Capítulo 17 — La primera viuda #5
—No necesito otra heredera.
—Necesitará a alguien capaz de recordar que no nació monstruo.
Victoria apartó la mirada.
—No la conoce.
—La conozco suficiente para saber que no debe pertenecerle.
Mi padre empezó a toser. La sangre apareció en su boca.
—Sáquela del convento cuando llegue el momento. Pero entréguele el testamento. Déjela elegir.
La Victoria de la grabación no respondió.
Solo sostuvo la herida mientras él moría.
Mis ojos ardían, pero me negué a llorar delante de Elena.
—Ya sabía que debía entregarme el testamento.
—Sí.
—Lo prometió.
—No con palabras.
—Sabía lo que mi padre quería.
—Y eligió lo que ella quería.
Elena se acercó hasta quedar frente a mí.
—Eso es Victoria sin mis mentiras, sin Octavio y sin su madre. Una mujer que escucha la última voluntad de un moribundo y decide que su miedo vale más.
—No necesito que me enseñe quién es.
—Todavía la defiende.
—No.
—La besó.
—Eso no la absolvió.
—Pero empezó a quererla.
No respondí.
Elena apoyó una mano sobre el respaldo de mi silla.
—Yo también la quise.
—Quiso poseer la parte que podía controlar.
—¿Y usted cree que será distinta?
—Sí.
La respuesta salió antes de que pudiera medirla.
Elena inclinó el rostro.
—Qué seguridad tan hermosa.
—Puedo quererla y marcharme.
—Todavía no lo ha hecho.
—Porque usted continúa secuestrando personas.
—Siempre existe una razón externa cuando alguien decide quedarse con un monstruo.
—No me quedaré porque la necesite para sobrevivir.
—Entonces demuéstrelo.
Liberó una de mis muñecas.
La sangre regresó a los dedos con un dolor ardiente.
—Abra el archivo de Teresa. Tome sus documentos, recupere cada cuenta, descubra la salida secreta y váyase. Le daré un vehículo.
—No confiaré en ninguna salida preparada por usted.
—Puede elegir la ruta después.
—¿Y Victoria?
—La verá tomar su decisión.
Elena activó otra pantalla.
Victoria aparecía dentro de la cámara inferior junto a Camila. Habían detenido la hemorragia de su pierna con una venda improvisada.
Mi esposa golpeaba un panel metálico, intentando abrirlo. Tenía sangre sobre las manos y el rostro.
Un altavoz se encendió en su habitación.
—Victoria —dijo Elena—. Lucía está conmigo.
Ella levantó la cabeza.
—Muéstrela.
La cámara de mi sala se activó. La pantalla frente a Victoria mostró mi cuerpo atado.
Su expresión cambió de una forma que me produjo más miedo que alivio.
—Suéltela.
—Todavía no.
—¿Qué quiere?
—Todo lo que conserva fuera de las cuentas transferidas. Las claves del archivo negro, los nombres de sus aliados ocultos, las rutas que no entregó y su renuncia pública al consejo.
—Aceptado.
Camila se volvió hacia ella.
—No.
Victoria no apartó los ojos de mi imagen.
—Envíe las condiciones.
—Ya están en la pantalla.
Documentos aparecieron frente a ella. Renuncia al liderazgo, transferencia de propiedades, exposición de alianzas y códigos capaces de desmantelar la parte criminal que todavía conservaba.
—No puede firmar eso —dijo Camila—. Elena tomará los puertos ilegales antes de que Lucía salga.
—Entonces los quemaré primero.
—Miles de personas dependen de esas rutas.
—También pueden utilizarse para capturarla otra vez.
—Victoria.
—No voy a negociar su vida.
Me incliné hacia la cámara.
—No firme.
Mi voz llegó hasta su sala.
Victoria se acercó a la pantalla.
—¿Está herida?
—No.
—¿La tocó?
—No como quiere decir.
—Lucía.
—Escúcheme. Elena necesita que destruya todo antes de abrir el archivo de mi madre. No lo haga.
—La sacará de ahí cuando termine.
—Miente.
—Lo sé.
—Entonces no entregue nada.
La mano de Victoria se apoyó sobre la pantalla, alineada con mi rostro.
—Prefiero perderlo todo y encontrar otra forma de matarla después.
—No decida por mí.
—No decidiré que permanezca atada para proteger un imperio.
—Camila también está allí.
—Camila entiende.
Su jefa se puso de pie con dificultad.
—Entiendo que está a punto de entregar a Elena exactamente lo que quiere.
Victoria no la miró.
—También entiende que haría lo mismo por usted.
—Eso no lo vuelve correcto.
—No.
El reconocimiento no cambió su decisión.
Elena colocó delante de mí un pequeño reproductor conectado al sistema.
—Observe —dijo—. Esta es la parte donde el amor de Victoria parece una salvación porque destruye todo lo que podría competir con usted.
—No es amor si me obliga a cargar con las consecuencias.
—Dígaselo.
Miré hacia la cámara.
—Victoria, no quiero que queme su mundo por mí.
—No es una decisión que deba soportar.
—Exactamente. Es su decisión, pero me convertirá en la razón.
—Usted no es la razón. Elena lo es.
—No podrá recordar la diferencia cuando todo caiga.
Su rostro quedó inmóvil.
Había encontrado el miedo exacto: no perder el poder, sino que yo la mirara después y viera únicamente otra forma de culpa.
—Entrégueme una alternativa —pidió.
No ordenó. No amenazó.
Pidió.
Cerré los ojos durante un segundo y pensé en Camila, Marina, el puerto, el archivo de Teresa y la cruz sobre la mesa.
—Déjela creer que aceptará —dije—. Necesito tiempo para abrir la cámara.
