Capítulo 18 — Quema el mundo #3
—Separaremos el equipo —dije.
—No —respondió Victoria.
—Usted va por Marina. Yo voy por Gabriel con Ríos.
—No se separará de mí.
—Prometió escuchar.
—Escuché. La respuesta es no.
—Entonces proponga una tercera opción.
Victoria miró el plano antiguo sobre el monitor.
—Camila va por Gabriel con Ríos. Nosotras entramos al despacho.
Camila levantó una ceja.
—Tengo una pierna inútil.
—Tiene un arma, una silla y la capacidad de insultar a cualquiera que intente detenerla.
—Plan impecable.
—Mercedes abrirá la ruta del subsuelo y mantendrá comunicación. Dos agentes la acompañarán.
Camila estudió el mapa.
—Aceptado.
—No entre en una habitación sin confirmar ventilación, salidas y cámaras.
—Eso sonó casi como preocupación.
—Regrese.
Camila sostuvo la mirada de Victoria.
—Intentaré hacerlo.
Mi esposa no exigió algo más. Aceptó la honestidad.
Nos separamos en la siguiente intersección.
Victoria, yo y dos agentes ascendimos hacia la galería de retratos. Mercedes nos guio mediante luces que se encendían en el suelo.
—Adrián controla las cámaras modernas —explicó—. Yo controlo las cerraduras construidas antes de que naciera.
—¿Puede encerrarlo dentro del despacho? —pregunté.
—No sin cerrar también la salida del archivo.
—Hágalo cuando entremos.
—Lucía —advirtió Victoria—, eso nos dejará con él.
—También lo dejará con nosotras.
Subimos por una trampilla detrás del retrato de Leonor. La galería estaba vacía.
Los cuadros de las viudas miraban hacia el suelo, no por diseño simbólico, sino porque debajo de cada marco había una abertura oculta.
La casa siempre había tenido ojos dentro de las paredes.
Victoria revisó las dos direcciones.
—El despacho está a cuarenta metros.
—Hay tres hombres en el corredor —dijo Mercedes por el auricular—. Puedo apagar las luces durante ocho segundos.
—Hágalo.
La oscuridad llegó de golpe.
Avanzamos guiadas por la memoria. Escuché un cuerpo caer, después otro. Cuando las luces volvieron, los agentes de Victoria habían reducido a dos hombres.
El tercero apuntaba hacia mí.
Victoria se colocó delante, pero no disparó. El hombre llevaba un dispositivo en la mano.
—Si me mata, Adrián recibe una señal.
—Ya sabe que estamos aquí —respondí.
El guardia me miró.
—La señora Marina pidió que no entrara.
—¿Cuándo?
—Hace diez minutos. Dijo que Adrián quería que usted creyera que era una rehén.
Victoria mantuvo el arma levantada.
—¿Trabaja para ella?
—Trabajo para el consejo.
—Entonces no existe diferencia.
El hombre activó el dispositivo.
La alarma comenzó.
Victoria disparó hacia su hombro, derribándolo sin matarlo.
—Se terminó el sigilo —dijo.
Corrimos.
Las puertas del despacho permanecían abiertas. Dentro, Adrián esperaba junto al escritorio de Victoria.
Marina estaba de pie a su lado.
No estaba atada.
Sostenía un arma.
Había hombres alrededor de las paredes, pero ninguno la apuntaba.
El consejero mayor sonrió al vernos.
—Mi querida prima. Entraste exactamente por donde esperaba.
Victoria no miró a Adrián. Miró a Marina.
—Baje el arma.
Mi hermanastra mantuvo el cañón dirigido hacia el suelo.
—No puedo.
—Sí puede —dije.
Sus ojos llegaron hasta mí. Había una marca roja sobre su mandíbula y sangre seca junto a la ceja, pero su postura no parecía la de una prisionera.
—Lucía, no entiendes.
—Entonces explícame.
Adrián ocupó la silla de Victoria.
