LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 18 — Quema el mundo #5
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Capítulo 18 — Quema el mundo #5

El frío del jardín entraba por mis mangas. Las sombras de los cipreses se movían sobre el muro, y el olor húmedo de las rosas se mezclaba con el rastro metálico de la sangre seca en mi ropa.

—¿Conocías a Adrián desde los dieciséis? —pregunté.

Marina bajó la mirada.

—Beatriz me llevaba a cenas. Decía que él podía protegernos si algo te ocurría.

—¿Qué debía ocurrirme?

—No lo decía.

—Pero aceptaste que podrías ocupar mi lugar.

—Creí que habías elegido el convento. Beatriz repetía que nunca volverías y que papá quería que yo cuidara la familia.

—Sabías que los bienes eran míos.

—No al principio.

—¿Cuándo lo descubriste?

—Hace tres años.

La respuesta dolió más que cualquier explicación posterior.

—Me escribías.

—Sí.

—¿Por qué no lo mencionaste?

—Beatriz leía las cartas antes de enviarlas. Cuando intenté hablar directamente, me mostró informes donde decían que estabas enferma, que cualquier noticia podía provocar otra crisis.

—Le creíste.

—Quise creerle.

—Porque la mentira te permitía conservar la vida que pagaba con mi dinero.

Las lágrimas aparecieron, pero no apartó la mirada.

—Sí.

La honestidad no borraba la elección.

—¿Qué prometiste a Adrián?

—Que conseguiría tu firma o demostraría que no estabas capacitada para controlar el puerto.

—¿Cómo?

—Provocando una crisis delante de testigos.

—¿El ataque al museo?

—No sabía que ocurriría. Me habló después. Dijo que Victoria te volvería inestable, que podíamos usar sus restricciones para demostrar coacción.

—Eso era cierto.

—Lo sé.

—¿Le entregaste información sobre mis movimientos?

Marina apretó los labios.

—Después de la casa de papá, sí.

Mi mano se acercó al arma sin tocarla.

—¿Qué información?

—Tus llamadas, las rutas que Camila me dio y el nombre de la línea aislada.

—Por eso entró al sistema.

—Sí.

El peor dolor no fue descubrir que Adrián había utilizado a Marina. Fue comprender que ella había aceptado utilizarme también.

—Me vendiste.

—Intentaba salvarte.

—Me vendiste a un hombre que necesitaba declararme incapaz o matarme para casarse contigo.

—No sabía que llegaría tan lejos.

—Sabías suficiente.

Marina comenzó a respirar con dificultad.

—Papá estaba vivo. Adrián me mostró videos. Dijo que solo lo liberaría si cooperaba.

—Podías decírmelo.

—Victoria habría atacado el palacio y papá habría muerto.

—Entonces elegiste por mí.

—Sí.

La misma palabra.

La misma herencia.

Todos aprendíamos a amar tomando decisiones sobre la libertad de otra persona.

—No puedo perdonarte ahora —dije.

—No vine a pedirlo.

—¿Qué quieres?

Marina miró la caja.

—Que la tomes y te marches antes de que Victoria reconstruya otra jaula.

—Esa decisión también es mía.

—Lo sé.

Su mano entró lentamente dentro del abrigo.

Saqué la pistola.

—No.

Marina se detuvo.

—Solo quiero enseñarte algo.

—Retira la mano.

Sus ojos descendieron hacia mi arma y después regresaron a mi rostro.

—Lucía, no voy a lastimarte.

—Retírala.

La sacó despacio.

Sostenía un pequeño control remoto.

—¿Qué es?

—El acceso a la copia digital. Adrián configuró un borrado automático si la caja sale del perímetro sin introducir un código.

—Dámelo.

Marina negó.

—Primero necesito saber que no entregarás todo a Victoria.

—No negocies conmigo.

—Si ella obtiene el archivo, puede reconstruir el imperio.

—Victoria acaba de liberar pruebas que la incriminan.

—También conservó rutas ocultas. Lo escuché cuando engañó a Adrián.

—Era una estrategia.

—¿Cómo sabes que no era verdad?

No lo sabía.

Había confiado en que Victoria inventaba una red separada para distraerlo, pero ella misma había admitido que aún podía reconstruir poder.

—Dame el control.

—Promete que guardarás una copia fuera de su alcance.

—Eso ya pensaba hacerlo.

—¿Dónde?

