Capítulo 17 — La primera viuda
Victoria permaneció frente a la abertura con el anillo de Camila cerrado dentro de su mano y el arma apuntando hacia una oscuridad que ya no contenía ningún objetivo visible.
El túnel había dejado de emitir ruido. Solo quedaban el olor a pólvora, el aire húmedo que ascendía desde la piedra y las luces de emergencia parpadeando sobre los archivos de Octavio.
—No puede quedarse quieta —dije.
Sus ojos no abandonaron la entrada.
—Camila escribió que no la siguiera.
—Porque sabía que Elena quería obligarla a elegir.
—También porque conoce esa red mejor que nosotros.
—Entonces confíe en ella.
Victoria giró lentamente hacia mí. La frase le había dolido más que una acusación.
—Confiar no significa dejarla en manos de Elena.
—Tampoco significa desobedecer la única instrucción que logró dejar mientras la llevaban.
Ríos se acercó al túnel con una linterna y un detector.
—La ruta está bloqueada a ciento cincuenta metros. Parece un derrumbe provocado. Podemos intentar retirarlo, pero tardaremos horas.
—Existe otra salida —dijo Victoria—. La casa segura tenía un pozo de ventilación conectado con antiguas galerías mineras.
—¿Conoce la ubicación?
—No desde este extremo.
—Yo sí —intervino la madre Eulalia.
Todas las miradas se volvieron hacia ella.
La religiosa continuaba junto a Marina, pero había soltado su brazo. Beatriz seguía arrodillada a pocos pasos, con las manos vacías y el rostro endurecido por una derrota que todavía no aceptaba.
—Isabela me mostró planos cuando pidió refugio en el convento —explicó la madre Eulalia—. Había una salida bajo una finca abandonada al norte. La llamaba la Casa de la Primera Viuda.
Victoria avanzó hacia ella.
—¿Mi madre estuvo en su convento?
—Durante tres noches.
—¿Cuándo?
—Después de sobrevivir a la explosión.
La quietud de Victoria desapareció. Sujetó el respaldo de una silla para no tocar a la mujer.
—Usted sabía que estaba viva.
—Sabía que sobrevivió al automóvil. No sabía qué ocurrió después de la noche del secuestro.
—Me miró tomar votos temporales, escuchó mis confesiones y permitió que creyera durante años que mi madre había muerto.
—Ella me obligó a prometer que no la buscaría.
—No era su promesa.
La madre Eulalia inclinó el rostro.
—Isabela sabía que Octavio la vigilaba. Si usted descubría que seguía viva, habría intentado encontrarla.
—Sí.
—Y él la habría seguido.
—Eso también debía decidirlo yo.
La religiosa recibió la frase como si ya la hubiera escuchado de otra mujer. Quizá mi madre había pronunciado algo parecido cuando Isabela empezó a construir secretos alrededor de sus hijas.
—¿Dónde está la casa? —pregunté.
—A unos dieciocho kilómetros. Hay un camino antiguo desde la carretera de montaña, pero no aparece en los mapas modernos.
—Dibújelo —ordenó Victoria.
La madre Eulalia miró a Beatriz.
—Necesito papel.
Ríos encontró una libreta entre los archivos. La religiosa trazó una ruta irregular, marcando un bosque, una cantera abandonada y una capilla sin campanario.
—La propiedad perteneció a Leonor Alarcón —explicó—. Fue la primera mujer de la familia que heredó bienes sin un marido vivo. Su retrato desapareció de los registros después de que denunció negocios de su cuñado.
—La primera viuda —murmuré.
—Isabela utilizaba la casa para esconder documentos y personas. Teresa estuvo allí con usted cuando era niña.
La habitación blanca, la ventana cubierta y el olor a gasolina regresaron con una claridad dolorosa.
—No era la casa donde Victoria estuvo secuestrada.
—No —respondió la religiosa—. Pero ambas propiedades estaban conectadas por túneles que Octavio utilizaba para trasladar mercancía sin pasar por carreteras vigiladas.
Victoria tomó el plano.
—Ríos, reúna a los hombres. Dos vehículos hacia la cantera. Marina y Beatriz regresan al palacio con seguridad.
—No regresaré con ella —dijo Marina.
—No estarán juntas.
—Quiero ir con Lucía.
—No.
Marina me miró, esperando que contradijera la orden.
—Vuelve al palacio —dije—. Camila arriesgó demasiado para sacarte de esa silla.
—También es mi vida.
—Y seguirás teniéndola lejos de Elena.
—No quiero volver a esperar en una habitación mientras deciden qué puedo saber.
Las palabras se parecían demasiado a las mías para ignorarlas.
—Mercedes puede mostrarte todos los documentos recuperados —propuse—. Quiero que revises las cuentas de Beatriz, las cartas interceptadas y cualquier pago relacionado con nuestra infancia.
Beatriz se puso de pie.
—Marina no tocará mis archivos.
Su hija volvió hacia ella.
—Ya no son tuyos.
—Todo lo que tienes existe porque yo lo construí.
—Todo lo que tengo existe porque se lo quitaste a Lucía.
El rostro de Beatriz se deformó por una mezcla de humillación y rabia.
—Te di una vida.
—Me diste una jaula y me enseñaste a agradecer el tamaño.
Victoria observó aquel intercambio sin intervenir. La frase había encontrado una parte demasiado reconocible dentro de ella.
Marina tomó mi mano.
—Volveré. Pero no desaparezcas otra vez sin decirme dónde estás.
—Haré lo posible.
—Eso no es una promesa.
—Es lo único honesto.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos antes de soltarme. Ríos ordenó que dos agentes la escoltaran junto a la madre Eulalia.
