LA ESPOSA CAUTIVA DE LA REINA NEGRA Capítulo 16 — La fe de los traidores #4
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Capítulo 16 — La fe de los traidores #4

Camila señaló un lirio tallado sobre la piedra.

—Presione el centro y gire la cruz hacia la izquierda.

Elena tomó una herramienta de su bolsillo y la introdujo en el mecanismo.

No ocurrió nada.

—Necesita la llave original —dijo Camila.

—Entonces llama a Lucía.

—No tengo teléfono.

Elena hizo una señal. Uno de los hombres sacó un dispositivo y lo colocó frente a ella.

Camila marcó mi número.

El teléfono vibró dentro de mi abrigo.

No respondí.

—Otra vez —ordenó Elena.

Camila volvió a llamar.

Victoria me miró. —Conteste.

Activé la llamada sin hablar.

—Lucía —dijo Camila—. Elena tiene a Marina. Traiga la cruz a la capilla.

El tono era firme, pero debajo había una pausa extraña entre cada frase.

—¿Está viva? —pregunté.

Marina gritó desde el fondo. —No vengas.

Elena tomó el teléfono.

—Tiene tres minutos. Después Beatriz decidirá qué hija desea conservar en su memoria.

—Beatriz no disparará.

—Tal vez no. Yo sí.

—Si mata a Marina, pierde la única razón para que baje.

—Todavía tengo a Camila y a la religiosa que ayudó a mantenerla encerrada.

La madre Eulalia levantó los ojos. No parecía asustada por su propia muerte. Parecía aterrada por algo detrás del altar.

—Quiero verla —dije.

Elena activó la cámara. El rostro de Marina apareció, inflamado y cubierto de lágrimas.

—Estoy bien —dijo—. No le entregues la cruz.

Beatriz la golpeó con el arma.

La sangre apareció sobre su ceja.

La rabia borró cualquier duda.

—Voy a bajar —dije.

Victoria negó.

Cubrí el micrófono.

—Es la única forma de acercarnos.

—No.

—Prometió escuchar.

—Escuché. La respuesta sigue siendo no.

—Camila preparó una puerta falsa. Necesita que activemos el transmisor.

—Puede hacerlo desde aquí.

—Solo cuando usted diga “cierre”.

Comprendió que Camila había diseñado la señal para el instante en que Elena estuviera dentro de la cámara.

—Bajaremos juntas —decidió Victoria.

—Elena no lo permitirá.

—No le pediré permiso.

Volví a la llamada.

—Entraré con Victoria.

Elena soltó una risa contenida.

—Siempre supe que terminaría llevándola de la mano hacia donde yo quisiera.

—Marina se aleja del arma antes.

—Cuando vea la cruz.

La llamada terminó.

Victoria organizó posiciones con los agentes. Ríos se movería por un pasaje lateral. Los otros dos cubrirían la escalera.

—Cuando Elena entre en la cámara, presiona el dispositivo —me dijo—. Después permanecerá detrás de mí.

—La cruz es mía.

—La sostendrá. Yo cubro el espacio.

—No volverá a utilizar su cuerpo como escudo sin preguntarme.

—Esta no es una conversación sobre nuestros límites domésticos.

—Mis límites no desaparecen porque haya armas.

Victoria me observó durante un segundo.

—¿Me permite cubrirla si disparan?

—Sí.

—¿Me permite moverla si existe peligro inmediato?

—Sí, solo lo necesario.

—Aceptado.

Descendimos.

Elena nos vio antes que los demás. Su sonrisa se amplió cuando Victoria apareció detrás de mí, armada y herida bajo la chaqueta.

—La esposa obediente y la reina asustada —dijo—. Qué imagen tan decepcionantemente previsible.

—Libere a Marina —respondí.

—La cruz.

La saqué del interior de mi ropa. El nácar reflejó la luz de las velas, y la madre Eulalia cerró los ojos al reconocerla.

—Teresa nunca debió dártela —murmuró.

—Mi madre me dejó lo que usted ayudó a esconder.

—Intenté protegerte.

—Me enseñó a confundir miedo con virtud.

El dolor atravesó su rostro.

—No sabes lo que Beatriz amenazó con hacer.

—Sí. Amenazaba con quitarme cualquier lugar al que pudiera ir. Usted hizo que el convento fuera uno más.

Elena perdió interés en nuestra conversación.

—Abra el altar.

—Marina primero.

—Camila se acercará y retirará la silla cuando la llave funcione.

Camila se puso de pie lentamente. Uno de los hombres mantuvo el arma sobre su espalda.

Me acerqué al mecanismo. Victoria caminó a mi lado, sin tocarme.

La piedra del altar estaba fría. Encontré el lirio tallado y coloqué la cruz dentro de la abertura central.

Encajó.

Un sonido profundo atravesó el suelo cuando giré hacia la izquierda.

Parte del altar se desplazó, revelando una puerta metálica descendente.

Elena dejó de sonreír.

Detrás había una escalera estrecha y una segunda cerradura digital.

—Código —exigió.

Victoria no respondió.

Elena apuntó hacia Marina.

—Dígalo.

—Si dispara, no recibirá nada.

