LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 18 — Quema el mundo #4
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Capítulo 18 — Quema el mundo #4

—Cree que sí. Reconoció su nombre, el de Teresa y una canción que ella utilizaba cuando Lucía no podía dormir.

Mis piernas cedieron.

Marina intentó sostenerme, pero me aparté antes de caer y apoyé las manos sobre el escritorio destruido.

Mi padre estaba vivo.

Dentro del mismo palacio donde había pasado días buscando sus documentos, discutiendo con Victoria y creyendo que cada pasaje conducía hacia otra mentira.

—Voy abajo.

Victoria se acercó.

—¿Me permite acompañarla?

La pregunta llegó en medio del caos, las armas y los hombres heridos.

Asentí.

Marina intentó seguirnos.

—No —dije.

Su rostro se quebró.

—Lucía.

—Necesito verlo sin pensar en lo que aceptaste hacer para salvarlo.

—No te vendí.

—Aceptaste ocupar mi lugar dentro de un matrimonio preparado por Adrián.

—Para sacarte de esto.

—No puede sacarme borrándome.

La frase la detuvo.

Victoria ordenó que Marina permaneciera bajo protección, no arrestada. Después abrió la puerta mediante el sistema de Mercedes.

Atravesamos corredores llenos de guardias desarmados, empleados liberados y paredes dañadas por los disparos.

El palacio seguía en pie, pero las pantallas mostraban noticias sobre empresas Alarcón intervenidas, consejeros detenidos y documentos enviados a autoridades.

Victoria había quemado su mundo sin fuego.

Cada puerta que cruzábamos pertenecía menos a ella que la anterior.

—¿Se arrepiente? —pregunté mientras descendíamos hacia el invernadero.

—Todavía no sé qué perdí.

—Lo sabe.

—Perdí el imperio.

—También el control del puerto, el consejo y la protección legal que compraba.

—Eso puede reconstruirse de otras formas.

—Entonces no lo destruyó completamente.

Victoria se detuvo en la escalera.

—No fingiré que me convertí en otra mujer durante una noche. Todavía tengo dinero, armas y personas leales. Todavía podría intentar recuperar parte.

—¿Lo hará?

—No sin preguntarle qué afecta a sus bienes.

—Eso no fue lo que pregunté.

Sus ojos se fijaron en mí.

—Reconstruiré algo más pequeño. Sin el consejo, sin rutas de personas y sin utilizar su apellido. No sé si será suficiente para que me considere distinta.

—No debe construirlo para que yo la considere nada.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué?

Victoria miró hacia las luces del invernadero.

—Porque no sé vivir sin poder. Pero puedo decidir qué clase de poder estoy dispuesta a conservar.

No era redención. Era una elección más difícil y menos limpia.

Continuamos.

La habitación de Octavio estaba detrás de una puerta cubierta por raíces. Camila permanecía en una camilla, pálida pero consciente.

Alma trabajaba junto a un hombre sentado sobre una cama.

Su cabello era casi completamente gris. Había perdido mucho peso y sus manos temblaban sobre una manta.

Cuando entré, levantó los ojos.

No necesité una prueba.

Mi cuerpo lo reconoció antes que mi mente.

—Papá.

El hombre respiró como si la palabra hubiera roto algo dentro de su pecho.

—Inés.

Solo él me llamaba así cuando tenía miedo de que yo me alejara.

Caminé hasta la cama. Me detuve antes de tocarlo, aterrada de que el contacto revelara otra máscara.

Mi padre extendió una mano.

Había una cicatriz sobre el pulgar, causada por una copa que se rompió durante uno de mis cumpleaños. Recordaba haberle llevado una venda demasiado grande y haber llorado más que él.

Tomé su mano.

Estaba caliente.

Real.

—Pensé que había muerto.

—Yo también, durante un tiempo.

Su voz estaba debilitada, pero conservaba el mismo ritmo.

Me arrodillé junto a la cama. Él tocó mi cabello con dedos inseguros y cerró los ojos.

—Teresa dijo que te sacarían del convento cuando fuera seguro.

—Nunca fue seguro.

—Lo sé.

—Beatriz me encerró allí.

—Lo sé.

—¿Por qué no volvió?

La pregunta salió rota.

Mi padre miró las paredes.

—Octavio me mantuvo sedado. Después Adrián heredó la habitación. Cuando recuperé suficiente memoria para recordar quién era, amenazaron con llevarte aquí.

—Podía haber encontrado una forma.

—Intenté escapar tres veces.

Alma apartó parte de la manta. Había cicatrices en sus piernas y marcas antiguas alrededor de los tobillos.

La rabia llegó acompañada por una tristeza tan profunda que apenas podía respirar.

—¿Sabía que Victoria estaba viva? —preguntó.

Mi padre la miró.

Ella permanecía cerca de la puerta, sin intentar entrar en nuestro encuentro.

—Sabía que se convirtió en Octavio más rápido de lo que Isabela temía —respondió.

Victoria recibió la frase sin moverse.

—Papá.

—También sabía que no había terminado de hacerlo.

La mirada de mi padre volvió hacia mí.

—¿Te entregó el testamento?

El silencio respondió.

Su rostro cambió.

—Victoria.

—No —dije—. Esta conversación es mía.

Mi padre apretó mi mano.

—Te pedí que la dejaras elegir.

—Lo sé —respondió ella.

—Y no lo hiciste.

—No.

—Entonces no utilices a Isabela, a Elena ni a Octavio como excusa.

—No lo haré.

—Bien.

No había gratitud por haberme protegido. No había absolución porque Victoria hubiera destruido el imperio.

Solo una exigencia directa de responsabilidad.

—¿Quién lo trasladó hace dos días? —pregunté.

