Capítulo 19 — La elección de la superviviente #3
No se movió.
Las manos que tantas veces habían tomado mi rostro, mi cintura y mis puertas permanecían quietas a los lados de su cuerpo.
—¿Puedo acercarme?
Asentí.
Se situó frente a mí. El olor a lluvia, pólvora y sangre seguía adherido a su ropa.
—¿Puedo tocarla?
La pregunta hizo que mi pecho doliera.
—Sí.
Victoria levantó una mano y sostuvo mi mejilla. Su pulgar evitó la marca dejada por Elena.
No me besó.
Esperó.
Fui yo quien redujo la distancia.
El beso no tuvo la urgencia del patio. Fue lento, doloroso y consciente de todo lo que todavía permanecía roto entre nosotras.
Victoria respondió sin sujetarme. Su mano continuó sobre mi rostro, abierta, como si recordara que cualquier presión podía convertirse en una orden.
Me aparté.
—Eso no es una promesa.
—Lo sé.
—No significa que la espere como esposa.
—Lo sé.
—Significa que quiero que regrese.
Sus pupilas se abrieron.
—Eso es suficiente.
—No lo convierta en propiedad.
—Intentaré no hacerlo.
—Todavía odio esa frase.
—Regresaré para que pueda seguir odiándola.
Camila soltó una respiración cansada.
—Váyase antes de que ambas empiecen a escribir votos.
Victoria tomó la caja y la cruz. Antes de salir, se volvió hacia mí.
—Gabriel pidió verla cuando estuviera despierta.
—Hablaré con él.
—No permita que la culpa de Marina decida por usted.
—No permita que Elena decida por usted.
—Aceptado.
Se marchó.
Escuché sus pasos alejarse por el corredor hasta que las puertas exteriores se cerraron y los motores comenzaron a moverse hacia el puerto.
No corrí detrás.
La decisión dolía, pero era mía.
Permanecí junto a Camila mientras Mercedes iniciaba la copia de los archivos. La caja contenía cientos de documentos divididos por nombres, fechas y lugares.
Mi madre había registrado pagos, clínicas, barcos y rutas. También había grabado testimonios de mujeres que sobrevivieron a los puertos de Octavio.
No eran piezas de una guerra familiar.
Eran vidas.
—No podemos liberar sus nombres —dije.
Camila trabajaba desde la cama, pálida pero concentrada.
—Crearemos dos archivos. Uno público con responsables y pruebas financieras. Otro cifrado con identidades protegidas para abogados y organizaciones.
—Ningún gobierno recibe la copia completa.
—Coincido.
—Victoria tampoco.
Camila levantó la mirada.
—Coincido.
—¿De verdad?
—Victoria ya tuvo un archivo capaz de controlar medio país. Mire lo que ocurrió.
—Lo destruyó.
—Después de utilizarlo durante años.
—Sí.
—No confunda una decisión correcta al final con una historia limpia.
—No lo hago.
Camila apoyó la cabeza contra la almohada.
—Entonces tal vez sobreviva a quererla.
El corazón se me tensó.
—No dije que la quiera.
—Apuntó a Beatriz, dejó que Victoria se marchara hacia una bomba y la besó como si necesitara recordar el sabor antes de perderla.
—Eso puede ser miedo.
—El amor suele utilizar máscaras menos honestas.
—No quiero amar de la forma en que ellas lo hicieron.
—Entonces no lo haga.
—Qué sencillo.
—No dije que fuera sencillo. Dije que no existe una ley que la obligue a repetirlas.
La puerta médica se abrió antes de que pudiera responder.
Alma salió con sangre sobre los guantes.
Me puse de pie.
—¿Marina?
—La bala perforó el intestino y dañó parte del hígado. Controlamos la hemorragia, pero las próximas horas serán críticas.
—¿Está viva?
—Sí.
El aire regresó a mis pulmones de golpe.
—¿Puedo verla?
—Durante un minuto. Está sedada.
