LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 19 — La elección de la superviviente #2
86%

Capítulo 19 — La elección de la superviviente #2

La crueldad de aquel detalle parecía diseñada por Beatriz.

—¿La copia digital está completa?

—No. Elena retiró un archivo antes.

—¿Cuál?

Marina respiró con dificultad.

—La confesión de Gabriel sobre Isabela.

La camilla continuó hacia la casa.

—¿Mi padre confesó algo?

—No sé. Solo vi el nombre.

—Marina.

—Lo siento.

Alma me apartó con cuidado.

—Necesito llevarla ahora.

Observé cómo desaparecía por la galería. La sangre había quedado sobre las piedras, las rosas y mis manos.

No la seguí.

Todavía no.

Me volví hacia Beatriz.

Los agentes habían colocado un torniquete sobre su pierna y retirado el arma, pero nadie la había levantado.

—¿Qué sabe del barco?

Mi madrastra estaba pálida.

—No lo suficiente.

—Entonces empezaremos con lo que sabe.

—Necesito un médico.

—Marina también lo necesitaba antes de que disparara.

—Si muero, perderás información.

—No morirá por una herida en el muslo con un torniquete colocado.

Victoria observó la sangre sobre mis manos.

—Lucía, Alma puede revisar su brazo.

—Después.

—La herida se abrió.

—Después.

No discutió. Se dirigió a uno de los agentes.

—Lleve a Beatriz a la sala de seguridad. Atención mínima hasta que hable.

—No puede torturarme —dijo ella.

—No necesito hacerlo —respondió Victoria—. Su hija está en cirugía porque usted intentó matar a Lucía. La policía, el consejo caído y todas las personas del archivo querrán una parte. Hablar conmigo será la opción menos dolorosa.

Beatriz me miró.

—No permita que me entregue.

—¿Por qué debería protegerla?

—Porque cuidé de ti cuando tu padre desapareció.

—Administró mi comida, mi ropa y mis estudios mientras robaba mis bienes y preparaba mi encierro.

—Te mantuve viva.

—Como se conserva una propiedad hasta que llega el comprador.

La levantaron.

Beatriz gritó por el dolor de la pierna, pero no apartó los ojos de mí.

—Teresa no era mejor.

Mi cuerpo se tensó.

—No pronuncie su nombre.

—Ayudó a Isabela a usar el cadáver de Ana. Ocultó a Gabriel. Permitió que te criara una mujer a la que despreciaba.

—Mi madre cometió decisiones terribles.

—Entonces, ¿por qué me juzgas a mí?

—Porque ella murió dejando pruebas para que yo pudiera elegir. Usted sigue viva intentando destruirlas para no pagar el precio.

Los agentes se la llevaron.

Victoria esperó hasta que desapareció.

—Disparó al hombro —dijo.

—Al muslo.

—Apuntó al hombro antes de corregir.

Miré la pistola todavía en mi mano.

—Quería detenerla.

—Lo hizo.

—Pude matarla.

—Sí.

—No sé cómo sentirme.

—No tiene que saberlo ahora.

—¿Usted supo después de la primera persona?

Victoria observó la fuente, no a mí.

—Sabía que quería seguir viva. Todo lo demás llegó después.

—¿Culpa?

—A veces.

—¿Por quién?

—Por quienes no necesitaban morir.

—¿Y los demás?

—Me decía que habían elegido el resultado.

—Eso suena como Beatriz.

—Sí.

No intentó alejarse de la comparación.

Le entregué el arma con la empuñadura hacia ella.

Victoria la tomó y activó el seguro.

—Camila decidirá si vuelve a llevarla.

—¿Está despierta?

—Sí. Y furiosa porque Alma le prohibió levantarse.

—Quiero verla.

—Primero debe cerrar la copia del archivo y enviarla fuera del palacio.

—¿Quién lo decidió?

—Usted, antes de que Marina apareciera.

Recordé mi exigencia de mantener pruebas lejos de Victoria, lejos del palacio y lejos de cualquier persona capaz de utilizar el archivo como una corona.