—Adrián y Marina.

Solté su mano.

—Marina estuvo aquí.

—Sí.

—¿Habló con usted?

—Lloró. Dijo que tenía que convencerte de marcharte y que aceptaría casarse con Adrián si eso te mantenía viva.

—¿Usted qué le dijo?

—Que Beatriz la había preparado para sacrificarse de una forma que siguiera pareciendo obediencia.

Mi padre cerró los ojos, agotado.

—También le dije que no firmara nada.

—No lo hizo.

—Entonces todavía puede elegir.

Alma indicó que debía descansar. Había soportado demasiado tiempo sin atención adecuada y necesitaba traslado inmediato.

—No saldrá por la entrada principal —dijo Victoria—. Adrián puede tener hombres fuera.

—Los sistemas muestran unidades policiales acercándose —informó Mercedes mediante el altavoz—. Algunas son legítimas. Otras no puedo confirmarlas.

—Utilicen el túnel de Leonor —ordenó Victoria.

—¿Adónde?

Mi esposa me miró antes de responder.

—A una casa registrada a nombre de una fundación independiente. Gabriel y Camila recibirán atención allí.

—¿Quién controla la fundación?

—Gabriel, si firma. Usted mientras él no pueda.

—¿Y usted?

—Nadie.

La elección parecía preparada desde antes del regreso.

—¿Cuándo hizo eso?

—Mientras destruía el resto.

Mi padre soltó una respiración cansada.

—Al menos aprendió algo.

Victoria no respondió.

Ríos organizó el traslado. Camila fue colocada en otra camilla, pero insistió en mantener su arma bajo la manta.

—No confía en nadie —comentó mi padre.

—Confío en pocas personas —respondió ella.

—Eso ya es más de lo que Victoria tenía antes de conocer a mi hija.

Camila me miró.

—No le dé demasiado crédito. Era insoportable antes y continúa siéndolo.

Victoria levantó una ceja.

—Puedo dejarla aquí.

—Y perdería a la única persona que recuerda sus códigos antiguos.

—Mercedes los conoce.

—Mercedes tiene mejor criterio y podría decidir no ayudarla.

La mujer mayor habló por el altavoz.

—Camila tiene razón.

Durante un instante, en medio de la sangre, los disparos y la caída del imperio, existió algo parecido a una familia incapaz de admitir que lo era.

No duró.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de Marina apareció en la línea aislada.

“Necesito verte antes de que te vayas. Encontré la copia del archivo que Beatriz robó.”

Debajo había una ubicación dentro del jardín de rosas negras.

Victoria leyó sobre mi hombro.

—No irá sola.

—Marina necesita hablar conmigo.

—Adrián la preparó para entregarla.

—También puede tener el archivo de mi madre.

—Enviaré a Ríos.

—Ríos debe proteger a mi padre.

—Entonces iré.

Miré hacia la cama. Gabriel ya estaba siendo trasladado, acompañado por Alma y dos agentes.

—No. Usted organiza la salida. Yo hablaré con Marina en el jardín, visible desde las cámaras antiguas.

—Las cámaras modernas están comprometidas.

—Mercedes controla las otras.

La voz de la mujer llegó por el altavoz.

—Puedo verla desde tres puntos.

Victoria se acercó.

—Marina llevó a Adrián hasta mi despacho.

—Intentaba salvar a mi padre.

—Eso no significa que haya dejado de obedecerlo.

—Precisamente por eso debo escucharla.

—Lucía.

—¿Confía en que puedo hablar con mi hermana durante cinco minutos?

La pregunta la obligó a elegir entre su miedo y la frontera que había prometido respetar.

—No confío en Marina —respondió.

—No pregunté eso.

Victoria apretó la mandíbula.

—Confío en que intentará salir si existe peligro.

—Bien.

—Lleve el arma.

—Camila dijo que todavía no debía cargar una.

—Camila también dijo que podía disparar sentada.

Desde la camilla, su jefa levantó dos dedos.

—Puedo prestarle una con seguro biométrico. Solo responderá a su mano.

—¿Desde cuándo preparó eso?

—Desde que la vi apuntar a Victoria con una pistola descargada.

Acepté el arma. Camila me mostró el seguro, la recámara y la forma de llevarla debajo del abrigo.

—No la saque para asustar —dijo—. Solo si acepta que podría disparar.

—Lo sé.

—No. Lo ha escuchado. Saberlo llega cuando hay una persona delante.

Victoria observó cómo guardaba la pistola.

—Cinco minutos.

—No es un permiso.

—Es el tiempo antes de que vaya a buscarla.

—Eso sigue siendo una amenaza.

—Sí.

No discutí. Ambas sabíamos que no había cambiado por completo.

Salí hacia el jardín.

La lluvia había disminuido, pero las rosas negras estaban cubiertas de gotas que parecían sangre bajo las luces de emergencia.

Marina esperaba junto a la estatua sin rostro del centro. Llevaba el abrigo cerrado y una caja metálica bajo el brazo.

No había guardias visibles.

—¿Dónde está Beatriz? —pregunté.

—No lo sé.

—¿Cómo conseguiste la caja?

—La dejó en el vehículo que utilizó para huir. Adrián la recogió antes de entrar al palacio.

—¿Y te la dio?

—La robé de su despacho cuando empezaron los disparos.

Me acerqué hasta mantener tres metros de distancia.

—Déjala en el suelo.

Marina obedeció.

—Contiene copias de cartas, cuentas y grabaciones. También hay documentos sobre Ana, Elena y papá.

—¿Por qué no se la diste a Victoria?

—Porque no confío en lo que hará con ella.

—¿Y confías en mí?

Su rostro se quebró.

—Quiero hacerlo.

—No es lo mismo.

—Lo sé.