Entré.
Marina parecía más pequeña dentro de la cama improvisada. Tenía tubos, vendas y una palidez que borraba la mujer que había sostenido un arma contra mí.
Me senté a su lado.
—No voy a perdonarte mientras duermes —dije—. Sería demasiado fácil para ambas.
Su mano permanecía abierta sobre la sábana. Coloqué la mía junto a ella sin entrelazar los dedos.
—Vas a despertar. Vas a decirle a papá todo lo que hiciste. Después decidirás qué clase de vida construyes sin Beatriz, Adrián ni mi dinero.
Las máquinas continuaron marcando su respiración.
—Y yo decidiré si quiero estar dentro. Ninguna de las dos volverá a llamar sacrificio a elegir por la otra.
No respondió.
Aun así, permanecí hasta que Alma me pidió salir.
Mi padre estaba despierto en una habitación cercana. Habían limpiado su cabello, cambiado la ropa y conectado varios medicamentos.
Cuando entré, observaba una fotografía de mi madre que Mercedes había colocado sobre la mesa.
—Te pareces a ella cuando estás furiosa —dijo.
—Eso dicen.
—También cuando intentas fingir que no tienes miedo.
Me senté frente a él.
—Marina está viva.
—Lo sé.
—Beatriz le disparó.
Gabriel cerró los ojos.
—Debí haberla matado cuando descubrí para quién trabajaba.
—No empiece.
—Es la verdad.
—No. Es otra manera de convertir todas las decisiones posteriores en consecuencia de una sola persona.
Mi padre me miró.
—Has cambiado.
—Todos dicen eso como si antes no hubiera sido nadie.
—No. Cambiaste porque ya no esperas que la verdad sea amable.
—Usted ayudó a planear mi matrimonio con Victoria.
El dolor apareció en su rostro.
—Al principio.
—Mi madre escribió que aceptó unir las herencias.
—Creíamos que Isabela podría sacar a Victoria de la familia y que ustedes crecerían con libertad suficiente para elegir más adelante.
—Prepararon una cerradura antes de que pudiéramos hablar.
—Sí.
—Después cambió el testamento.
—Cuando conocí a Victoria.
—¿Qué vio?
Gabriel miró hacia la puerta.
—Una joven que ya había aprendido a examinar una habitación como si cada persona fuera un objetivo o una amenaza. También vi cuánto deseaba saber dónde estaba Isabela.
—¿Le contó que seguía viva?
—No.
—La dejó creer que había muerto.
—Isabela me pidió silencio.
—Y usted obedeció a una mujer ausente antes que ayudar a otra que estaba delante.
—Sí.
No intentó justificarse.
—Victoria estuvo con usted antes de morir el impostor.
—Sí.
—¿Le pidió que me entregara el testamento?
—Sí.
—Sabía que ella podía buscarme.
—Sabía que lo haría cuando descubriera la lista.
—Entonces también me utilizó para guiarla.
—Intenté darte una salida legal.
—Después de colocarme en su ruta.
Gabriel apretó la manta.
—No existe una disculpa suficiente.
—No.
—Pero lo siento.
La frase no reparaba nada. Tampoco exigía perdón.
—¿La confesión sobre Isabela? —pregunté—. Marina dijo que Elena retiró un archivo con ese nombre.
Mi padre perdió color.
—¿Lo tiene?
—Elena.
—Entonces debe destruirlo.
—¿Qué contiene?
—Una grabación mía.
—Eso ya lo sé.
—No es una confesión sobre lo que hizo Isabela. Es una confesión sobre lo que hice yo.
El frío regresó.
—Dígamelo antes de que Elena lo convierta en un arma.
Gabriel miró la fotografía de mi madre.
—La noche del secuestro de Victoria, Isabela llegó a la propiedad para sacar a Teresa. Octavio la capturó. Me ofreció liberar a ambas si entregaba la ubicación de la lista.
—¿Lo hizo?
