Capítulo 19 — La elección de la superviviente
El disparo no terminó cuando Marina golpeó la estatua.
Continuó dentro de mi cabeza mientras su cuerpo resbalaba entre las rosas negras, dejando una línea roja sobre la piedra mojada y las espinas que se enganchaban en su abrigo.
Beatriz mantuvo el arma levantada.
No miró a su hija.
Miró la caja.
—Apártate, Lucía.
Me coloqué delante de Marina. La pistola de Camila seguía entre mis manos, apuntando hacia el pecho de la mujer que había administrado mi infancia como una cuenta que debía producir beneficios.
—Baje el arma.
—No sabes utilizar eso.
—Usted tampoco sabía disparar a su hija hasta hace unos segundos.
Su rostro se deformó.
—No quería darle.
—La bala no distingue sus intenciones.
Marina soltó un sonido ahogado detrás de mí. La sangre se extendía desde su abdomen hacia la cintura, demasiado oscura bajo las luces del jardín.
Necesitaba presionar la herida.
Necesitaba pedir ayuda.
Necesitaba apartar los ojos de Beatriz durante el tiempo suficiente para que volviera a disparar.
La instrucción de Camila regresó con una claridad dolorosa: un arma no servía para asustar. Solo debía sacarla cuando aceptara todo lo que podía ocurrir después.
Coloqué el dedo sobre el gatillo.
—Última oportunidad.
Beatriz abrió más los ojos. Tal vez comprendió que ya no estaba frente a la muchacha que pedía perdón por ocupar espacio en su propia casa.
—Si me matas, nunca sabrás dónde está Elena.
—Entonces hable.
—Primero dame la caja.
—No.
—Contiene pruebas que destruirán a Gabriel cuando salga a la luz.
—Mi padre sobrevivió a ustedes. También sobrevivirá a la verdad.
—No sabes qué hizo.
—Sé lo que hizo usted.
Marina volvió a gemir. Su mano buscó mi tobillo y se cerró débilmente sobre la bota.
—Lucía.
No podía girarme.
—Estoy aquí.
—No dejes que se lleve la caja.
Beatriz dio un paso.
El cañón de mi arma se movió hasta su hombro.
—Deténgase.
—No dispararás.
—Yo tampoco lo creía.
La voz de Victoria llegó desde la galería.
—Beatriz.
No gritó. No necesitó hacerlo.
Mi madrastra giró el arma hacia el sonido.
Disparé.
El retroceso subió por mis brazos y golpeó mis hombros. La bala entró en el muslo de Beatriz, girándola antes de hacerla caer sobre el sendero mojado.
Su arma quedó cerca de la fuente.
Victoria apareció detrás de una columna con la suya preparada. Dos agentes avanzaron desde el corredor lateral, pero ella levantó una mano para detenerlos cuando vio mi pistola.
—Lucía —dijo—. Míreme.
No podía.
Beatriz se retorcía sobre las piedras, apretando ambas manos alrededor de la herida. Mi dedo continuaba sobre el gatillo.
—No se acerque —advertí.
Victoria se quedó inmóvil.
—No voy a tocarla.
—Marina está herida.
—Lo veo.
—Necesito ayudarla.
—Baje el arma y hágalo.
—Beatriz puede alcanzar la suya.
—Yo la cubro.
Mis manos no respondían. El cuerpo de Beatriz estaba en el suelo, pero seguía viéndola disparar. Seguía viendo a Marina caer mientras una parte de mí calculaba demasiado tarde.
—Lucía —repitió Victoria—. Quite el dedo del gatillo.
—Camila dijo que solo debía colocarlo cuando estuviera dispuesta a disparar.
—Ya disparó.
—Podría tener que hacerlo otra vez.
—No ahora.
Beatriz intentó arrastrarse hacia la fuente.
Victoria levantó el arma hacia ella.
—Mueva otra mano y pierde la cabeza.
Mi madrastra se detuvo.
—Ahora míreme —pidió Victoria.
Volví el rostro.
