Capítulo 18 — Quema el mundo
La pantalla quedó negra, pero la voz de mi padre continuó dentro de mí, un sonido imposible que mi memoria reconocía aunque los años hubieran cambiado su rostro.
No regreses al palacio.
Era exactamente lo que Adrián esperaba que oyera.
Quería que dudara, que temiera convertir a Marina en otra persona sacrificada por una verdad familiar y que Victoria contemplara las ruinas de su imperio mientras calculaba cuánto valía entregarme.
Mi esposa permanecía frente a los vitrales rotos de la capilla, observando la lluvia que ocultaba el camino hacia el Palacio de las Viudas.
—No me entregará —dije.
Victoria no volvió el rostro.
—No.
La respuesta llegó sin vacilación. Aun así, su mano se había cerrado alrededor del anillo ensangrentado de Camila, y la cicatriz de la palma desaparecía bajo el metal.
—Adrián matará a Marina.
—Puede intentarlo.
—También tiene a mi padre.
—Si ese hombre es Gabriel.
La esperanza se dobló dentro de mi pecho.
—Sus ojos eran los suyos.
—Las imágenes pueden alterarse.
—Pronunció algo que mi padre habría dicho.
—Una persona con sus cartas, grabaciones y confesiones podría saber qué palabras utilizar.
—Siempre encuentra una manera de convertir cualquier verdad en una posibilidad.
Victoria me miró entonces. La lluvia y la sangre habían oscurecido su ropa, y el agotamiento dejaba su rostro más afilado.
—Porque demasiadas certezas han sido colocadas delante de usted para obligarla a caminar en una dirección determinada.
—¿Cree que es falso?
—Creo que Adrián no mostraría una pieza si no creyera que puede comprar algo con ella.
—Eso no responde.
—Creo que Gabriel podría estar vivo.
Mis rodillas se debilitaron. Apoyé una mano sobre el altar para no caer, sintiendo la piedra fría debajo de la palma vendada.
Victoria dio un paso hacia mí y se detuvo.
—¿Me permite acercarme?
La pregunta me atravesó en un momento donde no tenía fuerzas para celebrar que hubiera aprendido a formularla.
Asentí.
Sus manos rodearon mis brazos, cuidadosas con la herida. No me abrazó hasta que fui yo quien cerró los dedos sobre su chaqueta y apoyó la frente contra su pecho.
Su corazón latía demasiado rápido.
—Si está vivo, lo sacaré de allí —dijo.
—No lo prometa.
—No prometí encontrarlo vivo. Prometí sacarlo.
Me aparté.
—Eso no es mejor.
—Es lo único que puedo controlar.
Camila soltó una respiración dolorosa desde el banco donde Ríos atendía su pierna. La pérdida de sangre había palidecido su piel, pero sus ojos seguían atentos a cada entrada.
—Adrián no controla todo el palacio —dijo—. Mercedes conoce sectores que el consejo jamás consiguió ocupar. Los guardias leales pueden seguir dentro de los pasajes.
—Marina envió la transmisión desde mi despacho —respondió Victoria—. Significa que atravesaron el centro de seguridad.
—O que alguien les abrió.
—¿Mercedes?
—No.
La certeza de Camila fue inmediata.
—¿Quién entonces? —pregunté.
—Salvatierra.
Victoria giró hacia ella. —Desapareció antes de la cámara bajo la capilla.
—Su arma estaba cerca de la entrada este, pero no encontramos sangre. Pudo utilizar la ruta directa al palacio y entregar los códigos de emergencia.
—Dijo que llevaba doce años con usted —recordé.
—También dije que no existía relación conocida con Beatriz. Eso no significa que no pudiera comprarlo Adrián.
Ríos terminó de ajustar la férula improvisada sobre la pierna de Camila.
—Necesita un hospital.
—Necesito un vehículo y suficientes analgésicos para no desmayarme —respondió ella.
—Eso no es tratamiento.
—Hoy tendrá que bastar.
Victoria se acercó a su jefa.
—Regresará con la madre Eulalia y los heridos.
—No.
—No puede caminar.
—Puedo disparar sentada.
—Camila.
—Adrián controla sus cámaras, sus sistemas y probablemente parte del personal. Si entra sin mí, no sabrá qué protocolos ha modificado.
—Puede guiarnos desde aquí.
—Elena destruyó la comunicación en la casa, Beatriz tiene una copia del archivo y alguien acaba de tomar su despacho. No dirigiré una recuperación desde una capilla donde cualquier señal puede ser interceptada.
Victoria la observó con una furia que no nacía de la desobediencia. Nacía del miedo a volver a verla sangrar.
—No volveré a permitir que se entregue —dijo.
Camila sostuvo su mirada.
—Entonces permita que elija entrar.
La diferencia pareció detener a Victoria. Podía prohibir, ordenar y encerrar, pero hacerlo después de todo lo ocurrido habría confirmado que sus aprendizajes solo existían cuando no amenazaban sus afectos.
—Viajará en el vehículo central —concedió—. No baja hasta que aseguremos la entrada.
—No.
—No negociará cada respiración.
—Bajaré cuando sea útil. Usted decidirá si intenta impedírmelo mientras Adrián apunta a Marina.
Victoria cerró la mano sobre el anillo.
—Odio cuando habla como Lucía.
—Es contagioso.
La respuesta no consiguió hacer sonreír a nadie, pero redujo la tensión suficiente para que comenzáramos a movernos.
