LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 17 — La primera viuda #6
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Capítulo 17 — La primera viuda #6

El arma volvió a elevarse.

—Le quedan cuatro minutos.

—Victoria no firmará.

—Firmará cuando vea sangre.

Elena disparó hacia mi brazo.

Intenté apartarme, pero la bala rozó la parte exterior y abrió una línea ardiente desde el hombro hasta el codo.

El impacto me hizo caer contra la caja.

La sangre comenzó a descender por la manga.

En la pantalla, Victoria se lanzó contra la puerta de su sala al verme caer.

—¡Lucía!

Elena activó el audio.

—Tres minutos —dijo—. Firme o la próxima bala atravesará el centro.

Victoria golpeó el panel.

—Envíe los documentos.

—Ya los tiene.

—Detenga la hemorragia.

—Es superficial.

—Tóquela otra vez y—

—¿Qué hará? ¿Destruirá el imperio dos veces?

Camila sujetó a Victoria por el brazo antes de que intentara romper la pantalla.

—Míreme —dijo—. Lucía encontró algo.

Levanté el certificado frente a la cámara.

—Elena es hija de Ana Beltrán.

Camila comprendió inmediatamente.

Victoria dejó de forcejear.

Elena apagó la pantalla de mi sala.

—No debía verlo.

—Por eso necesitaba abrir antes de destruir el archivo.

—Mi madre no forma parte de su historia.

—Murió para crear la falsa muerte que controló toda la vida de Victoria.

—Isabela dejó que ocurriera.

—Y Teresa guardó la prueba porque sabía que todas fueron utilizadas.

Elena me sujetó por el cabello y me levantó. El dolor del brazo se mezcló con el tirón en el cuero cabelludo.

—No convierta a mi madre en una lección.

—Usted convirtió a la mía en una prisionera.

Su mano se tensó.

—Teresa eligió a Isabela.

—Intentó detenerla.

—Demasiado tarde.

—Igual que usted.

El golpe llegó contra mi mejilla. Mi boca chocó con los dientes y el sabor de la sangre llenó la lengua.

Elena me soltó y caminó hasta las pantallas.

—Victoria —dijo al activar la comunicación—. El tiempo terminó.

Mi esposa permanecía frente a los documentos digitales. Camila estaba junto a ella, pálida por la pérdida de sangre pero consciente.

—Libere a Lucía —respondió Victoria.

—Primero firme.

—Quiero verla de pie.

Elena me apuntó.

Me levanté, sosteniendo el brazo herido contra el cuerpo.

Victoria miró la sangre sobre mi manga y perdió color.

—Estoy bien —dije.

—No.

—Es superficial.

—No vuelva a decirme que está bien cuando está sangrando.

—Entonces no me obligue a decir que su imperio importa menos que mi cuerpo.

Su respiración se volvió más rápida.

—No importa menos.

—A mí sí me importa lo que ocurrirá si lo entrega a Elena.

—No se lo entregaré. Lo destruiré.

Camila se acercó a la pantalla.

—Victoria activó un protocolo para liberar archivos de Octavio y quemar las redes criminales antes de que Elena pueda tomarlas. No recibirá el imperio.

Elena miró los documentos.

—Pero tampoco lo conservará.

—No —respondió Victoria.

—Todo lo que construyó desaparecerá.

—Sí.

—Sus aliados la cazarán.

—Sí.

—¿Por Lucía?

Mi esposa mantuvo los ojos sobre mí.

—Por la decisión que debí permitirle desde el principio.

—¿Cuál?

Victoria colocó la mano sobre el sistema de confirmación.

—Marcharse de mí con todas las puertas abiertas.

Elena perdió la sonrisa.

—No servirá. Ella se irá.

—Lo sé.

—La odiará.

—Ya tiene razones.

—Se casó con usted por coacción.

—Sí.

—Y aun así destruirá todo.

—No para que se quede.