—Octavio utilizaba seis números. La fecha en que Isabela murió, quizá.

—Pruebe.

Elena introdujo una secuencia. El sistema emitió una luz roja.

—Dos intentos más —advirtió una voz mecánica—. Después se activará el cierre permanente.

Elena miró a Victoria.

—Siempre fuiste sentimental debajo de toda esa sangre. El código es una fecha.

—Tal vez.

—La noche del incendio.

—Pruebe.

Elena introdujo otra secuencia.

Rojo.

—Un intento restante.

La tensión cambió. Los hombres de Elena ajustaron sus armas, y Camila desplazó discretamente un pie hacia la entrada de la cámara.

—Código —repitió Elena.

Victoria me miró.

Comprendí que no lo conocía únicamente ella.

La inscripción de la cruz tenía una fecha: la noche posterior a su secuestro.

—Es la fecha grabada detrás de la llave —dije.

Elena dirigió el arma hacia mí. —Léala.

—Libere a Marina.

—Camila, mueva la silla.

Camila caminó hacia Marina. El hombre que la vigilaba siguió apuntándole, pero permitió que tocara las cuerdas.

—Ahora —dijo Elena.

Leí los seis números.

Ella los introdujo.

La luz cambió a verde.

La puerta comenzó a abrirse.

Camila cortó las cuerdas de Marina con una hoja escondida entre los dedos y la empujó hacia Beatriz.

—Sácala por el pasaje norte —ordenó.

Beatriz recibió a Marina por instinto, pero Elena levantó el arma.

—Nadie se mueve.

Camila entró en la escalera metálica.

—El archivo está abajo.

Elena la siguió.

Dos de sus hombres entraron detrás. El tercero permaneció con Beatriz y Marina. La madre Eulalia seguía junto al muro.

Victoria me miró.

—Cierre.

Presioné dos veces la costura del abrigo.

El dispositivo se activó.

La puerta detrás de Elena cayó con violencia, separándola de nosotras y encerrándola junto a Camila y dos hombres dentro de la cámara inferior.

Al mismo tiempo, una compuerta lateral se abrió detrás del altar. Ríos apareció con el arma preparada y derribó al guardia que vigilaba a Marina.

Victoria disparó hacia el mecanismo principal, inutilizando el panel antes de que pudiera reabrirse.

Beatriz soltó el arma.

Marina se apartó de ella y corrió hacia mí.

La sujeté cuando sus piernas cedieron. Tenía el cuerpo helado y la respiración desordenada, pero estaba viva.

—Pensé que no vendrías —dijo.

—Yo también.

Victoria se acercó a la puerta cerrada. Golpeó el comunicador.

—Camila.

No hubo respuesta.

—El sistema bloquea la señal —informó Ríos—. Podemos abrir desde el exterior, pero llevará tiempo.

Un disparo sonó debajo del suelo.

Después otro.

Victoria introdujo los dedos en la unión de la compuerta como si pudiera abrirla mediante fuerza.

—Camila sabía el riesgo —dije.

—No significa que tenga que morir allí.

La madre Eulalia se acercó al altar.

—Esa no es la cámara de Octavio.

Victoria se volvió.

—¿Qué dijo?

—Elena pidió el archivo negro, pero Camila la llevó al depósito equivocado.

—Lo sabemos.

La religiosa negó lentamente.

—No lo entiende. El depósito personal de Octavio no contiene solamente documentos. Contiene las grabaciones de cada persona que interrogó antes de matarla.

El frío de la cámara subió por las escaleras como un aliento.

—¿También Teresa? —pregunté.

La madre Eulalia me miró con lágrimas en los ojos.

—También Isabela.

Victoria quedó completamente inmóvil.

Otro disparo atravesó la puerta. Después escuchamos la voz de Elena mediante el sistema interno, rota por interferencias.

—Victoria, Camila acaba de mostrarme algo que debería haber destruido hace años.

Una pantalla se encendió sobre el altar.

La imagen mostraba la cámara inferior. Uno de los hombres de Elena estaba muerto. El otro sujetaba a Camila por el cuello, con un arma contra su cabeza.

Elena permanecía frente a una pared cubierta por archivos, cintas y monitores antiguos.

En uno de ellos aparecía Isabela.

Estaba viva, atada a una silla y mirando directamente hacia la cámara.

La fecha pertenecía a la noche del secuestro de Victoria.

—Tu madre sobrevivió a la explosión —dijo Elena—. También sobrevivió suficiente tiempo para explicar por qué eligió a Lucía antes que a ti.

Victoria apoyó una mano sobre la pantalla. El rostro de Isabela estaba cubierto de sangre, pero sus ojos permanecían abiertos.

Elena sostuvo una cinta entre los dedos.

—Abre la puerta, entrega a Lucía y te permitiré escuchar su confesión completa.

—No lo hará —dije.

Victoria no respondió.

Las sombras de la capilla rodeaban el altar desplazado, el frío ascendía desde la cámara sellada y el olor metálico de la sangre llegaba por las rejillas del suelo.

Marina continuaba aferrada a mi brazo. Beatriz permanecía arrodillada junto al arma caída, observando a la hija que había utilizado como garantía y que ya no buscaba refugio en ella.