—Marina ha esperado muchos años para recuperar el lugar que su madre le prometió.
—Ese lugar se construyó robándome —respondí.
—Las herencias siempre se construyen quitándole algo a alguien.
Victoria levantó el arma.
—Tiene cinco segundos para abandonar mi silla.
Adrián sonrió.
—Ya no es suya. Renunció al consejo, entregó empresas y permitió que una Valdés firmara la transferencia del puerto.
—La casa sigue registrada a mi nombre.
—Durante pocas horas.
—Entonces disfrute los últimos segundos.
Los hombres de Adrián levantaron armas.
Marina apuntó hacia Victoria.
Mi cuerpo se movió antes de pensar. Me coloqué entre ambas.
—Baja eso.
—Apártate.
—No.
Sus manos temblaban.
—No quiero dispararte.
—Entonces no lo hagas.
—Adrián tiene a papá.
—Camila fue por él.
El rostro de Marina cambió.
—¿Está aquí?
—Debajo del invernadero.
Adrián dejó de sonreír. No esperaba que conociéramos la ubicación.
Victoria lo notó.
—Mercedes —dijo hacia el auricular—. Cierre.
Las puertas del despacho se cerraron.
Las pantallas se apagaron y después volvieron mostrando el patio, los corredores y el antiguo invernadero.
—¿Qué hizo? —preguntó Adrián.
—Lo encerré dentro de una casa llena de personas que prefieren a Mercedes antes que a usted.
Los auriculares de sus hombres comenzaron a emitir interferencias. Uno intentó abrir la puerta y descubrió que el mecanismo no respondía.
Adrián se levantó.
—Puede conservar el palacio o conservar a Lucía. No ambos.
Victoria miró hacia mí.
—Ya elegí.
Sacó el teléfono y activó un archivo.
Las pantallas mostraron nombres, pagos y grabaciones del consejo. Adrián aparecía negociando rutas, ordenando desapariciones y comprando jueces.
—Ese material también la incrimina —dijo.
—Sí.
—Pasará el resto de su vida perseguida.
—Probablemente.
—No destruirá a la familia por una mujer que se irá.
—Ya la destruí.
Victoria envió el archivo.
Adrián se lanzó hacia el escritorio, pero las pantallas confirmaron transferencias a periodistas, fiscales y familias rivales.
—Deténgalo.
Sus hombres dudaron.
Los teléfonos comenzaron a vibrar. Cada uno recibía mensajes, órdenes externas y confirmaciones de que sus cuentas habían sido congeladas.
—El consejo ya no puede pagarles —dijo Victoria—. Adrián tampoco.
—La lealtad no depende solo de dinero —respondió él.
—La suya sí.
Uno de los hombres bajó el arma. Después otro.
Adrián disparó al primero por la espalda.
El despacho explotó en movimiento.
Victoria me arrojó detrás del escritorio mientras los agentes respondían. Las balas atravesaron libros, cristales y madera.
Marina quedó junto a Adrián.
—¡Ven aquí! —grité.
No se movió.
Victoria disparó hacia la mano de su primo. El arma cayó, pero Adrián sujetó a Marina por el cuello y sacó otra pistola.
—Deme la llave del puerto —ordenó.
—No la tengo —respondí.
—Su firma basta.
—Ya firmé la transferencia.
—Puede revertirla.
—No.
Apretó el cañón contra la sien de Marina.
—Entonces verá morir a su hermana.
Marina cerró los ojos.
—No soy su hermana —dijo.
El dolor me alcanzó antes de comprender qué pretendía.
—Sí lo eres.
—No por sangre.
—Nunca necesité eso.
Adrián tensó el brazo.
—Qué conmovedor. Firme.
Victoria se levantó lentamente detrás de la cobertura.
—Tómeme a mí.
—Ya no vale nada.
—Conservo las claves de las rutas clandestinas.
—Las destruyó.
—Destruí las visibles.