La voz de Victoria se volvió más baja.

—Para que, cuando salga, nadie pueda volver a utilizar mi poder como otra cerradura alrededor de su cuello.

Presionó la confirmación.

Las pantallas mostraron transferencias, publicaciones y cierres simultáneos. Nombres del consejo comenzaron a aparecer en servidores externos. Cuentas desaparecieron. Rutas fueron entregadas a autoridades y empresas legales.

El imperio Alarcón no cayó con una explosión.

Se deshizo mediante códigos, firmas y secretos enviados a personas que llevaban décadas esperando pruebas.

Elena observó la destrucción con una incredulidad que pronto se transformó en furia.

—Acaba de quedarse sin nada.

—Todavía tengo doce minutos —respondió Victoria—. Y usted sigue dentro de una propiedad cuyas salidas Camila diseñó para cerrarse.

Camila levantó el anillo de seguridad frente a un sensor.

Las luces rojas comenzaron a parpadear.

—El archivo era la puerta —dijo—. También era el sistema de cierre.

Elena giró hacia la pared.

La entrada de mi cámara empezó a cerrarse.

Corrió hacia mí y me sujetó por el cuello, arrastrándome fuera antes de que la piedra sellara la caja de Teresa.

El certificado y la carta quedaron dentro de mi ropa.

—Abra nuestra puerta —ordenó a Camila.

—Suelte a Lucía.

—No.

—Entonces permaneceremos encerradas todas.

—Usted sangrará primero.

—Probablemente.

Camila se sentó contra la pared, agotada pero firme.

Elena apretó el brazo alrededor de mi cuello. El cañón del arma se apoyó bajo mis costillas.

—Victoria, detenga el cierre.

—No puedo.

—Miente.

—Destruí la autoridad central. El sistema responde a Camila y Lucía.

Elena bajó la mirada hacia mí.

—¿Qué código tiene?

—Ninguno.

—La cruz.

La había dejado dentro de la cámara antes de que la pared se cerrara.

Su respiración perdió ritmo.

—Ábrala.

—No puedo desde aquí.

—Entonces la romperemos.

—La piedra resistió a Octavio durante años.

Elena me empujó hacia la salida principal. La puerta permanecía abierta, pero luces rojas marcaban el corredor.

—Caminaremos hasta la superficie.

—El cierre bloqueará cada tramo —advirtió Camila.

—Entonces Victoria decidirá si abre cuando tenga a Lucía delante.

La transmisión cambió. Victoria aparecía ahora junto a la puerta de su cámara, que empezaba a elevarse lentamente.

—Voy hacia usted —dijo.

—Sola —ordenó Elena.

—Camila viene.

—Entonces dispararé.

—No.

Camila apoyó una mano sobre la pared para levantarse.

—No puede caminar.

—Puedo arrastrarme con más dignidad de la que Elena conserva.

Victoria la ayudó, pero su mirada no abandonó mi rostro.

Elena me condujo por el corredor. Cada diez metros, una compuerta descendía y Camila utilizaba el sistema para abrirla parcialmente.

Avanzábamos dentro de una casa que se cerraba alrededor de todas.

El olor metálico de mi sangre se mezclaba con el aire frío de los túneles. Las sombras se movían bajo las luces rojas, deformando nuestros cuerpos contra la piedra.

Llegamos a una intersección.

Victoria y Camila aparecieron al otro lado, separadas por una puerta de barrotes.

Mi esposa estaba cubierta de polvo, sangre y heridas abiertas. No llevaba arma visible.

—Suéltela —dijo.

—Arrodíllate.

Victoria no se movió.

Elena presionó el arma contra mi costado.

—No lo haga —dije.

Mi esposa bajó lentamente hasta apoyar una rodilla sobre la piedra.

El gesto me dolió de una forma que no esperaba. Victoria se arrodillaba ante nadie, no porque temiera morir, sino porque la bala estaba dirigida hacia mí.

