Capítulo 18 — Quema el mundo #2
—Era menor —dijo Camila—. Eso no demuestra que entendiera el acuerdo.
—Pero nunca me lo contó.
—Usted tampoco le contó que escaparía hacia la casa de su padre.
La comparación resultó incómoda porque era cierta. Las dos habíamos aprendido a esconder decisiones para conservar algo de control.
Victoria tomó la fotografía por los bordes.
—Adrián pudo prepararla durante años.
—Como Elena la preparó a usted —dije.
Su mano se tensó, pero no rechazó la relación.
—Regresaremos por la ruta de servicio del invernadero —decidió—. Si Gabriel está debajo, podremos alcanzarlo sin entrar primero al despacho.
—Adrián tendrá la zona vigilada.
—No conoce todos los conductos.
—Tampoco usted.
—Mercedes sí.
Camila intentó incorporarse.
—Necesitamos contactar con ella.
—La red está comprometida —respondió Ríos.
—No todas las redes —dije.
Saqué el teléfono aislado que Camila había configurado para comunicarse con Marina. La última transmisión había entrado por esa línea antes de que Adrián tomara el dispositivo.
Había un mensaje no enviado en borradores.
Solo contenía cuatro palabras.
“Las viudas miran abajo.”
—Marina lo dejó —dije.
Victoria observó la frase.
—La galería de retratos.
—Los retratos de las viudas están en el corredor principal —recordé—. Si miran abajo, puede referirse a una entrada bajo el suelo.
Camila negó.
—Hay sensores de presión debajo de cada marco. Mercedes los utilizaba para saber si alguien retiraba pinturas.
—¿Puede enviar una señal mediante ellos?
—Si conserva acceso al sistema antiguo.
Escribí una respuesta en el borrador sin enviarla.
“Regresamos por el invernadero.”
Después añadí:
“Si Mercedes puede leer, abra la ruta de Leonor.”
Camila me miró.
—¿Por qué Leonor?
—La Casa de la Primera Viuda pertenecía a ella. Si Isabela conectó sus refugios, quizá utilizó el mismo nombre para una salida del palacio.
Victoria tomó el teléfono.
—No envíe.
—No iba a hacerlo.
—El sistema puede sincronizar borradores cuando recupera señal.
—Entonces alguien dentro podría leerlo sin activar una comunicación externa.
Camila asintió. —Mercedes conocería ese método. Lo utilizábamos cuando las líneas eran vigiladas por Octavio.
Guardé el teléfono.
—Ahora debemos confiar en que sigue libre.
Victoria miró la salida de la capilla.
—Mercedes siempre encuentra una manera de permanecer cerca de la casa.
No lo dijo como una certeza absoluta. Lo dijo como una decisión de confiar sin prueba, algo que parecía costarle más que cualquier renuncia.
Subimos a los vehículos.
Camila ocupó una camilla improvisada en el centro del automóvil, con el arma sobre el pecho. Ríos conducía. Victoria y yo permanecíamos frente a ella.
Durante los primeros kilómetros, nadie habló. La carretera se retorcía entre montañas cubiertas por niebla, y la lluvia convertía el exterior en una superficie gris.
Volví a leer la carta de mi madre.
No naciste para salvar a Victoria.
La frase pesaba más que la cruz. Mi madre había previsto que alguien intentaría convertir el amor en una obligación heredada.
—No la salvaré —dije.
Victoria levantó la mirada.
—No se lo pedí.
—Su madre sí. Aunque utilizara otras palabras.
—Mi madre pidió que pudiera liberarme.
—Utilizando mi capacidad para irme como una lección para usted.
—Sí.
—Eso sigue siendo utilizarme.
—Sí.
No había defensa en sus respuestas. Solo cansancio y una aceptación que quizá no sobreviviría al siguiente miedo.
—¿Qué ocurrirá cuando encontremos a Marina y a mi padre? —pregunté.
—Recibirá los documentos de anulación, acceso completo a sus bienes y una salida protegida.
Camila abrió un ojo desde la camilla.
—Eso fue específico.
Victoria no la miró.
—Gabriel preparó una renuncia de emergencia. La encontré después de que Lucía apuntara a mi pecho.
—¿La firmó?
—Sí.
Mi respiración se detuvo.
—¿Cuándo pensaba decírmelo?
—Cuando pudiera entregarle una casa que no estuviera vigilada por mis enemigos.
—Otra vez decidió esperar.
La acusación salió cansada.
—Sí.
—¿Por qué no aprende?
Victoria mantuvo los ojos sobre los míos.
—Porque todavía temo que cada puerta abierta sea utilizada para matarla antes de que pueda cruzarla.
—Y mientras espera, vuelve a esconder la llave.
—Sí.
—Entréguemela ahora.
Sacó un sobre de la parte interior de la chaqueta.
No lo había preparado para un futuro distante. Lo llevaba consigo.
Tomé el documento. Contenía una solicitud de nulidad y divorcio firmada por Victoria, una renuncia a cualquier reclamación sobre mis bienes y una declaración sobre la ocultación del testamento.
Había admitido coacción, vigilancia y restricción de movimientos.
—Esto puede enviarla a prisión —dije.
—También el resto de mi vida.
—Podría destruirla legalmente con estas páginas.
—Sí.
—¿Confía en que no lo haré?
—No.
—Entonces, ¿por qué entregármelas?
—Porque no debe necesitar mi confianza para ser libre.
La respuesta abrió algo doloroso dentro de mí.
Guardé el sobre junto a la carta de mi madre.
—No significa que me marche hoy.
Victoria no reaccionó de inmediato.
—Lo sé.
—Tampoco significa que me quede.
