Capítulo 17 — La primera viuda #4
Victoria no preguntó por qué. Levantó una mano hacia el teléfono.
Elena hizo una señal.
El hombre golpeó a Camila en la herida. La silla se inclinó y la sangre atravesó el vendaje.
—Continúe —ordenó Elena.
Mostré el mensaje a Victoria.
Sus ojos recorrieron la pantalla.
—El puerto —murmuró.
—¿Qué ocurre? —preguntó Elena.
—Nada.
—No mientas ahora. Estabas tan cerca de demostrar que puedes amar algo más que tu poder.
—Usted quiere el puerto sin vigilancia.
La expresión de Elena cambió.
—Quiero la cámara.
—Quiere ambas cosas.
Victoria canceló una de las órdenes. Después habló mediante la línea segura.
—Plan viuda. Ejecución inmediata.
Elena levantó el arma hacia mí.
—¿Qué hizo?
—Separé el puerto del imperio.
—No puede hacerlo sin la firma de Lucía.
Victoria me entregó el teléfono.
En la pantalla aparecía un documento de transferencia. La Fundación Valdés recibiría control temporal de las operaciones legales, y un equipo independiente bloquearía cualquier movimiento criminal.
—Debe decidir —dijo Victoria.
Elena dio un paso hacia nosotras.
—No firme.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque destruirá miles de empleos y entregará el puerto a hombres peores.
—Eso no le preocupaba cuando organizó ataques.
—Necesita el sistema de Victoria para mantener el orden.
—Necesitaba que yo siguiera creyendo eso —respondió ella—. Firme, Lucía.
No había tiempo para revisar cada cláusula. También sabía que firmar bajo aquella amenaza podía volver el documento anulable.
Aun así, Victoria me estaba entregando el control que había intentado obtener mediante nuestro matrimonio.
—¿Renuncia a toda autoridad? —pregunté.
—Sí.
—¿Incluso después de salir?
—Sí.
—¿Puede recuperarla sin mi firma?
—No.
Elena apuntó hacia mi pecho.
—Si firma, Camila muere.
Camila levantó el rostro.
—Firme.
Toqué la pantalla.
Mi firma apareció debajo de la de Victoria.
El sistema confirmó la transferencia.
En distintas pantallas de la sala, las cuentas del imperio comenzaron a cerrarse. Puertos, compañías y rutas cambiaron de administración mientras servidores copiaban documentos hacia destinos externos.
Elena perdió completamente la sonrisa.
—¿Qué hizo?
—Lo que quería —respondió Victoria—. Elegí personas.
—No. Convertiste tu poder en otra cosa para conservarlo.
—Tal vez. Pero ya no puede utilizarlo para obligarme a entregarle a Lucía.
Elena levantó el arma.
Camila golpeó el suelo con ambos pies. La base de su silla cedió y una compuerta se abrió debajo.
Cayó junto con el hombre que la vigilaba.
El disparo atravesó el techo.
Ríos respondió. La bala alcanzó al segundo atacante en el hombro.
Victoria me cubrió y disparó hacia Elena, pero ella se lanzó detrás de la estructura de cristal.
Las luces se apagaron.
El corredor se llenó de disparos, gritos y fragmentos de vidrio. Me arrodillé junto a la pared mientras Victoria mantenía el cuerpo delante del mío.
—La salida bajo la silla —dije.
—Camila cayó por ella.
—Debemos seguirla.
—Elena también puede utilizarla.
Ríos avanzó bajo cobertura. Encontró al primer hombre muerto junto a la compuerta y al segundo herido detrás de una mesa.
Elena había desaparecido.
Otra vez.
—Camila —llamé.
Una respuesta débil llegó desde abajo.
—Viva.
Victoria llegó hasta la abertura y se arrodilló. Había una escalera metálica rota y una caída de cuatro metros.
Camila permanecía sobre una plataforma inferior, con la pierna herida doblada bajo el cuerpo.
—No baje sola —advirtió.
—Cállese —respondió Victoria.
—Eso sonó mejor en su cabeza.
La réplica confirmó que todavía podía hablar.
Ríos preparó una cuerda. Victoria descendió primero, ignorando las heridas del costado y del hombro.
La observé llegar hasta Camila y colocar una mano detrás de su cuello.
No había cámaras enfocándolas. No había consejo ni personal.
Aun así, Victoria no escondió el alivio.
Apoyó la frente contra la de Camila durante un segundo antes de revisar su pierna.
—Le dije que regresara.
—Intenté hacerlo.
—No fue suficiente.
—Es lo único honesto.
Victoria soltó una respiración que pudo haber sido una risa rota o un sonido de dolor.
Elena habló desde algún punto del sistema.
—Qué conmovedor. La reina ha encontrado una familia justo cuando acaba de perder el reino.
Las luces de la plataforma inferior se encendieron.
Una puerta se cerró detrás de Victoria y Camila, aislándolas del resto.
—¡Victoria! —grité.
Ella levantó la mirada.
Otra compuerta cayó entre Ríos y yo. Los agentes intentaron sostenerla, pero el metal descendió con demasiada fuerza.
Beatriz retrocedió hacia el corredor.
La madre Eulalia no estaba con nosotras. Se había quedado arriba.
Entonces comprendí que Beatriz tampoco debía haber llegado tan lejos sin ayuda.
—¿Qué hizo? —pregunté.
Su rostro se había vuelto blanco.
—No tenía elección.
Un brazo apareció detrás de mí.
Intenté girar, pero una tela húmeda cubrió mi boca y nariz. Un olor químico llenó mis pulmones.
Golpeé hacia atrás. Mis dedos encontraron un rostro, luego una chaqueta.
Ríos disparó, pero otra persona lo atacó desde el corredor lateral.
