LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 17 — La primera viuda #2
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Capítulo 17 — La primera viuda #2

—Exactamente.

Sus pupilas se estrecharon, pero no exigió acceso.

—Avíseme si recibe algo extraño.

—Lo haré.

—¿Incluso si cree que intentaré detenerla?

—Si afecta a Marina, sí.

Victoria aceptó el límite con una inclinación mínima.

El convoy se dividió al salir de la propiedad. Dos vehículos tomaron la ruta hacia el palacio. Los demás avanzamos hacia el norte siguiendo las indicaciones de la madre Eulalia.

La carretera se volvió más estrecha hasta desaparecer bajo árboles, barro y ramas. Los vehículos tuvieron que reducir la velocidad para evitar zanjas abiertas por la lluvia.

Victoria y yo viajábamos juntas en la parte trasera. Ella sostenía el plano sobre las rodillas y comprobaba la ubicación mediante un sistema sin conexión externa.

—La casa no aparece en los registros catastrales actuales —dijo—. Fue absorbida por una propiedad minera que mi padre vendió hace dieciséis años.

—¿A quién?

—Una sociedad relacionada con el senador Aranda.

—El marido de Elena.

—Sí.

—Entonces ella ha controlado la propiedad durante años.

—Al menos legalmente.

—¿Y nunca la investigó?

—No sabía que existía.

La admisión parecía herir su orgullo, pero ya no intentaba ocultar cada desconocimiento.

—¿Cuántas propiedades tenía su familia?

—Cientos. Algunas se utilizaban una vez y después desaparecían dentro de ventas, herencias o empresas.

—Una red de lugares donde podían hacer cosas sin que nadie preguntara.

—Sí.

—Su archivo negro contiene todos.

—No.

—¿Por qué?

—Porque algunos solo existían en la memoria de mi padre.

—Y de Isabela.

Victoria miró la lluvia detrás del cristal.

—Mi madre conocía más rutas que nadie. Diseñó parte de ellas para ayudar a personas a escapar de los negocios de Octavio.

—¿También participó antes de intentar detenerlo?

—Sí.

La respuesta no llegó acompañada por una defensa.

—¿Qué hacía?

—Movía dinero, falsificaba documentos y pagaba funcionarios. Durante años creyó que podía limitar los daños desde dentro.

—Hasta que descubrió el tráfico de personas.

—Hasta que supo que mi padre utilizaba menores para obligar a familias endeudadas a trabajar para él.

El estómago se me contrajo.

—¿Por eso mi madre se unió a ella?

—Teresa administraba cuentas de una clínica financiada por su padre. Encontró pagos destinados a medicamentos, traslados y certificados de defunción falsos.

—Mi padre sabía.

—Descubrió parte después. No sé cuánto antes había ignorado.

La verdad volvía a ensuciar el recuerdo de otro muerto. Mi padre podía haber intentado detener el sistema y haberlo sostenido durante años antes de hacerlo.

—Ninguna de nuestras familias tiene inocentes —murmuré.

—Usted era inocente.

—También usted.

Victoria no respondió. Parecía incapaz de aceptar una palabra que asociaba con debilidad, desconocimiento y falta de poder.

—Una niña no es culpable por sobrevivir a lo que otros deciden —añadí.

—La niña creció.

—Sí.

—Y tomó decisiones.

—También.

—No intente separar una de la otra para hacerme más fácil de amar.

El corazón golpeó contra mis costillas.

—No dije que la amara.

—No.

Su mirada permaneció sobre el plano, pero la tensión de su mandíbula reveló que había escuchado cada posible significado detrás de mi silencio.

—¿Usted me ama? —pregunté.

Victoria levantó los ojos.

La pregunta pareció más peligrosa que el arma que había colocado contra su pecho.

—No sé amar algo sin intentar conservarlo.

—Eso no fue lo que pregunté.

—Es la única respuesta que tengo.

—Entonces no la convierta en una declaración.

—No lo haré.

El vehículo se detuvo de forma abrupta.

Ríos informó por el comunicador que el camino estaba bloqueado por un árbol caído. No parecía natural. El tronco había sido cortado y arrastrado hasta atravesar la ruta.

—Nos esperan —dije.

Victoria tomó el arma.

—Eso ya lo sabíamos.

Los agentes descendieron y revisaron el bosque. No encontraron movimiento ni dispositivos, pero retirar el árbol llevaría demasiado tiempo.

La madre Eulalia indicó una entrada lateral entre rocas.

—El camino antiguo empieza allí. Solo se puede avanzar a pie.

—¿Cuánto falta? —preguntó Ríos.

—Cuatro kilómetros.

Beatriz protestó desde el vehículo delantero.

—No caminaré por ese bosque esposada.

Victoria abrió su puerta.

—Entonces puede quedarse bajo custodia mientras Elena decide si necesita una testigo menos.

Beatriz descendió sin volver a discutir.

Nos organizamos en una fila estrecha. Dos agentes avanzaron delante, después la madre Eulalia y Ríos. Beatriz caminaba entre guardias. Victoria y yo ocupábamos el centro.

El terreno ascendía entre piedras mojadas. Las ramas se enganchaban en el abrigo y el barro dificultaba cada paso.

Victoria mantenía una mano cerca de mi espalda sin tocarme. Cuando el sendero se estrechó junto a un desnivel, extendió el brazo.

—¿Me permite ayudarla?

Asentí.

Sus dedos rodearon mi antebrazo hasta que cruzamos. Me soltó inmediatamente después.

Beatriz observó el gesto.