—Necesito un lugar.

—Gabriel puede elegirlo cuando esté estable.

—No. Mi padre también participó en los planes.

Victoria asintió.

—Entonces una autoridad independiente.

—Las autoridades aparecen en el archivo.

—Periodistas de distintos países, organizaciones de derechos humanos y abogados sin conexión entre sí.

—Si liberamos todo, morirán testigos.

—Camila puede dividir los paquetes. Usted decide las condiciones de publicación.

—¿Me ayudará?

La pregunta la hizo mirarme.

—Si me lo permite.

—No controlará las copias.

—No.

—No conservará una llave secreta.

—No.

—¿Cómo sabré que cumple?

—No lo sabrá. Tendrá que verificarlo mediante personas que no respondan ante mí.

La respuesta era correcta y desagradable. No me pedía confianza como sustituto de un sistema.

Recogí el control remoto bajo el banco. Introduje el cumpleaños de Marina y después el mío.

La caja metálica emitió una luz verde.

—Llévela al centro antiguo —dije—. Mercedes conoce una terminal separada.

Victoria no se movió.

—¿Vendrá?

—Después de hablar con Alma.

—Elena saldrá del puerto en menos de tres horas.

—Entonces vaya.

Su rostro no cambió, pero el silencio reveló lo que la frase significaba.

Yo le estaba diciendo que se marchara hacia un peligro sin mí.

—Necesito la cruz —dijo.

—Está dentro de la casa de Leonor.

—Ríos la recuperó. El mecanismo del barco puede utilizar el mismo cilindro.

—¿Por qué?

—Viuda Negra pertenecía a Isabela. Las rutas de emergencia compartían llaves.

—Entonces Elena sabe que la necesitamos.

—Sí.

—Quiere que la sigamos.

—Sí.

—Y piensa ir de todos modos.

—Hay personas dentro.

La misma respuesta que habría dado yo.

—¿Quién irá con usted?

—Ríos, cuatro agentes y una unidad marítima que Camila considera limpia.

—Camila está herida.

—Continúa dando órdenes.

—Eso no significa que pueda evaluar correctamente.

—Dígaselo usted.

Entramos en la casa.

El antiguo comedor ya había sido convertido en una zona médica. Alma estaba detrás de puertas cerradas, operando a Marina con equipos trasladados desde la clínica.

Camila permanecía en una habitación lateral, conectada a una vía y con la pierna inmovilizada. Tenía una tableta sobre el abdomen.

—Disparó —dijo cuando me vio.

—Beatriz disparó primero.

—Eso no cambia la posición de su dedo.

—Le di en el muslo.

—¿Comprobó qué había detrás?

Recordé la fuente, la pared y las ventanas del corredor.

—No.

—Entonces tuvo suerte.

—Marina estaba sangrando.

—El miedo no modifica la trayectoria de una bala.

Victoria se apoyó contra el marco.

—Puede felicitarla después.

Camila le dirigió una mirada fría.

—No hay nada que felicitar. Sobrevivió a una situación y detuvo una amenaza. También pudo atravesar a una persona detrás.

—No había nadie.

—Porque tuvo suerte.

La dureza dolía, pero era lo que necesitaba.

—Entiendo.

—No. Lo recordará cuando vuelva a practicar.

—¿Me dejará volver?

—Cuando pueda sostener el arma sin convertir la rabia en puntería.

—Entonces nunca.

—Aprenderá.

Camila miró las manchas de sangre sobre mi ropa.

—¿Marina?

—En cirugía.

—¿Entrada o salida?

—Solo entrada.

Su mandíbula se tensó.

—Elena está en Santa Lucía —dije—. Tiene personas retenidas, explosivos y la copia parcial del archivo.

—Ya vi el informe.

—Victoria quiere ir.

—Victoria va a ir.

—¿Cree que debe hacerlo?

Camila observó a su jefa.

—Creo que alguien debe impedir que Elena saque el barco. También creo que ambas están demasiado involucradas para tomar decisiones limpias.

