiente.

Tampoco permitiría que su muerte borrara nombres, pagos y cómplices.

Beatriz permanecía en otra zona, atendida apenas lo necesario para que pudiera hablar. Había comenzado a entregar cuentas antes de que yo saliera del jardín.

No pidió ver a Marina otra vez.

Quizá porque sabía que su hija sobreviviría sin ella.

Quizá porque la había perdido en el instante en que explicó que el disparo iba dirigido hacia mí.

Subí al vehículo.

La clínica estaba a cuarenta minutos, pero el conductor redujo el trayecto utilizando una ruta cerrada al tráfico. Durante el viaje, las noticias aparecieron en el teléfono.

Grupo Alarcón había perdido contratos, cuentas y protección política. Tres consejeros habían sido detenidos. Dos ministros negaban conocer los documentos que llevaban sus firmas.

El puerto de Santa Lucía permanecía cerrado.

Elena estaba bajo custodia.

La imagen de su captura mostraba las manos esposadas detrás de la espalda, el cabello mojado y una herida cerca de la frente. No parecía derrotada.

Miraba hacia la cámara como si todavía conociera una verdad capaz de abrir otra puerta.

No sentí alivio al verla.

Solo cansancio.

La clínica estaba rodeada por policías, periodistas y hombres que Ríos había seleccionado entre las pocas unidades costeras no relacionadas con Adrián.

Entré por una puerta lateral.

Un médico me esperaba en el corredor.

—La señora Alarcón presenta una contusión craneal, aspiración de agua y un cuadro de hipotermia severa. Logramos estabilizar la respiración, pero continúa inconsciente.

—¿Daño cerebral?

—Todavía es pronto. Las primeras imágenes no muestran hemorragia importante.

—¿Cuándo despertará?

—No podemos asegurarlo.

La respuesta médica resultó más difícil de combatir que cualquier orden de Victoria. No había un enemigo, una llave ni una cláusula.

Solo tiempo.

—¿Puedo verla?

—Durante unos minutos.

Ríos estaba sentado junto a la puerta de la habitación, con una venda sobre la ceja y una taza de café intacta entre las manos.

Se levantó al verme.

—Elena fue trasladada a una instalación naval —informó—. El detonador secundario controlaba cargas en el túnel y dos depósitos vacíos. La explosión inicial vino del barco.

—¿Personas heridas?

—Siete. Ninguna murió. Los veintitrés nombres de la lista están localizados.

—¿Menores?

—Tres. Ya están bajo protección.

El alivio llegó mezclado con la certeza de que Victoria habría perseguido a Elena si yo no hubiera mantenido las salidas abiertas.

También supe que una parte de ella todavía lamentaría no haberla matado.

—¿Qué ocurrió en la plataforma?

Ríos miró hacia la habitación.

—Victoria podía intentar desarmarla o saltar. Elena mantenía el arma demasiado cerca y el detonador tenía presión continua. Cuando usted abrió las rutas de evacuación, Victoria comprendió que no tenía que vencerla para permitir que todos salieran.

—Se arrojó al agua.

—Sí.

—Pudo morir.

—Lo sabía.

—Siempre lo sabe.

Ríos bajó la mirada.

—Antes de saltar dijo que nadie volviera a cerrar las salidas aunque Elena escapara.

La promesa había sobrevivido al instante en que podía costarle la vida.

Eso no reparaba el testamento oculto.

No borraba los guardias, las habitaciones vigiladas ni la mujer que había creído que volverme necesaria era una forma aceptable de asegurar mi permanencia.

Pero era una elección distinta.

Entré.

Victoria parecía más joven sin el traje, el arma ni la tensión que utilizaba como armadura. El cabello negro estaba extendido sobre la almohada y una venda cubría parte de su frente.

Había tubos junto a su rostro, cables sobre el pecho y una manta térmica rodeando su cuerpo.

Me senté.

No tomé su mano inmediatamente.

La observé respirar.

Cada entrada de aire era irregular, acompañada por un sonido leve de los equipos. El monitor marcaba un ritmo demasiado lento para la mujer que nunca permitía que una habitación existiera sin responderle.

—No voy a prometer que me quedaré —dije.

Su rostro no cambió.

—Tampoco voy a perdonarla porque casi murió. Eso sería otra forma de utilizar el miedo para evitar lo difícil.

La habitación olía a desinfectante, metal y humedad. Todavía había agua en las puntas de su cabello.

—Mi madre dijo que debía aprender a marcharme antes de elegirla. Usted me entregó la anulación, mis bienes y las pruebas necesarias para destruirla.

Miré la mano inmóvil sobre la sábana.

La cicatriz de la palma seguía allí. La misma mano que había sujetado puertas, armas y mi cintura.

—Podría firmar ahora. Podría salir de esta clínica, llevarme a mi padre y no volver a verla. Nadie podría decir que no tuve elección.

Toqué la punta de sus dedos.

Estaban fríos.

—Y aun así vine.

No hubo respuesta. No esperaba una.

Entrelacé nuestros dedos sin apretar.