LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 16 — La fe de los traidores #5
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Capítulo 16 — La fe de los traidores #5

En la pantalla, Camila seguía atrapada mientras Elena acercaba la cinta a un reproductor.

—Isabela habló de la lista, del puerto y de las dos niñas que debía proteger —continuó—. Pero solo una de ellas era realmente su heredera.

Victoria miró hacia mí.

El miedo en sus ojos no estaba dirigido a perder el archivo ni a permitir que Elena escapara. Era el terror de descubrir que incluso el amor de su madre había formado parte de una elección donde ella podía quedar en segundo lugar.

—No escuche esto sola —dije.

Elena sonrió desde la pantalla.

—Demasiado tarde. Victoria siempre estuvo sola cuando importaba.

Introdujo la cinta.

La imagen de Isabela se movió dentro del monitor antiguo. Su rostro herido se alzó y una voz débil llenó la capilla.

—Si Victoria llega a ver esto, significa que Octavio volvió a utilizar a una hija para abrir una puerta. No confíes en quien te muestre esta grabación. No importa cuánto diga que te ama.

Elena perdió la sonrisa.

Isabela continuó hablando mientras Camila, todavía bajo el arma, levantaba discretamente la mano hacia el panel de control.

—Teresa escondió a Lucía porque la niña posee la única herencia capaz de destruir el sistema de los Alarcón. Yo no la elegí por encima de ti, hija. La elegí para que un día pudiera liberarte de aquello en lo que intentaban convertirte.

Victoria cerró los ojos.

La pantalla tembló. Camila golpeó el panel y todas las luces de la cámara inferior se apagaron.

Llegaron dos disparos, un grito y después una oscuridad completa.

La voz de Isabela continuó durante unos segundos sobre la imagen negra.

—Pero si amas a Lucía como tu padre amaba el poder, la convertirás en otra prisionera. Y entonces será ella quien deba decidir si todavía queda algo de mi hija dentro del monstruo que ayudamos a crear.

La grabación se detuvo.

Victoria abrió los ojos y miró la puerta cerrada bajo el altar. El rostro había recuperado su quietud, pero su mano temblaba junto al arma.

—Abra la cámara —ordenó.

Ríos comenzó a trabajar sobre el mecanismo.

—Puede ser otra trampa —advertí.

—Camila está allí.

—Y Elena quiere que entre sin pensar.

Victoria se volvió hacia mí. El frío de la capilla parecía adherido a su piel, y el olor metálico de la sangre subía desde el suelo mientras los técnicos intentaban vencer el bloqueo.

—Mi madre acaba de decirme que no confíe en quien muestre la cinta —dijo—. Elena la mostró. Camila apagó la pantalla antes de que terminara.

—Entonces Camila sigue ejecutando el plan.

—O está muriendo mientras hablamos.

Marina apretó mi brazo. Beatriz comenzó a rezar en voz baja junto al muro, como si las palabras pudieran esconder su participación.

El mecanismo emitió una señal.

—Podemos abrir en treinta segundos —informó Ríos.

Victoria levantó el arma y se colocó frente a la puerta.

—Quédese detrás —me pidió.

No fue una orden.

Tomé la mano de Marina y la entregué a la madre Eulalia.

—No permita que Beatriz vuelva a acercarse a ella.

La religiosa asintió.

Me coloqué junto a Victoria.

—Dijo detrás.

—Dije que no entraría sola.

Sus ojos se fijaron en mí durante un instante. No discutió.

La puerta comenzó a elevarse. Un aire más frío salió de la cámara, cargado de pólvora, humedad y sangre.

No vimos a Camila.

El hombre que la sujetaba estaba muerto junto a la escalera. El segundo cuerpo permanecía frente a los monitores.

Elena había desaparecido.

En el suelo, dibujada con sangre, había una flecha que señalaba una abertura detrás de los archivos.

Camila había dejado su anillo de seguridad junto a ella.

Victoria lo recogió. En la cara interior, grabada con la punta de un cuchillo, había una frase:

“NO ME SIGAS. PROTEGE A LUCÍA. EL ARCHIVO ERA LA PUERTA.”

El miedo descendió por mi cuerpo antes de comprender la advertencia.

Elena nunca había buscado únicamente documentos. Había utilizado el archivo de Octavio para abrir una ruta subterránea hacia otra propiedad, una que no aparecía en los planos y que Isabela había utilizado después de sobrevivir a la explosión.

La abertura conducía hacia el norte.

Hacia la primera casa segura de los Alarcón.

Victoria cerró los dedos alrededor del anillo de Camila, y la sangre quedó marcada sobre su palma.

—Se llevó a Camila —dije.

—Sí.

—¿Para obligarla a seguirla?

—No.

La mirada de Victoria recorrió la cámara, las cintas de su madre y la entrada oscura que acababa de tragarse a la única persona en quien confiaba con su vida.

—Elena no quería que la siguiera a ella —respondió—. Quería que yo eligiera entre perseguir a Camila o quedarme protegiéndola a usted.

Las luces de emergencia parpadearon. Desde el túnel llegó un ruido lejano de motores y compuertas cerrándose.

Elena estaba destruyendo la ruta detrás de ella.

Victoria levantó el arma, pero no avanzó.

Su madre había convertido a Lucía en la llave destinada a liberarla. Elena había convertido a Camila en la prueba de si seguía siendo capaz de elegir el imperio, la venganza o una persona.

Y ahora la mujer que siempre controlaba todas las salidas permanecía frente a dos caminos, sabiendo que cualquiera que tomara podía costarle a alguien que ya no estaba dispuesta a perder.