—No existen personas limpias disponibles —respondió Victoria.

—Ríos puede dirigir.

—Ríos no conoce la nave.

—Usted tampoco la ha visto en años.

—Conozco el diseño original.

Camila dejó la tableta a un lado.

—Elena espera que suba.

—Sí.

—Tiene una forma de impedir que detone a distancia.

—No.

—Entonces no tiene un plan. Tiene una necesidad.

—Construiré el plan durante el trayecto.

—Eso suele terminar conmigo recibiendo un disparo.

—Esta vez se queda.

—No lo diga con alivio.

—Lo digo con autoridad médica. Alma ordenó reposo.

—Alma no dirige seguridad.

—Ahora sí.

Camila cerró los ojos, irritada y agotada.

—Lucía, ¿usted va?

—No.

Victoria no se movió.

Camila volvió a mirarme.

—¿Por Marina?

—Por mí.

La frase sorprendió a ambas.

Me senté junto a la cama.

—Toda mi vida alguien decidió que yo debía estar en un lugar porque otra persona corría peligro. Mi madre me ocultó, mi padre planeó un matrimonio, Beatriz me encerró y Victoria ocultó mi testamento. Elena sigue colocando vidas delante para hacerme caminar.

—Hay personas en el barco —dijo Victoria.

—Lo sé.

—Puede ayudarnos a abrir los mecanismos.

—También puedo entregar la cruz y convertirlas en rehenes de otra forma.

—No necesito que venga para abordar. Solo para identificar la llave antes de salir.

—Eso ya puede hacerlo Camila.

Su jefa levantó una ceja.

—Desde una cama.

—Tiene fotografías, planos y el cilindro.

Victoria apretó la mandíbula.

—No quiero dejarla aquí mientras Beatriz y Adrián todavía tienen aliados.

—Mercedes controla las rutas antiguas. Alma tiene personal. Mi padre está bajo protección y Beatriz está detenida.

—Elena podría enviar a alguien.

—Y podría atacarme en el puerto. No existe un lugar sin peligro.

—Conmigo—

Se detuvo.

Con ella, yo no estaba necesariamente más segura. Los últimos días lo habían demostrado.

—No termine —dije.

—No iba a decir que estaría segura.

—¿Qué iba a decir?

Victoria tardó.

—Que podría verla.

—Eso no es protección.

—No.

—Es miedo.

—Sí.

Camila observó el intercambio sin intervenir.

—Entonces vaya con miedo —dije—. No lo convierta en mi orden.

—Podría perderla mientras estoy fuera.

—Podría perderme aunque me lleve.

Sus ojos se volvieron más oscuros.

—Lo sé.

—Necesito quedarme porque Marina está en cirugía, mi padre acaba de recuperar la libertad y el archivo de mi madre debe salir de esta casa. No voy a abandonar esas decisiones para reaccionar a Elena.

Victoria cerró los dedos alrededor de la cruz que Ríos le había entregado.

—Aceptado.

No sonó satisfecha. Tampoco intentó negociar.

—Quiero una comunicación abierta —añadió.

—Mientras no comprometa el sistema.

—Mercedes puede crearla.

—Aceptado.

—Si el palacio es atacado, irá por la ruta de Leonor hasta la casa de Gabriel.

—Decidiré según el peligro.

—Lucía.

—No me entregue una lista de órdenes después de aceptar mi decisión.

La respiración de Victoria se endureció.

—¿Me permite pedirle que utilice la ruta si Mercedes confirma una intrusión?

—Sí.

—¿Me permite dejar dos agentes?

—Uno. El otro acompaña a mi padre.

—Dos.

—Uno y Mercedes.

—Mercedes no lleva arma.

La voz de la mujer mayor llegó desde el altavoz de la habitación.

—Llevo tres, señora Victoria.

Camila abrió los ojos.

—Siempre supe que me caía bien.

Victoria miró hacia la cámara.

—Uno y Mercedes —concedió.

—Ahora vaya.