Adrián dudó.
Victoria continuó.
—Octavio mantenía una red separada. Elena la busca porque nunca consiguió identificarla. Yo sí.
—Miente.
—Pregunte por la operación Viuda.
El nombre produjo una reacción. Adrián conocía algo.
—Entrégueme los códigos.
—Suelte a Marina.
—Primero—
Marina golpeó el pie de Adrián con el tacón y giró el cuerpo. El disparo atravesó el techo.
Victoria respondió.
La bala alcanzó el hombro de Adrián. Marina cayó al suelo y rodó detrás de una silla.
Los agentes de Victoria redujeron a los últimos hombres armados.
Adrián intentó alcanzar el arma caída. Mi esposa llegó antes y apoyó la bota sobre su mano herida.
—No lo mate —dije.
—No pensaba hacerlo.
El primo de Victoria soltó una risa dolorosa.
—Mientes igual que Octavio.
Victoria inclinó el rostro.
—Octavio habría necesitado matarlo para conservar el control. Yo ya no conservo nada.
Retiró el arma y permitió que los agentes lo esposaran.
Corrí hacia Marina.
Ella estaba sentada junto a la pared, respirando con dificultad. Cuando intenté tocarla, retrocedió.
—¿Qué ocurre?
—No debería haberte llamado.
—Adrián tenía a papá.
—Me mostró videos. Dijo que lo mataría si no cooperaba.
—¿Qué le entregaste?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Los códigos de la oficina de Victoria. La ruta del invernadero. La posición de Mercedes.
—¿Fuiste tú quien abrió la casa?
—Pensé que podía ganar tiempo.
Victoria se acercó, pero se mantuvo a varios pasos.
—¿Salvatierra trabajaba con usted?
Marina negó.
—Él me encontró cuando escapé de Beatriz. Dijo que Camila lo había enviado. Después me llevó con Adrián.
—¿Por qué no avisaste?
—Tenían el video de papá.
—Podías utilizar la línea aislada.
—Lo hice. El mensaje del borrador era mío.
—También la transmisión.
—Sí.
La rabia y el alivio se mezclaron dentro de mí.
—¿Por qué estabas de pie junto a él sin ataduras?
Marina apretó las manos.
—Porque acepté un acuerdo.
El despacho se volvió demasiado silencioso.
—¿Qué acuerdo?
No respondió.
Victoria miró hacia el antiguo acceso del archivo.
—Adrián no necesitaba únicamente el puerto. Necesitaba una heredera Valdés que validara su reclamación.
Marina cerró los ojos.
—Me prometió que papá saldría vivo y que tú quedarías fuera.
—¿Fuera de qué?
—De la guerra.
—No existe una guerra donde entregarme a Victoria, Elena o Adrián me deje fuera.
—Lo sé ahora.
—¿Qué firmaste?
Marina sacó un documento doblado del interior de su chaqueta.
Era una declaración de filiación corregida, preparada para reconocerla legalmente como hija de Gabriel Valdés.
Debajo había un contrato matrimonial con Adrián.
—No lo firmé —dijo—. Solo acepté considerarlo.
Victoria tomó el documento.
—La ceremonia estaba preparada para esta noche.
—Adrián dijo que, si tú morías o renunciabas a los bienes, yo podía activar la autoridad conjunta con él.
—Entonces necesitaba que yo muriera.
—Dijo que te dejaría marchar.
—Y le creíste.
Marina empezó a llorar.
—Creí que podía salvar a papá.
La misma frase repetida por Beatriz, Isabela, mi madre y Victoria. Sacrificar una libertad para salvar una vida, hasta que ya nadie recordaba quién había elegido el precio.
El auricular de Victoria se activó.
La voz de Camila llegó débil.
—Encontramos al hombre. Está vivo. Necesitamos a Alma y un equipo médico en el invernadero.
El mundo se detuvo.
—¿Es él? —pregunté.
Hubo una pausa.