LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 17 — La primera viuda #7
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Capítulo 17 — La primera viuda #7

Cuando alcanzamos la escalera hacia la capilla, escuchamos motores afuera.

Ríos apareció en la entrada con el arma levantada.

—Elena se llevó uno de los vehículos —informó—. El segundo explotó al intentar seguirla.

—¿Muertos? —preguntó Victoria.

—Dos heridos. Ninguno muerto.

La madre Eulalia estaba sentada junto al altar, con las manos atadas. Alguien la había reducido durante el apagón, pero seguía consciente.

Beatriz había desaparecido.

—Salió por el bosque —dijo la religiosa—. Elena le dio una llave y una ruta.

—Otra vez huyó —murmuré.

—No sola —añadió Ríos—. Las cámaras exteriores muestran que se llevó una caja recuperada de la casa.

—¿Cuál? —pregunté.

La madre Eulalia miró hacia el suelo.

—La caja con la copia completa del archivo de Teresa.

El frío de la capilla atravesó la ropa húmeda y el olor metálico de la sangre se quedó pegado a mi garganta.

La caja abierta por la cruz había conservado los originales, pero Beatriz acababa de huir con una copia preparada por Elena.

—¿Qué contenía? —preguntó Victoria.

—Pruebas contra Octavio, Elena, Beatriz y miembros del consejo —respondió la religiosa—. También una carta que Teresa escribió para Lucía después de descubrir cómo murió su padre.

Mi mano buscó la carta escondida dentro de la ropa.

Seguía allí.

—Tengo una.

—No esa —dijo la madre Eulalia—. La última.

—¿Qué decía?

—Nunca la leí completa.

—Pero sabe suficiente.

La mujer cerró los ojos.

—Teresa escribió que Isabela no fue la única persona que sobrevivió a una muerte falsa. Gabriel Valdés también salió vivo de esta casa.

La respiración se me detuvo.

Victoria volvió hacia ella.

—Lo vimos morir.

—Vieron morir a un hombre herido al que Octavio había obligado a utilizar el nombre de Gabriel durante meses.

—Elena dijo lo contrario —murmuré.

—Elena necesitaba que creyera que la grabación anterior pertenecía al verdadero padre y la muerte posterior al impostor. Teresa descubrió que fue al revés.

El suelo pareció desaparecer debajo de mis pies.

—¿Mi padre está vivo?

—Lo estaba cuando Teresa escribió la carta, hace seis años.

—¿Dónde?

La madre Eulalia miró hacia el camino por donde Elena había escapado.

—Beatriz era la única que conocía el lugar. Por eso Elena la dejó salir con el archivo.

Las sombras del amanecer todavía no atravesaban los vitrales. El frío permanecía sobre la piedra y el olor a sangre se mezclaba con humo procedente del vehículo destruido.

Victoria se acercó sin tocarme.

—La encontraremos.

—No lo prometa.

—No lo haré.

—Mi padre pudo estar vivo mientras yo tomaba votos, mientras Beatriz administraba mis bienes y mientras usted investigaba su muerte.

—Sí.

—Alguien lo mantuvo escondido.

—Sí.

La rabia y la esperanza se mezclaron hasta volverse indistinguibles. Una parte de mí quería correr detrás de Beatriz. Otra temía que todo fuera otra mentira diseñada para abrirme mediante un nombre.

Mi teléfono vibró.

La línea aislada mostró una transmisión en directo enviada desde el dispositivo de Marina.

Ella estaba dentro del despacho de Victoria en el palacio, rodeada por hombres armados que no pertenecían a nuestra seguridad.

Un consejero mayor sostenía un arma contra su cabeza.

Detrás, las pantallas mostraban las transferencias y renuncias firmadas por Victoria.

—El palacio cayó —dijo el hombre—. El consejo ha aceptado su renuncia, pero conserva una última garantía.

Marina intentó hablar, aunque el cañón presionó su mandíbula.

—¿Quién es? —pregunté.

Victoria reconoció al hombre.

—Adrián Alarcón. Mi primo.

El heredero que habría recibido el imperio si nuestro matrimonio no cumplía la cláusula.

Adrián miró directamente hacia la cámara.

—Regrese sin armas, Victoria. Entregue a Lucía y la llave del puerto. A cambio, Marina vivirá y le mostraré dónde Beatriz ha conservado al verdadero Gabriel Valdés.

La transmisión cambió.

Durante unos segundos mostró una habitación estrecha, una cama y un hombre de cabello gris sentado de espaldas.

Al escuchar mi nombre, volvió lentamente el rostro.

Era mayor, más delgado y tenía una cicatriz que no recordaba.

Pero sus ojos eran los de mi padre.

—Lucía —dijo hacia la cámara—. No regreses al palacio. Todo lo que está ocurriendo empezó porque Isabela y yo creímos que nuestras hijas podían corregir el mundo que nosotros no tuvimos valor para destruir.

La imagen se cortó antes de que pudiera acercarse.

Victoria miró las torres lejanas del Palacio de las Viudas, ocultas detrás de montañas y lluvia.

Había destruido su imperio para abrir mis puertas, pero su familia ya utilizaba las ruinas para cerrar otra alrededor de Marina y de un hombre que podía ser mi padre.

Apreté la carta de Teresa contra mi pecho, sintiendo la sangre del brazo humedecer la manga y el metal de la cruz ausente como un peso que todavía llevaba.

Elena había escapado. Beatriz conservaba la copia del archivo. Adrián controlaba el palacio. Camila apenas podía sostenerse y Marina volvía a ser una rehén.

El peor descubrimiento no era que nuestros enemigos hubieran previsto cada sacrificio.

Era comprender que, después de entregar todo lo que tenía, Victoria todavía poseía una última cosa capaz de comprar nuestras vidas.

A mí.