—Lo sé.
—No vuelva a decidir cuál de las dos cosas será más segura para mí.
Su mandíbula se tensó.
—Intentaré no hacerlo.
—Todavía odio esa respuesta.
—Todavía es la única honesta.
Camila dejó escapar una respiración que parecía una risa agotada.
—Las dos necesitan dormir antes de convertir cada conversación en una cláusula.
—Usted necesita dejar de sangrar —respondió Victoria.
—Y, sin embargo, aquí estamos.
El vehículo abandonó la carretera principal antes de llegar a la propiedad. Tomamos una ruta entre árboles que terminaba detrás de los muros del palacio.
Desde la distancia, las torres parecían intactas. Algunas ventanas estaban iluminadas y no se veía humo ni señales visibles de lucha.
—Adrián quiere conservar la casa —dijo Victoria—. No bombardeará una propiedad que pretende heredar.
—Entonces utilizará al personal como rehenes —respondió Camila.
Ríos detuvo el vehículo junto a un canal de drenaje cubierto por vegetación.
—La ruta del invernadero está a trescientos metros.
Descendimos con ayuda de los agentes. Camila protestó cuando intentaron dejarla dentro, pero Victoria señaló una silla plegable con ruedas anchas encontrada en el equipo médico.
—No hará comentarios.
—Haré varios.
—Puede hacerlos mientras avanza.
La empujó personalmente por el terreno embarrado. Camila parecía ofendida, pero no rechazó la ayuda.
El antiguo invernadero apareció detrás de un muro interior, con cristales rotos y plantas secas extendiéndose sobre la estructura metálica.
Había dos guardias de Adrián cerca de la entrada principal.
Ríos y otro agente los redujeron sin disparos. Uno intentó alcanzar el auricular, pero Victoria colocó el arma bajo su mandíbula.
—¿Cuántos dentro?
El hombre apretó los labios.
Victoria no repitió. Desplazó ligeramente el cañón y miró hacia Ríos.
—Lleve al otro detrás del muro.
—Diecisiete —dijo el guardia—. Siete en la planta principal, cuatro en seguridad, tres en el despacho y el resto en los pasajes.
—¿Consejeros?
—Adrián, Barrenechea y Soto.
—¿Marina?
—En el despacho.
—¿El hombre del subsuelo?
El guardia dudó.
—No sé quién es. Lo trasladaron hace dos días desde una clínica.
—¿Está consciente?
—A veces.
—¿Beatriz llegó?
—No.
Victoria bajó el arma. Ríos lo inmovilizó y retiró su comunicador.
Dentro del invernadero, las plantas estaban muertas, pero alguien había limpiado una franja del suelo cerca de una fuente seca.
—La entrada debería estar debajo —dije.
Buscamos el símbolo de Leonor. No apareció en la piedra, las macetas ni los bordes metálicos.
Camila observó desde la silla.
—Las viudas miran abajo.
Levanté la vista.
Había estatuas pequeñas alrededor de la fuente, cada una representando a una mujer con el rostro inclinado hacia el agua.
Todas miraban el mismo punto.
Victoria retiró hojas secas y encontró una placa de hierro bajo el barro.
—Leonor —leyó.
La placa llevaba un relieve de una corona partida sin lirios.
Introduje la cruz, pero no encajó.
—No es la llave —dije.
Victoria examinó el mecanismo.
—Necesita presión simultánea en dos puntos.
Camila levantó la mano. Llevaba el anillo de seguridad otra vez.
—Isabela y Mercedes utilizaban sellos distintos. Pruebe con esto.
Victoria tomó el anillo y lo colocó en una ranura lateral. Yo presioné la corona con la base de la cruz.
El suelo se abrió.
Una escalera descendía bajo el invernadero, iluminada por una luz amarilla que parpadeaba lentamente.
—Mercedes sigue activa —dijo Camila—. El sistema antiguo no tendría energía sin ella.
Bajamos.
La ruta era más ancha que los pasajes anteriores y tenía rieles oxidados sobre el suelo, utilizados quizá para mover cajas o personas.
Las paredes conservaban marcas de fechas y nombres. Algunas pertenecían a mujeres. Otras eran números.
—Isabela sacaba gente por aquí —murmuré.
—Y Octavio la trasladaba en dirección contraria —respondió Victoria.
El mismo corredor había servido para fuga y cautiverio, dependiendo de quién sostuviera la llave.
A mitad del trayecto encontramos una cámara con monitores antiguos. Uno seguía encendido.
Mercedes apareció en la imagen.
Estaba dentro de una despensa, con sangre sobre la frente y un cuchillo en la mano.
—Sabía que encontrarían la ruta —dijo mediante el altavoz—. No sé cuánto tiempo conservaré el sistema.
—¿Dónde está Marina? —pregunté.
—Despacho principal. Adrián la tiene junto al acceso del archivo. También retiene a siete empleados y dos miembros de seguridad.
—¿Gabriel?
Mercedes cerró los ojos.
—Está debajo del invernadero, en la habitación de Octavio. Lo vi cuando lo trasladaron. No puedo confirmar su identidad.
—¿Puede abrir esa zona?
—Sí, pero activará una alarma en el despacho.
Victoria se volvió hacia mí.
—Primero Gabriel.
—Marina tiene un arma en la cabeza.
—Adrián no la matará mientras necesite la llave del puerto.
—Puede lastimarla para obligarme a ir.
—El hombre del subsuelo podría morir si espera.
La elección regresaba, esta vez dirigida hacia mí.
Mi padre o Marina.
El mismo método.
Siempre amenazar con convertir a una persona en la causa del sufrimiento de otra.