—No te corresponde.

La mano de Marina tembló alrededor del dispositivo.

—Entonces no puedo dártelo.

—Bájalo.

—No es un arma.

—Puede destruir las pruebas de nuestras madres.

—También puede impedir que Victoria las convierta en otra herramienta.

—No tienes derecho.

—Tú tampoco tenías derecho a escapar con mi coche y llevarme a una emboscada.

La acusación era cierta. Habíamos empezado a lanzarnos nuestras peores decisiones como si una pudiera cancelar a la otra.

—Bájalo —repetí.

Marina miró hacia la galería.

Una sombra se movió detrás de las columnas.

—¿Victoria te siguió?

—No.

—Mientes.

—Mercedes observa.

—No me refiero a las cámaras.

La figura salió al jardín.

Beatriz.

Tenía barro sobre la ropa, sangre en una manga y un arma levantada hacia Marina.

—Dame la caja —ordenó.

Mi hermanastra se volvió, apuntando el control remoto hacia ella como si pudiera protegerla.

—No te acerques.

—Todo lo que contiene pertenece a personas que pueden destruirnos.

—Ya nos destruiste tú.

Beatriz avanzó.

—Marina, mírame. Todavía podemos salir juntas.

—No.

—Adrián cayó. Elena escapó. Victoria no tardará en matarme.

—Entonces entrégate.

—No sabes lo que hará.

—Sé lo que hiciste tú.

El arma de Beatriz se movió hacia mí.

—Lucía siempre fue el problema. Todos los planes, las amenazas y las deudas existían porque Gabriel insistía en protegerla.

—Baje el arma —dije.

—Tú heredaste un apellido y convertiste a mi hija en una sombra.

—Marina no es una sombra por mi existencia.

—Lo fue desde que nació.

Marina levantó la pistola que había escondido bajo el abrigo.

No apuntó a Beatriz.

Apuntó hacia mí.

El jardín quedó inmóvil.

Las sombras de los cipreses cubrían su rostro, el frío de la noche endurecía cada respiración y el olor metálico de las armas se mezclaba con las rosas mojadas.

—Marina —dije—. Baja eso.

Las lágrimas descendían por sus mejillas, pero sus manos dejaron de temblar cuando sostuvo el cañón contra mi pecho.

Beatriz sonrió detrás de ella, convencida de que años de obediencia habían recuperado finalmente a la hija que había preparado.

—Dale la caja a tu madre —ordenó.

Marina no la miró.

—Ella no es mi madre.

—Entonces baja el arma.

—No puedo.

—Sí puedes.

Su dedo permanecía fuera del gatillo, tal como Camila me había enseñado. Aquello significaba que Marina también había recibido instrucción o que Adrián había preparado cada movimiento.

—Me prometió que papá saldría vivo si te entregaba —dijo—. No a Victoria. A Elena.

El frío alcanzó mi pecho antes que el miedo.

—¿Cuándo hiciste el acuerdo?

—Antes de llamarte desde el cobertizo. Elena sabía que acudirías por mí y que Victoria vendría contigo.

La verdad alteró cada momento dentro de la capilla, cada disparo y cada aparente rescate.

Marina había sido rehén.

También había sido la puerta.

—Fuiste tú quien nos llevó hasta Elena.

—Sí.

—¿Y Camila?

—No sabía que la tomarían.

—Pero aceptaste el riesgo.

Su boca tembló.

—Pensé que podría controlar lo que ocurría.

La frase podía haber salido de Victoria, Isabela, Beatriz o de mí misma cuando subí al coche hacia la casa de mi padre.

—No puedes entregarme ahora —dije—. Elena escapó.

—Me dejó una ruta y una hora. Si llego contigo, liberará todas las pruebas sobre Beatriz y entregará la ubicación segura de papá.

—Papá ya está libre.

Marina palideció.

—¿Qué?

—Camila lo encontró. Está vivo y recibiendo atención.

La pistola descendió apenas.

Beatriz levantó la suya.

—Miente.

—Lo vi.

Marina me miró, buscando la niña que nunca había aprendido a ocultarle nada.

—¿Está aquí?

—Sí.

El arma bajó otro centímetro.

Beatriz disparó.

El impacto lanzó a Marina contra la estatua.

Su pistola cayó sobre las rosas mojadas y el control remoto rodó bajo un banco mientras la sangre comenzaba a extenderse sobre su abrigo.