—Ella viene con nosotras —dije, señalando a la religiosa.
Victoria negó.
—Conoce la propiedad y los planos.
—También ayudó a mantenerla encerrada.
—Por eso no saldrá de nuestra vista.
La madre Eulalia levantó el rostro.
—No intentaré huir.
—No tendrá oportunidad —respondió Victoria.
Beatriz dio un paso hacia los agentes que acompañaban a Marina.
—Yo también conozco esa casa.
—Usted vuelve al palacio —dijo Victoria.
—Elena me llevó allí después de la muerte de Gabriel Valdés. Sé dónde ocultaron parte de los documentos.
El nombre de mi padre transformó su oferta en algo imposible de desechar.
—¿Estuvo allí con él? —pregunté.
—No.
—¿Después de su muerte?
—Sí.
—¿Qué hizo Elena?
Beatriz miró a Victoria, calculando qué verdad compraría mayor protección.
—Buscaba una grabación de Isabela. Creía que Gabriel la había escondido dentro de la propiedad antes de morir.
—¿La encontró?
—No.
—¿Por qué no dijo nada antes?
—Porque la información era lo único que impedía que Elena me eliminara.
No había arrepentimiento. Solo supervivencia.
—Vendrá —decidí—. Separada de la madre Eulalia y con las manos aseguradas.
Victoria me miró.
—Puede estar guiándonos hacia otra trampa.
—Ya estamos siguiendo un mapa entregado por una mujer que colaboró con Elena y una ruta construida por su familia. La pureza de las fuentes dejó de ser una opción.
—No me gusta.
—No tiene que gustarle.
La respuesta provocó un destello breve en sus ojos. Camila habría dicho algo parecido.
Victoria ordenó preparar el traslado. Beatriz fue registrada, esposada y colocada en el vehículo delantero junto a dos agentes. La madre Eulalia viajaría con Ríos.
Yo me dirigí hacia la salida, pero Victoria me detuvo con una pregunta.
—¿Me permite revisar la cruz?
No intentó tomarla.
La saqué del interior de mi ropa y la sostuve sobre la palma.
—Sin desmontarla.
—Solo quiero comprobar si el mecanismo sufrió daños.
Asentí.
Victoria se colocó guantes y examinó las uniones bajo una lámpara. Sus dedos se movían con cuidado, evitando rozar mi piel incluso cuando la pieza permanecía sobre mi mano.
—Está intacta —dijo—. Hay una segunda ranura junto al cilindro.
—¿Para qué?
—Podría guardar algo.
—Mercedes dijo que mi madre ocultó una llave dentro.
—Tal vez ocultó más de una cosa.
—No la abriremos hasta llegar a la casa.
—Aceptado.
Me devolvió la cruz sin cerrar los dedos alrededor de los míos.
La distancia respetada debería haberme tranquilizado. En cambio, me hizo recordar el beso del patio, su mano sobre mi cintura y la forma en que había permanecido al otro lado de la puerta hasta aprender a preguntar.
—¿Va a perseguir a Camila aunque encontremos otra entrada bloqueada? —pregunté.
—Sí.
—¿Aunque Elena espere exactamente eso?
—Sí.
—¿Y si debe elegir otra vez?
Victoria guardó el anillo de Camila dentro del bolsillo interior de la chaqueta.
—No lo haré.
—Eso no depende únicamente de usted.
—Encontraré una tercera opción.
—Su madre también creyó que podía controlar todas las consecuencias.
Su expresión se endureció.
—No utilice a Isabela para detenerme.
—No intento detenerla. Intento que no repita el error de sacrificar a una persona mientras afirma que la está salvando.
—Camila eligió entrar.
—Y usted eligió permitirlo.
La acusación quedó suspendida dentro de la cámara llena de archivos y cadáveres.
Victoria no se defendió.
—Sí —respondió finalmente—. Porque Marina habría muerto si no lo hacía.
—Entonces ya eligió.
—No volveré a hacerlo.
—Eso tampoco puede prometerlo.
Sus ojos se fijaron en mí.
—¿Qué quiere que diga?
—La verdad.
Victoria respiró lentamente.
—Quiero ir por Camila. Quiero dejarla a usted bajo cien hombres dentro del palacio y cerrar cada carretera hasta encontrar a Elena. También sé que, si intento hacerlo, usted buscará otra salida y terminará siguiéndome sin protección.
—Eso es verdad.
—Por eso iremos juntas.
—No porque le pertenezca.
—No.
—Ni porque sea incapaz de decidir.
—No.
—Entonces, ¿por qué?
La respuesta tardó.
—Porque prefiero tener miedo viéndola a mi lado que imaginar todo lo que podría ocurrir donde no puedo alcanzarla.
No era saludable. Tampoco era una orden disfrazada.
Era el miedo expuesto sin convertirlo inmediatamente en una cerradura.
—No vuelva a utilizar ese miedo para ocultarme información —dije.
—Intentaré no hacerlo.
—No es suficiente.
—Es lo único honesto.
Había utilizado mis propias palabras. No sonrió al hacerlo.
Salimos de la cámara bajo el altar. La lluvia golpeaba el techo de la capilla y arrastraba barro por los escalones exteriores.
Antes de entrar al vehículo, vi a Marina junto a Beatriz. Su madre intentaba hablarle, pero ella mantenía el rostro vuelto hacia la carretera.
—No la deje sola con ella —pedí al agente.
—No ocurrirá.
—Y comuníquese directamente conmigo cuando lleguen.
Victoria se situó a mi lado.
—Su teléfono permanece comprometido.
—Camila creó una línea aislada.
—Yo no tengo la clave.