—Ya logró entrenarla —comentó—. Qué rápido aprende a fingir que pide permiso.

Victoria no se volvió.

—Siga caminando.

—Lucía debería saber que usted siempre cambia de método cuando el anterior deja marcas visibles.

—No necesito escucharla —dije.

—Deberías. Yo también creí que Octavio me daba opciones.

—Usted aceptó dinero para vigilarme.

—Acepté sobrevivir.

—Utilizó la supervivencia para justificar cada cosa que hizo después.

Beatriz tropezó en el barro, pero recuperó el equilibrio antes de que un agente la sujetara.

—Tu padre me habría destruido si no cooperaba.

—Se casó con él.

—Porque era la única forma de mantenerte dentro de la casa y evitar que Octavio te llevara.

—Después me envió al convento.

—Porque Elena empezó a buscarte.

—Y le informó cada uno de mis movimientos.

—Porque habría hecho cosas peores si yo me negaba.

—Siempre existía alguien peor para justificarla.

Su rostro se endureció.

—Todavía no comprendes lo que significa proteger a una hija cuando hombres con ejércitos deciden que la necesitan.

—Sí lo comprendo —respondí, mirando a Victoria—. Estoy aprendiendo exactamente cómo se utiliza esa frase para destruirla.

Mi esposa recibió el golpe sin responder.

La madre Eulalia se detuvo junto a una formación de piedra.

—Estamos cerca.

Entre los árboles apareció una capilla pequeña sin campanario. La fachada estaba cubierta por enredaderas y parte del techo se había hundido.

Detrás se levantaba una casa de dos plantas, construida con piedra oscura y ventanas estrechas. La mayoría estaban selladas desde dentro.

No había vehículos ni luces.

—Sensores —ordenó Victoria.

Los agentes utilizaron cámaras térmicas y detectores. No encontraron cuerpos en la planta superior, pero una fuente de calor aparecía bajo la casa.

—Al menos cinco personas —informó Ríos—. Tal vez más detrás de las paredes.

—Elena y Camila —dije.

—También puede haber hombres armados —respondió Victoria.

Nos acercamos por el lateral. La puerta principal estaba cerrada, pero la capilla permanecía abierta.

La madre Eulalia señaló el altar roto.

—La entrada subterránea empieza debajo.

—Otra vez un altar —murmuré.

—Isabela confiaba más en las estructuras religiosas que en quienes las administraban —dijo la religiosa.

—Eso no impidió que la utilizara.

El dolor cruzó su expresión, pero no respondió.

Ríos revisó el interior. Encontró cables recientes, dos cámaras ocultas y una placa de presión desactivada.

—Nos dejaron entrar —dijo.

—Elena quiere una audiencia —respondió Victoria.

Avanzamos hasta el altar. Había una ranura con la forma exacta de la cruz, pero la abertura parecía más antigua que la encontrada en la propiedad de mi padre.

—No la coloque todavía —ordenó Victoria.

La miré.

—Lo pidió como una orden.

Su mandíbula se tensó.

—¿Puede esperar mientras Camila no responde y cinco cuerpos aparecen debajo de esta casa?

—Puedo esperar mientras revisan el mecanismo.

Victoria hizo una señal. El técnico examinó la piedra y confirmó que no había explosivos conectados a la ranura.

—Existe un sistema eléctrico detrás —explicó—. Puede activar una puerta, luces o comunicaciones.

Saqué la cruz.

—Yo la colocaré.

—Sí.

La introduje en la piedra. El mecanismo encajó con un golpe suave.

Antes de girar, Victoria se situó a mi lado.

—¿Me permite permanecer cerca?

—Sí.

—Si algo se activa, la moveré.

—Solo ante peligro inmediato.

—Aceptado.

Giré la cruz.

Una sección del suelo descendió y reveló una escalera iluminada por lámparas amarillas.

Una voz salió desde un altavoz.

—Bienvenida, Lucía.

Elena.

Victoria levantó el arma.

—Muestre a Camila.

—Entren. No tiene sentido gritar desde una capilla vacía.

—No bajaremos sin verla.

Una pantalla se encendió sobre el altar.

Camila estaba sentada en una silla, con las manos libres pero rodeada por tres hombres armados. Tenía sangre sobre la frente y una venda improvisada alrededor del muslo.

—Estoy viva —dijo—. No entren sin revisar la segunda puerta.

Elena apareció detrás.

—Siempre tan profesional. Incluso después de descubrir que Victoria nunca pensó contarle dónde ocultaba el verdadero archivo.

—No vine por el archivo —respondió Camila.

—Vino porque necesitaba demostrar que podía salvar a alguien sin pedir permiso a su reina.

Victoria se acercó a la pantalla.

—Déjela salir.

—No todavía.

—¿Qué quiere?

—Que Lucía escuche a su madre. Que usted escuche a la suya. Después decidirán si todavía quieren protegerse.

—Puede reproducir las grabaciones desde ahí.

Elena sonrió.

—Las grabaciones no son todo.

La pantalla cambió.

Mostró una sala amplia debajo de la casa. Había paredes cubiertas por fotografías, mapas y documentos. En el centro se encontraba una silla vacía bajo una lámpara.

Junto a ella había una estructura de cristal que contenía restos humanos sobre una mesa metálica.

Mi respiración se detuvo.

—¿Quién es? —pregunté.

—La mujer encontrada en el automóvil de Isabela —respondió Elena—. Octavio conservó el cuerpo después de falsificar el entierro. Quería recordar cuánto podía alterar la verdad.

Victoria no apartó los ojos de los huesos.

—¿Identidad?