Elena sonrió detrás de mí.
—Finalmente.
—¿Qué hará? —preguntó Victoria.
—Lo que Camila me enseñó. Buscar la salida que nadie quiso mostrarme.
Mi esposa sostuvo mi mirada a través de las pantallas.
—Diez minutos.
—Quince.
—Doce.
—Aceptado.
Elena cortó el audio entre las salas.
—Siempre negocian como si el tiempo les perteneciera.
Colocó la cruz de nácar dentro de mi mano liberada y desató la otra muñeca.
—La cámara de Teresa está detrás de esa pared. Abra y podrá elegir qué hacer con la verdad.
—¿Dónde está la cerradura?
—Encuéntrela.
—Dijo que quería saber qué contiene.
—Quiero ver si su madre la preparó mejor de lo que Isabela preparó a Victoria.
Me levanté. Las piernas temblaron después de tanto tiempo inmóviles, pero conseguí mantenerme de pie.
La sala tenía cuatro paredes de piedra, una mesa, la silla y varias pantallas. No había una puerta visible aparte de aquella por la que Elena había entrado.
Observé las uniones, el suelo y las marcas de humedad.
Mi madre había trabajado con archivos, cuentas y objetos religiosos. También me había enseñado a encontrar compartimentos en muebles antiguos sin dañarlos.
“El valor no está en lo que permanece perfecto.”
La cruz ya estaba rota.
No debía utilizarse cerrada.
Separé la base con las uñas. Un pequeño cilindro salió del interior, acompañado por una tira de papel enrollada.
Elena avanzó.
—Entréguemela.
Cerré la mano.
—Dijo que yo abría.
—No abuse de mi paciencia.
—Sin mí no sabrá dónde usarla.
Desenrollé el papel. Había una oración escrita por mi madre, pero algunas palabras estaban subrayadas.
Primera. Viuda. Mira. Debajo.
Miré la silla donde había estado atada.
El nombre de la casa no era únicamente una referencia histórica.
Incliné la silla. Debajo del asiento había un relieve con la forma de un lirio.
Introduje el cilindro.
El suelo vibró.
Una sección de la pared se abrió, revelando una cámara pequeña iluminada por una lámpara automática.
No había montañas de documentos.
Solo una caja negra, una grabadora y un retrato de dos mujeres.
Teresa e Isabela aparecían juntas en el jardín del palacio, sosteniendo a dos niñas.
Victoria tendría unos meses.
Yo todavía no había nacido.
Detrás de ellas, una mujer desconocida observaba hacia otro punto de la casa. Llevaba el uniforme del personal y sostenía una carpeta.
—Ana Beltrán —dijo Elena.
La mujer cuyo cuerpo había sido utilizado en la explosión.
Sobre la caja había una frase escrita por mi madre:
“Las primeras viudas no fueron las mujeres que sobrevivieron a sus maridos. Fueron aquellas a quienes los hombres obligaron a sobrevivir a otras mujeres.”
Toqué el cierre.
—No lo abra todavía —ordenó Elena.
La miré.
Había perdido su serenidad. El nombre de Ana y la fotografía habían provocado algo que no esperaba.
—¿La conocía? —pregunté.
—Abra despacio.
—¿Quién era para usted?
—Una empleada.
—Miente.
—Lucía.
—La mujer que dice controlar cada verdad tiene miedo de un cadáver.
Elena levantó el arma.
—Abra la caja.
El miedo regresó a mi cuerpo, pero no aparté la mano.
Introduje el cilindro en la cerradura y giré.
La tapa se abrió.
Dentro había carpetas, cintas y una carta dirigida a mí. Encima descansaba un certificado de nacimiento.
El nombre de la madre era Ana Beltrán.
El nombre de la niña era Elena Beltrán.
Levanté la mirada.
Elena permanecía inmóvil, con el arma apuntando hacia mí y el rostro completamente vacío.
—Ana era su madre.
—Cierre la caja.
—Octavio mató a su madre y utilizó el cuerpo para fingir la muerte de Isabela.
—Cierre.
—Usted pasó años castigando a Victoria por haber sido la hija que Isabela intentó salvar.
Elena disparó.
La bala golpeó la piedra junto a mi mano. Fragmentos cortaron mi piel y me obligaron a retroceder.
—No vuelva a pronunciar su nombre.
—¿Isabela sabía quién era usted?
—Me crió la familia Montenegro.
—No fue lo que pregunté.
—Cierre la caja.
El arma tembló ligeramente. Era la primera vez que veía perder control físico a Elena.
Tomé el certificado y la carta.
—Ana fue la primera viuda —dije—. Sobrevivió a un hombre que la utilizó hasta que Isabela aceptó utilizar su muerte.
—Isabela prometió sacarla.
—¿Y no llegó?
—Eligió a Victoria.
El odio de Elena no había empezado con un plan político ni con el deseo de controlar una heredera. Había nacido de una niña convencida de que Isabela podía salvar a su madre y prefirió salvar a la propia hija.
—Por eso organizó el secuestro.
—Quería que Victoria comprendiera lo que era esperar una puerta que alguien podía abrir.
—Y se convirtió en la persona que decidió mantenerla cerrada.
—No debía durar dos días.
—Pero lo permitió.
—Porque Isabela seguía negándose a entregar la lista.
—Castigó a Victoria por la elección de su madre.
—Victoria heredó todo lo que mi madre perdió.
—También heredó el hombre que la destruyó.
Elena bajó el arma apenas unos centímetros.
—No la defienda.
—No la defiendo. Estoy diciendo que ambas fueron niñas utilizadas por las mismas personas.
—Yo no tuve un palacio.
—Tuvo otra familia rica, un matrimonio político y poder suficiente para torturarla durante once años.