La madre Eulalia permaneció en la capilla con dos heridos y uno de los agentes. Beatriz había huido. Elena también. No podíamos perseguirlas mientras Marina seguía frente a un arma.
Antes de marcharnos, revisé la carta de Teresa escondida dentro de mi ropa. El papel estaba manchado por mi sangre, pero el sobre continuaba cerrado.
—Quiero leerla —dije.
Victoria observó la puerta.
—En el vehículo.
—Ahora.
—Adrián acaba de establecer un plazo que no conocemos.
—Precisamente. Si mi madre dejó una advertencia sobre el palacio o mi padre, necesitamos verla antes de entrar.
Camila apoyó la espalda contra el banco.
—Lucía tiene razón.
Abrí el sobre con cuidado. Dentro había seis páginas escritas con la letra inclinada de mi madre y una fotografía doblada.
La primera línea llevaba mi nombre completo.
“Lucía Inés, si lees esto, ya habrás descubierto que los adultos que te amaban confundieron demasiado tiempo el silencio con la protección.”
Tuve que detenerme. Las palabras parecían dirigidas a la mujer que era ahora, no a la niña que ella había dejado.
Continué.
“Isabela y yo creímos que podíamos utilizar los sistemas de nuestros maridos contra ellos. Movimos dinero, falsificamos identidades y sacamos personas de puertos donde nadie preguntaba por los nombres.”
“También permitimos que otras mujeres pagaran el precio de nuestras decisiones. Ana Beltrán fue una de ellas. Cuando Octavio la mató, Isabela utilizó el cuerpo para fingir su muerte. Yo la ayudé.”
El aire de la capilla se volvió más frío.
Victoria no apartó los ojos de la carta.
“Isabela nunca se perdonó. Elena nunca supo toda la verdad sobre su madre, solo que había muerto mientras otra mujer escapaba. Octavio alimentó esa herida hasta convertirla en un arma.”
“Gabriel descubrió que Octavio planeaba unir a las herederas mediante un matrimonio futuro para controlar ambos archivos. Al principio aceptó, creyendo que Lucía y Victoria juntas podrían destruir la red.”
“Después conoció a Victoria.”
Levanté la mirada hacia mi esposa.
—Mi padre la conoció antes de la noche de su muerte.
—Sí.
—No lo mencionó.
—Dije que había hablado con él antes.
—No dijo que evaluó si debía casarse conmigo.
Victoria no se defendió. —No sabía qué decidió.
Volví a la carta.
“Gabriel comprendió que Victoria era una joven herida, brillante y ya demasiado parecida a Octavio en aquello que más temía perder. Modificó el testamento para impedir que una Alarcón controlara a Lucía mediante el matrimonio.”
“Yo estuve de acuerdo. Isabela no.”
El rostro de Victoria se endureció.
“Isabela creía que su hija no se convertiría en Octavio si alguien era capaz de verla debajo del apellido. Se aferró a esa esperanza y convirtió a Lucía en una responsabilidad que nunca tuvo derecho a asignarle.”
Mi garganta se cerró. Victoria dio un paso atrás, como si la carta hubiera colocado una distancia física entre nosotras.
“Lucía, no naciste para salvar a Victoria. No le debes permanencia, ternura ni perdón. Si algún día la eliges, que sea después de aprender a marcharte.”
Victoria bajó la mirada.
Yo continué, aunque cada palabra parecía cortar algo.
“Gabriel sobrevivió a la casa. Octavio lo mantuvo vivo porque faltaba una parte de la lista. Beatriz aceptó custodiarlo a cambio de dinero, protección y la promesa de que Marina heredaría lo que quedara de los Valdés.”
Marina.
La hija que Beatriz había entrenado para recibir una fortuna robada también había crecido bajo la amenaza de perderla si alguna vez dejaba de obedecer.
“Lo trasladaron entre clínicas privadas y propiedades religiosas. La última ubicación que pude confirmar estaba dentro del Palacio de las Viudas.”
Victoria levantó el rostro.
—¿Dentro de mi casa?
La siguiente línea estaba marcada con tinta más oscura.
“Octavio construyó una habitación debajo del antiguo invernadero, fuera de los planos que entregó a Victoria. Solo puede abrirse desde el archivo del despacho mediante un código vinculado al puerto de Santa Lucía.”
—Adrián lo encontró —dijo Camila—. Por eso tomó el despacho y necesita la llave del puerto.
—Tiene a Gabriel debajo del palacio —murmuré.
—O tiene a un hombre preparado para representarlo —respondió Victoria, aunque su voz había perdido convicción.
La última página contenía una advertencia.
“Si Adrián Alarcón llega al poder, buscará el archivo y utilizará a Marina. Beatriz le prometió a Octavio que su hija sería la sustituta si Lucía se negaba a cumplir el matrimonio.”
—¿Sustituta? —pregunté.
Camila tomó la carta con mi permiso y leyó la frase.
—El testamento exigía una Valdés casada con una Alarcón para activar ciertas autoridades. Marina no es hija de Gabriel, pero Beatriz pudo falsificar su filiación.
—¿Quería casarla con Adrián? —preguntó Victoria.
La fotografía doblada cayó de la carta.
Mostraba a Marina con unos dieciséis años junto a Adrián Alarcón. Él era mucho mayor, pero tenía la mano sobre su hombro con una familiaridad que no pertenecía a un encuentro casual.
En el reverso, Beatriz había escrito:
“Segunda opción confirmada. La muchacha hará lo necesario si se le garantiza el lugar de Lucía.”
El frío penetró mis heridas.
—Marina lo conocía.