Capítulo 17 — La primera viuda #3
—Una empleada del palacio llamada Ana Beltrán. Tenía la misma altura, llevaba el abrigo de Isabela y murió antes de la explosión.
—Mi madre la mató.
—Octavio lo hizo. Isabela aceptó utilizar el cuerpo para escapar.
La expresión de Victoria se cerró.
—Ella sabía.
—Sabía que una mujer inocente había muerto y utilizó el cadáver.
—No sabe qué opciones tenía.
—Exactamente lo que siempre dices cuando deseas perdonarla.
Elena volvió hacia mí.
—Teresa descubrió la identidad de Ana. Quiso contar la verdad y liberar a su familia. Isabela le pidió que esperara.
—¿Por qué?
—Porque revelar la sustitución habría demostrado que seguía viva.
—Mi madre aceptó esconderlo.
—Durante un tiempo. Después empezó a reunir pruebas contra Isabela, Octavio y todos los que habían utilizado mujeres como piezas intercambiables.
La cámara recorrió la pared. Había fotografías de Isabela, Octavio, mi padre, mi madre, Beatriz y Elena.
También había imágenes de Victoria y mías tomadas durante años distintos.
—Su madre guardó un archivo propio —dijo Elena—. Uno que no pertenecía a los Valdés ni a los Alarcón.
—¿Dónde está?
—Dentro de esta casa.
—¿Por qué nos lo mostraría?
—Porque solo Lucía puede abrirlo y necesito saber qué contiene antes de que decida entregárselo a un tribunal.
—Quiere destruir pruebas contra usted.
—Quiero sobrevivir a las mentiras de personas muertas.
Victoria levantó el arma hacia la cámara.
—Lastime a Camila y no saldrá de esa habitación.
—Si dispara a las cámaras, perderá la única visión del interior.
La pantalla volvió hacia Camila. Ella miró directamente al lente.
—No negocien conmigo.
—Cállese —ordenó Elena.
—Victoria, no entregue el código del archivo negro. Lucía, no abra la caja de Teresa sin copiar el mecanismo primero.
Uno de los hombres golpeó la herida de su muslo. Camila se dobló, pero no gritó.
Victoria avanzó hacia la escalera.
La sujeté del brazo.
—Espere.
—La están lastimando.
—Quieren que baje sin revisar.
—No puedo observar mientras—
Se detuvo antes de terminar.
Mientras alguien que amaba sufría.
El miedo que había controlado durante toda su vida empezaba a convertirse otra vez en impulso.
—Confíe en Camila —dije—. Nos advirtió sobre una segunda puerta.
Ríos envió una cámara pequeña escaleras abajo. El primer corredor estaba vacío. Al final había una puerta metálica abierta y otra oculta detrás de un panel lateral.
—Dos entradas —informó—. La visible conduce a la sala de Elena. La lateral parece rodear el perímetro.
—La salida que Camila quiere que usemos —dije.
Victoria observó el plano térmico.
—Puede ser otra trampa.
—Sí.
—¿Qué elige?
La pregunta me sorprendió.
No estaba ordenando. Me estaba entregando una parte real de la decisión en un momento donde su miedo exigía control absoluto.
—Entramos por la lateral con Ríos y dos agentes. La madre Eulalia se queda arriba. Beatriz viene.
—No —protestó mi madrastra.
—Conoce la casa.
—No volveré a ese lugar.
—Entonces explique por qué le teme.
Beatriz miró la escalera. Sus labios perdieron color.
—Octavio interrogaba a personas allí.
—¿También a mi padre?
—Sí.
El suelo pareció moverse bajo mis pies.
—Dijo que no estuvo con él.
—No estaba cuando murió.
—Pero lo vio prisionero.
—Una vez.
La rabia borró el frío.
—¿Cuándo?
—Dos días antes de su muerte.
—¿Por qué no lo ayudó?
—Porque me dijo que sacara a Marina de la ciudad y no mirara atrás.
—¿Lo hizo?
Beatriz bajó la vista.
—Elena me encontró antes.
—Y volvió a obedecer.
—Tenía a Marina.
—Siempre tenía a alguien que podía perder.
—Eso era lo que hacían —respondió con una desesperación repentina—. Nunca amenazaban tu vida directamente. Amenazaban con convertirte en la razón por la que otra persona sufriría.
Las palabras silenciaron incluso a Victoria.
El método seguía vivo. Elena no necesitaba matar a Camila si podía hacer que Victoria creyera que cada herida era consecuencia de elegirme a mí.
—Vendrá —dije—. Y señalará la sala donde vio a mi padre.
Beatriz comprendió que no tenía otra moneda.
—Aceptado.
Descendimos por la entrada lateral. Ríos avanzaba primero, seguido por Beatriz y un agente. Yo caminaba detrás, con Victoria cubriendo mi espalda.
El corredor era estrecho y curvo. Había marcas de arrastre sobre el suelo y manchas antiguas en las paredes.
—Sangre —murmuré.
—Parte —respondió Beatriz—. Octavio también utilizaba pintura para que los prisioneros creyeran que otros habían muerto allí.
—El miedo como arquitectura —dije.
Victoria no comentó nada. Conocía demasiado bien aquel diseño.
Llegamos a una intersección. Beatriz señaló la puerta izquierda.
—Allí vi a Gabriel.
La entrada estaba cerrada. Ríos comprobó el mecanismo y la abrió mediante una llave encontrada en el corredor.
La habitación contenía una silla atornillada al suelo, una mesa y una cámara antigua.
Sobre la pared había una frase escrita por mi padre.
“Lucía no debe pagar por lo que elegimos.”
Mis piernas perdieron fuerza.