—La otra —ordenó Elena.

Victoria apoyó ambas rodillas.

Camila permaneció de pie a su lado, sujetándose contra la pared.

—Ahora entiende a su madre —dijo Elena—. El poder siempre termina arrodillado cuando alguien encuentra a la persona correcta.

Victoria levantó el rostro.

—Mi madre permitió que Ana muriera.

—Sí.

—Después permitió que usted creciera creyendo que Victoria había recibido la vida que le correspondía.

Elena apretó el arma.

—No pronuncie mi nombre como si comprendiera algo.

—Comprendo que hizo conmigo lo que creyó que Isabela hizo con su madre. Me mantuvo viva el tiempo suficiente para utilizarme.

—Te enseñé a gobernar.

—Me enseñó a confundir necesidad con amor.

—Y ella le enseñará algo distinto hasta que se marche.

—Eso espero.

La respuesta desconcertó incluso a Elena.

Victoria continuó arrodillada, pero su voz no perdió firmeza.

—Espero que Lucía me enseñe qué se siente cuando alguien puede marcharse y aun así decide durante cuánto tiempo desea estar cerca.

—No se quedará.

—No lo sé.

—Entonces destruyó todo por una posibilidad.

—No. Destruí lo que utilizaba para impedir que tuviera alternativas.

Elena miró hacia mí.

—¿Escucha lo hermosa que vuelve su jaula cuando cree haber perdido la llave?

—Sí —respondí—. También escucho que usted necesita que siga siendo la misma mujer para justificar once años de crueldad.

Su brazo se tensó.

—No sabe lo que me quitaron.

—Sé que decidió quitárselo a otras.

Elena giró el arma hacia mi abdomen.

Victoria se movió.

Camila activó algo en el anillo.

Las luces se apagaron.

El disparo explotó dentro de la oscuridad.

Sentí un impacto, pero no dolor inmediato. El brazo de Elena desapareció de mi cuello y un cuerpo chocó contra la pared.

Victoria me encontró antes de que recuperara la visión. Sus manos recorrieron mi torso, buscando sangre.

—¿Dónde?

—No sé.

—Lucía, ¿dónde le dio?

—No siento nada.

Las luces rojas volvieron.

La bala había golpeado la hebilla metálica del chaleco bajo mi ropa y desviado hacia la pared. El impacto había dejado una marca oscura, pero no había penetrado.

Elena ya no estaba en la intersección.

Una compuerta lateral permanecía abierta.

Camila se apoyó contra la pared, sosteniendo el anillo sobre el sensor.

—Se fue hacia la superficie —dijo—. Tiene una ruta directa al patio norte.

Victoria se puso de pie.

—Ríos la interceptará.

—No tenemos comunicación con él.

—Entonces iré.

La sujeté de la muñeca.

—Camila no puede caminar.

Mi esposa miró hacia el pasaje por donde Elena había escapado y después hacia su jefa.

La elección regresaba.

Camila soltó una respiración cansada.

—Vaya. Lucía puede quedarse conmigo.

—No —respondió Victoria.

—Elena escapará.

—Que escape.

Camila la miró con incredulidad.

—¿Después de todo esto?

—Después de todo esto, no volveré a elegir una persecución mientras alguna de ustedes sangra delante de mí.

La frase no fue heroica. Elena seguía libre, armada y capaz de reconstruir alianzas.

Pero Victoria permaneció.

Se arrodilló junto a Camila y revisó la herida de su muslo.

Yo presioné una gasa sobre mi brazo. El corte ardía, aunque la sangre empezaba a disminuir.

—Debemos salir —dije—. El sistema continúa cerrándose.

Camila indicó una ruta de evacuación. Victoria la levantó por debajo de los brazos, y yo sostuve la pierna herida para reducir el movimiento.

Avanzamos lentamente entre compuertas, cables y luces rojas.