Sus ojos no buscaron la pistola. Buscaron los míos.
—Marina necesita sus manos. Yo me ocuparé de Beatriz.
La frase no era una orden. Era una división concreta del peligro.
Retiré el dedo del gatillo.
Victoria dio un paso lento.
—¿Me permite tomar el arma?
Negué.
—Todavía no.
—Aceptado.
Me arrodillé junto a Marina sin soltarla. La pistola quedó sobre mis piernas mientras abría su abrigo con una mano.
La bala había entrado debajo de las costillas. No veía salida.
—Presión —dijo Victoria—. Utilice la bufanda.
Me quité la tela del cuello y la doblé contra la herida. Marina gritó cuando presioné.
—Lo siento.
—No pares.
—No lo haré.
Su piel estaba helada. Las pupilas seguían respondiendo, pero su respiración era demasiado rápida.
Victoria habló por el comunicador.
—Alma al jardín central. Herida de bala abdominal. Prepare quirófano y sangre.
—La clínica móvil salió con Gabriel —respondió una voz.
—Entonces haga regresar una unidad o convierta mi comedor en quirófano.
—Necesitamos quince minutos.
—Tiene siete.
Marina abrió los ojos.
—¿Papá está vivo?
—Sí —respondí—. Camila lo encontró.
Una sonrisa débil apareció en su boca.
—Entonces fui una idiota para nada.
—No hables.
—Me entregué a Adrián por un video.
—Te dije que no hablaras.
—Siempre quisiste mandar.
Una risa quebrada intentó salir de mi pecho y se convirtió en dolor.
—Vas a poder insultarme después.
—No sé si quiero esperar tanto.
—No tienes elección.
Marina miró la pistola sobre mis piernas.
—Eso suena como Victoria.
—No la menciones.
—Está detrás de ti.
—Lo sé.
Beatriz lloraba a pocos metros, pero no por Marina. Pedía a los agentes que detuvieran la sangre de su pierna y prometía entregar nombres, cuentas y rutas.
Nadie se movió hacia ella.
Victoria permanecía entre mi madrastra y nosotras, con el arma dirigida hacia el suelo, preparada para levantarla si Beatriz intentaba acercarse.
—Elena está en Santa Lucía —dijo Marina.
La presión de mis manos vaciló.
—¿Cómo lo sabes?
—Me dio una ruta. Quería que te llevara hasta el puerto antes del amanecer.
—¿Para qué?
—Hay un barco.
Victoria se volvió ligeramente, aunque no dejó de vigilar a Beatriz.
—Nombre.
—Viuda Negra.
—Ese barco fue desmantelado hace ocho años —respondió.
—No. Adrián lo escondió bajo otra matrícula.
Marina respiró con dificultad.
—Elena está llevando la copia del archivo a bordo. Quiere transmitirlo desde aguas internacionales y decidir qué partes libera.
—¿Qué quiere a cambio? —pregunté.
—Que Victoria vaya sola.
—¿Y yo?
—Tú eres la garantía de que irá.
El frío del jardín dejó de importar. El método de Elena no había cambiado. Siempre una persona convertida en puerta para otra.
—No voy a ir —dije.
Marina apretó mi muñeca.
—Sí vas.
—No me digas qué hacer después de intentar entregarme.
—No por Elena. Por las personas del barco.
Victoria levantó el rostro.
—¿Qué personas?
Marina cerró los ojos durante un segundo.
—Testigos. Familias. Mujeres que Teresa ayudó a sacar de los puertos. Elena las encontró utilizando el archivo.
—¿Cuántas?
—No sé. Vi una lista con veintitrés nombres.
—¿Están cautivas?
—Algunas. Otras creen que serán llevadas fuera del país antes de que el consejo las encuentre.
—Elena planea matarlas —dijo Victoria.
—O utilizarlas para negociar inmunidad —respondí.
Marina volvió a presionar mi muñeca.
—Hay menores.
El aire se volvió más pesado.
Victoria habló inmediatamente por el comunicador.