—Entregué una ubicación falsa.
—¿Qué ocurrió?
—Octavio envió hombres. Encontraron una casa vacía y regresaron furiosos.
—¿Y después?
Mi padre cerró los ojos.
—Me obligó a elegir cuál de las dos mujeres saldría primero. Teresa o Isabela.
La historia volvía a reducirse a dos puertas.
—¿A quién eligió?
—A Teresa.
No sentí alivio.
—¿Qué hizo con Isabela?
—La dejó con Elena y Gabriel Mena.
—Entonces usted permitió que continuara retenida.
—Sí.
—¿Por mi madre?
—Por ti. Teresa sabía dónde estabas escondida. Si moría, Octavio te habría encontrado antes del amanecer.
—Siempre había una razón.
—Sí.
—¿Isabela sobrevivió?
—Cuando volví, ya no estaba. Elena afirmó que Octavio se la había llevado.
—¿La creyó?
—Quise creer que seguía viva.
—¿Por qué ocultó esto?
—Porque Victoria me habría matado y después habría destruido a Teresa por haber sido la mujer elegida.
—No sabe eso.
—Conocí a Victoria.
—Conoció a una joven condicionada por su padre y Elena. Después decidió que yo debía corregirla mediante un matrimonio futuro.
—No fue justo.
—No.
—La grabación muestra mi elección y la conversación con Octavio. Elena puede utilizarla para convencer a Victoria de que entregué a Isabela.
—Lo hizo.
Mi padre recibió la frase sin apartarse.
—Sí.
—Entonces no necesita que la imagen sea manipulada.
—No.
—¿Victoria lo sabe?
—Nunca.
Miré la línea segura sobre la mesa. Podía llamarla.
También podía esperar hasta que regresara.
Otra verdad escondida en nombre del momento adecuado.
Tomé el teléfono.
—Se lo diré ahora.
Gabriel intentó incorporarse.
—Está entrando en una operación.
—Precisamente. Elena tiene el archivo y utilizará la grabación cuando más daño pueda hacer.
—Podría desestabilizarla.
—Ocultarlo la dejará indefensa frente a la versión de Elena.
Marqué.
Mercedes conectó la línea con el vehículo de Victoria.
Su rostro apareció bajo luces intermitentes. Ríos conducía detrás de ella, y la carretera del puerto se veía por la ventana.
—¿Marina? —preguntó.
—Viva. Estado crítico, pero estable por ahora.
El alivio cruzó su rostro.
—¿Gabriel?
—Despierto.
—Bien.
—Elena tiene una grabación donde mi padre elige liberar a Teresa y deja a Isabela cautiva.
El vehículo pareció quedarse sin sonido.
Victoria no parpadeó.
—Repita.
Mi padre habló desde la cama.
—Octavio me obligó a escoger. Elegí a Teresa porque sabía dónde estaba Lucía.
—¿Mi madre estaba viva?
—Sí.
—¿La dejó con Elena?
—Sí.
La respiración de Victoria cambió.
—¿Cuándo pensaba decirlo?
—Ahora —respondí—. Antes de que Elena lo utilice.
—No le pregunté a usted.
—Y yo no permitiré que convierta esto en un interrogatorio mientras conduce hacia una nave llena de explosivos.
Sus ojos se fijaron en mí desde la pantalla.
—¿Gabriel sabe si sobrevivió?
—No.
Mi padre negó.
—Cuando regresé, Isabela ya no estaba. Octavio dijo que había muerto. Elena afirmó que la trasladaron.
Victoria miró hacia la carretera.
—Ella tendrá la grabación.
—Sí.
—Intentará mostrarla cuando esté dentro del barco.
—Sí.
—¿Qué quiere que haga con esta información?
La pregunta era para mí.
—Recordar que mi padre tomó una decisión terrible para protegerme. No la justifique. Tampoco permita que Elena le diga que esa elección demuestra que nadie la amó.
El rostro de Victoria permaneció quieto.