La visión comenzó a oscurecerse.
Victoria golpeaba la puerta de metal desde la plataforma inferior. Podía verla a través de una pequeña ventana, con las manos ensangrentadas y el rostro transformado por el pánico.
—¡Lucía!
Intenté responder, pero el aire no llegaba.
Beatriz observaba desde la pared, llorando y repitiendo que no había tenido elección.
Antes de perder la conciencia, vi a Elena aparecer detrás de ella.
—Siempre tienen elección —dijo—. Solo prefieren llamar sacrificio a la opción que destruye a otra persona.
Desperté atada a una silla.
La habitación era amplia, de piedra oscura y sin ventanas. Una lámpara blanca colgaba sobre mi cabeza, reproduciendo la misma iluminación de las fotografías del secuestro de Victoria.
Mis muñecas estaban sujetas detrás del respaldo con el nudo de las caballerizas.
Elena estaba frente a mí.
Había cambiado el abrigo por una camisa negra. Una línea de sangre atravesaba su cuello, pero no parecía gravemente herida.
—Victoria ofrecerá todo lo que le queda —dijo—. Ya lo hizo una vez por Camila. Ahora quiero saber qué destruirá por usted.
Intenté mover las manos. La cuerda cedió apenas, sin soltarme.
—¿Dónde están?
—Camila recibirá atención. Victoria permanecerá dentro de la cámara hasta que acepte mis condiciones.
—¿Y Beatriz?
—Huyó.
—La dejó.
—Beatriz siempre huye después de entregar a alguien.
El odio se instaló con una claridad que eliminó parte del miedo.
—¿Qué quiere de mí?
Elena colocó la cruz de nácar sobre una mesa.
—Que abra el archivo de Teresa.
—No.
—Todavía no ha escuchado lo que contiene.
—No importa.
—Contiene la verdad sobre su madre, Isabela y la noche en que su padre murió.
—Usted la contará de la forma que le convenga.
—Por eso podrá verla directamente.
Elena caminó hacia una pared y activó una pantalla.
Apareció la imagen de mi padre dentro de aquella misma casa, herido y sujeto a una silla.
La fecha correspondía a la noche de su muerte.
Victoria estaba frente a él.
No era una presencia distante ni una mujer que hubiera llegado después del disparo.
Sostenía un arma.
—Dijo que intentó salvarlo —murmuré.
—Lo intentó —respondió Elena—. Después de conseguir lo que necesitaba.
En la grabación, mi padre levantó el rostro.
—Si le entrego la lista, prométame que Lucía nunca se casará con un Alarcón.
Victoria permaneció inmóvil.
—No puedo prometer algo que no controlo.
—Entonces déjela fuera de esto.
—Su hija ya está dentro.
Mi padre cerró los ojos.
—Isabela quería unirlas.
—Mi madre murió.
—Eso es lo que Octavio necesitaba que creyera.
La Victoria de la grabación levantó el arma.
—Dígame dónde está.
—No.
—¿Dónde está mi madre?
—Viva cuando la vi por última vez.
Mi esposa golpeó la mesa con el arma. No disparó, pero mi padre se encogió por el movimiento.
—¿Dónde?
—Teresa la sacó de la propiedad. Después se separaron.
—¿Por qué no vino por mí?
—Porque temía lo que Octavio había hecho con usted.
Victoria quedó completamente quieta.
—Entrégueme la lista.
—Primero saque a Lucía del convento.
—Todavía no está allí.
Mi respiración se detuvo.
La fecha de la grabación debía ser anterior a mi ingreso religioso. Sin embargo, mi padre murió cuando yo ya creía haber perdido cualquier posibilidad de elegir otra vida.
—La marca de tiempo fue alterada —dije.
Elena sonrió.
—Muy bien.
—¿Qué parte es real?
—La conversación. El lugar. La herida de Gabriel. No la fecha.
—¿Cuándo ocurrió?
—Seis meses antes de que usted entrara al convento.
—Mi padre murió después.
—El hombre que regresó a su casa no era Gabriel Valdés.
El mundo pareció inclinarse.
—Miente.
—Gabriel sobrevivió a esta grabación. Octavio lo retuvo durante meses mientras un hombre parecido ocupaba su lugar en actos públicos, firmaba documentos y preparaba su supuesto accidente.
—Yo hablé con mi padre.
—Habló con él pocas veces durante ese periodo. Siempre por teléfono o desde lejos. Teresa estaba enferma. Usted estaba rodeada por personal elegido por Beatriz.
Los recuerdos regresaron deformados: mi padre cancelando cenas, evitando abrazarme, apareciendo con barba después de viajes, insistiendo en que no entrara en su despacho.
—¿Quién era?
—Un empleado de Octavio sometido a cirugías, maquillaje y amenazas contra su familia.
—¿Dónde murió mi verdadero padre?
—Aquí.
La pantalla cambió.
Mostró otra grabación. Mi padre estaba tendido sobre el suelo de una sala distinta, con sangre extendiéndose debajo del torso.
Victoria entró acompañada por dos hombres. Era más joven, pero no tanto como en las fotografías de su secuestro.
Se arrodilló junto a él y presionó la herida.
La escena coincidía con lo que me había contado en la biblioteca.
—Ella llegó después del disparo —dijo Elena—. Eso era verdad.
—¿Quién disparó?
—Octavio.
—Victoria dijo que mató al atacante.
—Mató al hombre que permaneció para terminar el trabajo. Octavio ya se había marchado.
En la grabación, mi padre sujetó la muñeca de Victoria.
—No le diga a Lucía que Isabela planeó el matrimonio.
—No pienso acercarme a su hija.
—Lo hará. Cuando descubra lo que ella puede abrir.