—Ríos, cierre todas las salidas hacia Santa Lucía. Contacte a las unidades costeras que no figuren en los registros de Adrián. Nadie aborda sin mi autorización.
—Ya no controla esas unidades —respondió Ríos.
—Entonces dígales que el barco contiene pruebas contra sus superiores y personas retenidas. El interés propio sigue funcionando aunque el imperio haya caído.
—Entendido.
Marina respiró entre dientes.
—Elena dijo que, si veía fuerzas acercándose, hundiría el barco.
—¿Explosivos? —preguntó Victoria.
—Sí.
—¿Dónde?
—Sala de máquinas, depósitos de combustible y contenedores inferiores.
Victoria cerró los ojos durante un instante. No por miedo al barco, sino por el cálculo de vidas y rutas que ya no podía controlar mediante una sola llamada.
—¿Cómo se desactivan?
—Adrián tenía un código. Elena se lo quitó antes de venir aquí.
—¿Lo conoces?
Marina negó.
—Solo vi los primeros números.
Alma entró al jardín acompañada por dos asistentes y una camilla. Se arrodilló junto a Marina y cortó la ropa alrededor de la herida.
—Necesito que retire las manos cuando lo diga —me indicó.
—Está perdiendo demasiada sangre.
—Lo sé.
—La bala no salió.
—También lo sé.
La doctora colocó compresas, canalizó una vía y revisó la respiración. Su expresión permanecía controlada, pero la velocidad de sus movimientos confirmó la gravedad.
—Marina, necesito saber si tomaste anticoagulantes, drogas o medicamentos.
—No.
—¿Alergias?
—Penicilina.
—¿Cuándo comiste?
—No recuerdo.
—Debe recordar.
—Ayer.
Alma dio instrucciones a sus ayudantes. Cuando retiré las manos, la tela de mi bufanda estaba empapada.
Marina buscó mis dedos.
—No dejes que mamá se vaya.
—No lo hará.
Beatriz levantó el rostro desde el suelo.
—Soy tu madre.
Marina no la miró.
—No después de apretar el gatillo.
La frase pareció herir a Beatriz más que la bala.
—Fue un accidente.
—Me apuntaste.
—Apuntaba a Lucía.
El jardín quedó en silencio.
Beatriz comprendió demasiado tarde lo que había confesado.
Marina cerró los dedos sobre los míos.
—Siempre fui la segunda opción.
—No para mí.
Sus labios temblaron.
—Te entregué.
—Sí.
—Te mentí.
—Sí.
—Y aun así—
—No termines esa frase ahora.
—Necesito saber.
—No sé si podré perdonarte. Pero no voy a dejarte morir pensando que nunca fuiste mi hermana.
Las lágrimas se deslizaron hacia su cabello.
—Eso es suficiente.
—No. No lo es. Vas a sobrevivir y tendrás que enfrentar el resto.
Alma hizo una señal.
La colocaron sobre la camilla. Marina soltó mi mano únicamente cuando un asistente necesitó asegurarla.
—Voy contigo —dije.
—No puede entrar en cirugía —respondió Alma.
—Entonces esperaré afuera.
Victoria se acercó, manteniendo todavía una distancia prudente.
—El barco sale antes del amanecer.
—Marina está sangrando.
—Sí.
—No voy a abandonarla para seguir a Elena.
—No le pedí que lo hiciera.
La miré.
—Pero va a ir.
—Sí.
—Sola.
—No.
—Elena exigió eso.
—Elena ya recibió demasiadas cosas porque alguien creyó que obedecer una condición salvaría a otra persona.
Alma empezó a empujar la camilla.
Marina abrió los ojos.
—Lucía.
Me acerqué.
—El control remoto.
Miré hacia el banco. El pequeño dispositivo seguía debajo, entre pétalos oscuros.
—¿Qué código necesita?
—Mi cumpleaños. Después el tuyo. Adrián utilizaba las dos fechas para recordarme cuál de nosotras debía desaparecer primero.