Me acerqué hasta tocar las letras. La pintura estaba desgastada, pero reconocí el trazo firme de su mano.
—¿Qué eligieron? —pregunté.
Beatriz permaneció en la puerta.
—Ocultar que Isabela sobrevivió. Financiar su fuga. Guardar el archivo de Teresa y mantenerte lejos del puerto.
—¿Por qué cambió de opinión?
—Porque descubrió que Isabela pretendía utilizar tu matrimonio futuro para entregar el archivo a Victoria.
Mi esposa entró.
—Mi madre planeó nuestro matrimonio.
—Como posibilidad —respondió Beatriz—. Creía que ninguna autoridad externa podría proteger las pruebas. Quería unir a las dos herederas para que una controlara los bienes y la otra las armas.
—Eso no es protección —dije—. Es convertir nuestras vidas en una cerradura doble.
—Tu padre estuvo de acuerdo al principio.
—¿Y después?
—Comprendió que Victoria podía convertirse en Octavio.
La frase quedó suspendida dentro de la habitación donde él había sido interrogado.
Victoria no se defendió.
—¿Qué hizo mi padre? —pregunté.
—Modificó el testamento. Te dio control exclusivo sobre el puerto y dejó una cláusula que permitiría anular cualquier autoridad Alarcón si existía coacción.
—La cláusula que usted escondió.
—Elena la encontró antes que yo. Me ordenó mantenerte sin acceso a abogados independientes.
—Y obedeció.
Beatriz cerró los ojos.
—Sí.
La respuesta no merecía perdón, pero al menos había dejado de llamar protección a su elección.
Un golpe llegó desde el corredor.
Ríos levantó el arma. Las luces se apagaron durante dos segundos y volvieron con un tono rojo.
La puerta detrás de nosotras se cerró.
—Movimiento en el perímetro —informó uno de los agentes—. Perdimos comunicación con el exterior.
La voz de Elena apareció por los altavoces.
—Encontraron la habitación de Gabriel. Qué apropiado. Allí empezó a comprender que Teresa no había creado un archivo para salvar a las familias, sino para destruirlas.
Victoria buscó cámaras en el techo.
—Muéstrese.
—Pronto.
La pared detrás de la silla comenzó a desplazarse. Reveló una galería estrecha que conducía hacia la sala central mostrada en la pantalla.
Camila estaba al otro lado, todavía sentada bajo vigilancia.
Elena esperaba junto a ella.
No existía cristal entre nosotras. Solo quince metros de corredor y tres hombres armados.
—Dejen las armas —dijo.
Victoria apuntó hacia su cabeza.
—No.
Uno de los hombres colocó el cañón contra el cuello de Camila.
—Puede dispararme —respondió Elena—. Él disparará antes de que su bala llegue.
—También morirá.
—Todos morimos. La diferencia es quién consigue elegir qué destruye primero.
Camila miró hacia nosotras.
—No lo hagan.
El hombre presionó el arma contra su piel.
Victoria no bajó la pistola.
—Elena necesita la cruz —dije—. No matará a Camila antes de abrir el archivo.
—Ya tiene la entrada —respondió Elena—. Solo falta la llave y la voluntad de Victoria de renunciar a algo real.
—¿Qué quiere que renuncie? —pregunté.
—A su imperio.
Victoria no reaccionó.
Elena señaló una pantalla lateral. Mostraba cuentas, propiedades, puertos y nombres de miembros del consejo.
—El archivo de Octavio contiene pruebas suficientes para destruir a los Alarcón. Si Victoria libera la información, sus alianzas caerán, sus empresas serán intervenidas y sus enemigos tomarán cada ruta antes del amanecer.
—¿A cambio de Camila?
—A cambio de entrar en la cámara de Teresa.
—No necesita su imperio para eso.
—Necesito saber si todavía elegirá poder cuando una persona esté atada frente a ella.
Victoria bajó lentamente el arma.
—Libérela y tendrá los archivos.
—No confío en promesas.
—Entonces observe.
Tomó el teléfono y abrió una línea segura. Ordenó a uno de sus administradores preparar la transferencia completa de los registros del consejo a servidores externos.
Camila se levantó de la silla.
—No lo haga.
El arma volvió a obligarla a sentarse.
—Ese archivo mantiene a personas peligrosas bajo control —continuó—. Si lo libera sin estrategia, morirán testigos.
—Puedo seleccionar los paquetes.
—Elena no le dará tiempo.
—Entonces crearé tiempo.
Victoria habló con tres personas mediante códigos que no comprendí. Cada orden parecía desprender una parte de su poder: cuentas congeladas, empresas transferidas, servidores abiertos a autoridades y periodistas.
Elena observaba con una atención casi reverente.
—Siempre quise saber cuánto debía quitarte para que dejaras de actuar como Octavio.
—No lo hago por usted.
—Lo haces por Camila.
Victoria miró hacia mí.
—Por ambas.
Elena siguió su mirada y sonrió.
—Eso es peor.
Mi teléfono vibró dentro del bolsillo interior. Era la línea aislada de Marina.
Abrí el mensaje sin apartarme del corredor.
Una fotografía mostraba documentos extendidos sobre una mesa del palacio. Marina había encontrado un registro de la Casa de la Primera Viuda.
Debajo escribió:
“NO AbrAS LA CÁMARA CENTRAL. HAY UNA SALIDA BAJO LA SILLA DE CAMILA. ELENA QUIERE QUE VICTORIA DESTRUYA EL IMPERIO PARA DEJAR EL PUERTO SIN PROTECCIÓN.”
Levanté los ojos.
Elena no buscaba únicamente una prueba emocional. Necesitaba que las defensas de Santa Lucía desaparecieran mientras nos retenía allí.
—Detenga la transferencia —dije.